En Berlín

[Bremen, hacia el 28-30 de abril de 1839]

¡Guglielmo carissimo! Mi muy querido Wilhelm: encontré tu carta entre las de los demás, y sus palabras me resultaron dulces. Pero no puedo aceptar como auténtico ni como competente el juicio y la sentencia pronunciados por los cinco estudiantes. — Pues es un acto de bondad por mi parte incluir poemas en mis cartas para ti [en griego].

Ya que no quieres criticar a St. Hanor, Florida y Sturm, no mereces recibir más versos. Tu afirmación de debilidad intelectual está en contradicción con tu acostumbrada veracidad. No le hará daño alguno a la libertad que mi espíritu se incline hacia la Joven Alemania, pues ésta no es un grupo de escritores, como la escuela romántica, la demagógica u otras escuelas, no es una sociedad cerrada; lo que quieren y por lo que trabajan es que las ideas de nuestro siglo —la emancipación de los judíos y de los esclavos, el constitucionalismo general y otras buenas ideas— se hagan carne y sangre del pueblo alemán. Como estas ideas no andan lejos de la tendencia de mi propio espíritu, ¿por qué habría de mantenerme al margen? Pues no es como tú dices [en latín:] entregarse a una tendencia, sed: adherírsele; sequitur una continuación en mi cuarto, y, escribiendo una carta poliglótica, tomaré ahora la lengua inglesa. Pero no, mi hermosa italiana, encantadora y pura como el céfiro, con palabras como flores del jardín más deleitoso, y el español, una lengua como el viento en los árboles, y el portugués, como el susurro del mar en una orilla de flores y praderas, y el francés, como el rápido murmullo de una fuente, muy divertido, y el holandés, como el humo de una pipa de tabaco, muy acogedor [en mezcla de francés, holandés, español]: pero nuestro amado alemán — eso es todo a la vez.

Como las largas, largas olas del mar es la lengua de Homero;
Esquilo precipita al valle una roca tras otra.
Lengua de los romanos: así el poderoso César arenga a las legiones,
Asiendo las palabras que yacen en profusión como bloques angulosos
Esparcidos en derredor; de ellos se alza una construcción ciclópea;
Mientras que la nueva lengua italiana es graciosa y encantadora,
Que sitúa al poeta en el centro del más hermoso jardín de la Tierra;
Petrarca colmó cornucopias; Ariosto tejió su corona de laurel.
Lengua de España: ¡oh, escucha cómo en lo alto, entre las hojas de la copa,
Reina el viento tremendo, y los tremendos cantos de los antiguos
Hínchanse y resuenan en su bramido, y las uvas que cuelgan del sarmiento
Que trepa por el tronco del árbol oscilan todas de un lado a otro en el follaje.
Lengua de Portugal: el murmullo de las olas en la costa florida,
Donde entre los juncos se oye cómo Syrinx suspira con el Céfiro.
Escucha la lengua de los francos: corre, arroyuelo exuberante,
Alegremente abriéndose paso y alisando la obstinada arenisca
Bajo el rielante fluir de sus parlanchinas y gárrulas ondecillas.
Lengua de Inglaterra, en todo ese tiempo monumento de grandes gigantes,
Batido por la intemperie y cubierto de hierba, que por todo eso cubrieron las zarzas;
En torno a él grita y aúlla la tormenta que querría derribarlo.
Ah, pero la lengua alemana retumba como la resaca de las rompientes
Que lavan el dentado coral que porta las más hermosas islas;
Hacia ella truenan las largas, largas olas de la música de Homero;
Allí también se estrellan las rocas gigantescas que Esquilo despeñó;
Allí veréis la construcción ciclópea del Comandante en Jefe;
Allí veréis el fragante jardín de bellas flores;
Potentes son los sonidos que se alzan de en medio de las hojas en la copa del árbol;
Se oye a Syrinx en los juncos, y los arroyuelos pulen la arenisca;
Mucha edificación gigantesca se alza con el viento gritando en torno suyo:
Tal es la lengua alemana, eterna y tejida de maravillas.

Estos hexámetros los he escrito ex tempore, y espero que te hagan más soportable el desatino de la página anterior del que surgieron. Pero discútelos como algo extemporáneo.

