Los mil millones

[«Neue Rheinische Zeitung»
núm. 247 del 16 de marzo de 1849]

* Colonia, 15 de marzo. Ya poco después de la Revolución de Febrero se produjo en París la escasez de dinero. “¡Respect de la propriété!” [¡Respeto a la propiedad!] se había proclamado de manera general, y los pobres pequeñoburgueses lo refirieron a sí mismos. El gobierno provisional se mostró tanto más complaciente con su “respect de la propriété” cuanto que el Banco le adelantó en el acto 50 millones, sin intereses. El gobierno provisional estaba compuesto en su mayor parte por pequeñoburgueses del «National» y se dejó engañar por la magnanimidad del Banco. Los 50 millones se esfumaron pronto. Durante ese tiempo, los accionistas y poseedores de billetes de banco tuvieron tiempo de aprovechar de la mejor manera el “respect de la propriété” y de retirar del Banco su metálico. Los pequeñoburgueses, que por su parte querían asimismo sacar provecho del “respect de la propriété”, acudieron a su banquero para que les descontara sus letras de cambio, giradas sobre su “propriété”, es decir, sobre su industria, su comercio o su fábrica: los banqueros adujeron la falta de dinero y se negaron a descontarlas. Acudieron a otros banqueros para que sus propios banqueros les endosaran las letras y pudieran descontarlas en el Banco: los banqueros se niegan a otorgar su endoso. ¡“Respect de la propriété”! Así pues, fueron precisamente los banqueros los primeros en violar el respeto a la propiedad, mientras que ellos mismos sabían explotar muy bien ese respeto. Entonces comenzó la queja general de que el crédito, la “confiance” [confianza], había desaparecido. Los pequeñoburgueses, por el contrario, seguían sin renunciar a su “respect de la propriété”; opinaban que, cuando se restablecieran “el orden y la tranquilidad”, volvería también la “confiance”, y entonces, sobre la base de su “propriété”, ya se les descontarían sus letras. Se sabe cómo, después de la batalla de junio, una vez restablecidos el orden y la tranquilidad, toda la “propriété” fue a parar al bolsillo de los banqueros a consecuencia de los concordatos judiciales, y cómo los pequeñoburgueses sólo llegaron a comprender el significado del “respeto” cuando su “propriété” se había ido al diablo. Quienes entonces más sufrieron a consecuencia de la crisis dineraria provocada por la gran burguesía fueron, manifiestamente, los obreros. Al mismo tiempo que el gobierno provisional inventaba el famoso impuesto de los 45 céntimos para remediar su propia penuria, apareció en las paredes un cartel firmado por obreros que empezaba con estas palabras: “avez-vous besoin d’argent?” (¿Necesitáis dinero?). En ese cartel se reclamaba sin rodeos la devolución de los mil millones que en 1825 se habían concedido a los emigrados como indemnización. ¿Quiénes eran los emigrados de entonces? Precisamente aquellos que en el extranjero habían instigado y alimentado la guerra contra Francia, y que luego regresaron a Francia en el séquito del extranjero. ¿Quién se encontraba entre los emigrados a quienes benefició la indemnización? El duque de Orleans, es decir, el rey precisamente acabado de expulsar, y los legitimistas, es decir, los amigos del rey expulsado mucho tiempo atrás. La Constituyente y la Convención habían decretado la confiscación de los bienes de los emigrados traidores; los reyes y emigrados retornados de las dos Restauraciones se habían otorgado a sí mismos y a sus amigos la indemnización. Los reyes estaban de nuevo expulsados, las resoluciones de la Constituyente y de la Convención recobraban su plena vigencia, y ¿qué más natural que la indemnización tuviera que revertir de nuevo en provecho del pueblo? El cartel en que se exponía de este modo la reclamación de los mil millones fue leído por los obreros con júbilo general; se agolpaban por miles ante el cartel y discutían sobre él a su manera. Esto duró todo un día; al día siguiente, el cartel había desaparecido de las paredes como por ensalmo. Los legitimistas y orleanistas, que reconocieron todo el peligro que los amenazaba, habían pagado a buen precio a gentes a las que encargaron expresamente destruir aquel cartel por la noche hasta el último rastro. En aquel momento se estaba en el torbellino de los nuevos planes de organización. Todo el mundo no pensaba más que en inventar un sistema nuevo para introducirlo acto seguido en el “Estado” a despecho de todas las relaciones existentes. El gobierno provisional incurrió en la desdichada ocurrencia de inventar el impuesto de los 45 céntimos contra los campesinos. Los obreros creyeron que los 45 céntimos producirían el mismo efecto que los mil millones: un gravamen sobre la propiedad territorial — y dejaron caer los mil millones. El «Journal des Débats», así como el estúpido «National», los confirmaron en esta opinión y expusieron en sus artículos de fondo que el verdadero capital era la “tierra”, la propiedad originaria del suelo, y que el gobierno provisional tenía perfecto derecho a recaudar este impuesto en beneficio de los obreros. Cuando se procedió a la recaudación efectiva, se alzó por parte de los campesinos un griterío de muerte contra los obreros de las ciudades. “¿Qué?”, decían los campesinos, “¿estamos nosotros en peor situación que los obreros?; nosotros tenemos que tomar capitales a préstamo con fuertes intereses, precisamente para poder cultivar nuestra tierra y alimentar a nuestras familias, ¿y encima de los impuestos y de los intereses para el capitalista hemos de pagar todavía una contribución de manutención para los obreros?”

