La prensa suiza

[«Neue Rheinische Zeitung»
n.º 197, 17 de enero de 1849
* Berna, 11 de enero. La prensa política de Suiza despliega cada año una mayor actividad. Además de una veintena de revistas literarias, existen ahora 98 periódicos políticos en los 22 cantones. No hay que imaginarse estos papeles como periódicos de gran formato, a la manera de los alemanes o, menos aún, de los franceses. Son pequeños hojillas que, con excepción de algunas hojas del país de Vaud, aparecen todas en medio pliego y en cuarto, de las cuales apenas una docena se publican a diario, algunas cinco veces, la mayoría tres veces, muchas sólo una vez por semana, y que, con pocas excepciones, están verdaderamente dirigidas y escritas de modo lamentable. Naturalmente, ¿cómo pueden formarse talentos periodísticos de importancia en el terreno limitado de las relaciones cantonales de aquí y en la mezquinísima polémica que es la única aquí posible, y qué verdadero talento se dejaría limitar a estas minúsculas condiciones y al espacio de una hojilla en cuarto tres veces por semana? La mejor cualidad de la prensa suiza es su desvergüenza.

Aquí se dicen mutuamente en las hojas públicas cosas, se hacen ataques personales tan desvergonzados y sin reparo alguno, que un procurador renano, para quien el artículo 367 del Code pénal es sagrado, no resistiría tres días en semejante país.

Pero eso es todo. Abstrayendo de esta falta de miramientos, explotada, por lo demás, sin la menor gracia, no queda casi nada salvo el más servil arrastrarse ante las repugnantes estrecheces de un pueblo pequeño, fragmentado aun en su pequeñez y desmesuradamente hinchado, de antediluvianos pastores alpinos, campesinos cerriles y sucios pequeñoburgueses. Que en los grandes países un periódico se oriente según su partido, que no admita nada contra el interés del partido, es comprensible y perjudica poco la libertad de discusión, porque cada tendencia, incluso la más avanzada, tiene sus órganos. Pero en las limitadas condiciones de Suiza, los partidos mismos son limitados, y la prensa es tan limitada como los partidos. De ahí los puntos de vista estrechos de los que se parte por doquier; de ahí la falta de todo órgano para tendencias que, aunque avanzadas, están a la orden del día hace tiempo, incluso en Alemania; de ahí el miedo, incluso de los más radicales, a apartarse un ápice del programa de su partido, estrecho y orientado sólo a lo más inmediato, a atacar siquiera las más limitadas estrecheces nacionales suizas. Una patriarcal justicia de Lynch castigaría de inmediato al profanador del santuario nacional. ¡Para qué otra cosa tendría sus puños el probo suizo!

Tal es el estado medio de la prensa suiza. Por encima de esta media están los mejores órganos de la Suiza de habla francesa y de Berna; por debajo, la gran masa de los periódicos de la Suiza oriental.

Empecemos por la prensa de la capital suiza. En Berna se desarrolla ya una cierta centralización de la prensa suiza. La prensa del cantón está ya centralizada aquí y empieza a arrogarse cierta influencia de capital.

El partido reaccionario, o, como aquí se dice, aristocrático, tiene por órgano principal el «Schweizerischer Beobachter», el Moniteur de los oficiales suizos al servicio extranjero, como lo llama acertadamente el «Berner Zeitung». Esta limpia hojilla (3 veces por semana) ensalza las heroicidades de los croatas suizos en Italia, ataca a los radicales con las armas más sucias, defiende las capitulaciones militares, da coba a los patricios, canta a Radetzky y Windischgrätz, defiende el asesinato de Robert Blum, calumnia la revolución en todos los países y denuncia a los refugiados ante el gobierno. El noble papel no tiene propiamente un redactor; se compone con toda clase de envíos y glosas marginales de hijos ociosos de patricios y de cazadores de puestos en los consejos ciudadanos. Dignamente se le sitúa al lado el «Intelligenzblatt», órgano en el que al principio sólo se encuentran anuncios y al final la exaltación del pietismo y del lucro patricio con los bienes comunales. «Die Biene» pretende representar el «Charivari» de este partido. Pero como hoy en día los señores patricios tienen en general más motivos de llanto que de risa, la gracia de esta «Biene» resulta terriblemente sosa y coja.

