OLONIAy 2 DE SEPTIEMBRE. BÉLGICA, MODELO DE ESTADO CONStitucional, acaba de suministrar una nueva y brillante prueba de la excelencia de sus instituciones. ¡Diecisiete penas de
muerte, con motivo de los ridículos sucesos de Risquons-Tout!260
¡Diecisiete penas de muerte para vengar la vergüenza que unos
cuantos atolondrados, locos incorregibles,261 hicieron pasar a la
mojigata nación belga, tratando de tirar de una punta de su manto
constitucional! ¡Diecisiete penas de muerte, qué brutalidad!
Los sucesos de Risquons-Tout son conocidos. Cierto número
de obreros belgas se concentraron en París para intentar una inva
sión republicana de su patria. Demócratas belgas llegados de Bru
selas apoyaban el intento. Ledru-Rollin, por su parte, le prestó todo
el aliento que pudo. Lamartine, el traidor de “noble corazón” que
tenía, lo mismo para los demócratas extranjeros que para los fran
ceses, hermosas palabras y feas acciones, este Lamartine, que se jac
ta de haber conspirado con la anarquía como el pararrayos con la
tormenta, comenzó apoyando a la legión belga para luego poder
traicionarla mejor. La legión partió hacia su patria. Delescluze,
comisario de gobierno en el departamento del Norte, vendió la pri260 El llamado “Proceso Risquons-Tout” que tuvo lugar en Amberes del 9 al 30 de agosto
de 1848, fue una auténtica farsa de parte del gobierno del rey Leopoldo de Bélgica para ajus
tarle cuentas a los demócratas. Esto dio motivo a la reacción unánime de parte de las fdas
republicanas belgas.
261 Locos incorregibles: frase tomada del poema de Goethe “Prometeo”.

mera columna a los empleados de los ferrocarriles belgas; el tren
que la conducía, ya en suelo belga, se encontró de pronto rodeado
de bayonetas, por obra de la traición. La segunda columna, guiada
por tres espías belgas (esto nos lo ha contado un miembro del mis
mo Gobierno provisional de París, y el proceso lo confirma), fue
conducida por los traidores a un bosque enclavado dentro de Bél
gica, donde la aguardaban, seguramente escondidos, los cañones
enfilados sobre ella; la columna fue cañoneada a mansalva y casi
todos sus integrantes cayeron prisioneros.
Este insignificante episodio de las revoluciones de 1848, al que
las numerosas traiciones y felonías, y las dimensiones que se le atri
buyen en Bélgica dan relieves cómicos, ha ofrecido pretexto a la
Procuraduría de Justicia de Bruselas para sofocar en él la más gigan
tesca conspiración de todos los tiempos. Viéronse implicados en
ella el libertador de Amberes, el viejo general Mellinet, Tedesco,
Ballin, en una palabra los más resueltos y más activos demócratas
de Bruselas, Lieja y Gante. Y el señor Bavay habría envuelto en el
proceso incluso a Jottrand, de Bruselas, si éste no supiese cosas y
poseyera documentos cuya publicación podría comprometer
bochornosamente a todo el gobierno belga, incluyendo al prudente
Leopoldos
¿Y por qué estas detenciones de demócratas, por qué el más
monstruoso de todos los procedimientos contra hombres tan aje
nos a los hechos que se les imputan como los jurados ante los que
se les hace comparecer? Para infundir miedo a la ciudadanía belga
y, a la sombra de este miedo, poder hacer efectivos los exagerados
impuestos y empréstitos forzosos que forman la argamasa con que
se sostiene en pie el glorioso edificio del Estado belga y cuya efecti
vidad deja, al parecer, bastante que desear.
Bien. Se hizo comparecer a los acusados ante el jurado de Ambe
res, ante la flor y nata de esos temperamentos flamencos de nego
ciante tan ajenos a la cálida vehemencia del entusiasmo político
francés como a la fría serenidad del grandioso materialismo inglés,
a Leopoldo I, rey de Bélgica.

