[Bremen, 20 de enero de 1839]

A Fritz Graeber

Florida

I

El Espíritu de la Tierra habla:

    Trescientos años han rodado ya desde la hora
En que la orgullosa gente blanca vino de lejos
A través de los mares, donde sus grandes ciudades se alzan.
    Las islas pronto se tornaron presa de los fuertes;
Alcé del océano mi puño crispado
Para ver hasta dónde sus pies arrogantes errarían.
    Bosques vestían la tierra y flores crecían en profusión;
Por los hondos valles vagaban por docenas
Mis fieles tribus de la nación de piel morena.
    El Padre Eterno, manso, tuvo a bien derramar
Bendiciones abundantes. Los Hombres Blancos vinieron;
Su nave, de curso errático, se acercó a la orilla.
    La tierra les pareció hermosa. Reclamaron su derecho,
Y la tomaron, como a las islas, en su codicia,
Sembrando entre mi pueblo la vergüenza de la servidumbre.
    Los linderos marcados por surcos negaron,
Y con sus cuadrantes midieron mi Mano,
Trazando extrañas líneas de lado a lado.
    No pasó mucho tiempo, pululaban por la tierra;
Sólo un dedo temieron probar.
Quien allí se aventuró estaba condenado a encontrar su fin.
    En este único dedo restante, yo
He puesto un anillo que mis gentes de piel morena componen.
Están de pie con lanzas en alto, prontas a disparar.
    Y si sus escudos en compactas, apretadas filas
Me fallan, si la arrogancia del Hombre Blanco rompe el anillo,
Esta Mano, con Blancos y Morenos, me propongo entonces
Sumergir en las aguas ululantes.

II

El Semínola habla:

    Paz a mis hermanos no proclamaré;
Guerra sea mi primera palabra, batalla sea mi última.
    Y cuando vuestros ojos llameen en súbita llama,
Como el fuego del bosque avivado por el soplo del huracán,
Entonces diré que tuvisteis toda la razón
En llamarme Sol de la Palabra, ante quien la Noche huye veloz.
    Así como el ansia de caza de vosotros flameó ante el apuro
De criaturas inocentes a las que forzasteis a huir
De flecha tras flecha en vuelo raudo,
    Así os cazarían los Hombres Blancos sin piedad.
Pero que vuestras veloces flechas dejen claro
Que ellos son la presa, y los cazadores, nosotros.
    Envidian nuestras pieles rojas; y por temor
A que su repulsivo blanco sea discernido,
Se envuelven en atavíos multicolores.
    A nuestro país han llamado la ribera florida,
Pues aquí crecen flores en gran profusión.
Pero azules, o blancas, o amarillas, por la tierra

    En rojas vestiduras pronto todas han de mudar,
Salpicadas con la propia sangre roja del Hombre Blanco.
El flamenco no brillará con más carmesí.
    Como esclavos, demostramos ser de poca utilidad.
Trajeron a los cobardes Negros de allende el mar:
¡Conocerán la fuerza y el coraje de nuestra prole!
    ¡Ven, pues, Hombre Blanco, si es tu deseo,
Y recibirás el homenaje que te es debido.
De cada lecho de cañas, de cada árbol,
las flechas semínolas esperan para emboscarte!

III

El Hombre Blanco habla:

    ¡Bien, pues! Y así por última vez ofreceré
Mi frente al cruel Destino
Y libremente me volveré para encarar el acero asesino.
    ¡Oh, Destino vengativo, bien te conozco!
Siempre has tornado en hiel la alegría de mi vida.
¿Crees que alguna vez conocí el éxtasis del Amor?

    Burlándose, me rompió el corazón aquella de quien me enamoré.
Desde entonces, buscando consuelo,
Luché por la Libertad. Los reyes mismos han

    Temblado todos ante nuestra Liga. Con trepidación,
Los príncipes han visto cómo la juventud alemana puede erguirse
Como un solo hombre. En siete años de expiación

    He pagado plenamente mi deuda en grilletes de hierro.
En una rápida nave me traen allende el mar
A la Libertad — pero en una playa extraña.
    ¡La costa llama! Pero al pie de un acantilado, ¡ved! —
La nave naufraga. Todos a bordo saltan
A las espumeantes olas. Una tabla me lleva

    A salvo a la orilla, aunque magullado y tiritando.
Por primera vez, mi suerte me favorece.
En mares anegados de arena yacen los demás ululando.
    ¿Mas no puedo escapar a mi destino?
Los salvajes me rodean, atan mis miembros.
Buscan cobrar venganza matándome.
    Para mí, así lo esperaba, comienza una nueva Libertad.
Pero aquí luchadores por la Libertad buscan asesinarme.
Así debo expiar los pecados de mis hermanos.