Al partido moderado o liberal, el partido Ochsenbein, le sirve ante todo de órgano el «Berner Verfassungs-Freund». Este periódico, redactado por el doctor y ex profesor Karl Herzog, es sencillamente tenido por el diario semioficial de Ochsenbein. Redactado con cierta rutina, pero sin talento alguno, se limita a la apología de los actos del gobierno y del Consejo federal, en la medida en que éstos emanan del partido Ochsenbein. En los cantones orientales, sobre todo en los cantones originarios, es, naturalmente, terriblemente liberal, y también en ocasión de la política exterior lanza a veces una sonora fanfarria para hacer pasar de contrabando, bajo el tono guerrero, la neutralidad más incolora. Una más o menos oscura «Bundeszeitung» navega aproximadamente en las mismas aguas, así como el periódico francés «La Suisse», redactado en mal francés por el piamontés Bassi. Menos directamente vinculada al gobierno que el «Verfassungs-Freund», inciensa no obstante en no menor medida a la mayoría liberal gobernante y ataca con gran perseverancia, pero con poca fortuna, la prensa revolucionaria de la Suiza francesa, en particular el «Nouvelliste Vaudois». Se comporta más decentemente en la cuestión italiana, en la que su redactor está directamente implicado. – Estos tres periódicos aparecen a diario.

El partido radical cuenta con la mayor cantidad de órganos. A su cabeza está el «Berner Zeitung», bajo la dirección del abogado Niggeler, vicepresidente del Gran Consejo y miembro del Consejo de los Estados. Es el órgano del partido radical decidido de la parte alemana del cantón, representado en el Consejo de gobierno por el director de finanzas Stämpfli. La realización de la democracia en la legislación y la administración del cantón, donde hay todavía mucha vieja basura que limpiar, la máxima centralización de toda Suiza, el abandono de la política de neutralidad en la próxima ocasión, éstos son los principios fundamentales con que se redacta este periódico.

Las notabilidades del radicalismo bernés colaboran en él, y no debe, pues, extrañar que el «Berner Zeitung» sea el periódico mejor redactado del cantón, e incluso de toda la Suiza de habla alemana. Si los redactores y colaboradores pudiesen escribir con entera libertad, sería todavía mucho mejor; la república helvética una e indivisible, y ciertamente con un colorido muy rojo, saldría a relucir; pero eso, por ahora, no es posible, el partido todavía no lo tolera. Junto al «Berner Zeitung» aparece, desde el 1 de enero, también a diario: «L'Helvétie fédérale», continuación de la «Helvétie» que antes se publicaba en Pruntrut, en el Jura, órgano de los radicales del Jura y de su jefe, el coronel y consejero de gobierno Stockmar. La vieja «Helvétie» se presentaba decididamente roja; la nueva lo hace también, e incluso más decididamente.

El «Schweizer Zeitung» (antes «Der Freie Schweizer») representa asimismo el radicalismo, pero el radicalismo exclusivamente burgués, y se limita por tanto por completo a la demanda de aquellas reformas económicas que son ventajosas para la clase dominante, poseedora. Por lo demás, este periódico está, no obstante, también por encima de las habituales estrecheces cantonales suizas (neutralidad, soberanía cantonal, etc.). Además de estos tres periódicos diarios, el radicalismo bernés posee aún un periódico satírico, y por cierto el único bueno de Suiza, el «Gukkasten» de Jenni. El «Gukkasten» (una vez por semana) se limita exclusivamente a los intereses cantonales suizos y particularmente a los de Berna, pero precisamente por ello ha logrado convertirse en un poder en el Estado que ha contribuido lealmente con su parte al derrocamiento del gobierno Neuhaus y que ahora vela de nuevo para que el partido Ochsenbein no permanezca demasiado tiempo al timón. La sátira desconsiderada con que Jenni se esfuerza por arrancar el nimbo de popularidad a toda personalidad gobernante, hasta llegar a Ochsenbein, le ha acarreado bajo Neuhaus innumerables procesos y vejaciones, y más tarde cartas amenazadoras y brutalidades, pero todo en vano, y los altos señores de Berna esperan aún cada nueva entrega de los sábados del «Gukkasten» con gran inquietud. Cuando Blum fue fusilado, el «Gukkasten» trajo como viñeta semanal un tajo con un hacha, rodeado de una masa de coronas rotas y con la leyenda: «El único remedio». Cuando los honorables ciudadanos de Berna se horrorizaron por ello, la semana siguiente apareció un poste de farola con una corona colgada y las inscripciones: «Suaviter in modo, fortiter in re — ¡a los manes de Messenhauser!»

