[ ,Neue Rheinische Zeitung“  
n.º 165 del 10 de diciembre de 1848]

Berna, 6 de diciembre. ¿Quién se preocupa en estos tiempos de tormentas europeas por Suiza? Fuera del Poder imperial, que detrás de cada matorral de la orilla izquierda del Rin, desde Constanza hasta Basilea, olfatea un guerrillero emboscado, ciertamente casi nadie. Y, sin embargo, Suiza es un vecino importante para nosotros. Hoy es Bélgica constitucional el Estado modélico oficial¹; con el tiempo tormentoso que tenemos, ¿quién nos garantiza que mañana no será la Suiza republicana el Estado modélico oficial? De todos modos conozco a más de un republicano feroz² que no tiene más altos deseos que trasladar al otro lado del Rin las condiciones políticas suizas, con sus Consejos grandes y pequeños, federales, nacionales, estamentales y de toda índole, hacer de Alemania una Suiza en grande y luego, como señor Gran Consejero o *Landammann* del cantón de Baden, Hesse o Nassau, llevar una vida tranquila y sosegada, en toda piedad y honestidad.

Suiza nos incumbe, pues, a los alemanes, ciertamente, y lo que los suizos piensan, dicen, hacen y traman puede sernos presentado como modelo en muy breve plazo. Así pues, en modo alguno puede perjudicarnos que nos familiaricemos de antemano, en cierta medida, con las costumbres y el tipo de gentes que los veintidós cantones de la «Confederación» han producido en su república federal.

Es justo que consideremos aquí, en primer lugar, la flor y nata de la sociedad suiza, los hombres que el propio pueblo suizo ha designado como sus representantes; me refiero al Consejo Nacional en la Casa Consistorial de Berna.

Cuando se pisa la tribuna del Consejo Nacional, uno ha de asombrarse de la variedad de figuras que el pueblo suizo ha enviado a Berna para deliberar sobre sus asuntos comunes. Quien no haya visto ya una buena parte de Suiza apenas comprende cómo es posible que un pequeño país de un par de cientos de millas cuadradas y no dos millones y medio de habitantes pueda reunir una asamblea tan abigarrada. Y sin embargo, no hay que asombrarse; Suiza es un país en el que se hablan cuatro lenguas diferentes, alemán, francés, italiano (o más bien lombardo) y romanche, y que reúne en sí todos los distintos grados de civilización, desde la industria maquinizada más desarrollada hasta la vida pastoril más pura. Y el Consejo Nacional suizo reúne la flor y nata de todas esas nacionalidades y grados de civilización, y por eso presenta un aspecto de todo menos nacional.

En esta asamblea, medio patriarcal, no se habla de sitios fijos ni de partidos diferenciados. Los radicales han hecho un débil intento de sentarse en la extrema izquierda, pero no parece haber tenido éxito. Cada cual se sienta donde quiere y cambia de sitio a menudo tres o cuatro veces en una misma sesión. Con todo, la mayoría de los miembros tiene ciertos asientos favoritos, que al final vuelven a ocupar siempre, y así la asamblea se divide, empero, en dos partes bastante netamente separadas entre sí. En los tres primeros bancos semicirculares se ven rostros marcados, bastante barba, cabello cuidadosamente peinado, vestimenta moderna de corte parisino; aquí se sientan los representantes de la Suiza francesa e italiana o, como aquí se dice, los «welsches», y desde esos bancos rara vez se habla otra lengua que el francés. Detrás de los welsches se sienta, empero, una sociedad curiosamente mezclada. No se ven, ciertamente, campesinos con trajes típicos suizos; por el contrario, exclusivamente personas sobre cuyo atuendo ha pasado la mano de cierta civilización; aquí y allá incluso un frac más o menos moderno, al que suele corresponder también un rostro decente; luego media docena de tipos de oficiales suizos de paisano, todos iguales, más solemnes que marciales, algo anticuados de rostro y vestimenta, que recuerdan un poco al Áyax de «Troilo y Crésida»; y, por último, el grueso, formado por señores de fisonomía e indumentaria indescriptibles, más o menos entrados en años y de viejo cuño, cada uno distinto, cada cual un tipo por sí mismo y, en la mayoría de los casos, también una caricatura. Todas las variedades del pequeño burgués, del *campagnard endimanché*\*, y del oligarca cantonal están aquí representadas, todos igualmente hidalgotes, igualmente terriblemente serios, con igual de pesadas gafas de plata. Éstos son los representantes de la Suiza alemana, y ese grueso de la sociedad ha sido aportado por los cantones pequeños y los distritos apartados de los mayores.

Frente a esta asamblea ocupa la silla presidencial el conocido Dr. Robert Steiger, de Lucerna, condenado a muerte hace pocos años bajo el régimen de Siegwart-Müller, hoy presidente de la Asamblea federal suiza. Steiger es un hombre bajo y rechoncho, de rasgos muy marcados, a los que el cabello blanco, el bigote castaño y hasta las inevitables gafas de plata prestan un relieve nada desagradable. Desempeña su cargo, por lo demás, con gran tranquilidad y acaso con un poco de moderación de más.

