Ayer recibí la carta en que usted me pide un juicio detallado acerca de Proudhon. La falta de tiempo me impide cumplir su deseo. Además, no tengo conmigo ninguna de sus obras. Sin embargo, para mostrarle mi buena voluntad trazaré rápidamente un breve esbozo. Usted puede completarlo, agregarle algo o cortarlo: en una palabra, hacer lo que quiera con él”,

No recuerdo ya los primeros esfuerzos de Proudhon. Su obra escolar acerca de la Langue Universelle [Idioma universal] muestra cuán poco vacilaba en abordar problemas para cuya solución carecía de los cono- cimientos elementales.

Su primera obra, Quest que ce la propriété? [¿Qué es la propiedad?] es indudablemente la mejor. Hace época, si no por la novedad de su contenido, al menos por la forma nueva y audaz en que se dice todo. Desde luego que la “propiedad” no sólo había sido criticada de diversas maneras, sinó que también “se había terminado con ella” a la manera utópica, por los socialistas y comunistas franceses cuyas obras él conocía. En este libro, la relación de Proudhon con Saint-Simon y Fourier es aproximadamente la misma que la de Feuerbach con Hegel. Comparado con Hegel, Feuerbach es muy pobre. De igual modo, hizo época después de Hegel, porque insistió en ciertos puntos que desagradaban a la con- ciencia cristiana, pero que eran importantes para el progreso de la crítica, y que Hegel había dejado en una penumbra mística.

Este libro de Proudhon tiene también, si se permite la expresión, un fuerte estilo muscular. Y en mi opinión su estilo es su mérito principal.

Aun en los casos en que tan sólo reproduce viejas cosas, puede verse que Proudhon las ha encontrado por sí mismo, que lo que está diciendo es nuevo para él y lo coloca como novedad. El desatio provocativo, el poner manos en el “Sancta Sanctorum” económico, la brillante paradoja que hizo mofa de la mentalidad burguesa corriente, la crítica avergon- zante, la amarga ironía y, manifestándose aquí y allá detrás de todo eso, un profundo y genuino sentimiento de indignación por la infamia del orden existente, una seriedad revolucionaria: todo eso electrizaba a los lectores de ¿Qué es la propiedad? y provocó una gran sensación cuando apareció. En una historia estrictamente científica de la econo- mia política, el libro apenas sería digno de mención. Pero las obras sensacionales de esta clase desempeñan su papel en las ciencias del mismo modo que en la historia de la novela. Tómese, por ejemplo, el

* “Hemos considerado oportuno publicar el artículo sin alteración”, sostenía la nota de la redacción del Sozial-Demokrat, (Ed.)

libro de Malthus Sobre la población. En su primera edición no fue otra cosa que un “panfleto sensacional” y, por añadidura, un plagio del prin- cipio al fin. Y, sin embargo, ¡qué estímulo ha provocado este lil»elo sobre la raza humana!

Si tuviera ante la vista el libro de Proudhon podría dar con facilidad algunos ejemplos para ilustrar su estilo. En los pasajes que él mismo consideraba más importantes, imita el tratamiento de Kant de las anti- nomias —Kant, cuyas obras él había leído en traducciones, era en aquella: época el único filósofo alemán que conocía— y lo deja a uno con una fuerte impresión de que, para él, como para Kant, la solución de las antinomias es algo que está “más allá” del entendimiento humano, es decir, algo acerca de lo cual su propio entendimiento está en la oscuridad.

Pero, a pesar de toda su aparente iconoclastia, ya se ve en ¿Qué es la propiedad? la contradicción de que Proudhon critica a la sociedad, por una parte desde e! punto de vista y con los ojos de un pequeño campesino francés (más tarde pequeño burgués) y por otra conforme a los standards heredados de los socialistas.

La deficiencia del libro está indicada por su propio título. El pro- blema estaba tan falsamente formulado que no podía ser contestado en forma correcta. Las “relaciones de propiedad” antiguas fueron absor- bidas por las relaciones de propiedad feudales, y éstas por las relaciones de propiedad “burguesas”. Así, pues, la propia historia había practicado su crítica sobre las relaciones de propiedad pasadas. Aquello que trataba efectivamente Proudhon era la propiedad burguesa moderna tal como existe en el presente. El problema de qué es esto, únicamente podía haber sido contestado por un análisis crítico de la “economía política” que abarcara estas relaciones de propiedad en su conjunto, no en su cxpresión legal como relaciones voluntarias, sino en su forma real, esto es, como relaciones de producción. Pero al encastrar el conjunto de estas relaciones económicas en la concepción jurídica general de la “propiedad” Proudhon no podía ir más allá de la respuesta que Brissot ya había dado, antes de 1789, en una obra similar, y con las mismas palabras: “La propiedad es un robo”.

