Correspondencia Marx-Engels 1881

Marx a Domela Nieuwenhuis

En La Haya

Londres, 22 de febrero de 1881

La «cuestión» acerca del próximo Congreso de Zúrich de la que usted me informa me parece... un error. Lo que haya de hacerse en un momento dado del futuro, lo que haya de hacerse de inmediato, depende por supuesto enteramente de las condiciones históricas dadas en las que se haya de actuar. Pero esta cuestión está en las nubes y por tanto es realmente el planteamiento de un problema fantasma, al que la única respuesta posible solo puede ser... la crítica de la cuestión misma. Ninguna ecuación puede resolverse a menos que los elementos de su solución estén contenidos en sus términos. Además, los apuros de un gobierno que ha llegado súbitamente al poder mediante una victoria popular no tienen nada específicamente «socialista». Al contrario. Los políticos burgueses victoriosos se sienten en seguida apurados por su «victoria», mientras que el socialista puede al menos actuar sin apuro alguno. De una cosa puede usted en todo caso estar seguro: un gobierno socialista no llega al poder en un país a menos que las condiciones estén tan desarrolladas que pueda, ante todo, tomar las medidas necesarias para intimidar a la masa de la burguesía lo bastante como para ganar tiempo —el primer desiderátum [requisito]— para una acción duradera.

Quizá me señalará usted la Comuna de París; pero, aparte de que esta fue meramente el levantamiento de una ciudad bajo condiciones excepcionales, la mayoría de la Comuna no era en modo alguno socialista, ni podía serlo. Con un poco de sano sentido común, sin embargo, habrían podido alcanzar un compromiso con Versalles útil a toda la masa del pueblo —lo único que podía alcanzarse en aquel momento—. La apropiación del Banco de Francia por sí sola habría bastado para disolver en el terror todas las pretensiones de la gente de Versalles, etc., etc.

Las reivindicaciones generales de la burguesía francesa formuladas antes de 1789 eran, más o menos y mutatis mutandis [con las modificaciones correspondientes], exactamente las mismas que las primeras reivindicaciones inmediatas del proletariado son hoy de manera bastante uniforme en todos los países con producción capitalista. Pero ¿tenía algún francés del siglo XVIII la más remota idea a priori de la manera en que se realizarían las reivindicaciones de la burguesía francesa? Las anticipaciones doctrinarias y necesariamente fantásticas del programa de acción para una revolución del futuro solo nos desvían de la lucha del presente. El sueño de que el fin del mundo estaba próximo inspiró a los primeros cristianos en su lucha contra el Imperio romano y les dio confianza en la victoria. La comprensión científica de la desintegración inevitable, que continuamente se despliega ante nuestros ojos, del orden social dominante, y la pasión cada vez mayor a la que las masas son flageladas por los viejos fantasmas del gobierno —mientras al mismo tiempo el desarrollo positivo de los medios de producción avanza a pasos agigantados—, todo esto es garantía suficiente de que en el momento en que estalle una revolución proletaria real se darán también las condiciones (aunque es seguro que estas no serán idílicas) de su próximo modus operandi [forma de acción] inmediato.

Es mi convicción que la coyuntura crítica para una nueva Asociación Internacional de Trabajadores no ha llegado aún y por esta razón considero todos los congresos obreros, particularmente los congresos socialistas, en la medida en que no se relacionen con las condiciones inmediatas dadas en esta o aquella nación en particular, no solo inútiles sino nocivos. Siempre se desvanecerán en innumerables y rancias banalidades generalizadas.