[E E n g e l s ]
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OLONIAy 31 DE MAYO. ALEM A N IA PO SEE DESDE HACE DOS SEM Anas una Asamblea Nacional Constituyente, emanada de unas
elecciones de todo el pueblo alemán.1
El pueblo alemán había conquistado su soberanía en las calles
de casi todas las grandes y pequeñas ciudades del país y, especial
mente, en las barricadas de Viena y Berlín. Y había ejercido esta
soberanía en las elecciones a la Asamblea Nacional.
Lo primero que tenía que haber hecho la Asamblea Nacional
era proclamar en voz alta y públicamente esta soberanía del pueblo
alemán.
Lo segundo, elaborar una Constitución alemana basada en la
soberanía del pueblo y eliminar de la realidad alemana todo cuanto
se hallase en contradicción con el principio de la soberanía popular.
Debió adoptar durante su periodo de sesiones las medidas nece
sarias para frustrar todos los intentos de la reacción, para afianzar
el terreno revolucionario sobre el que pisaba, para salvaguardar
Engels, se refiere a la Asamblea Nacional de Francfort. El 18 de mayo de 1848 se reunió
en la iglesia de San Pablo, en Francfort del Meno, en la solemne apertura de sus sesiones,
constituida por 384 diputados, entre los que no figuraba un solo obrero o pequeño campesi
no. La mayoría estaba en manos de la burguesía liberal. Sus debates fueron una sucesión
interminable de huecos e inútiles discursos. Las citas que de ellos hacen Marx y Engels se
basan en las actas taquigráficas de los debates, recogidas en Stenographischer Bericht über die
Verhandlungen der deutschen constituierenden Nationalversammlung zu Frankfurt am Main,
ed. Franz Wigard, 9 volúmenes, Francfort del Meno, Leipzig, 1848-1849.

contra todos los ataques la conquista de la Revolución, que era la
soberanía del pueblo.
Pues bien, la Asamblea Nacional alemana ha celebrado ya una
docena de sesiones y no ha hecho nada de eso.
En cambio ha garantizado la salvación de Alemania mediante
los grandiosos hechos siguientes:
La Asamblea Nacional ha reconocido que necesitaba un regla
mento, pues sabido es que dos o tres alemanes no pueden reunirse
sin acordar unas normas reglamentarias en que se diga cómo han
de hacerse las cosas. Un maestro de escuela cualquiera, habiendo
previsto el caso, se encargó de redactar un reglamento especial para
la alta Asamblea. Fue puesta a votación la aprobación provisional
de este trabajo escolar; la mayoría de los diputados no lo conocía,
pero la Asamblea lo votó sin el menor reparo, pues ¿qué iba a ser
de los representantes de Alemania sin un reglamento? “Fiat reglamentum” partout et toujours/a
El señor Raveaux, de Colonia, presenta una propuesta absoluta
mente nada caprichosa sobre los posibles conflictos entre la Asam
blea de Francfort y la de Berlín.2 Pero la Asamblea está deliberando
acerca del reglamento definitivo, y aunque la propuesta de Raveaux
es urgente, aún lo es más el reglamento. Pereat mundus, fiat reglamentum!h No obstante, la sabiduría de aquellos burgueses de empa
lizada3 designados por una elección no puede hacer menos que
decir algo acerca de la propuesta de Raveaux, y poco a poco, mien
tras se sigue discutiendo si debe darse prelación al reglamento o a
la propuesta, se presentan cerca de dos docenas de enmiendas a ésta.
Se platica acerca del asunto, se habla, se dan largas, se arma ruido,
a ¡Hágase un reglamento, siempre, en todas partes!
2 El 19 de mayo, Raveaux propuso que los diputados prusianos que pertenecían al mismo
tiempo a la Asamblea de Berlín y a la de Francfort tuvieran derecho a ejercer los dos manda
tos, y así lo dispuso un decreto del ministerio del Interior.
b Aunque el mundo se hunda, ¡hágase un reglamento!
3 En la Edad Media, algunos vecinos establecidos en los aledaños de las ciudades (más
allá de las empalizadas) obtenían en ocasiones el derecho de vecindad al contribuir a la defen
sa militar de la ciudad. En sentido figurado, se daba este nombre a la gente venida del cam
po a la ciudad y que se hallaba en un nivel cultural más bajo que la burguesía urbana.

