Tres nuevos proyectos de ley

[Tres nuevos proyectos de ley]

[„Neue Rheinische Zeitung“  
Nr. 244 del 13 de marzo de 1849,  
Suplemento extraordinario]

* Colonia, 12 de marzo. La monarquía prusiana considera por fin llegado el momento de desplegar toda su gloria. La “no debilitada” corona por la gracia de Dios nos octroya hoy tres nuevos proyectos de ley sobre los clubes y las asambleas, sobre los carteles y sobre la prensa, en los que se insta a las Cámaras a cargarnos con una falange cerrada de las más encantadoras leyes de septiembre. 

Mañana publicaremos el texto de los proyectos junto con los motivos, en la medida en que nos han llegado. Volveremos —más de una vez— sobre estos magníficos productos prusianos. Por hoy, sólo un breve resumen:

I. Ley de clubes. “Todas las asambleas deberán ser anunciadas con 24 horas de antelación.” Con ello se suprimen las asambleas convocadas con rapidez ante acontecimientos importantes que sobrevienen súbitamente, y precisamente estas asambleas son las más importantes de todas. Debe permitirse la entrada a todo el mundo, de modo que queda prohibido cobrar una cuota de entrada para sufragar los gastos de la asamblea. En las asambleas de asociaciones, la cuarta parte del espacio deberá reservarse a los no miembros, para obligar a las asociaciones a procurarse locales más grandes y costosos, y para que agentes policiales pagados puedan, mediante gritos, alboroto y estrépito, perturbar toda deliberación, hacer imposible toda asamblea. Y si todo esto no diera aún fruto, queda a la libre decisión de cualquier “delegado de la autoridad policial” “disolver inmediatamente” toda asamblea bajo el primer pretexto que se presente, del mismo modo en que la más alta cúspide de la “autoridad policial”, Su Majestad nuestro Rey clementísimo, ha “disuelto inmediatamente” la Asamblea de la Unión. 

Y tan pronto como la policía declara disuelta la asamblea, cada cual debe retirarse, si no quiere que le vaya como a los caballeros de la Asamblea de la Unión de Berlín, es decir, si no quiere ser expulsado de la sala a bayonetazos.

Los clubes no necesitan ciertamente “autorización previa”, pero a cambio tienen que cumplir ante la autoridad local tal cantidad de anuncios previos y formalidades, que ya por ello se los hace casi imposibles. Las asambleas públicas al aire libre, los desfiles, etc., etc., requieren en cambio, por supuesto, la autorización previa de la policía. Y para acabar con las cintas rojas, escarapelas y gorras, se octroya finalmente, como remate, una renovación de las viejas disposiciones sobre la persecución de distintivos negriringirojigualda.

¡Éste es el “derecho de asociación y reunión” que el veraz y fiel a su palabra Hohenzollern nos garantizó hace un año con labios temblorosos!

II. ¡Ley de carteles! Todos los carteles de contenido político, a excepción de las invitaciones a asambleas legales y permitidas (¡con lo que todas las asambleas vuelven a ser meramente “permitidas” por gracia!), quedan prohibidos. En tiempos agitados, las juntas de los clubes no podrán, pues, exhortar al pueblo a la calma ni siquiera mediante carteles, ¡para que a la heroica soldadesca no se le escape ni una sola víctima! Además: Queda igualmente prohibida la venta o distribución de impresos en la vía pública, ¡a menos que se posea una concesión revocable en todo momento! Dicho de otro modo: la monarquía prusiana intenta regalarnos una edición mejorada de la ley sobre los crieurs publics, que en Francia, durante la peor época del despotismo burgués de Luis Felipe, se le arrancó al terror de las Cámaras. 

¿Y los motivos de esta ley? ¡Porque los carteles y los repartidores obstruyen el paso en las calles y con los carteles se afea más de un edificio público! 

III. Ley de prensa. Pero todo esto no es nada todavía en comparación con las encantadoras propuestas con que se piensa amordazar a la prensa. Sabido es que la felicidad popular hohenzollerniana consistió desde 1830, en general, únicamente en ennoblecer el paternalismo patriarcal prusiano mediante su maridaje con la moderna y refinada servidumbre a lo Luis Felipe. Se conservaron los palos y se añadió el presidio; se dejó subsistir la censura y al mismo tiempo se nos regaló con la flor de la legislación de septiembre; se nos hizo disfrutar, en una palabra, simultáneamente de las ventajas de la servidumbre feudalista, de la economía policial burocrática y de la brutalidad legal moderna y burguesa. A esto se le llamó “la mundialmente célebre liberalidad de Federico Guillermo IV”. 

El nuevo proyecto de ley de prensa de los Hohenzollern, tras una larga serie de disposiciones formales agravantes, nos obsequia con una insuperable fusión: 1. del Código Napoleón, 2. de las leyes francesas de septiembre y 3., y principalmente, del loable Derecho territorial prusiano. 

El § 9 representa el Código: En las provincias donde rige el Derecho territorial, el intento de instigación a un delito era castigado hasta ahora con menos rigor que el delito mismo, incluso cuando aquél iba acompañado de éxito. Para estas partes del país se introduce ahora la disposición del Código, según la cual la instigación a un delito, seguida de éxito, es equiparada al delito mismo. 

§ 10, la legislación francesa de septiembre: Quien ataque los fundamentos de la sociedad burguesa basados en la propiedad o la familia, o incite a los ciudadanos al odio o al desprecio mutuo, incurre en pena de prisión de hasta dos años. 

Cfr. Loi du 9 Sept. 1835, Art. 8: “Toute attaque contre la propriété... toute provocation à la haine entre les diverses classes de la société, sera punie” etc. ¡Sólo que la traducción prusiana: incitar a los ciudadanos en general al odio, etc., mutuo, es aún diez veces más impagable! 