Tal como la fisonomía, así la discusión. Los welsches son los únicos que hablan en una forma completamente civilizada y retórica, y ni siquiera ellos todos. Los berneses, que de entre los suizos alemanes son los que más han adoptado las costumbres welsches, son los que más se les acercan. En ellos se encuentra, al menos, aún algo de fuego. Los zuriqueses, esos hijos de la Atenas suiza, hablan con la circunspección y mesura propias de un término medio entre profesor y maestro de gremio, pero siempre «cultamente». Los oficiales hablan con solemne lentitud, con poca habilidad y contenido, pero en cambio con una determinación tal como si su batallón estuviera formado en orden de batalla detrás de ellos. El grueso de la sociedad, en fin, aporta oradores más o menos bienintencionados, cavilosos, concienzudos, sopesándolo todo a derecha e izquierda y, sin embargo, poniéndose al final siempre del lado de los intereses cantonales, que hablan casi todos, por lo demás, premiosamente y, por momentos, según sus propios principios gramaticales. Cuando se aborda la cuestión de los costes, siempre surge la palabra primero en este último bando, en particular en los cantones primitivos. Uri ya se ha granjeado una fama bien merecida a este respecto en ambos Consejos.

Por consiguiente, la discusión es, en conjunto, floja, tranquila, mediocre. El Consejo Nacional cuenta con muy pocos talentos retóricos que pudieran obtener éxito en asambleas más numerosas; por ahora sólo conozco dos, Luvini y Dufour, y acaso Eytel. No he oído aún, ciertamente, a varios de los miembros más influyentes; pero ni sus éxitos en la asamblea ni los resúmenes de sus discursos en los periódicos son de tal índole que justifiquen brillantes expectativas. Tan sólo Neuhaus, según dicen, habla de manera brillante. Y, además, ¿cómo podrían desarrollarse dotes oratorias en asambleas que representan a lo sumo a unos pocos cientos de miles de personas y que tienen que ocuparse de los intereses comarcales más mezquinos? La difunta Dieta federal era, de todos modos, más una asamblea diplomática que legislativa; en ella se podía aprender a tergiversar instrucciones y a hacer plausibles los expedientes de escape, pero no a arrastrar a una asamblea ni a dominarla. Por eso los discursos de los consejeros nacionales se limitan en su mayoría a votos motivados, en los que cada orador expone el estado de cosas que le induce a votar en tal o cual sentido y, por tanto, con la mayor naturalidad, repite tranquilamente todo lo que ya se ha repetido hasta la saciedad antes de él. En especial, los discursos del grueso tienen ese aire de franqueza patriarcal. Y cuando uno de esos señores tiene una vez la palabra, se sobreentiende que aprovecha la ocasión para desembuchar también su opinión sobre todos los incidentes de la discusión, por mucho que ya estén saldados. Entre esta cháchara confidencial de los hidalgotes, unos cuantos discursos principales mantienen penosamente el hilo del debate, y cuando la sesión termina, uno se confiesa haber oído pocas veces algo más aburrido. La pequeñoburguesía, que presta algo original al *physique*³ de la asamblea, precisamente porque rara vez se la ve en semejante clasicidad, no deja tampoco aquí de ser, *au moral*⁴, chata y soporífera. De pasión hay poco; de *esprit*, ni hablar. Luvini es el único que habla con pasión arrebatadora y poderosa; Dufour, el único que impone por una claridad y precisión genuinamente francesas. Frey de Basilea-Campiña encarna el humor, para el que a veces el coronel Bernold también hace intentos no malogrados. El *esprit* francés falta por completo a los suizos franceses. Mientras los Alpes y el Jura estén en pie, sobre sus cumbres no se ha logrado ni un solo *calembour* pasable, ni se ha oído una réplica rápida y contundente. El suizo francés no es solamente *serieux*⁵, es *grave*⁶.

El debate que voy a describir aquí más detenidamente es el relativo al asunto del Tesino y a los refugiados italianos en el Tesino. El asunto es conocido; las llamadas maquinaciones de los refugiados italianos en el Tesino ofrecieron el pretexto para medidas desagradables por parte de Radetzky; el Cantón director, Berna, envió representantes federales con plenos poderes y, a la vez, una brigada de tropas al Tesino; la insurrección en la Valtelina y en el Valle de Intelvi impulsó a buen número de los refugiados a regresar a Lombardía, lo cual consiguieron a pesar de la vigilancia de los puestos suizos de la frontera; cruzaron la frontera, pero desarmados, tomaron parte en la insurrección y, tras la derrota de los insurgentes del Valle de Intelvi, regresaron igualmente desarmados a territorio del Tesino, de donde fueron expulsados por el gobierno tesinés. Entre tanto, Radetzky endureció sus represalias en la frontera y redobló sus reclamaciones ante los representantes federales. Éstos exigieron la expulsión de todos los refugiados sin distinción; el gobierno del Tesino se negó; el Cantón director confirmó las medidas de los representantes; el gobierno del Tesino apeló a la Asamblea federal que se había reunido mientras tanto. Sobre esta apelación y sobre las afirmaciones de hecho presentadas por ambas partes, que se referían sobre todo al comportamiento de los tesineses frente a los representantes y las tropas suizas, debía decidir el Consejo Nacional.

