La comedia de la corona imperial

[«Neue Rheinische Zeitung»
núm. 263, 4 de abril de 1849,
suplemento extraordinario]

* Colonia, 3 de abril. El señor Brandenburg ha comunicado ayer a la segunda cámara lo que el rey hará en la “cuestión alemana”. El atractivo era demasiado grande; los “fieles Eckart” de la “Neue Preußische Zeitung” han sido dejados de lado con todas sus advertencias. El rey de Prusia aceptará la corona que se le ofrece, y pronto podremos aguardar, por tanto, la entrada solemne de Su cristiano-germánica real-imperial majestad en la sede del “gobierno del Reich”.

Pero mientras Federico Guillermo acepta la corona imperial de manos del plebeyo Parlamento de Fráncfort, al mismo tiempo le propina a ese mismo Parlamento y a la ilusión de su soberanía una suave patada.

El primer ministro
“reconoce que el acuerdo de la Asamblea de Fráncfort representa un gran paso adelante para la instauración de la unidad alemana. Pero también debe tomar en consideración los derechos de los gobiernos. Es de la opinión de que ese acuerdo solo adquiere validez por el libre consentimiento de los príncipes, y solo es vinculante para aquellos países alemanes cuyos príncipes otorguen ese libre consentimiento. El gobierno prusiano hará todo lo posible, sin embargo, para que esa libre unificación llegue a realizarse.”

¡Muy astuto! La corona imperial siempre es aceptable, especialmente cuando constituye un objetivo vital largamente anhelado en vano —compárese el conocido folleto de Radowitz: Cómo Federico Guillermo IV no llegó a ser emperador alemán—. Pero a la corona ofrecida por el Parlamento de Fráncfort se adhiere demasiado polvo plebeyo, demasiado desagradable recuerdo de los infaustos días del dominio del pueblo soberano, como para que un rey por la gracia de Dios, y además rehabilitado, pueda ceñírsela a la cabeza sin más.

Solo cuando los demás príncipes, coronados igualmente por la gracia de Dios, hayan dado su consentimiento, solo entonces la nueva corona quedará limpia de todas las máculas pecaminosas derivadas de las conquistas de marzo y consagrada por la gracia de Dios; solo entonces el elegido de los 290 profesores y consejeros áulicos la tomará y dirá, como antaño en Berlín: “¡Por la gracia de Dios tengo esta corona, y ay de aquel que la toque!”

En qué nueva fase de la confusión imperial alemana entrará todo esto a causa de la comedia de la corona imperial, y en especial por el respectivo reconocimiento o no reconocimiento de los distintos gobiernos, lo dejamos a la sabiduría de la “Kölnische Zeitung”.

Escrito por Friedrich Engels.