Cartas: Correspondencia Marx-Engels 1888

Marx-Engels Correspondence 1888

Engels a Margaret Harkness

En Londres

Editorial: (desconocida);

Londres, principios de abril

Estimada señorita Harkness:

Le agradezco mucho que me haya enviado su «City Girl» por mediación de los señores Vizetelly. Lo he leído con el mayor placer y avidez. Es, en verdad, como lo llama mi amigo Eichhoff, su traductor, ein kleines Kunstwerk... [una pequeña obra de arte. DM]

Si algo tengo que criticar, sería que tal vez, después de todo, el relato no es lo bastante realista. El realismo, a mi modo de ver, implica, además de la fidelidad del detalle, la reproducción verídica de caracteres típicos en circunstancias típicas. Ahora bien, sus caracteres son bastante típicos, hasta donde alcanzan; pero quizás las circunstancias que los rodean y los hacen actuar no lo sean en igual medida. En «City Girl», las figuras de la clase obrera son una masa pasiva, incapaz de ayudarse a sí misma y que ni siquiera muestra (hace) ningún intento de esforzarse por ayudarse. Todos los intentos de sacarla de su aletargada miseria proceden de fuera, de arriba. Ahora bien, si esto era una descripción correcta hacia 1800 o 1810, en los días de Saint-Simon y Robert Owen, no puede aparecer así en 1887 a los ojos de un hombre que durante casi cincuenta años ha tenido el honor de compartir la mayoría de las luchas del proletariado militante. La reacción rebelde de la clase obrera contra el medio opresor que la rodea, sus intentos –convulsivos, semiconscientes o conscientes– de recuperar su condición de seres humanos, pertenecen a la historia y, por tanto, deben reclamar un lugar en el dominio del realismo.

Estoy muy lejos de reprocharle que no haya escrito una novela abiertamente socialista, un «Tendenzroman» [novela de tendencia social. DM], como la llamamos los alemanes, para glorificar las opiniones sociales y políticas de los autores. No es eso lo que quiero decir. Cuanto más ocultas permanezcan las opiniones del autor, mejor para la obra de arte. El realismo al que aludo puede aflorar incluso a pesar de las opiniones del autor. Permítame remitirme a un ejemplo. Balzac, a quien considero un maestro del realismo mucho más grande que todos los Zolas passés, présents et a venir [pasados, presentes y futuros], en «La Comédie humaine» nos ofrece una historia maravillosamente realista de la «sociedad» francesa, en especial del le monde parisien [el mundo social parisino], describiendo, a modo de crónica, casi año por año desde 1816 hasta 1848, los progresivos avances de la burguesía ascendente sobre la sociedad de los nobles, que se reconstituyó después de 1815 y que volvió a erigir, en la medida de lo posible, el estandarte de la viellie politesse française [antigua cortesía francesa]. Describe cómo los últimos restos de esta sociedad, para él modélica, sucumbieron gradualmente ante la intrusión del vulgar arribista adinerado, o fueron corrompidos por él; cómo la gran dama cuyas infidelidades conyugales no eran sino un modo de afirmarse en perfecta consonancia con la manera en que había sido dispuesta en el matrimonio, cedió el paso a la burguesa, que ponía los cuernos a su marido por dinero o cachemira; y en torno a este cuadro central agrupa una historia completa de la sociedad francesa de la cual –incluso en detalles económicos (por ejemplo, la reorganización de la propiedad inmueble y mueble tras la Revolución)– he aprendido más que de todos los presuntos historiadores, economistas y estadísticos de la época juntos. Pues bien, Balzac era políticamente un legitimista; su gran obra es una constante elegía sobre la decadencia inevitable de la buena sociedad, sus simpatías están todas con la clase condenada a la extinción. Pero, con todo, su sátira nunca es más aguda, su ironía nunca más amarga, que cuando pone en movimiento a los mismos hombres y mujeres con quienes simpatiza más profundamente: los nobles. Y los únicos hombres de los que siempre habla con admiración indisimulada son sus más encarnizados antagonistas políticos, los héroes republicanos del Cloître Saint-Méry, los hombres que en aquel tiempo (1830-1836) eran, en efecto, los representantes de las masas populares. Que Balzac se viera así obligado a obrar contra sus propias simpatías de clase y sus prejuicios políticos, que viera la necesidad de la caída de sus nobles favoritos y los describiese como personas que no merecían mejor suerte; y que viera a los verdaderos hombres del futuro allí donde, por el momento, solo ellos podían encontrarse –esto lo considero uno de los mayores triunfos del Realismo y uno de los rasgos más grandiosos del viejo Balzac.

Debo reconocer, en su defensa, que en ninguna parte del mundo civilizado son los trabajadores menos activamente resistentes, más pasivamente sumisos al destino, más hébétés [aturdidos] que en el East End de Londres. ¿Y quién me dice a mí que no haya tenido usted muy buenas razones para contentarse, por una vez, con un cuadro del lado pasivo de la vida de la clase obrera, reservando el lado activo para otra obra?