29 de abril. Para proseguir con tu carta en continuación consecuente, el tiempo está hoy espléndido, de modo que, posito caso aequalitatis temporalis, probablemente y con razón estás hoy suprimiendo todas tus lecciones. Ojalá estuviera contigo. — Probablemente ya te he escrito que he estado desahogando mi ingenio contra el Bremer Stadtbote bajo el nombre de Theodor Hildebrand; ahora lo he dejado con la siguiente carta.

Querido Bremer Stadtbote,

No te ofendas, por favor, si te he convertido en hazmerreír de la ciudad. Recuerda, amigo, que la gente siempre ha tendido a ridiculizar lo que es manifiestamente malsano.

Tus días de sol han casi terminado
en los tres meses que llevas trotando por ahí.
¿Acaso has dicho cosas que no debías,
para darte a ti mismo semejante motivo de reflexión ulterior?

Mis poemas me costaban poco esfuerzo cuando los hacía;
el trabajo de carga estaba casi todo hecho.
Tomaba tus artículos y los parodiaba;
la materia provenía de ti solo.
Simplemente réstales el esquema de rimas y el ritmo;
la imagen que queda es toda tuya.
Enfurécete, si quieres, con tu respetuoso y
obediente servidor,
Theodor Hildebrand

Tú también deberías empezar a escribir un poco, ya sea en verso o en prosa, y luego enviar cosas al Berliner Conversationsblatt, si todavía existe, o al Gesellschafter. Luego lo retomas más seriamente, escribes cuentos cortos, que imprimes en revistas, después aparte, adquieres reputación, eres aclamado como un narrador talentoso e ingenioso. Ya os veo de nuevo a todos: a Heuser, gran compositor; a Wurm, escribiendo profundos estudios sobre Goethe y los desarrollos de la época; a Fritz, convertido en famoso predicador; a Jonghaus, componiendo poemas religiosos; a ti, escribiendo ingeniosos cuentos y ensayos críticos, y a mí —convertido en el poeta local de Barmen para sustituir al teniente Simons de tan maltratada memoria (en Cleve)—. Como pieza poética adicional para ti, está también la canción en la hoja para el Musenalmanach, que no tengo ganas de volver a copiar. Tal vez escriba otra además. Hoy (30 de abril), debido al tiempo magnífico, estuve sentado en el jardín desde las 7 de la mañana hasta las ocho y media, fumé y leí la Lusiade hasta que tuve que ir a la oficina. No hay mejor manera de leer que en un jardín en una clara mañana de primavera, con una pipa en la boca y los rayos del sol en la espalda. Esta tarde proseguiré esa ocupación con el Tristán en alto alemán antiguo y sus dulces reflexiones sobre el amor. Esta noche iré al Ratskeller, donde nuestro Herr Pastore nos invita al vino del Rin que le ha sido entregado —en cumplimiento de su deber— por el nuevo burgomaestre. Con un tiempo tan estupendo me entra siempre un inmenso anhelo del Rin y de sus viñedos, pero ¿qué le voy a hacer? Como mucho escribir un par de versos.

Estoy dispuesto a apostar que W. Blank te ha escrito diciendo que yo escribí los artículos en el Telegraph y por eso estáis todos tan enfadados al respecto. La escena es Barmen y puedes imaginarte lo que es. — Acabo de recibir carta de W. Blank en la que dice que el artículo causa un furioso revuelo en Elberfeld. El Dr. Runkel lo ataca en la Elberfelder Zeitung acusándome de falsedades. Quiero que le hagan saber la indicación de que me señale una sola falsedad, lo que no puede, porque todo lo que escribí se basaba en datos probados que tengo de testigos oculares y auriculares. Blank me envió el periódico, que despaché de inmediato a Gutzkow con el ruego de que siguiera manteniendo mi nombre en secreto. Krummacher declaró hace poco en un sermón que la Tierra está quieta y el Sol gira en torno a ella, y el sujeto se atreve a trompetear esto al mundo en este 21 de abril de 1839, y luego dice que el pietismo no retrotrae al mundo a la Edad Media. Es escandaloso. Debería ser expulsado, o un día llegará a Papa sin que te des cuenta, y entonces ojalá lo fulmine una tormenta de azafrán. Dios lo sabe, sólo Dios sabe qué será de Wuppertal. Adiós. Tuyo, que espera pronta respuesta o no enviará más poemas,

Friedrich Engels