se deja pasar el tiempo y se aplaza la votación del 19 al 22 de mayo.
El 22 vuelve a ponerse el asunto a discusión; llueven nuevas enmien
das y nuevas digresiones, hasta que, por último, tras largos discur
sos y varios forcejeos, se acuerda enviar a las comisiones el asunto
ya puesto en el orden del día. Afortunadamente, ha transcurrido el
tiempo, y los señores diputados se van a comer.
El 23 de mayo comienza la disputa en torno al acta; en seguida,
vuelven a recibirse innumerables propuestas, y ya se dispone la
Asamblea a pasar al orden del día, es decir, al amadísimo reglamen
to, cuando un diputado por Maguncia, Zitz, informa acerca de las
brutalidades cometidas por las tropas prusianas y de los despóticos
abusos del comandante prusiano en aquella ciudad. Se trataba de
un intento indiscutible y consumado de la reacción, de un caso que
correspondía específicamente a la competencia de la Asamblea.
Había que exigir cuentas al arrogante soldado que, casi ante los mis
mos ojos de la Asamblea Nacional, osaba amenazar a Maguncia con
un bombardeo; había que proteger a los inermes vecinos de la ciu
dad, en sus propias casas, de las brutalidades de una soldadesca lan
zada y azuzada en contra de ellos. Pero el señor Bassermann, el
aguador badense, declara que sólo se trata de bagatelas, que hay que
dejar a Maguncia confiada a su propia suerte, que todo pasará, que
la Asamblea está reunida deliberando en interés de toda Alemania
acerca de un reglamento. ¿Y, en efecto, qué significa en realidad, el
bombardeo de Maguncia? Pereat Maguntia, fíat reglamentum!c La
Asamblea, no obstante, tiene un corazón blando y elige una comi
sión encargada de ir a Maguncia para investigar el asunto y ... entre
tanto ha llegado la hora de levantar la sesión y de irse a comer.
Por último, el 24 de mayo perdemos el hilo parlamentario. Al
parecer, el reglamento ha sido terminado o se ha dejado a un lado,
en cualquier caso no volvemos a oír nada de él. En cambio, cae sobre
nosotros una verdadera granizada de bien intencionadas propues
tas, en las que numerosos representantes del pueblo soberano se
c ¡Que se hunda Maguncia, pero hágase un reglamento!

empeñan en poner de manifiesto la tozudez de su “limitada inteli
gencia” de súbditos.4 Viene luego una serie de mociones, peticio
nes, protestas, etc., hasta que, por último, el sumidero nacional
arrastra numerosos, interminables discursos. No debemos, sin em
bargo, dejar de lado que en esta sesión fueron consignados cuatro
comités.
Por último, pide la palabra el señor Schlóffel. Tres ciudadanos
alemanes, los señores Esselen, Pelz y Lówenstein, han recibido órde
nes de salir de Francfort antes de las 4 de la tarde del mismo día. La
sabia y prudente policía afirmaba que los susodichos señores ha
bían concitado contra sí el enojo de los vecinos de la ciudad por
sus discursos ante la Sociedad obrera, razón por la cual debían ser
expulsados. ¡Y la policía se permitía proceder de este modo después
de haber sido proclamado por el Preparlamento el derecho de ciu
dadanía alemana5 y después que este derecho había sido recono
cido en el proyecto de Constitución de los diecisiete “compromisa
rios”6 (Hommes de confiance de la diète) la cuestión no admite
demora! El señor Schlóffel pide la palabra sobre este asunto; le es
denegada y exige que se le deje hablar acerca del carácter de urgen
cia de la cuestión, cosa que el reglamento autoriza, pero esta vez la
consigna es: Fiat politia, pereat reglamentum!d Naturalmente, había
pasado el tiempo y era ya hora de irse a casa a comer.
4 Frase del ministro del Interior de Prusia que se hizo famosa.
5 En el “Preparlamento” reunido en Francfort del 31 de marzo al 4 de abril de 1848, deli
beraron representantes de los Estados alemanes, miembros de las asambleas por estamentos
o delegados de una asamblea popular, partidarios en su mayoría de la monarquía constitu
cional. Este “Preparlamento” acordó convocar a una Asamblea Nacional de toda Alemania y
redactar un proyecto de ley acerca de “Los derechos fundamentales del pueblo alemán”, en el
cual se proclamaban algunas libertades civiles, pero sin atentar contra el fundamento del
orden semifeudal absolutista. En abril de 1848, el “Preparlamento” eligió una comisión per
manente de cincuenta miembros, con una mayoría liberal, que actuó hasta el momento de
constituirse la Asamblea Nacional.
6 Estos “compromisarios” u “hombres de confianza” representaban a los gobiernos ale
manes convocados por la Asamblea Federal, que era el órgano central de la Confederación
alemana. Deliberaron en Francfort del 30 de marzo al 8 de mayo de 1848 y elaboraron un
Proyecto de Constitución del Imperio, concebido bajo el espíritu monárquico-constitucio
nal dominante.
d ¡Hágase la policía, aunque se hunda el reglamento!

