[“Neue Rheinische Zeitung” núm. 279 del 22 de abril de 1849, segunda edición]

* Colonia, 21 de abril. (Debate de la cámara.) ¡Volvemos a la sesión del 13 de abril! Tras la contestación a la interpelación del diputado Lisiecki, el orden del día condujo al debate sobre la ley de carteles.

Tras la lectura del informe de la comisión central por el señor Rohrscheidt, el señor Wesendonck presenta la enmienda de rechazar en bloque el proyecto del gobierno. |

El señor Arnim (conde) se levanta. La enmienda sería inadmisible. Equivaldría a una moción de orden del día. Sin embargo, sobre las propuestas del gobierno no se puede pasar al orden del día. ¡Así lo establece el reglamento!

Sólo ahora se percatan los señores de la izquierda de lo que la derecha pretendía con el artículo 53 del reglamento. Sobre las propuestas del gobierno no se puede acordar el orden del día. Pero esta frase, de aspecto inocente, no quería decir ni más ni menos que: no podréis rechazar en bloque ninguna propuesta del gobierno, sino que estaréis obligados a debatir todos y cada uno de sus párrafos, aunque fueran mil.

Esto es ya demasiado hasta para el centro. Tras un prolongado debate, en el que ambas partes despliegan el mayor ingenio exegético posible, el presidente por fin continúa declarando admisible la enmienda Wesendonck.

Tiene la palabra el señor Rupp, el gran Rupp suspendido, perseguido, otrora acosado por todos los periódicos, expulsado de la bienaventurada Unión de Gustavo Adolfo. El señor Rupp pronuncia un discurso tras el cual, según opina la no menos grande y amiga de la luz berlinesa “National-Zeitung”, a la izquierda no le quedaba ya mucho que decir, no sólo en el debate general, sino tampoco en el especial. Examinemos de cerca este discurso exhaustivo del amigo de la luz Rupp, salido de la razón pura.

Este discurso exhaustivo es, ciertamente, un producto genuino del espíritu amigo de la luz, del espíritu de las “comunidades libres”, es decir, no agota nada salvo acaso los lugares comunes que, a propósito de los carteles, pueden soltarse al público.

El señor Rupp comienza llamando la atención sobre la diversa motivación de la ley de carteles por parte del gobierno y de la comisión central. El gobierno hace pasar la ley por una mera medida policial en interés del tráfico viario y de la estética; la comisión central, descartando esta burda treta prusiana, pone en primer plano los motivos políticos. Con esto ha abierto de par en par las puertas al pathos del predicador amigo de la luz:

“De este modo, esta propuesta legislativa entra indiscutiblemente en la serie de los objetos más importantes para las deliberaciones de esta asamblea. Pues bien, no vamos a querer decir” (¡no vamos a querer decir!), “que también nos da lo mismo (!) que haya en el mundo algunos carteles más o algunos menos, pues (!) justamente en esto radica el carácter sublime del derecho y de la libertad: en que hasta lo aparentemente más nimio, tan pronto como entra en conexión con ellos, cobra al instante una significación más elevada”!!

Después de que el señor Rupp, mediante esta introducción pastoral, haya asegurado el “carácter sublime” y la “significación más elevada” de los carteles y haya templado devotamente los ánimos de sus oyentes, puede ya dar rienda suelta al curso “eternamente claro, terso como un espejo y llano” de su razón pura.

Primero, el señor Rupp hace la observación, sobradamente aguda, “de que muy a menudo se han tomado medidas contra peligros imaginarios con las cuales se crean precisamente peligros reales”.

La izquierda festeja alborozada este lugar común con un entusiasta bravo.

A continuación, el señor Rupp demuestra con igual profundidad de espíritu que el proyecto está en contradicción con — ¡la constitución otorgada, que el señor Rupp no reconoce en absoluto! |

¡Singular política de la izquierda, apelar a la constitución otorgada y citar, contra futuras patadas, las patadas ya recibidas en noviembre como argumentos!

Si el gobierno opina, prosigue el señor Rupp, que este proyecto de ley no afecta a la libertad de prensa, sino sólo a la utilización de las calles y plazas para la difusión de los productos de la prensa, entonces con la misma razón se podría

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decir que bajo la censura también imperó la libertad de prensa, pues no era la utilización de la prensa, sino sólo la difusión de sus productos lo que estaba sometido a control.

Hay que haber vivido bajo la censura en Berlín para apreciar toda la novedad de esta frase, que ya desde hace años circulaba entre todos los liberales de café y que, no obstante, fue acogida de nuevo por la izquierda con bravos y regocijo.