Los campesinos se volvieron infieles a la revolución, porque ésta, en lugar de fomentar sus intereses, los perjudicaba aún más. Los obreros reconocieron la perfidia del impuesto instigado por el partido reaccionario; también a ellos se les esclareció ahora el “respect de la propriété”: salió a la luz la diferencia entre la propiedad formal y la propiedad real; se puso de manifiesto que el capital burgués había, por decirlo así, desligado el suelo de la tierra, que el propietario formal del suelo se había convertido en vasallo del capitalista y que el impuesto sólo alcanzaba al vasallo endeudado. Y cuando, para colmo, el verdadero propietario del suelo, mediante la restricción del crédito, el embargo, etc., hizo sentir con todo rigor su influencia al pobre campesino, a éste se le hizo entonces realmente odiosa la revolución. Los legitimistas, que por su gran propiedad territorial tenían mucha influencia en el campo, explotaron esta relación, y de ahí surgieron entonces las maquinaciones de los realistas en favor de Enrique V. En medio de esta situación, funesta para la revolución, se aproximaba el 15 de mayo. Los mil millones de Barbès, aunque presentados bajo otra forma, cayeron de nuevo como un rayo en el pueblo e hicieron presa. Ni siquiera la batalla de junio pudo sofocar esta idea de los mil millones, y ahora, cuando se ventila en Bourges el proceso de Barbès, la idea ha cobrado carne y sangre entre los campesinos. Reclamar a los legitimistas, a sus señores territoriales y sanguijuelas, que devuelvan los mil millones que ellos, los campesinos, han pagado — he aquí un cebo distinto a Napoleón. La agitación por la devolución ya se ha extendido por toda Francia, y si hubiera de decidirse sobre ella mediante el sufragio universal, obtendría aún más votos que Napoleón. Los mil millones son la primera medida revolucionaria que arroja a los campesinos a la revolución. Las peticiones que llegan de todas partes, el tono en que están redactadas, prueban que ya han arraigado en el terreno. En Cluny no sólo se reclama la devolución de los mil millones, sino también los intereses al 3 por ciento que han devengado desde 1825. Desde el proceso de Bourges, las peticiones se acumulan de un modo que empieza a resultar inquietante tanto para los jueces de Bourges como para todo el partido reaccionario. Agey, Ancey, Mâlain, St. Wibald, Vitteaux y una multitud de otras comunas han hecho llegar hoy de nuevo peticiones a la Cámara por medio de sus representantes del pueblo. Bajo el epígrafe “Rappel du Milliard” [Devolución de los mil millones], los periódicos registran a diario los nombres de nuevas comunas que se adhieren a esta grandiosa medida. Pronto se leerá en todas las paredes, en todas las comunas: “Rappel du Milliard”, y cuando dentro de poco tengan lugar las elecciones bajo esta consigna, entonces queremos ver qué tienen que oponer los capitalistas, llámense legitimistas, orleanistas o burgueses, a estos mil millones para desplazar a los candidatos democráticos que quieren entrar en la nueva Cámara con la dote de estos mil millones, para hacerlos revertir en provecho de los campesinos y de los obreros como fondos de apanage. Pero esto no es todo: Luis Napoleón había prometido por doquier a los campesinos, no sólo la restitución del impuesto de los 45 céntimos, sino un alivio de los impuestos en general. En las peticiones se reclama de manera general que los mil millones se destinen en buena parte a este fin. Por lo que respecta a la fundamentación jurídica de la devolución misma, ésta quedó ya constatada inmediatamente después de la Revolución de Julio de 1830. Entonces se suspendió de repente el pago de los dineros de los mil millones que aún quedaban pendientes. Si no se hizo restituir lo ya pagado entonces, no tuvo otro motivo sino que precisamente Luis Felipe y su familia habían recibido una parte muy grande de esos dineros.

El partido contrarrevolucionario, en la imposibilidad de poder poner en tela de juicio la justicia de esta medida, se contenta por el momento con señalar las dificultades de la ejecución. La dificultad, a saber, consistiría en dar con aquellos que han percibido sumas más o menos grandes de esta indemnización concedida. Nada más fácil que esto. Empecemos por las sumas grandes. A la cabeza de la lista figuran el duque de Orleans (el posterior Luis Felipe) y su hermana Madame Adelaida con 50 millones, y estos millones no habría más que cargarlos sobre las fincas inmensas que la Asamblea Nacional ha restituido no hace mucho a la familia real.

El príncipe de Condé recibió 30 millones, y ¿quién ha heredado esos 30 millones? El duque de Aumale y Madame de Feuchères. He aquí, pues, un buen comienzo. La familia real posee bosques y bienes inmensos en Francia, y los campesinos empiezan ya a calcular lo que han perdido por no habérseles devuelto ya en 1830 esos millones.