El «Seeländer Anzeiger», editado por el consejero nacional y miembro del Gran Consejo J. A. Weingart, representaba hasta Año Nuevo en solitario el socialismo. El «Seeländer Anzeiger» predica una extraña mezcla de socialismo sentimental y caritativo, que se deshace en lágrimas, y de revolución roja. Lo primero para el cantón de Berna, lo segundo en cuanto habla del extranjero. En lo que toca a la forma, esta hoja que aparece semanalmente es una de las peor redactadas del cantón. Por lo demás, el señor Weingart, pese a sus efusiones del alma cristianamente blandas, es en política un partidario del radicalismo más decidido. Desde Año Nuevo, el «Seeländer Anzeiger» ha recibido un competidor en el «Unabhängige», que aparece igualmente una vez por semana y que se ha impuesto la tarea, ciertamente un tanto ingrata, de encontrar en las condiciones del cantón de Berna y de Suiza en general puntos de enganche para la propaganda de los rudimentos del socialismo y de proponer medidas para remediar al menos los males más graves. En todo caso, esta hojilla es la única en toda Suiza que ha emprendido el camino correcto para ganar terreno aquí a favor de su tendencia; y si sus probabilidades de éxito están en proporción con la furia que ya ha despertado en las altas y altísimas autoridades, sus perspectivas no son del todo malas.

De las hojas que aparecen fuera de la ciudad menciono sólo una: «L'Évolution», como el jefe de los cuerpos francos Becker ha rebautizado ahora su «Révolución». Esta, la más decidida de todas las hojas que aparecen en Suiza, apela única y exclusivamente a una nueva revolución europea y procura ganar luchadores en su círculo para ella. En agradecimiento, es execrada por los ciudadanos tranquilos y, salvo entre los refugiados alemanes en Suiza, Besançon y Alsacia, encuentra poco público.

En un próximo artículo me ocuparé más de cerca de la prensa fuera de Berna.

Escrito por Friedrich Engels.

Montesquieu LVI.

[«Neue Rheinische Zeitung»
n.º 201, 21 de enero de 1849]
* Colonia, 20 de enero. El «honorable» Joseph Dumont hace que un anónimo, al que no paga él sino que le paga a él, que desde detrás de la raya trabaja a los electores primarios, dirija la siguiente apóstrofe a la «Neue Rheinische Zeitung»:

La *Neue Rheinische Zeitung*, órgano de la democracia, ha tenido a bien tomar nota de los artículos publicados en este periódico bajo el título «A los electores primarios» y tildarlos de tomados de la *Neue Preußische Zeitung*.

Frente a esta mentira, simplemente la declaración de que esos artículos se pagan como anuncios, que los mismos, a excepción del primero, que fue tomado de la correspondencia parlamentaria, han sido escritos en Colonia y que su autor no ha visto hasta ahora siquiera la *Neue Preußische Zeitung*, cuanto menos leído.

Comprendemos la importancia que tiene para Montesquieu LVI. hacer constar su propiedad. Comprendemos igualmente lo importante que es para el señor Dumont la declaración de que se le «paga», incluso por las hojas volantes y los anuncios que manda componer, imprimir y difundir en interés de su propia clase, la burguesía.