    Mas ¿qué llega flotando a la playa allí abajo?
¡Un crucifijo! ¡En los ojos de mi Redentor
Tal ternura! Echo tanto de menos Su Palabra amada.
    Mientras yazgo aquí, sobre las ardientes arenas, muriendo,
Él viene a mí con pródiga clemencia.
Mientras me lamento, Dios, rivalizando con la furia del Infierno,
¡Se ha tornado ahora Él mismo un cadáver por mí!

He aquí mi contribución para la próxima pequeña velada. Vi que había habido otra vez una en nuestra casa y sentí mucho no haber enviado nada para ella. Ahora en respuesta a tu carta. — ¡Ajá! ¿Por qué no lees el periódico? Si lo hicieras habrías visto qué se imprimió y qué no sobre el asunto. No es culpa mía si haces el ridículo. El periódico sólo contenía informes oficiales emitidos por el Senado y eran realmente lo que cabía esperar. La comedia de Plümacher debe de ser muy buena. La he pedido por escrito dos veces, pero no ha dicho ni una palabra al respecto. En cuanto a Jonghaus y su amor, tengo algo que ajustar con él sobre eso. Vosotros siempre os dejáis disuadir de escribir por «esto y aquello». Dime, ¿no podéis escribirme media hora cada día después de recibir una carta mía? Entonces habríais terminado en tres días. Yo tengo que escribir todas estas cartas —cinco de ellas— y escribo mucho más apretado que vosotros y aun así las tengo terminadas en cuatro o cinco días. Sí, es terrible. Podéis tener ocho días, pero al noveno día después de recibir mi carta debéis enviar vuestra respuesta. No hay otra manera. Si he hecho otros arreglos con Wurm, por la presente los cambio. Tenéis ocho días, de lo contrario, las penalidades con que se amenaza a Wurm entran en vigor —nada de versos y se os hará esperar tanto como yo espero.

He aquí una xilografía, à la Volksbücher, que te muestra claramente cómo estoy al acecho de vosotros, es decir, de vuestras cartas. Pensé que habría despachado mis cartas hoy (domingo, 20 de enero) pero están dando las cuatro y media y el correo sale hoy a las cinco. Así que mis planes se han torcido de nuevo. Bueno, tiene su lado bueno de todas formas, porque ahora puedo cagar en paz y luego escribiros en paz. Aún no he podido empezar una carta para Peter Jonghaus. Maldición, hay alguien sentado en el retrete y yo estoy a punto de reventar.