El señor Rupp cita ahora el artículo sobre la libertad de prensa de la constitución otorgada y demuestra detalladamente que el proyecto de ley de Manteuffel está en la más clamorosa contradicción con la constitución de Manteuffel.

¡Pero, estimado señor Rupp, tout bonhomme que vous êtes!, ¿acaso no sabía usted que Manteuffel ha otorgado la constitución precisamente para volver a derogar, acto seguido, las pocas frases liberales que contiene, ya sea manteniendo las viejas leyes mordaza, ya sea introduciendo otras nuevas?

Sí, el señor Rupp llega incluso al punto de exponer a la derecha, con cierta minuciosidad, cómo ésta podría ciertamente, más tarde, en la revisión de la constitución, incorporar la ley de carteles a dicha constitución, pero que ahora debe rechazarla, pues de lo contrario se anticiparía a la revisión de la constitución!

¡Como si a los señores de la derecha les importara la consecuencia y no más bien poner fin cuanto antes a la mala prensa, a los clubs, a la agitación, a la desconfianza comercial y a otras conquistas más o menos revolucionarias!

A estos importantes motivos, el señor Rupp añade ahora los siguientes lugares comunes:

1. Los carteles se condenan porque difunden agitación. Pero la prevención de la agitación no pertenece al Estado de derecho, sino al Estado policial.

2. Yo quiero un gobierno fuerte. Pero un gobierno que no puede soportar la agitación y los carteles no es un gobierno fuerte.

3. Al alemán le gusta seguir a un jefe.

4. La ausencia de carteles no impidió el 18 de marzo. (¡No es la caballería, ni los jinetes, etc.!)

5. Las revoluciones son consecuencia del despotismo.

De esto extrae el señor Rupp la conclusión de que la ley de carteles debe ser rechazada en interés de Manteuffel.

“Protejan ustedes, señores míos”, exclama suplicante, “al gobierno contra el autoengaño al que lo seduce esta ley, como toda ley del Estado policial!”

El rechazo del proyecto de Manteuffel no sería, según el señor Rupp, un voto de desconfianza para Manteuffel, sino más bien un voto de confianza. El señor Rupp desea que Manteuffel se convierta en el anhelado “gobierno fuerte”, y por eso no quiere debilitarlo mediante la ley de carteles. ¿Creen ustedes que el señor Rupp bromea? Ni piensa en ello. El señor Rupp es un amigo de la luz, y un amigo de la luz no bromea jamás. Los amigos de la luz no soportan la risa, como tampoco la soporta su digno primo Atta Troll.

Pero el último triunfo que se saca de la manga el señor Rupp corona todo su

discurso:

“El rechazo de esta ley contribuirá no poco a tranquilizar a aquella parte de la población que no ha podido mostrarse conforme con el reconocimiento de la constitución antes de la revisión.”

¡El señor Rupp se interesa por la “tranquilización de la parte de la población” que aún no está a la altura de Manteuffel!

¡Pero así son los señores de la izquierda! Están hartos del movimiento tormentoso, y puesto que una vez son diputados y ven que no pueden nada contra la dictadura del sable, no desean más que las enojosas cuestiones de principio se despachen por fin, que la constitución sea revisada y jurada pro forma a efectos de su declaración de validez y que “la revolución se cierre”. Entonces empieza para ellos la vida cómoda del rutinarismo constitucional, del declamar sobre nada de nada hacia nada, del intrigar, proteger, cambiar ministros, etcétera; aquella vida olímpica de Jauja que los Odilon, Thiers y Molé franceses llevaron durante dieciocho años en París y que Guizot solía llamar con tanta predilección “el juego de las instituciones constitucionales”. ¡Una vez que el incómodo movimiento revolucionario se haya estancado un poco en la arena, un ministerio Waldeck ya no pertenece en absoluto a las imposibilidades!

¡Y, para la república, el pueblo aún no está maduro, por supuesto!

Tras el discurso del señor Rupp queda todo justamente por decir. No se trataba, en primer lugar, de la restricción de la libertad de prensa en general, se trataba sobre todo de la restricción de la libertad de prensa en los carteles. De lo que se trataba era de abordar los efectos de los carteles, de defender la “literatura callejera” y, muy particularmente, de salvaguardar el derecho de los trabajadores a la literatura gratuita representada en los carteles. Se

trataba de no disculpar el derecho a la agitación por medio de carteles, sino de defenderlo abiertamente. Pero de esto no hay ni palabra en el señor Rupp. Las viejas frases sobre la libertad de prensa, que durante 33 años de censura tuvimos ocasión sobrada de examinar de arriba abajo, esas viejas frases las vuelve a desplegar el señor Rupp en un lenguaje secamente solemne, y porque ha dicho todo lo que los señores de la “National-Zeitung” saben sobre el asunto, cree la “National-Zeitung” que él ha agotado el asunto.

