Correspondencia Marx-Engels 1880

Engels a J.P. Becker

En Ginebra

Editor: International Publishers (1968);

Londres, 1 de abril de 1880

Aquí las cosas están otra vez como en 1850. La Asociación Obrera se está fraccionando en toda clase de partidos —Most aquí, Rackow allá— y nosotros nos vemos en no pocos aprietos para evitar que nos arrastren al torbellino. Todo es una tormenta en un vaso de agua, que en ciertos aspectos puede ejercer una influencia muy buena sobre quienes toman parte en ella, por contribuir a su ulterior formación, pero en lo que atañe a la marcha del mundo es más o menos indiferente que cien obreros alemanes aquí se declaren por un bando o por otro. Si pudieran ejercer alguna influencia sobre los ingleses… pero de eso no se trata en absoluto. Most, en su confusa ansiedad de hacer algo, no logra ni estarse quieto ni llevar a cabo nada; la gente en Alemania sencillamente no quiere ver que, porque Most haya sido expulsado del país, el momento para la revolución ha llegado ya. Freiheit, por pura fuerza, ha de convertirse en el periódico más revolucionario del mundo, pero esto no se consigue repitiendo la palabra revolución en cada línea. Afortunadamente, poco importa lo que figure en el periódico o lo que no. Lo mismo cabe decir del órgano de Zúrich, que un día predica la revolución y al siguiente declara que una revolución por la fuerza sería la mayor de las desgracias, que teme de un lado verse superado por las grandes palabras de Most y del otro que los obreros tomen en serio sus propias grandes palabras. Así que es una elección entre el vacío vociferar de Freiheit y el estrecho filisteísmo del Sozial Demokrat.

Me temo que nuestros amigos en Alemania se equivocan acerca del tipo de organización que debería mantenerse bajo las condiciones actuales. Nada tengo contra el hecho de que los principales miembros del Parlamento tomen la dirección en ausencia de cualquier otra jefatura. Pero no pueden ni exigir ni imponer la obediencia estricta que la antigua jefatura del partido —elegida para este fin— podía reclamar. Menos aún en las circunstancias actuales, sin prensa, sin mítines de masas. Cuanto más laxa sea ahora en apariencia la organización, tanto más fuerte será en realidad. Pero en lugar de esto, se pretende mantener el viejo sistema, las decisiones finales quedan en manos de la jefatura del partido (aunque no haya congreso que la corrija o, en caso necesario, la destituya), y cualquiera que ataque a uno de ellos es un hereje. Y aun así, los mejores de entre ellos saben bien que hay entre ellos toda suerte de gentes incapaces y, en otros aspectos, no del todo cabales, y han de tener una mentalidad bien limitada si no se percatan de que no son ellos quienes disponen de su órgano, sino Hochberg, gracias a sus talegas de dinero, y con él sus compañeros filisteos Schramm y Bernstein. En mi opinión, el viejo partido, junto con su antigua organización, ha llegado a su fin. Si, como es de esperar, el movimiento europeo vuelve a ponerse en marcha pronto, la gran masa del proletariado alemán se incorporará a él, y entonces los 500.000 hombres de 1878 se sumarán al núcleo formado y educado de esta masa; pero entonces también la vieja “organización estricta” legada por la tradición lassalleana se convertirá en un freno que podrá contener un carro, mas no aplicarse a un alud.

Además, esa gente no hace más que cosas perfectamente calculadas para disgregar al partido. En primer lugar, se supone que el partido ha de mantener constantemente a los viejos agitadores y redactores, por lo cual se carga con todo un cúmulo de periódicos que no contienen absolutamente nada que no pueda leerse en cualquier gacetilla burguesa de cotilleos. ¡Y se espera que los obreros cooperen con esto indefinidamente! En segundo lugar, se presentan en el Reichstag y en el Landtag sajón de un modo tan manso, casi siempre, que se desacreditan a sí mismos y al partido ante el mundo entero, haciendo “propuestas positivas” al gobierno existente sobre cómo hacer mejor las cosas en pequeñas cuestiones de detalle, etc. ¡Y se espera que los obreros, que han sido declarados fuera de la ley, atados de pies y manos a los caprichos de la policía, consideren esto como una representación adecuada! En tercer lugar, el tono filisteo pequeñoburgués del Sozial Demokrat, que ellos sancionan. En cada carta nos dicen que no creamos bajo ningún concepto los informes de que ha estallado alguna división o diferencias de opinión en el partido, pero todo el que viene de Alemania nos asegura que la gente está completamente desconcertada por esta conducta de sus dirigentes y de ninguna manera de acuerdo con ella. En efecto, teniendo en cuenta el carácter de nuestros obreros, que tan espléndidamente se ha mantenido, cualquier otra cosa sería imposible. Es la característica peculiar del movimiento alemán que todos los errores de la dirección sean invariablemente corregidos por las masas, y sin duda esta vez será también así.