La mayoría de la comisión nombrada al efecto propuso la expulsión de todos los refugiados italianos del Tesino, su internamiento en la Suiza interior, la prohibición de permitir la residencia en el Tesino a nuevos refugiados, y en general la confirmación y el mantenimiento de las medidas adoptadas por el Cantón director. Su ponente fue el señor Kasimir Pfyffer, de Lucerna. Pero cuando yo logré, desde la tribuna pública, abrirme camino a través de las compactas masas de oyentes, hacía ya rato que el señor Pfyffer había terminado con su informe más bien árido, y el señor Pioda tenía la palabra.

¹ Véase el tomo 5 de nuestra edición, pp. 315-318 y 437-439.  
² salvajes.  
\* campesino endomingado.  
³ exterior.  
⁴ en su esencia.  
⁵ serio.  
⁶ grave.

El señor Pioda, secretario de Estado en el Tesino, quien por sí solo constituía la minoría de la comisión, presenta su propuesta de expulsión únicamente de aquellos refugiados que hayan participado en la última insurrección y contra los cuales exista, pues, un motivo positivo de intervención. El señor Pioda, mayor y comandante de batallón en la guerra del Sonderbund, a pesar de su suave apariencia rubia, se mantuvo entonces muy valientemente en Airolo y, frente a un cuerpo de tropas más numeroso, más ejercitado y mejor pertrechado que el suyo, y que además ocupaba una posición más ventajosa, defendió su puesto durante toda una semana. Pioda habla con la misma suavidad y sensiblería con que se presenta. Al principio, como hablaba un francés perfecto tanto en acento como en dominio de la lengua, lo tuve por un suizo francés y me asombró oír que era italiano. Pero cuando pasó a hablar de los reproches que se hacían a los tesineses, cuando describió, en cambio, la conducta de las tropas suizas, que casi obraban como si estuvieran en país enemigo, cuando se acaloró, desarrolló, sin apasionamiento ciertamente, pero sí esa elocuencia vivaz, netamente italiana, que ora emplea las formas antiguas, ora una cierta pompa retórica moderna, a veces exagerada. Debo decir en su honor que en esto último supo guardar medida y que esos pasajes de su exposición produjeron muy buen efecto. En conjunto, su discurso fue, no obstante, demasiado largo y demasiado rebosante de sentimiento. Los suizos alemanes poseen el aes triplex de Horacio, y en su pecho, tan duro como ancho, todas las bellas sentencias, todos los nobles sentimientos del buen Pioda rebotaron sin efecto alguno.

Tras él se levantó el señor doctor Alfred Escher, de Zúrich. ¡A la bonne heure!, ¡he aquí un hombre comme il en faut pour la Suisse! El señor doctor Escher, representante federal en el Tesino, vicepresidente del Consejo Nacional, hijo — si no me equivoco — del conocido mecánico e ingeniero Escher que canalizó el Linth y fundó una enorme fábrica de máquinas cerca de Zúrich, no es tanto un zuriqués como un «ateniense suizo». Su frac y su chaleco están confeccionados por el premier marchand tailleur de Zúrich; se advierte el loable empeño, en parte no exento de éxito, de satisfacer las exigencias del diario de modas parisino, pero se advierte también el pecado original de la vieja ciudad imperial, que una y otra vez llevaba la mano del cortador de nuevo al carril pequeñoburgués de vieja costumbre. Como el frac, el hombre. Los cabellos rubios están cortados con mucho esmero, pero espantosamente burgués, y lo mismo la barba — pues nuestro Alcibíades suizo, naturalmente, también lleva barba, un capricho que en un zuriqués de «buena familia» recuerda mucho a Alcibíades el Primero—. Cuando el señor doctor Escher sube al sillón presidencial para relevar un momento a Steiger, ejecuta esta maniobra con una mezcla de dignidad y elegante despreocupación que podría envidiarle el señor Marrast. Se ve claramente cómo aprovecha esos breves instantes para volver a descansar su espalda, fatigada por el duro banco, en los blandos cojines del sillón. En suma, el señor Escher es tan elegante como sólo se puede ser en la Atenas suiza, y además es rico, guapo, de complexión vigorosa y no tiene más de 33 años. Las damas bernesas guárdense de este peligroso Alcibíades de Zúrich.