Lo más que puede sacarse de esto es que las concepciones jurídicas burguesas del “robo” se aplican igualmente a las ganancias “honestas” del propio burgués. Por otra parte, desde que el robo, en cuanto violenta violación de la propiedad, presupone la existencia de la propiedad, Proud- hon sc embarcó en toda clase de fantasías, oscuras inclusive para él mismo, acerca de la verdadera propiedad burguesa.

Durante mi estada en París en 1844. entré en contacto personal con Proudhon. Lo menciono aquí porque en cierta medida también yo soy culpable de su “sofisticación”, como llaman los ingleses a la ¡dulte- ración de las mercancías. En el curso de extensos debates, que frecuen- temente duraban toda la noche, lo contaminé, para su gran perjuicio, de hegelianismo, el que, debido a su desconocimiento del alemán, no podía estudiar correctamente. Después de mi expulsión de París, el señor Karl Griin prosiguió con lo que yo había empezado. Como maestro de

filosofía alemana, él tenía sobre mí la ventaja de no entender nada del asunto.

Poco antes de la aparición de la segunda obra importante de Proud- hon. Philosophie de la Misére, etc. me la anunció en una carta muy detallada en que, entre otras cosas, decía: “Espero su seria crítica”. Ésta pronto cayó sobre él (en mi Misére de la Philosophie, etc., París, 1847) de una ntanera que terminó para siempre con nuestra amistad.

De lo dicho usted puede ver que el libro de Proudhon, Philosophie de la Misére ou Systéme des Contradictions Économiques, contenía por primera vez su respuesta a la pregunta ¿Qué es la propiedad? En efecto, fue sólo después de la publicación de esta última obra, que empezó sus estudios económicos; descubrió que los problemas que había plan- teado no podían resolverse con invectivas, sino únicamente por un aná- lisis de la “economía política” moderna. Al mismo tiempo, trató de pre- sentar dialécticamente el sistema de las categorías económicas. En lugar de las insolubles “antinomias” de Kant, había de introducirse la “con- tradicción” hegeliana como método de desarrollo,

Para un juicio sobre su libro, que apareció en dos gordos volúmenes, lo remito a usted a la obra que escribí como réplica. En ella demostré, entre otras cosas, cuán poco ha penetrado en el secreto de la dialéctica científica y cómo comparte, en cambio, las ilusiones de la filosofía espe- culativa en su tratamiento de las categorías económicas, pues en lugar de concebirlas como la expresión teórica de las relaciones históricas de producción, correspondientes a una etapa particular del desarrollo de la producción material, las pervierte trasformándolas en ideas eternas pre- existentes, y en su forma retorcida llega una vez más al punto de vista de la economía burguesa.

También muestro, además, cuán deficiente y aun a veces escolar es su conocimiento de la “economía política” cuya crítica emprendió, y cómo él y los utopistas andan a la caza de una llamada “ciencia” por la cual se excogite a priori una fórmula para la “solución del problema social”, en lugar de derivar su ciencia de un conocimiento crítico del movimiento histórico, movimiento que él mismo produce las condiciones materiales de la emancipación. Pero muestro especialmente lo confuso, erróneo y superficial que es Proudhon respecto del valor de cambio, base de todo el asunto, y cómo incluso se equivoca al tomar la interpre- tación utópica de la teoría del valor de Ricardo como base de una nueva ciencia. Respecto de su punto de vista general, emití el siguiente juicio de conjunto:

“Toda relación económica tiene su lado bueno y su lado malo: éste es el único punto en que el señor Proudhon no se desmiente. En su opinión el lado bueno lo exponen los economistas, y el lado malo lo de- nuncian los socialistas. De los economistas toma la necesidad de relacio- nes eternas, y de los socialistas esa ilusión que no les permite ver en la miseria nada más que la miseria. Proudhon está de acuerdo con unos y otros, tratando de apoyarse en la autoridad de la ciencia. En él la cien- cia se reduce a las magras proporciones de una fórmula científica; cs

un hombre a la caza de fórmulas. De este modo, el señor Proudhon se iacta de ofrecernos a la vez una crítica de la economía política y del comunismo, cuando en realidad se queda muy por debajo de una v de otro. De los economistas, porque considerándose como filósofo, en pose- sión de una fórmula mágica, se cree relevado de la obligación de entrar en detalles puramente económicos; de los socialistas, porque carece de la perspicacia y del valor necesarios para alzarse, aunque sólo sea en el terreno de la especulación, sobre los horizontes de la burguesía [...]. Pietende flotar sobre burgueses y proletarios como hombre de ciencia, y no es más que un pequeño burgués, que oscila constantemente entre el capital y el trabajo, entre la economía política y el comunismo”.*

Por severo que parezca el juicio anterior, debo suscribir todavía cada una de sus palabras. Pero al mismo tiempo, hay que recordar que en la época en que declaré que su libro era el código pequeñoburgués del socialismo, y lo demostré teóricamente, Proudhon era todavía difamado como archirrevolucionario extremo, tanto por los economistás políticos como por los socialistas. Esta es la razón por la cual tampoco me uní jamás a la gritería posterior acerca de su “traición” a la revolución. Erró- neamente interpretado en un principio por los demás tanto como por él mismo, no fue culpa suya si no cumplió esperanzas injustificadas.