El día 25, las cabezas de los diputados, cargadas de ideas, vuel
ven a doblarse bajo la masa de las propuestas presentadas como las
espigas de trigo maduras bajo el vendaval. Dos diputados intentan
hablar de nuevo del asunto de las deportaciones, pero también a
ellos se les deniega la palabra, incluso para razonar la urgencia del
asunto. Algunas mociones, principalmente una de los polacos,
revestían mucho mayor interés que todas las propuestas de los dipu
tados. Por fin, se concede la palabra a la comisión enviada a Magun
cia. Declara que no podrá informar sino hasta el día siguiente; pero,
por lo demás, como es natural, el informe llegó demasiado tarde,
cuando ya 8 ooo bayonetas prusianas habían restablecido el orden,
después de desarmar a i 200 guardias cívicos. Entre tanto, podía
pasarse al orden del día. Así se hizo, en efecto, poniendo sobre el
tapete el orden del día, es decir, la propuesta de Raveaux. Pero como
este asunto, en Francfort, aún no estaba listo para afrontarse y en
Berlín hacía ya mucho tiempo que había perdido su razón de ser
por un rescripto de Auerswald, la Asamblea Nacional acordó dejar
la cosa para mañana e irse a comer.
El 26 volvieron a anunciarse miríadas de propuestas, después
de lo cual la comisión de Maguncia pasó a rendir su definitivo y
muy ambiguo informe. Fue ponente el señor Hergenhahn, ex dipu
tado y a la fecha ministro interino. Aunque el informe no podía ser
más moderado, la Asamblea, tras larga discusión, encontró que
incluso este sumiso informe resultaba demasiado fuerte. Acordó
dejar a los maguncianos a merced de los prusianos al mando de un
húsar y pasó al orden del día, después de expresar su “confianza de
que los gobiernos cumplirían con su deber”. El punto central del
orden del día era, naturalmente, que los señores representantes se
fuesen a comer.
Por último, el 27 de mayo, tras largos preliminares en torno a la
lectura y aprobación del acta, se puso a discusión la propuesta de
Raveaux. Se habló en pro y en contra hasta las dos y media, hora
en que los diputados se fueron a comer. Pero, esta vez, la Asamblea
celebró una sesión vespertina y el asunto llegó, por fin, a una solu

ción. Como, en vista de la excesiva lentitud de la Asamblea Nacio
nal, el señor Auerswald había liquidado ya la propuesta de Raveaux,
el señor Raveaux aceptó una enmienda del señor Werner, en la que,
por razón de la soberanía del pueblo, no se afirmaba ni se negaba
nada.
Las noticias que poseemos acerca de la Asamblea Nacional no
van más allá. Pero tenemos todas las razones para creer que, una
vez tomado el acuerdo anterior, se levantaría la sesión para ir a
comer. Y si esta vez llegaron a comer tan pronto, fue gracias a las
palabras de Robert Blum:
Señores: si dan ustedes cima al orden del día de hoy, todo el orden del
día de esta Asamblea podría acortarse de un modo extraordinario.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. i, i de junio de 1848]