El señor Escher habla además con bastante fluidez y tan buen alemán como le es posible a un ateniense suizo: lengua ática con acento dórico, pero sin faltas gramaticales, y eso no lo posee cualquier consejero nacional de la Suiza alemana, y habla, como todos los suizos, con una solemnidad espantosa. El señor Escher no podría entonar un tono más solemne a los setenta años que anteayer —y es uno de los más jóvenes de la asamblea—. A esto añade otra cualidad nada suiza. En efecto, todo suizo alemán tiene, para todos sus discursos y en todas las ocasiones, un solo gesto que le dura toda la vida. El señor doctor Kern, por ejemplo, extiende el brazo derecho lateralmente en ángulo recto, alzado; los diversos oficiales hacen exactamente el mismo ademán, sólo que mantienen el brazo extendido al frente y no hacia el costado; el señor Tanner, de Aarau, hace una reverencia a cada tres palabras; el señor Furrer alterna entre el frente, la media derecha y la media izquierda; en una palabra, si se toma en conjunto todo el Consejo Nacional de habla alemana, se obtiene un telégrafo bastante completo. El gesto del señor Escher consiste en extender la mano recta hacia delante y reproducir con ella el movimiento de una palanca de bomba de la manera más engañosa.

En cuanto al contenido del discurso del señor doctor Escher, tanto menos necesito repetir esta enumeración de quejas de los representantes cuanto que esas quejas han pasado casi todas, por medio de la «Neue Zürcher-Zeitung», a la mayoría de los periódicos alemanes. El discurso no contenía absolutamente nada nuevo.

Después de la solemnidad zuriquesa, la pasión italiana: tras el señor doctor Escher, el coronel Luvini. Luvini, excelente soldado, a quien el cantón del Tesino debe toda su organización militar, que dirigió la revolución de 1840 como jefe militar, que en agosto de 1841, cuando los oligarcas y los curas derrocados invadieron el cantón e intentaron una contrarrevolución desde el Piamonte, sofocó la tentativa en un solo día con su rapidez y energía, y que en la guerra del Sonderbund fue el único prisionero sólo porque los grisones lo abandonaron; Luvini se levantó de un salto con gran rapidez para defender a sus paisanos frente a Escher. Que los reproches del señor Escher estuvieran formulados en el lenguaje ampuloso, pero en apariencia tranquilo, de un maestro de escuela, no les quitaba nada de su amargura; al contrario, todo el mundo sabe que la sabiduría doctrinaria es ya de por sí bastante insoportable e hiriente.

Luvini respondió con toda la pasión del viejo soldado y del tesinés que es suizo por accidente, pero italiano por naturaleza:

«¿No se les hace aquí a los tesineses todo un reproche de su “simpatía por la libertad italiana”? Sí, es cierto, los tesineses simpatizan con Italia, y yo estoy orgulloso de que así sea, y no cesaré de rogar a Dios mañana y tarde por la liberación de ese país de sus opresores. Sí, a despecho del señor Escher, los tesineses son un pueblo tranquilo y pacífico, pero, en verdad, cuando tienen que ver diaria y horariamente cómo los soldados suizos fraternizan con los austríacos, con los esbirros de un hombre cuyo nombre no puedo pronunciar jamás sin una amargura que brota de lo más profundo del alma, con los mercenarios de Radetzky, ¿no van a exasperarse ellos, ante cuyos ojos, por así decirlo, cometen los croatas las más horribles atrocidades? Sí, los tesineses son un pueblo tranquilo y pacífico, pero cuando se les envían soldados suizos que toman partido por los austríacos, que en algunos lugares se comportan como los croatas, ¡entonces ciertamente no lo son!» (Sigue una enumeración de hechos sobre el comportamiento de las tropas suizas en el Tesino.) «Ya es bastante duro y triste ser sometido y esclavizado por extranjeros, pero se soporta con la esperanza del día en que se expulsará a los extranjeros; ¡pero que mis propios hermanos y confederados me esclavicen, que, por así decirlo, me pongan la soga al cuello, en verdad…!»

La campanilla del presidente interrumpió al orador. Luvini fue llamado al orden. Pronunció todavía algunas frases y concluyó de un modo bastante abrupto y malhumorado.

Al fogoso Luvini siguió el coronel Michel, de los Grisones. Los grisones han sido de siempre, con excepción de los misoxinos de habla italiana, malos vecinos de los tesineses, y el señor Michel se mantuvo fiel a las tradiciones de su tierra. En un tono sumamente solemne y de bonhomía, intentó poner en entredicho las afirmaciones de los tesineses, extendiéndose en una larga serie de invectivas y chismorreos inoportunos contra el pueblo del Tesino, y fue incluso bastante torpe y poco noble como para hacer un reproche a los tesineses (con razón) de que hicieran responsables de su derrota de Airolo a sus, los paisanos de Michel, los grisones. Terminó con la cariñosa propuesta de cargar a la administración del Tesino con una parte de los gastos de la ocupación fronteriza.

A propuesta de Steiger, el debate quedó aquí interrumpido.