Es notable que, si consideras a nuestros más grandes escritores, siempre parecen ir en pares, complementándose uno al otro como, por ejemplo, Klopstock y Lessing, Goethe y Schiller, Tieck y Uhland. Pero ahora Rückert está completamente solo y tengo curiosidad por saber si se le unirá alguien o si palmara antes; casi lo parece. Como poeta amoroso, se le podría emparejar con Heine, pero desgraciadamente los dos son por lo demás tan heterogéneos que no se les puede unir de ningún modo. Klopstock y Wieland son al menos contrastes, pero Rückert y Heine no tienen la más mínima otra similitud y cada uno se sostiene absolutamente por sí solo. ¡El partido berlinés de la Joven Alemania [191] es una buena pandilla en verdad! Quieren transformar nuestro tono en uno de «condiciones y relaciones sutiles», lo que viene a significar: escribimos algo para el mundo entero, y para llenar las páginas describimos cosas que no existen, y las llamamos «condiciones», o servimos un mejunje y eso pasa bajo el nombre de «relaciones sutiles». Este Theodor Mundt emborrona algo para todo el mundo sobre la Demoiselle Taglioni, que «baila Goethe», lo adorna con bellas frases de Goethe, Heine, Rahel y Stieglitz y dice los disparates más inapreciables sobre Bettina, pero todo de una manera tan ultramoderna que debe de ser un deleite para cualquier dandi cabeza hueca o una joven, vanidosa y lasciva dama leer semejante cosa. Este Kühne, agente de Mundt en Leipzig, es editor del Zeitung für die elegante Welt y ahora parece una dama cuya figura fue hecha para un miriñaque y a la que han metido ahora en un vestido moderno, de modo que a cada paso se le ven las encantadoras piernas zambas a través del vestido ceñido. ¡Es exquisito! ¡Y este tipo, Heinrich Laube! Embadurna sin parar sobre personajes que no existen, escribe historias de viajes que no son nada de eso, disparate sobre disparate; es terrible. No sé qué va a ser de la literatura alemana. Tenemos tres hombres de talento: Karl Beck, Ferd. Freiligrath y Julius Mosen. Este último es ciertamente judío y en su Ahasver, hace que el Judío Errante desafíe al cristianismo por todos los motivos. Gutzkow, que está entre los más razonables de todos, le reprocha porque, dice, Ahasverus es un carácter mezquino, un verdadero judío regateador [192]; Theodor Creizenach, igualmente un juif, ha arremetido ahora contra Gutzkow en el Zeitung für die elegante Welt [193] de la manera más violenta, pero Gutzkow está demasiado por encima de él. Este Creizenach, un escritorzuelo vulgar y corriente, alaba a Ahasverus hasta las nubes como un gusano aplastado y vitupera a Cristo como un Dios Todopoderoso orgulloso y envanecido; dice también que en el Volksbuch, es cierto, Ahasverus no es más que un tipo vulgar, pero que en los libros de papel secante de los buhoneros Fausto tampoco es mucho más que un vulgar hechicero, mientras que Goethe le ha dotado de la psicología de varios «siglos». Esto último es evidentemente un despropósito (si no me equivoco, es toda una construcción latina), pero me importa sólo por los Volksbücher. Por supuesto, si Theodor Creizenach los condena deben de ser muy, pero que muy malos, sin embargo me atrevo a decir que hay más profundidad y poesía en el Volksbuch Ahasverus que en todo Th. Creizenach más todos sus dignos compañeros.

Ahora estoy trabajando en una serie de epigramas y te envío los que he terminado.

Las publicaciones periódicas

1. Telegraph [Telegraph für Deutschland]

Te llamas a ti mismo escritor rápido, así que, ¿quién puede dudar que lo escrito deprisa es lo que llena tus páginas?

2. Morgenblatt [Morgenblatt für gebildete Leser]

Si me lees por la mañana, por la tarde habrás olvidado si eran páginas en blanco o impresas lo que viste.

3. Abend-zeitung

Si no puedes dormir por la noche, toma en tu mano este papel y pronto te llegará un hermoso sueño.

4. Literatur-Blatt

Estas hojas son las más críticas de todo el bosque literario. Pero qué secas son. El viento las derriba.

Por el momento no se me ocurren más y debo parar ahora. Como acabo de notar, realmente debo darme prisa si quiero enviar las cartas mañana, malhechor que soy. Tendremos visitas en cualquier momento, y mañana habrá un montón de carreras y copias, de modo que no estará fuera de lugar escribir muy rápido.

Ahora estoy leyendo *Kaiser und Papst*, de Duller, una novela en cuatro volúmenes. Duller tiene una reputación inmerecida. Sus romances de los Wittelsbach, muchos de los cuales figuran en el libro de Hüllstett, son terriblemente malos. [194] Quería imitar un estilo popular, pero se volvió trivial. Su *Loyola* es una mezcolanza abominable de todos los elementos buenos y malos de una novela histórica, recalentados en la salsa de un mal estilo. Su *Leben Grabbes* está horriblemente distorsionada y es unilateral. [195] La novela que estoy leyendo es mejor; algunos de los personajes están bien descritos, otros al menos no demasiado mal, ciertas situaciones aisladas están bastante bien tratadas, y las personas que ha inventado resultan interesantes. Pero, a juzgar por el primer volumen, le falta por completo sentido de la proporción en la importancia que concede a los personajes secundarios, y carece de toda visión nueva y original de la historia. Para él no significa nada liquidar a su personaje mejor trazado al final del primer volumen, y además siente una marcada preferencia por géneros peculiares de muerte. Así, uno de los personajes muere de rabia en el preciso instante en que está a punto de hundir su daga en el pecho de su enemigo, y ese mismo enemigo se encuentra al borde del cráter del Etna, donde quiere envenenarse, cuando se abre una grieta en la montaña y queda sepultado bajo un torrente de lava. El volumen termina tras la descripción de la siguiente escena: Las olas del océano se cierran sobre la cabeza del sol, se separan y todo eso, un final muy picante, pero completamente trivial y tonto. Con esto debe terminar también mi carta.

Addio, adieu, adiós, adeus

Suyo,

Friedrich Engels