En Filosofía de la miseria se manifiestan muy desfavorablemente, en comparación con ¿Qué es la propiedad”, todos los defectos del método de presentación de Proudhon. El estilo es con frecuencia lo que los franceses llaman e«mpoulé. Una jerga especulativa altisonante que se supone sea cl alemán filosófico, aparece regularmente en escena cuando le falla su agudeza gala de entendimiento. Un tono autopropagandís- tico, autoglorificante y jactancioso y especialmente el parloteo acerca de la “ciencia” y cl simulado despliegue de ésta, que es siempre tan poco edificante, aturden continuamente los oídos. En lugar del genuino entu- siasmo que ardía en su primer intento, hay aquí ciertos pasajes sistemá- ticamente claborados por la retórica en un ardor momentánco. Agré- guesce a esto la pisada y desagradable erudición del autodidacto, cuyo primitivo orgullo por su propio pensamiento original ya ha sido quebrado y que ahora como un parvenu [nuevo rico] de las ciencias cree nece- sario auxiliarse con lo que no es ni tiene. Luego, la mentalidad del pe- queñoburgués que en forma indecentemente brutal —ni aguda ni pro- fundamente, y ni siquiera correctamente— ataca a un hombre como Cabet, que merece respeto por su actitud práctica para con el proleta- riado, al tiempo que adula a un hombre como Dunoyer (consejero de Estado, es verdad). Y sin embargo, toda la importancia de este Dunoyer reside en el cómico celo con que a lo largo de tres gruesos « insoporta- blemente aburridos volúmenes, predicó la severidad que Helvetius ca- racterizó como “On veut que les malheureux soient parfaits” [se quicre que los infortunados sean perfectos].

Murx, Miseria de la filosofía, cap. W. (Ed.)

La revolución de febrero llegó por cierto en un momento muv in- oportuno para Proudhon, quien había demostrado irrefutablemente, ape- nas unas semanas antes, que “la era de las revoluciones” había pasado para siempre. Sin embargo, su intervención en la Asamblea Nacional, por pequeña que haya sido la visión de las condiciones existentes que demostró, fue digna de todo elogio. Después de la insurrección de junio, era un acto de gran valor. Además, tuvo la consecuencia afortunada de que el Sr. Thiers, por sa discurso en que se oponía a las propuestas de Proudhon —y que fue entonces editado como publicación especial—, demostró a toda Europa el pedestal de puerilidad en que se asentaba esta columna espiritual de la burguesía francesa. En verdad, comparado con el Sr. Thiers, Proudhon alcanzó el tamaño de un coloso antediluviano.

El descubrimiento de Proudhon del “crédit gratuit” y la “banque du peuple” basado sobre aquél, fueron sus últimas “hazañas” económi- cas. En mi libro Contribución a la crítica de la economía política... se encontrará la prueba de que la base teórica de su idea proviene de una equivocada comprensión de los primeros elementos de la “economía po- lítica” burguesa, a saber, de la relación entre las mercancías y el dinero, en tanto que la superestructura práctica es simplemente una reproduc- ción de esquemas mucho más antiguos y mejor desarrollados.

El que en ciertas condiciones económicas y políticas el sistema del crédito pueda servir para acelerar la emancipación de la clase obrera —del mismo modo que, por ejemplo, a comienzos del siglo xvi y nueva- mente a comienzos del xix cn Inglaterra, contribuyó a trasferir la riqueza de una a otra clase— es incuestionable y evidente. Pero considerar al capital que da interés como la principal forma del capital, al tiempo que intentar utilizar una forma especial de crédito, la pretendida abolición del interés, como la base de una trasformación de la sociedad, cs una fantasía pequeñoburguesa de pies a cabeza. De aquí que cesta fantasía, todavía aumentada, se halle ya entre los personeros económicos de la pequeña burguesía inglesa en el siglo xvm. La polémica de Proudhon con Bastiat (1850) acerca del capital que produce interés, está en un nivel mucho más bajo que La filosofía de la miseria. Consigue dejarse derrotar hasta por Bastiat y rompe con una fanfarria burlesca cuando su opositor le arroja sus golpes.