Tras el “amigo de la luz” Rupp se levanta el “oscurantista” Riedel. Pero el discurso del señor Riedel es demasiado bello para que nos precipitemos con él. ¡A demain donc, citoyen Riedel!

[“Neue Rheinische Zeitung” núm. 283 del 27 de abril de 1849]

*Colonia, 23 de abril. El diputado Riedel ha pronunciado, sin duda alguna, el discurso más clásico de todo el debate. Mientras que incluso desde la mesa ministerial se guardan aún ciertas consideraciones, mientras que incluso Manteuffel emplea todavía ciertos giros pseudoconstitucionales y a lo sumo el torpe advenedizo von der Heydt se sale a veces del papel constitucional, el señor Riedel, de Barnim-Angermünde, no se corta un instante en presentarse como un uckermärker sin adulterar. Jamás una circunscripción electoral ha sido tan bien representada como la del señor Riedel.

El señor Riedel pregunta primero: ¿Qué son los carteles? Y responde:

“Carteles, en el sentido propio de la palabra, son declaraciones públicas mediante las cuales se obra apaciguadoramente sobre los ánimos.”

Ésta es, según la etimología del señor Riedel, el “destino” de los carteles.

De momento no vamos a disputar con el señor Riedel sobre el árbol genealógico de la palabra “cartel”. Sólo hacemos notar que podría haberse ahorrado todo su sudor etimológico si hubiera leído el proyecto de ley. Éste no trata sólo de “carteles”, sino de “papeletas de fijación”, y éstas no tienen, “en el sentido propio de la palabra”, otro “destino” que el de ser fijadas.

En lugar de esto, el señor Riedel se explaya en justa indignación por el hecho de que el nombre de los carteles sea del modo más vergonzoso objeto de abuso:

“Los carteles sirven por regla general sólo para encender las pasiones y para inflamar el impuro ardor del odio o de la venganza, particularmente contra las autoridades...

Los carteles son, pues, por regla general precisamente lo contrario de lo que el nombre indica. El uso de los carteles es, por tanto, habitualmente abuso” (a saber, del nombre), “y por tanto se pregunta: ¿Deben las autoridades policiales locales fomentar” (a saber, este abuso del nombre cartel) “esta plaga de los carteles? ¿Debe la policía hacerse en cierto modo cómplice del abuso que”

(el abuso) (del nombre) “de los carteles” (para fijaciones que no son en absoluto carteles, es decir, papeletas apaciguadoras) “provoca?”

¿Se debe, en una palabra, seguir obrando en lo sucesivo mediante carteles “conforme a su destino” (es decir, conforme al destino de la palabra cartel), o no?

¡Cuán gravemente se ha equivocado Manteuffel al atribuir subrepticiamente a la ley de carteles motivos policiales y de embellecimiento urbano! ¡Cuán errado ha andado el Comité Central al abogar por la ley por razones políticas! La ley es necesaria... por razones etimológicas, y debería titularse propiamente: Ley para restituir el uso de la palabra *Plakat* a su «sentido literal originario».

Pero aquí el minucioso señor Riedel ha metido la pata de manera igualmente minuciosa. Si, aun a riesgo de aburrir mortalmente a nuestros lectores, quisiéramos entablar una disquisición etimológica con el señor Riedel, podríamos demostrarle, Gramática de Diez en mano, que la palabra *Plakat* no procede en modo alguno del latín *placare*!, sino que no es más que una deformación del francés *placard*?, vocablo que a su vez guarda relación con *plaque, el cual es, por su parte, de origen alemán. Con lo cual toda la teoría apaciguadora del señor Riedel se vendría abajo.

Al señor Riedel, naturalmente, esto le tiene sin cuidado, y con razón. Toda la teoría apaciguadora no es, sin embargo, más que una *captatio benevolentiae* de dómine, tras la cual desfila la apelación al miedo de las clases poseedoras con la mayor [certidumbre].