A la mañana siguiente tomó primero la palabra el señor coronel Berg, de Zúrich. El señor coronel Berg —de su aspecto exterior no hablo, porque, como queda dicho, los oficiales suizo-alemanes se parecen unos a otros como una gota de agua a otra— es comandante del batallón zuriqués acantonado en el Tesino, de cuya conducta arrogante había dado Luvini multitud de ejemplos. El señor Berg debió naturalmente defender a su batallón, y como pronto hubo terminado con las afirmaciones fácticas presentadas al respecto, se extendió en una serie de desaforados ataques personales contra Luvini.

«¡Luvini», dijo, «debería avergonzarse de traer a colación la disciplina de las tropas y, más aún, de poner en entredicho precisamente la disciplina de uno de los mejores y más ordenados batallones. Pues, si a mí me hubiera sucedido lo que al señor Luvini, habría presentado mi dimisión hace ya mucho tiempo. Al señor Luvini le ocurrió que en la guerra del Sonderbund fue derrotado por un ejército superior y que, ante la orden de avanzar, respondió: que era imposible, que sus tropas estaban desmoralizadas, etc. Por lo demás, no deseo hablar de este asunto aquí, sino en otra parte, una palabrita con el señor Luvini; me gusta mirar a mi adversario a la cara.»

Todas estas y otras innumerables provocaciones e insultos fueron proferidos por el señor Berg en un tono medio solemne, medio destemplado. Quería evidentemente imitar la fogosa retórica de Luvini, pero sólo logró un completo fiasco.

Puesto que la historia de Airolo ha aparecido ya dos veces en mi informe y volverá a aparecer, quiero recordar brevemente las circunstancias principales. El plan de Dufour en la guerra del Sonderbund era: mientras el grueso del ejército atacaba Friburgo y Lucerna, los tesineses avanzarían por el Gotardo y los grisones por el Oberalp hacia el valle de Urseren, liberarían y armarían a la población liberal de allí y, mediante esta diversión, separarían el Valais de los cantones primitivos y obligarían al grueso del ejército lucernés de los sonderbundistas a dividir sus fuerzas. El plan fue frustrado, en primer lugar, por la ocupación del Gotardo por los uraneses y valesianos aún antes de la apertura de las hostilidades y, en segundo lugar, por la tibieza de los grisones. Los grisones ni siquiera movilizaron a las milicias católicas, e incluso las tropas movilizadas se dejaron disuadir de seguir avanzando por la población católica en la alta jurisdicción de Disentis. Así, el Tesino quedó completamente solo, y si se considera que la organización militar de este cantón era aún muy joven y que todo el ejército tesinés apenas sumaba 3.000 hombres, se comprende la debilidad del Tesino frente al Sonderbund. Los uraneses, valesianos y unterwaldeses se habían reforzado entre tanto hasta contar con más de 2.000 hombres y artillería, y el 17 de noviembre de 1847 irrumpieron con todas sus fuerzas desde el Gotardo hacia el Tesino. Las tropas tesinesas estaban escalonadas desde Bellinzona hasta Airolo a lo largo del valle Leventina; su reserva se hallaba en Lugano. Los sonderbundistas, envueltos en una espesa niebla, ocuparon todas las alturas en torno a Airolo, y cuando la niebla se disipó, Luvini vio que la posición estaba perdida antes incluso de que se hubiera disparado un solo tiro. No obstante, se dispuso a la resistencia, y tras un combate de varias horas en el que los tesineses batallaron con la mayor valentía, sus tropas fueron arrolladas por enemigos superiores. Al principio, la retirada fue cubierta por algunos destacamentos; pero flanqueados desde las alturas y batidos por la artillería, los reclutas tesineses cayeron pronto en el mayor desorden y no pudieron ser contenidos hasta ocho horas después de Airolo, al otro lado del Moesa. Quien haya transitado por la carretera del Gotardo comprende las enormes ventajas que tiene el ejército que desciende desde arriba, sobre todo si cuenta con artillería, y comprende la imposibilidad de que un ejército que huye cuesta abajo se detenga en algún punto y despliegue sus fuerzas en el estrecho valle. Por lo demás, los tesineses que realmente entraron en combate no eran en modo alguno superiores a los sonderbundistas, sino al revés. De esta derrota, que por lo demás no tuvo consecuencias ulteriores, no fue culpable Luvini, sino, en primer lugar, sus escasas y poco ejercitadas fuerzas; en segundo lugar, la desfavorable configuración del terreno; en tercer lugar, y muy principalmente, la ausencia de los grisones, quienes se regalaban con el vino de la Valtelina en Disentis en vez de estar en el Oberalp, y quienes, al fin, pasando por el Bernardino, acudieron en ayuda de los tesineses, post festum, con dos batallones. ¡Y esta victoria del Sonderbund en el único punto donde tenía la superioridad es echada en cara a los tesineses, vergonzosamente abandonados, precisamente por aquellos que los abandonaron o que en Friburgo y Lucerna, luchando tres contra uno, conquistaron laureles baratos!