Hace pocos años, Proudhon —creo que instigado por el gobierno de Lausana— escribió un ensayo sobre la Tributación. Aquí se ha extinguido la última chispa de inspiración. No queda más que el pequeño burgués puro y simple.

En lo que respecta a sus escritos políticos y económicos, mnestran todos el mismo carácter contradictorio, dual, que sus obras económicas. Además, su valor se limita a Francia. Con todo, sus ataques contra la religión, la Iglesia, etc., fueron de gran mérito en su propio país en tiempos en que los socialistas franceses creían deseable mostrar con su religiosidad cuán superiores eran al volterianismo burgués del siglo xvi y al ateísmo alemán del xix. Si Pedro el Grande derrotó a la barbaric mediante la barbarie, Proudhon hizo lo que pudo para derrotar con fra- ses la fraseología francesa. Su obra sobre el coup d'état, en la que crítica

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con Luis Bonaparte y en realidad intenta hacerlo pasable para los obre- ros franceses; y su última obra, escrita contra Polonia, en que para ma- yor gloria del zar manifiesta cl cinismo más imbécil, deben ser caracte- .rizadas no como meramente malas, sino como bajas producciones, de una bajeza que corresponde, sin embargo, al punto de vista pequeño- burgués, ,

A menudo se ha comparado a Proudhon con Rousseau. Nada más erróneo. Se parece más a Nicolás Linguet, cuya Théorie des lois civiles es, dicho sea de paso, un libro muv brillante.

Proudhon tenía una inclinación natural hacia la dialéctica. Pero, como nunca comprendió realmente la dialéctica científica, jamás fue más allá de la sofistería. En realidad, ésta iba junto con su punto de vista pequeñoburgués. Como el historiador Raumer, cel pequeño burgués está compuesto de Por Una Parte y Por Otra Parte. Esto es así en sus intere- ses económicos y por consiguiente en su política. en sus opiniones cien- tíficas, religiosas y artísticas. Así es en su moral, en todo, Es una con- tradicción viviente. Si, como Proudhon, es además un hombre dotado, pronto aprenderá a jugar con sus propias contradicciones y a desarro- llarlas, según las circunstancias, en paradojas ora asombrosas y ostento- sas, ora escandalosas o brillantes. El charlatanismo en la ciencia y el acomodo en la política son inseparables de im punto de vista como esc. Sólo queda un motivo central, la tanidad del sujeto, y para él, como para toda la gente vana. la única cuestión es el éxito momentánco, la aten- ción del día. Asi, el simple sentido moral que siempre mantuvo a un Rousseau, por ejemplo, lejos de siquiera un parecido al compromiso con los poderes existentes, se extingue necesariamente.

Quizá las generaciones futuras resumirán la última fase del desarro- llo francés diciendo que Luis Napoleón fue su Napoleón y Proudhon su Rousseau-Voltaire. ...

SCHWEITZER, J. B. von (1833-1875). Sucesor de Lassalle en la direc- ción de la Allgemeine Deutsche Arbeiterverein ( Asociación General Obre- ra Alemana). Abogado de Francfort, en un principio liberal nacional, se volvió partidario de Lassalle en los primeros años de la década del sesenta. En 1865, en Berlín, Schweitzer fundo el órgano central de los lassalleanos, el Socialdemócrata, para el cual recibió subsidios de Bis- marck.

Schweitzer trató de convertir cn una secta al partido político que debía dirigir el movimiento de clase del proletariado, y se opuso a la unificación del movimiento obrero alemán. Era un representante de la política de Bismarck, un “socialdemócrata monárquico y prusiano” (Marx). (Ver además las cartas 75, 77, 81 y 113.)

Liscuer, Simón Nicolás Henri (1736-1794). Autor francés que sos- tuvo una polémica “contra los ideales liberalburgueses de sus contem- poráneos del Iluminismo, en contra del naciente dominio de la hurgue- sia” (Marx).

Rousseau, Jean-Jacques (1712-1778). El representante más impor-

tante de la ideología de la pequeña burguesía revolucionaria antes de la gran revolución francesa. Bajo la influencia él mismo de las ideas del período de la Ilustración, se volvió al mismo tiempo contra su raciona- lismo. Glorifica el estado natural de la igualdad primitiva. Según él, el desarrollo de la civilización conduce al pináculo de la desigualdad en la monarquía absoluta, y precisamente por medio de ésta, a la nueva igualdad del contrato social (contrat social), siendo éste en él única- mente la expresión ideológica de las relaciones de la producción capi- talista de mercancías, que sólo formalmente son relaciones contractuales. Funda los derechos del pueblo en la expulsión violenta de los déspotas, Sus escritos pedagógicos y políticos ejercieron una gran influencia sobre sus contemporáneos. Los jacobinos, por ejemplo Robespierre, lo consi- deraban como a su precursor teórico.