He leído con el mayor interés su artículo, que es, en el mejor sentido de la palabra, «original». De ahí el boicoteo: si uno rompe las telarañas del pensamiento rutinario, de entrada siempre puede estar seguro de ser «boicoteado»; es la única arma defensiva que los rutinarios saben esgrimir en su primer desconcierto. A mí me han «boicoteado» en Alemania durante muchísimos años, y todavía me ocurre en Inglaterra, con la pequeña variante de que de vez en cuando se lanza contra mí algo tan absurdo y tan asnal que me sonrojaría prestarle la menor atención pública. Pero ¡adelante! Lo siguiente que, a mi juicio, hay que hacer es tomar el endeudamiento asombrosamente creciente de los terratenientes, los representantes de la clase superior de la agricultura, y mostrar cómo quedan «cristalizados» en la retorta bajo el control de los «nuevos pilares de la sociedad».

Tengo muchísimo interés en ver su polémica con el Slovo. En cuanto navegue por aguas más tranquilas, volveré más a fondo sobre su Esquisse [croquis]. Por el momento no puedo omitir una observación. El suelo, al agotarse y no recibir los elementos –mediante abonos artificiales, vegetales y animales, etc.– que suplan sus carencias, seguirá dando, con el cambiante favor de las estaciones y de circunstancias independientes de la influencia humana, cosechas de cuantías muy distintas, aunque, si se suma un período de años, por ejemplo de 1870 a 1880, el carácter estancado de la producción se presenta del modo más señalado. En tales circunstancias, las condiciones climáticas favorables allanan el camino a un año de hambruna al consumir rápidamente y liberar los fertilizantes minerales todavía activos en el suelo, mientras que, a la inversa, un año de hambruna, y más todavía una serie de años malos subsiguientes, permiten que los minerales inherentes al suelo se acumulen de nuevo y actúen eficazmente al retornar el favor de las condiciones climáticas. Ese proceso se da, por supuesto, en todas partes, pero en otras partes se ve frenado por la intervención modificadora del propio agricultor. Se convierte en el único factor regulador allí donde el hombre ha dejado de ser una «potencia»… por falta de medios.

Así tenemos, en su país, 1870 como una cosecha excelente, pero ese año es un año culminante y, como tal, inmediatamente seguido por uno muy malo; el año 1871, la cosecha muy mala, ha de considerarse como el punto de partida de un nuevo ciclo pequeño, hasta llegar al nuevo año culminante de 1874, al que sigue de inmediato el año de hambruna de 1875; luego el movimiento ascendente recomienza, para terminar en el año de hambruna aún peor de 1880. La suma de los años a lo largo de todo el período demuestra que la producción anual media permaneció igual y que los meros factores naturales han producido por sí solos los cambios, al comparar los años sueltos y los ciclos menores de años.

Le escribí hace algún tiempo que, si la gran crisis industrial y comercial por la que ha pasado Inglaterra transcurrió sin el crac financiero culminante en Londres, ese fenómeno excepcional se debió únicamente al dinero francés. Ahora esto lo ven y lo reconocen incluso los rutinarios ingleses. Así, The Statist (29 de enero de 1881) dice: «El mercado monetario solo ha estado tan holgado como lo ha estado durante los últimos años por un accidente. El Banco de Francia a principios de otoño permitió que su reserva de oro en lingotes cayese de 30 millones de libras a 22 millones… El otoño pasado, indudablemente, se escapó por un pelo.» (!)

El sistema ferroviario inglés rueda por el mismo plano inclinado que el sistema de la deuda pública europea. Los magnates reinantes entre los directores de las distintas redes ferroviarias no solo contraen –progresivamente– nuevos empréstitos para ampliar su red, es decir, el «territorio» donde gobiernan como monarcas absolutos, sino que amplían sus respectivas redes para tener nuevos pretextos con que emprender nuevos empréstitos que les permitan pagar los intereses debidos a los tenedores de obligaciones, acciones preferentes, etc., y también, de vez en cuando, arrojar una limosna a los muy maltratados accionistas ordinarios en forma de dividendos algo aumentados. Este simpático método habrá de terminar, un día u otro, en una fea catástrofe.

En los Estados Unidos, los reyes ferroviarios se han convertido en blanco de ataques, no solo, como antes, por parte de los granjeros y otros «empresarios» industriales del Oeste, sino también por parte del gran representante del comercio: la Cámara de Comercio de Nueva York. El pulpo, rey ferroviario y estafador financiero Gould, ha dicho, por su lado, a los magnates comerciales neoyorquinos: Ahora atacáis a los ferrocarriles porque los consideráis más vulnerables dada su impopularidad actual; pero tened cuidado: después de los ferrocarriles les llegará el turno a toda clase de corporaciones (en la jerga yanqui, sociedades por acciones); luego, más adelante, a todas las formas de capital asociado; finalmente, a todas las formas de capital; de este modo estáis allanando el camino hacia… el comunismo, cuyas tendencias se extienden ya cada vez más entre el pueblo. El señor Gould «a le flair bon».

En la India aguardan al gobierno británico graves complicaciones, si no un estallido general. Lo que los ingleses les arrancan anualmente en forma de renta de la tierra, dividendos de ferrocarriles inútiles para los hindúes, pensiones para militares y funcionarios civiles, para las guerras de Afganistán y otras, etc., etc. –lo que les quitan sin equivalente alguno y aparte enteramente de lo que se apropian anualmente dentro de la India, hablando solo del valor de las mercancías que los indios han de enviar gratuita y anualmente a Inglaterra–, ¡equivale a más de la suma total de los ingresos de los sesenta millones de trabajadores agrícolas e industriales de la India! ¡Esto es una sangría, y de las gordas! ¡Los años de hambruna se suceden sin tregua y en dimensiones que hasta ahora no se sospechan en Europa! Hay una verdadera conspiración en marcha, en la que cooperan hindúes y musulmanes; el gobierno británico es consciente de que algo se «cuece», pero esta gente superficial (me refiero a los hombres de gobierno), embrutecidos por sus propias maneras parlamentarias de hablar y pensar, ¡ni siquiera quieren ver claro, ni hacerse cargo de toda la magnitud del peligro inminente! Engañar a los demás y, al engañarlos, engañarse uno mismo: ¡he ahí la sabiduría parlamentaria en pocas palabras! ¡Tant mieux!