En cuanto al anónimo, conoce el refrán francés: «Les beaux esprits se rencontrent». No es culpa suya si sus propios productos intelectuales se parecen a los de la *Neue Preußische Zeitung* y de los «Preußenvereine» como un huevo a otro hasta la confusión.

Nunca hemos leído sus anuncios en la *Kölnische Zeitung*, sino que solo hemos dedicado una mirada fugaz a las hojas volantes que salían de la imprenta de Dumont y nos fueron enviadas de izquierda y derecha, pero ahora encontramos, mediante comparación, que esos mismos papeles desempeñan su papel tanto como anuncio como hoja volante.

Para expiar nuestra falta contra el anónimo Montesquieu LVI., nos hemos impuesto la dura penitencia de leer todos sus anuncios en la *Kölnische Zeitung* y de entregar su propiedad intelectual privada como «propiedad colectiva» al público alemán.

¡Aquí hay sabiduría!

Montesquieu LVI. se ocupa preferentemente de la cuestión social. Ha encontrado el «camino más fácil, más sencillo» para su solución y elogia su píldora Morrison con el más untuoso, ingenuo y desvergonzado patetismo de curandero:

«El camino más fácil, más sencillo, pues, para ello» (a saber, para la solución de la cuestión social) «es: aceptar la constitución otorgada el 5 de diciembre del año pasado, revisarla, hacerla jurar por todas las partes y así fijarla. Este es el único camino que nos lleva a la salvación. – ¡Quien lleva un corazón en el pecho por la miseria de sus pobres hermanos, quien quiere dar de comer a los hambrientos y vestir a los desnudos, ... quien, en una palabra, quiere resolver la cuestión social ... – que no elija a nadie que se pronuncie contra la constitución!» (Montesquieu LVI.)

¡Votad por Brandenburg-Manteuffel-Ladenberg, y la cuestión social queda resuelta por el «camino más fácil» y «más sencillo»! ¡Votad por Dumont, Camphausen, Wittgenstein o también por los *dii minorum gentium*, como Compes, Mevissen y similares – y la cuestión social queda resuelta. ¡La «cuestión social» por un voto! ¡Quien «quiera dar de comer a los hambrientos y vestir a los desnudos», que vote por los Hansemann y Stupp! ¡Por cada voto, una cuestión social menos! La aceptación de la constitución otorgada — *voilà la solution du problème social*!

No dudamos ni por un momento que no solo Montesquieu LVI., sino también sus patronos del Bürgerverein, no esperarán a la aceptación, revisión, juramento y fijación de la constitución otorgada para «dar de comer a los hambrientos y vestir a los desnudos». Ya se han tomado disposiciones para ello.

Desde hace algunas semanas circulan aquí circulares, en las que los capitalistas comunican a los maestros artesanos, tenderos, etc., que, en consideración a las circunstancias actuales y al crédito que renace, por razones filantrópicas los intereses se elevan del 4 al 5 por ciento. ¡Primera solución de la cuestión social!

El concejo municipal de aquí ha redactado en el mismo sentido la «tarjeta de obrero» para los desgraciados que tienen que morir de hambre – o vender sus brazos a la ciudad (véase el núm. 187 de la *Neue Rheinische Zeitung*). Se recuerda que en esta carta otorgada a los obreros, el obrero que se ha quedado sin pan se obliga contractualmente a ponerse bajo vigilancia policial. ¡Segunda solución de la cuestión social!

En Colonia, el concejo municipal fundó, poco después de los acontecimientos de marzo, un establecimiento de comidas a precios módicos, bien instalado, con magníficas habitaciones con calefacción, etc. Después de la concesión de la constitución otorgada, este local ha sido sustituido por otro, subordinado a la administración de pobres, donde no se calienta, faltan los utensilios para comer, no se permite consumir los alimentos en el lugar, sino que se vende el cuartillo de un caldo sin nombre a 8 pfennigs. ¡Tercera solución de la cuestión social!