tratantes en bacalao que se pasan la vida entera vegetando entre
cicaterías de ganancias y negocios mezquinos. El gran Bavay cono
cía a su gente y apelaba a su miedo.
¿Acaso en Amberes se había visto jamás un republicano? De
pronto, comparecían treinta y dos monstruos de éstos ante los asus
tados vecinos de la ciudad. Y los temblorosos jurados, de acuerdo
con los sabios jueces, entregan a diecisiete de los acusados a la
benignidad de los artículos 86 y siguientes del código penal,262 es
decir, a la pena de muerte.
También durante el periodo del terror de 1793 se montaron pro
cesos ficticios y recayeron condenas basadas en hechos que no eran
los que oficialmente se alegaban; pero ni el fanático Fouquier-Tinville llegó a organizar nunca un proceso como éste, urdido sobre la
burda desvergüenza de la mentira y el ciego odio partidista. Y nadie
podrá decir que en Bélgica reine precisamente la guerra civil ni que
media Europa aceche en sus fronteras, conspirando con los rebel
des, como ocurría en Francia en 1793. ¿Puede decirse que en Bélgi
ca se halle la patria en peligro o que se haya resquebrajado la Coro
na? Por el contrario; nadie piensa en sojuzgar a Bélgica y el prudente
Leopoldo sigue viajando día tras día sin escolta de Bruselas a Laeken y de Laeken a Bruselas.
¿Qué había hecho un hombre de 81 años como Mellinet para
que el jurado y los jueces lo condenaran a muerte? El viejo soldado
de la República francesa había salvado, en 1831, el último deste
llo del honor belga; fue el libertador de Amberes y, en pago de ello,
¡Amberes lo condena a muerte! Toda su culpa consiste en haber
amparado contra las sospechas de la prensa belga a su viejo amigo
Code pénal: código penal implantado en Francia en 1810 e introducido en la Alemania
occidental y meridional conquistada por Napoleón; en la provincia renana, este código regía,
al igual que el código civil francés, incluso después de su anexión a Prusia en 1815. El gobier
no prusiano aspiraba a reimplantar en estas provincias el derecho nacional prusiano. Toda
una serie de leyes, decretos y preceptos trataba de restablecer en la provincia renana los pri
vilegios feudales de la nobleza (en particular los mayorazgos) y la legislación civil y penal
prusiana. Estas medidas encontraron una enérgica y decidida oposición en estos territorios
y, después de la revolución de Marzo, fueron derogadas mediante los decretos del 15 de abril
de 1848.

Becker, sin retirarle su amistad ni aun cuando sabía que estaba cons
pirando en París. Pero sin que él, Mellinet, tuviese absolutamente
nada que ver con la conspiración. ¡Y por eso, nada más que por eso,
le condena a muerte!
¿Y Ballin? Era amigo de Mellinet, lo visitaba con frecuencia y
alguien lo había visto con Tedesco en un Estaminet.h Razones bas
tantes, como se ve, para condenarlo a muerte.
¡Y no digamos Tedesco! ¡Cómo! ¿Acaso no había pertenecido a
la Asociación obrera alemana y no mantenía relaciones con perso
nas a quienes la policía belga había encontrado puñales de utilería
introducidos previamente por ella en sus bolsillos? ¿No le habían
visto con Ballin en un Estaminet? Su culpabilidad estaba demostra
da, Tedesco había provocado la batalla de las naciones de RisquonsTout; ¡al cadalso con él!
Y lo mismo los demás.
Nos sentimos orgullosos de contar entre nuestros amigos a más
de uno de estos “conspiradores” a quienes se condena a muerte pura
y simplemente por ser demócratas. Y si la venal prensa belga los
cubre de lodo, nosotros queremos, por lo menos, salvar su honor
ante la democracia alemana; si su patria reniega de ellos, nosotros
nos honramos en considerarlos como nuestros amigos.
Cuando el presidente del tribunal leyó el veredicto condenán
dolos a muerte, los acusados gritaron: “ ¡Viva la República!” A lo
largo de todo el proceso y al serles leída la sentencia, se comporta
ron como verdaderos revolucionarios, serenos e imperturbables.
Veamos ahora cuál es el lenguaje que, en el campo de enfrente,
emplea la miserable prensa burguesa:
El veredicto —dice el Jo u rn a l d ’A n vers— no produjo en la ciudad mayor
sensación que el proceso mismo, el cual pasó casi totalmente desapercibi
do. Solamente en las clases obreras [léase: entre el lumpenproletariado]
puede percibirse un sentimiento de hostilidad en contra de los paladines
de la República; el resto de la población apenas se ocupa de ellos; tal pareb Taberna.

ce como si considerara que lo irrisorio de la intentona revolucionaria no
aparece engrandecido ni siquiera por una condena a muerte, en cuya eje
cución, por lo demás, no cree nadie.
¡Naturalmente, si a los vecinos de Amberes se les brindara el
interesante espectáculo de ver subir a la guillotina a diecisiete repu
blicanos, con el viejo Mellinet, su salvador, a la cabeza, entonces sí
prestarían atención al proceso!
¡Como si la brutalidad del gobierno belga y de los jurados y los
jueces belgas no residiera precisamente en jugar de ese modo con
las penas de muerte!
El gobierno —dice el L ib era l Liégeois— ha querido dar pruebas de fu e r
za,} pero sólo ha conseguido demostrar su b ru talidad.
Y ese ha sido, evidentemente, desde siempre, el destino de la
nación flamenca.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 93, 3 de septiembre de 1848]