Los carteles «encienden pasiones», «inflaman la impura brasa del odio y de la venganza, particularmente contra la autoridad», «sirven de llamada a la masa falta de juicio para manifestaciones que quebrantan amenazadoramente (!) el orden y traspasan los límites de la libertad legal». Y por eso los carteles han de ser suprimidos.

En otras palabras: los señores feudales, los burócratas y los burgueses coligados impusieron con éxito en el pasado otoño su golpe de Estado por la fuerza de las armas, y ahora quieren, por medio de las Cámaras, octroyarnos las leyes complementarias que aún se necesitan para que dichos señores puedan gozar tranquilamente de su victoria. Están cordialmente hartos de las «pasio-

nes», se valdrán de todos los medios para reprimir «la impura brasa del odio y de la venganza contra la autoridad» —que es para ellos la autoridad más deseable del mundo—, para restablecer el «orden» y reducir la «libertad legal» a la medida que les resulta cómoda. Y cuál sea esa medida se desprende del hecho de que el señor Riedel califica a la gran mayoría del pueblo de «masa falta de juicio».

De esta «masa falta de juicio», el señor Riedel no sabe decir bastante mal. Continúa:

«Este» (producido por los carteles) «medio de comunicación es observado precisamente en mayor grado por aquella clase del pueblo menos habituada a las comunicaciones escritas, que carece de la precaución y la desconfianza para examinar y ponderar la credibilidad de las comunicaciones escritas que el público acostumbrado a la lectura, instruido sobre los engaños de la prensa, ciertamente aporta consigo...».

Ahora bien, ¿quién es esa masa falta de juicio, esa clase menos habituada a las comunicaciones escritas? ¿Acaso son los campesinos de la Uckermark? De ningún modo; pues, en primer lugar, son el «núcleo de la nación»; en segundo lugar, no leen carteles, y en tercer lugar, han elegido al señor Riedel. El señor Riedel no se refiere a nadie más que a los obreros de las ciudades, al proletariado. Los carteles son un medio principal para influir sobre el proletariado; el proletariado es, por toda su posición, revolucionario; el proletariado, la clase oprimida bajo el régimen constitucional tanto como bajo el absoluto, está sumamente dispuesto a empuñar de nuevo las armas; del lado del proletariado amenaza precisamente el mayor peligro, y por eso, ¡fuera con todo lo que pudiera mantener vivas las pasiones revolucionarias en el proletariado!

¿Y qué contribuye más a mantener viva la pasión revolucionaria entre los obreros que precisamente los carteles, que transforman cada esquina en un gran periódico, en el que los obreros que pasan encuentran consignados y glosados los acontecimientos del día, expuestos y debatidos los distintos puntos de vista, donde al mismo tiempo se topan reunidas gentes de todas las clases y opiniones, con las cuales pueden discutir los carteles; en suma, donde tienen un periódico y un club en uno solo, y todo ello sin que les cueste un ochavo?

Pero esto es justamente lo que los señores de la derecha no quieren. Y tienen razón. Del lado del proletariado les amenaza el mayor, más aún, el único peligro: ¿por qué no habrían de esforzarse ellos, que tienen el poder en sus manos, en aplastar este peligro con todos los medios?

Nadie podría objetar nada a esto. Nosotros vivimos ahora, con la ayuda de Dios, desde hace unos seis meses bajo la dictadura del sable. Noso-

tros no nos hacemos la menor ilusión acerca del abierto estado de guerra en que nos encontramos con nuestros adversarios, ni acerca de los medios por los cuales nuestro partido puede únicamente acceder al poder. No incurriremos en la torpeza de hacer reproches morales a la triple alianza hoy dominante de junkers, burócratas y burgueses por intentar avasallarnos de todas las maneras. Y si el tono moralizante de predicador, el pathos plañidero de la indignación moral no nos repugnara ya de antemano, nos guardaríamos de tal polémica hueca y vacua ya por la simple razón de que aún pensamos tomar la revancha contra nuestros adversarios.

Pero lo que sí encontramos curioso es que los señores que están ahora en el gobierno y en la mayoría oficial no hablen con la misma franqueza que nosotros. El señor Riedel, por ejemplo, es un uckermärkische tan genuino como no podría desearse mejor, y sin embargo no logra sobreponerse para acabar aseverando:

«No es ni remotamente mi intención querer poner un cerrojo a la libre expresión de la opinión. Considero la lucha espiritual... por la verdad como un santuario de los pueblos libres, que nadie debe profanar».

Y en otro pasaje, el señor Riedel quiere

«dejar libre la difusión de carteles bajo aquellas formas bajo las cuales pueden difundirse los productos literarios en general».