Como sabe usted, a estos exabruptos de Berg contra Luvini siguió un duelo en el que el romando propinó un severo correctivo al zuriqués.

Pero volvamos al debate. El Dr. Kern, de Turgovia, se levantó para apoyar las propuestas de la mayoría. El Sr. Kern es una gran figura suiza, ancha de hombros, de rostro nada desagradable y enérgicamente marcado, con un peinado algo teatral, más o menos como un bonachón suizo se imaginaría al Júpiter olímpico; viste algo a la manera de los doctos y tiene en la mirada, el tono y el gesto una resolución inquebrantable. El Sr. Kern pasa por ser uno de los juristas más capaces y agudos de Suiza; «con la lógica que le es propia» y con maneras de quien mucho afirma, el presidente del Tribunal Federal abordó la cuestión tesinesa, pero pronto se me hizo tan aburrido que preferí irme al Café Italiano y beberme un vaso de vino del Valais.

Cuando regresé, después de Kern habían hablado Almeras, de Ginebra, Homberger, Blanchenay, de Vaud, y Castoldi, de Ginebra, celebridades locales más o menos, cuya fama federal apenas está naciendo. En el uso de la palabra estaba Eytel, de Vaud.

El Sr. Eytel puede pasar en Suiza —donde los hombres son grandes en la misma proporción que el ganado vacuno común— por un hombre espigado, aunque en Francia sería tomado por un jeune homme fort robuste. Tiene un rostro bonito y fino, con bigote rubio y cabello rubio rizado, y recuerda, como los vaudenses en general, más a un francés que otros suizos romandos. No hace falta decir que es uno de los principales puntales de los vaudenses ultrarradicales y republicanos rojos. Por lo demás, es también joven y sin duda no mayor que Escher. El Sr. Eytel habló con gran vivacidad contra los representantes federales.

«Se han comportado ustedes en el Tesino —dijo— como si el Tesino no fuese un Estado soberano, sino una provincia que hubieran de administrar como procónsules; ¡en verdad, si los señores se hubieran presentado así en un cantón francés, no habrían durado mucho allí! Y los señores, en vez de dar gracias a Dios de que los tesineses se dejen gustar tan tranquilamente todas sus ansias de dominación y sus fantasías, se quejan encima de la mala acogida.»

El Sr. Eytel habla bastante bien, pero con demasiada prolijidad. Le ocurre como a todos los suizos franceses: han perdido la agudeza.

El viejo Steiger pronunció también desde la silla presidencial algunas palabras en favor de las propuestas de la mayoría, y a continuación se levantó por segunda vez nuestro Alcibíades Escher para contar una vez más la historia que ya había contado. Pero esta vez intentó un cierre retórico, al cual, sin embargo, se le notaba desde tres leguas que era un deber escolar.

«O somos neutrales, o no lo somos; mas lo que seamos, tenemos que serlo por entero; y la vieja lealtad suiza exige que mantengamos nuestra palabra, incluso si ha sido empeñada a un déspota.»

De este nuevo y contundente pensamiento, el incansable brazo del Sr. Escher extrajo el torrente de una peroración solemne, y, al terminarla, Alcibíades volvió a sentarse visiblemente satisfecho.

El Sr. Tanner, de Aarau, presidente del tribunal superior, que se levantó entonces, es un hombrecillo enjuto, de mediana estatura, que habla muy alto y, además, de cosas muy indiferentes. Su discurso, en el fondo, no fue sino la repetición cien veces de un único error gramatical.

Le siguió el Sr. Maurice Barman, del Valais francés. No se le nota en absoluto que en 1844 combatió tan valientemente en el Pont de Trient, cuando los del Alto Valais, acaudillados por los de Kalbermatten, los de Riedmatten y otros Matten, contrarrevolucionaron el cantón. El Sr. Barman tiene un porte tranquilo y burgués, aunque no desagradable; habla con circunspección y un poco entrecortadamente. Rechazó las personalidades de Berg contra Luvini y se pronunció en favor de Pioda.

El Sr. Battaglini, del Tesino, que tiene un aspecto algo burgués y que a un observador malicioso podría recordarle al Dottore Bartolo de El Fígaro, leyó un extenso tratado en francés acerca de la neutralidad en favor de su cantón; el escrito contenía principios muy acertados, pero fue escuchado con la mayor superficialidad.

De pronto cesaron el murmullo y el ir y venir en la asamblea. Se hizo el mayor silencio, y todas las miradas se dirigieron a un anciano imberbe y calvo, de larga nariz aguileña, que comenzó a hablar en francés. Aquel viejecito, que con su sencillo traje negro y su porte enteramente burgués se parecía más a un erudito que a cualquier otra cosa, y que sólo llamaba la atención por su rostro expresivo y su mirada móvil y penetrante, era el general Dufour, el mismo cuya circunspecta estrategia había ahogado al Sonderbund casi sin derramamiento de sangre. ¡Qué diferencia respecto a los oficiales suizo-alemanes de la asamblea! Esos Michel, Ziegler, Berg, etc., esos bonachones espadones, esos pedantes bigotudos, presentan, frente al pequeño e insignificante Dufour, una figura sumamente característica. A primera vista se ve que Dufour fue la cabeza que dirigió toda la guerra del Sonderbund, y esos dignos Áyax, sólo los puños que él empleó para ejecutar sus decisiones. La Dieta federal, ciertamente, había elegido bien y había dado con el hombre necesario.