En Viena, durante su dominación, los obreros custodiaron el banco, las casas y las riquezas de los burgueses que habían huido. A su regreso, esos mismos burgueses denunciaron a estos «ladrones» ante Windischgrätz para que los colgaran. Los desocupados que se dirigieron al concejo municipal fueron encuadrados en el ejército contra Hungría. ¡Cuarta solución de la cuestión social!

En Breslau, el concejo municipal y el gobierno arrojaron tranquilamente a los miserables que tenían que buscar refugio en el asilo de pobres, privándoles de los goces vitales más indispensables físicamente, en brazos del cólera, y solo tomaron nota de las víctimas de su cruel caridad cuando la epidemia se les echó encima a ellos mismos. ¡Quinta solución de la cuestión social!

En la asociación berlinesa «Con Dios por el Rey y la Patria», un amigo de la constitución otorgada declaró que era penoso tener que seguir haciendo cumplidos al «proletariado» para imponer sus intereses y propósitos.

Esto es la solución de la «solución de la cuestión social».

«Los espías prusianos son tan peligrosos precisamente porque nunca cobran, sino que siempre esperan cobrar», dice nuestro amigo Heine. Y los burgueses prusianos son tan peligrosos precisamente porque nunca pagan, sino que prometen siempre pagar.

Los burgueses ingleses y franceses se gastan mucho dinero en un día de elecciones. Sus maniobras de soborno son mundialmente conocidas. Los burgueses prusianos, «¡esos sí que son los más listos!» Demasiado morales y sólidos para sacar la bolsa, pagan con la «solución de la cuestión social». ¡Eso no cuesta nada! Pero al menos Montesquieu LVI., como asegura oficialmente Dumont, paga las tarifas de inserción a la *Kölnische Zeitung* y da la solución de las «cuestiones sociales» – gratis por añadidura.

La parte práctica de las *petites œuvres* de nuestro Montesquieu consiste, pues, en: ¡Votad por Brandenburg-Manteuffel-Ladenberg! ¡Elegid a Camphausen-Hansemann! ¡Mandadnos a Berlín, dejad que los nuestros se instalen allí primero! ¡Esa es la solución de la cuestión social!

El inmortal Hansemann ha resuelto estas cuestiones. Primero, restablecimiento del orden para restablecer el crédito. Luego, como en el año 1844, en que «había que ayudar y se debía ayudar a mis queridos tejedores silesianos», ¡pólvora y plomo para resolver la «cuestión social»!

¡Votad, pues, por los amigos de la constitución otorgada!

Pero Montesquieu LVI. no acepta la constitución otorgada sino para poder «revisarla» y «hacerla jurar» después.

¡Excelentísimo Montesquieu! Una vez aceptada la constitución, solo podrás revisarla sobre su propia base, es decir, revisarla en la medida en que plazca al rey y a la segunda cámara, compuesta de junkers de la col, barones de las finanzas, altos funcionarios y curas. Esta única revisión posible está ya indicada, previsoramente, en la propia constitución otorgada. Consiste en abandonar el sistema constitucional y restaurar la vieja constitución estamental cristiano-germánica.

Esta es la revisión que, tras la aceptación de la constitución otorgada, es la única posible y la única permitida, cosa que no puede haber escapado a la perspicacia de un Montesquieu.

Así pues, la parte práctica de las *petites œuvres* de Montesquieu LVI. se reduce a: ¡Votad por Hansemann-Camphausen! ¡Votad por Dumont-Stupp! ¡Votad por Brandenburg-Manteuffel! ¡Aceptad la constitución otorgada! ¡Elegid electores que acepten la constitución otorgada – y todo ello bajo el pretexto de resolver «la cuestión social»!

¡Qué demonio nos importa el pretexto, cuando se trata de la constitución otorgada!

Pero nuestro Montesquieu ha antepuesto a su instrucción práctica para resolver «la cuestión social», al verdadero quid de su obra ciclópea, naturalmente una parte teórica. Veamos esta parte teórica.

El profundo pensador explica primero qué son las «cuestiones sociales».

«¿Qué pasa, pues, realmente con la cuestión social?