Todos los parágrafos siguientes del proyecto están confeccionados únicamente para volver a obsequiar a la provincia del Rin con las mismas maravillas del Derecho territorial, de las que se nos despojó poco después del 18 de marzo, después de haberlas disfrutado durante treinta y tres años en la más plena medida. Entre otras cosas, se nos quiere octroyar los siguientes nuevos delitos, completamente desconocidos para nuestra propia legislación renana:

1. Suscitar odio y desprecio contra las instituciones del Estado o el gobierno del Estado, mediante falsedades de hecho o hechos jurídicamente indemostrables. 

2. “Manifestarse” sobre una comunidad religiosa legalmente existente (¡según la constitución octroyada, hasta los turcos y los paganos son comunidades religiosas legalmente existentes!) de una manera que sea adecuada (!) para difundir odio y desprecio contra la misma. 

Estos dos nuevos delitos introducen entre nosotros: a) el viejo “provocar descontento” prusiano y b) el viejo concepto prusiano de ultraje a la religión, y se castigan con prisión de hasta dos años.

¹ Ley del 9 de septiembre de 1835, Art. 8: “Todo ataque contra la propiedad... toda incitación al odio entre las diversas clases de la sociedad será castigada”, etc.

3. El delito de lesa majestad, y precisamente como violación de la reverencia (!) contra 
a) el Rey (!) 
b) la Reina (!!) 
c) el heredero del trono (!!!) 
d) cualquier otro miembro de la Casa Real (!!!!) 
¡lo que se castiga con prisión de un mes a cinco años! 

4. La edificante disposición de que la afirmación de hechos, aunque sean demostrablemente ciertos, ha de castigarse como injuria si de ella se desprende la intención de injuriar. 

5. Injuria contra 
1) una de las dos Cámaras, 
2) uno de sus miembros, 
3) una autoridad (el Código no conoce la injuria contra corporaciones como tales); 
4) un funcionario o miembro de la fuerza armada. 
Todo ello “en relación con su profesión”. Prisión de hasta nueve meses. 

6. Injuria o calumnia por vía privada. El Código Napoleón sólo conoce las injurias o calumnias proferidas o difundidas públicamente. El nuevo proyecto de ley, por el contrario, pretende someter todas las expresiones hechas en conversación privada, en la propia casa, en el seno de la familia, en cartas privadas, al control de la policía y del ministerio público, o declararlas punibles, es decir, organizar el más vil y general espionaje. El despotismo militar del todopoderoso imperio francés respetaba al menos la libertad de la conversación privada; se detenía —al menos en la legislación— ante el umbral de la vivienda. La paternal y constitucional vigilancia y corrección prusiana se extiende hasta lo más íntimo de la casa privada, hasta el asilo más secreto de la vida familiar, considerado intangible incluso por los bárbaros. ¡Y en el mismo proyecto de ley, tres artículos antes, se castigan todos los ataques contra la familia con dos años de prisión! 

Éstas son las nuevas “conquistas” que se nos quiere garantizar. Complemento de las tres legislaciones más brutales, la una mediante la otra, para alcanzar una cima de brutalidad y perfidia hasta ahora inaudita: ¡ése es el precio por el cual la no debilitada corona quiere mercadear ante las Cámaras el levantamiento del estado de sitio de Berlín!

Lo que se quiere es evidente. El proyecto de ley de prensa, al menos, no octroya demasiadas novedades a las viejas provincias. El Derecho territorial ya era bastante malo. La ira principal de la incorporada gracia de Dios se dirige contra nosotros, los renanos. Se nos quiere cargar de nuevo con el mismo infame Derecho territorial, del que apenas nos hemos librado y desde cuya supresión hemos vuelto a respirar por fin, una vez más, algo más libremente, mientras permanezcamos encadenados a Prusia. 

Lo que la corona por la gracia de Dios quiere, lo expresa claramente en los motivos de esa encantadora pieza documental, por boca de su lacayo Manteuffel: Quiere la “implantación de un estado jurídico lo más uniforme posible” —es decir, la eliminación de la odiada ley francesa y la introducción general del vergonzoso Derecho territorial. Quiere además “colmarlaguna” que “enlamayor parte de la provincia del Rin” (¡escuchad!) ha surgido por la abolición de “las leyes penales relativas al delito de lesa majestad, a consecuencia de la ordenanza del 15 de abril de 1848”. 

Es decir, la nueva ley penal pretende quitarnos a los renanos lo único que aún poseemos de las consecuencias de la llamada revolución de 1848: la validez sin menoscabo de nuestro propio derecho. 

Debemos convertirnos a cualquier precio en prusianos, en prusianos según el corazón del clementísimo Rey, con Derecho territorial, prepotencia nobiliaria, tiranía burocrática, dominación del sable, golpes de vara, censura y obediencia ciega a la orden. Estas propuestas de ley no son más que el primer comienzo. El plan de la contrarrevolución está ante nosotros, y nuestros lectores se asombrarán de los planes que se abrigan. No dudamos de que los señores de Berlín volverán a engañarse extrañamente con respecto a los renanos. 

Volveremos una y otra vez sobre estos ignominiosos proyectos de ley, por los que ya sólo los ministros deberían ser acusados. Pero esto hay que decirlo ya hoy: si en la Cámara prospera algo que se parezca aunque sea remotamente a este proyecto, es deber de los diputados renanos abandonar inmediatamente una Cámara que, con semejantes acuerdos, quiere arrojar a sus comitentes a la barbarie patriarcal de la vieja legislación prusiana.