Pero cuando uno oye hablar a Dufour, se queda admirado. Este viejo oficial de ingenieros, que a lo largo de toda su vida se ha ocupado exclusivamente de organizar escuelas de artillería, redactar reglamentos e inspeccionar baterías, que nunca se ha metido en negociaciones parlamentarias ni ha hablado nunca en público, se presenta con una seguridad, habla con una fluidez, una elegancia, una precisión y una claridad que son admirables y únicas en el Consejo Nacional suizo. Esta primera intervención de Dufour acerca de la cuestión tesinesa, en lo tocante a la forma y a la exposición, habría causado la mayor sensación en una cámara francesa y supera con mucho, en todos los aspectos, el discurso de tres horas con que Cavaignac se convirtió en el primer abogado de París —si es que se puede juzgar por la versión impresa en el «Moniteur»—. La belleza de la lengua, sin embargo, merece doble reconocimiento en un ginebrino. La lengua nacional de Ginebra es un francés calvinista-reformado, ancho, chato, pobre, sin acento y lánguido. Pero Dufour no habló ginebrino, sino auténtico y verdadero francés. Y, además, los sentimientos que manifestaba eran tan nobles, tan de soldado en el buen sentido de la palabra, que hacían resaltar de modo aún más hiriente las envidias por el pan y los celos, las mezquindades de espíritu cantonales de los oficiales suizo-alemanes.

«Me alegro —dijo Dufour— de que la neutralidad esté en boca de todos. Pero ¿en qué consiste la neutralidad? Consiste en que no emprendamos ni permitamos emprender nada que pueda perturbar el estado de paz entre Suiza y las

...de los estados vecinos. Nada menos, pero tampoco nada más. Tenemos, pues, el derecho de conceder asilo a los refugiados extranjeros; es un derecho del que estamos orgullosos. Lo consideramos un deber que debemos al infortunio. Pero bajo una condición: que el refugiado se someta a nuestras leyes, que no emprenda nada que ponga en peligro nuestra seguridad interior y exterior. Que un patriota arrojado de su patria por la tiranía se esfuerce también desde nuestro territorio por recobrar la libertad de su patria, lo encuentro explicable, no le hago por ello reproche alguno; pero también nosotros hemos de ver entonces lo que nos incumbe hacer. Por consiguiente, si el refugiado afila su pluma o empuña su fusil contra el gobierno vecino, bien, no lo expulsaremos, eso sería injusto, pero lo alejaremos de la frontera, lo internaremos. Esto lo exigen nuestra propia seguridad, nuestra consideración hacia los estados vecinos; nada menos, pero tampoco nada más. Si, por el contrario, procedemos no sólo contra el francotirador que ha irrumpido en territorio extranjero, sino también contra el hermano, contra el padre del francotirador, contra el que ha permanecido tranquilo, entonces hacemos más de lo que debemos, entonces ya no somos imparciales, entonces tomamos partido por el gobierno extranjero, por el despotismo, contra sus víctimas.» (Bravos generales.) «Y precisamente ahora, cuando Radetzky —un hombre con quien ciertamente nadie en esta asamblea simpatiza— ya nos ha exigido ese injusto alejamiento de todos los refugiados de la frontera, cuando apoya su exigencia con amenazas, incluso con medidas hostiles, precisamente ahora es cuando menos nos conviene ceder a la injusta exigencia de un adversario prepotente, porque parecería como si hubiésemos cedido a la prepotencia, como si hubiésemos adoptado este acuerdo porque un más fuerte nos lo ha exigido.» (Bravos.)

Lamento no poder dar más de este discurso ni extractos más literales. Pero aquí no hay taquígrafos, y tengo que escribir de memoria. Baste decir que Dufour asombró a toda la asamblea tanto por su dote oratoria y por la modestia de su exposición como por los contundentes argumentos que presentó, y se sentó en medio del aplauso general declarando que votaba por Pioda. Por lo demás, nunca he oído manifestaciones de aplauso en el Consejo Nacional durante la discusión. La cosa estaba decidida, después del discurso de Dufour ya no había nada que decir, la propuesta de Pioda se había impuesto.

Pero con esto no se ayudaba a los cantonalistas, sacudidos en su conciencia, y al grito de cierre de la discusión respondieron con 48 votos a favor de la continuación del debate. Sólo 42 votaron por el cierre; la discusión, pues, prosiguió. El señor Veillon de Vaud propuso remitir todo el asunto al Consejo Federal. El señor Pittet de Vaud, un hombre apuesto de rasgos franceses, habló a favor de Pioda, con fluidez, pero de manera difusa y doctrinaria, y el debate parecía haberse dormido, cuando por fin el señor presidente de la Confederación, Furrer, se levantó.

