Correspondencia Marx-Engels 1851

Friedrich Engels a Karl Marx en Londres, hacia el 20 de julio de 1851

Querido Marx:

Te devuelvo los documentos. Me gusta la carta de Miquel[1]. Al menos el tipo piensa, y sin duda saldría muy bien si pasara algún tiempo en el extranjero. Sus temores sobre el efecto desfavorable que nuestro documento[2], ahora publicado, tendrá sobre los demócratas son seguramente muy justificados en su distrito; pero estos primitivos demócratas campesinos medios de la Baja Sajonia, cuyas botas el Kölnische Zeitung ha estado lamiendo últimamente, ofreciéndoles una alianza, son justamente de esa clase y están muy por debajo de los demócratas filisteos de las grandes ciudades, por los cuales, al fin y al cabo, son dominados. Y estos demócratas pequeño-burgueses corrientes, aunque evidentemente muy picados por este documento, están ellos mismos demasiado acosados y oprimidos para no estar mucho más dispuestos, junto con la gran burguesía, a comprender la necesidad de cruzar el Mar Rojo. Estos tipos se resignarán cada vez más a la necesidad de un breve reinado del terror por parte del proletariado –después de todo, no puede durar mucho, pues el contenido positivo del documento es realmente tan disparatado que no cabe pensar en un dominio permanente de gente así ni en la realización final de semejantes principios–. En cambio, el gran y mediano campesino de Hannover, que no posee más que su tierra, cuya casa, granja, graneros, etc., están expuestos a todos los peligros por la ruina previsible de todas las compañías de seguros, y que, además, desde los tiempos de Ernesto Augusto[3] ha probado ya bien todas las delicias de la resistencia legal, este robusto yeoman alemán se guardará muy bien de adentrarse en el Mar Rojo antes de que sea necesario.

Según la carta de Bermbach[4], Haupt[5] es el traidor, pero yo no puedo creerlo. En todo caso, este asunto debe investigarse. Por supuesto, parece sospechoso que, por lo que sé, Haupt siga en libertad. Habrá que abandonar la idea de un viaje de Gotinga o Colonia a Hamburgo. Es imposible decir qué revelarán sobre esto los autos del proceso o las actas del tribunal, y cuándo. Si hay traición, no hay que olvidarla, y sería muy bueno dar un ejemplo en una ocasión propicia.

Espero que Daniels[6] quede en libertad pronto; después de todo, es el único hombre con sentido político en Colonia y, a pesar de toda la vigilancia policial, sería capaz de mantener las cosas en el buen camino.

Volviendo al efecto de nuestro documento sobre los demócratas. Miquel debería considerar, sin embargo, que nosotros hemos estado hostigando incesantemente a estos señores en escritos que, al fin y al cabo, eran más o menos manifiestos de Partido. ¿A qué viene, pues, tanto griterío por un programa que sólo resume, de manera muy serena y sobre todo muy impersonal, lo que se publicó hace ya mucho tiempo? ¿Acaso nuestros discípulos continentales nos negaron, y acaso su relación con los demócratas fue más lejos de lo que la política de Partido y el honor de Partido permiten? Si los demócratas levantaron un clamor revolucionario por pura falta de opinión opositora, ¿quién es responsable de esa falta de opinión opositora? Seguramente no nosotros, sino –y esto es lo más que puede decirse– los comunistas alemanes en Alemania. Y de hecho, ése parece ser el escollo. Todo demócrata con algo de inteligencia debía haber sabido desde el principio lo que tenía que esperar de nuestro Partido; el documento no podía contener nada que le fuera muy nuevo. Si hicieron una alianza temporal con los comunistas, conocían perfectamente las condiciones y la duración de la alianza, y a nadie más que a los campesinos medios y abogados hannoverianos se les habría ocurrido suponer que desde 1850 los comunistas habían renegado de los principios y la política de la Neue Rheinische Zeitung. Waldeck[7] y Jacobi[8] jamás habrían soñado con semejante cosa. En cualquier caso, publicaciones de esta clase no pueden hacer nada a la larga contra «la naturaleza de las cosas» ni contra «la concepción de las relaciones», como diría Stirner[9], y los gritos y la agitación de los demócratas pronto volverán a estar en pleno apogeo y marcharán de la mano con los comunistas. Y bien sabemos que esos tipos nos jugarán malas pasadas el día después de que el movimiento haya terminado; ninguna diplomacia puede evitarlo.

Por otra parte, el hecho de que, como yo suponía, se estén formando pequeños grupos comunistas por todas partes sobre la base del Manifiesto[10] me ha causado gran alegría. Esto es justo lo que nos faltaba, considerando la debilidad de nuestro estado mayor hasta ahora. Soldados siempre se pueden encontrar sin dificultad si la situación está suficientemente madura para ello, pero la perspectiva de tener un estado mayor que no se componga de elementos de Straubinger y que permita una selección más amplia que la actual, de sólo veinticinco hombres con algún tipo de instrucción, es ciertamente muy agradable. Sería bueno hacer una recomendación general de que se haga propaganda en todas partes entre los empleados de oficina. Si hubiera que constituir una administración, estos muchachos serían indispensables: están acostumbrados al trabajo duro y a la contabilidad inteligible, y el comercio es la única escuela práctica para oficinistas competentes. Nuestros abogados, etc., son del todo ineptos para tal trabajo. Lo que necesitamos son empleados que lleven los libros y las cuentas, y hombres talentosos, bien instruidos, capaces de redactar despachos, cartas y documentos. Con seis oficinistas yo podría organizar una rama de administración infinitamente más sencilla, mejor ordenada y más práctica que con sesenta consejeros gubernamentales y peritos financieros. Estos últimos ni siquiera pueden escribir de manera legible y embadurnarían todos los libros de modo que nadie podría entender ni jota. Viendo que uno está cada vez más obligado a prepararse para esta eventualidad, el asunto no carece de importancia. Además, los empleados de oficina están acostumbrados a una actividad mecánica continua, son menos pretenciosos, menos dados a la holgazanería y es más fácil deshacerse de ellos si resultan inadecuados.

La carta para Colonia ha sido despachada –todo muy bien atendido–. Si no llega intacta, no sé qué hacer. Por regla general, no conviene usar las señas de Schulz[11] – ¡es un ex-co-gerente!