Después de todas las explicaciones precedentes, ¿qué significan aún estas frases? El gobierno hoy existente y, en general, la monarquía constitucional no puede sostenerse en nuestros días en los países civilizados si la prensa es libre. La libertad de prensa, la libre concurrencia de las opiniones, eso es dar rienda suelta a la lucha de clases en el terreno de la prensa. Y el tan anhelado orden, eso es precisamente la sofocación de la lucha de clases, la mordaza de las clases oprimidas. Por eso el partido del orden y la tranquilidad tiene que abolir la libre concurrencia de las opiniones en la prensa, tiene que asegurarse, en lo posible, el monopolio del mercado mediante leyes de prensa, prohibiciones, etc.; tiene, en particular, que reprimir directamente, en lo posible, la literatura gratuita de los carteles y las hojas volantes no pagadas. Todo eso lo saben los señores, ¿por qué no lo dicen sin rodeos?

En efecto, señor Riedel, ¿por qué no propone usted de una vez el restablecimiento de la censura? ¡No hay medio mejor para hacer retroceder las «pasiones», para sofocar «la impura brasa del odio y de la venganza contra la autoridad» y para garantizar los «límites de la libertad legal»! Voyons, citoyen Riedel, soyons francs! ¡A fin de cuentas, es en eso en lo que viene a parar!

El señor Riedel se bate en retirada. El ministro de Justicia, el consejero de Justicia Simons, de Elberfeld, vástago de una familia burguesa de la cuenca del Wuppertal del mismo rango que la de Von der Heydt, toma la palabra.

El señor Simons procede con una minuciosidad formidable. Se nota que aún es nuevo en el ministerio de Justicia.

Los carteles se fijan en calles y plazas públicas, dice el señor ministro de Justicia. Luego —«hay que remontarse a cuál es la determinación de las calles y plazas públicas»!!

El señor Riedel ha establecido ciertamente, de manera digna de agradecimiento, la «determinación» y el «tenor literal originario» de los carteles. Pero no es de eso de lo que se trata. De lo que se trata más bien es de la «determinación de las calles y plazas». Y aquí cosecha el ministro de Justicia laureles inmortales.

¿Cabe imaginar una abecedaria más hermosa que esta Cámara, en la cual se debate seriamente sobre la determinación de calles y plazas, sobre puerilidades gramaticales y cosas por el estilo?

Y ¿cuál es, entonces, la «determinación de las calles y plazas públicas»?

Consiste en que las calles, etc., «no pueden ser sacrificadas a un uso cualquiera y público», pues «¡semejante determinación de las calles, etc., no puede ser comprobada»!!!

¡Así que para esto tenemos a un presunto ministro de Justicia, para que nos dé tan hondas ilustraciones! En realidad, ahora se comprende por qué el señor Simons se azaraba al tener que presentarse ante la Cámara.

Todo el resto del contenido del discurso del ministro, naturalmente, ni merece mentarse al lado de tan célebres hazañas. Bajo la apariencia de una singular erudición en la jurisprudencia francesa, el señor Simons coloca algunas reminiscencias del todo olvidadas de su antigua práctica, como ministerio público. Luego vienen frases tales como:

«¡Pero esta cuestión de necesidad tiene que ser respondida afirmativamente de manera incondicional (!), por lo menos (I!), es esta mi opinión (!!!), tomando en cuenta las dudas (!!!!) que se han suscitado (¡!!!!)».

Y, por último, el señor Simons quiere «sancionar el fundamento legal de la restricción de los carteles».

¡Sancionar un fundamento! ¿Dónde ha aprendido usted el idioma, señor Simons?

Al discurso siguiente del señor Berends no podemos, naturalmente, prestar mayor atención, después de gestas oratorias como las de los señores Riedel y Simons. El señor Berends tiene el instinto correcto de que la prohibición de carteles está directamente dirigida contra el proletariado, pero desarrolla su tema de modo débil.

El debate general se cierra. El rechazo en bloque es votado a favor por 152 votos, en contra por 152. De la izquierda falta, entre otros, sin tener licencia, el señor Kyll, de Colonia. Si el señor Kyll hubiera estado presente, la ley de carteles habría sido rechazada sin más. Al señor Kyll debemos, por tanto, que fuera aprobada en parte.

No entraremos más en el debate especial. El resultado es conocido: los libreros ambulantes quedan sometidos a vigilancia policial.

¡Pueden darle las gracias al señor Kyll!

Escrito por Friedrich Engels.