El señor Furrer es un hombre en la plenitud de sus años, la contrapartida de Alcibíades Escher. Si éste representa a la Atenas suiza, el señor Furrer representa a Zúrich. Si Escher se inclina al profesor, Furrer se inclina al maestro gremial. Juntos representan plenamente a Zúrich.

El señor Furrer es, naturalmente, un hombre de la más incondicional neutralidad, y cuando vio que su sistema resultaba poderosamente amenazado por el discurso de Dufour, tuvo que recurrir a los medios más extremos para asegurarse la mayoría. El señor Furrer, aunque sólo era presidente de la Confederación desde hacía tres días, demostró a pesar de ello que entiende la política de las cuestiones de gabinete, pese a Duchâtel y pese a Hansemann. Declaró que el Consejo Federal estaba sumamente ansioso por conocer la decisión del Consejo Nacional, porque esta decisión daría el giro decisivo a toda la política de Suiza, etc., y tras algunos adornos de esta captatio benevolentiae¹ pasó gradualmente a exponer cuál era su opinión y la opinión de la mayoría del Consejo Federal, a saber, que debía quedarse en la política de neutralidad y que la opinión de la mayoría de la comisión era también la de la mayoría del Consejo Federal. Y todo esto lo dijo con una dignidad tan solemne y una voz tan penetrante, que la cuestión de gabinete se traslucía en cada sílaba de su discurso. Ahora bien, hay que saber que en Suiza el poder ejecutivo no es, como en la monarquía constitucional o en la nueva constitución francesa, un poder independiente al lado del legislativo, sino que es meramente la emanación y el brazo del poder legislativo. Hay que saber que aquí no es en absoluto costumbre que el poder ejecutivo dimita cuando la asamblea legislativa decide algo distinto de lo que aquel desea; al contrario, suele ejecutar obedientísimamente esa decisión y esperar tiempos mejores. Y como el poder ejecutivo se compone igualmente de un consejo elegido, que contiene también diversos matices, no tiene tanta importancia que la minoría en el consejo ejecutivo tenga, en algunas cuestiones, la mayoría en el consejo legislativo. Y aquí había por lo menos dos consejeros federales, Druey y Franscini, a favor de Pioda y en contra de Furrer. Este llamamiento de Furrer a la asamblea era, pues, según la costumbre y el modo de ver suizos, completamente antiparlamentario. ¡Pero qué importa! La voz autorizada del señor presidente de la Confederación infundió nuevos ánimos a los caballeros cantonalistas, y cuando se sentó, incluso intentaron un débil «bravo» y pidieron el cierre del debate.

El viejo Steiger fue, sin embargo, lo bastante razonable para dar antes la palabra al señor Pioda como relator de la minoría. Pioda habló con la misma calma y el mismo decoro que antes. Refutó una vez más todas las objeciones, resumiendo brevemente el debate. Defendió con calor a su amigo Luvini, cuya fogosa¹ elocuencia quizá lo hubiera arrastrado aquí demasiado lejos, pero que en una ocasión anterior —no debía olvidarse— había conservado su cantón a Suiza. Finalmente llegó a Airolo y lamentó que se hubiera mencionado este hecho aquí, y que incluso se hubiera mencionado por una parte de quien menos lo esperaba.

«Es verdad», dijo, «que sufrimos una derrota en Airolo. Pero ¿cómo ocurrió? Estábamos solos, nuestro pequeño cantón, de escasa población, contra todo el peso de los cantones primitivos y del Valais, que se echaron sobre nosotros y nos aplastaron, después de habernos defendido valientemente. Es verdad, fuimos derrotados. Pero ¿les corresponde a ustedes» (dirigiéndose a Michel) «hacernos de ello un reproche? Ustedes, mis señores, tienen la culpa de que fuésemos derrotados, ustedes debían haber estado en la Oberalp y caer sobre el flanco de los del Sonderbund, y quien no estaba allí, quien nos dejó en la estacada, fueron ustedes, y por eso fuimos derrotados. ¡Sí, ustedes llegaron, mis señores, pero cuando ya era demasiado tarde, cuando todo había terminado; entonces, por fin, llegaron ustedes!»

Furioso y con el rostro rojo como un cangrejo, se levantó de un salto el coronel Michel y declaró que esto era una mentira y una calumnia. Llamado al orden por fuertes murmullos y por la campanilla del presidente, prosiguió algo más calmado. Él no sabía nada de que hubiera debido estar en la Oberalp. Sólo sabía que, cuando fue llamado, acudió en ayuda de los tesinenses, y que fue el primero en hacerlo.

Pioda replicó con la misma calma que antes: no se le había ocurrido atacar personalmente al señor Michel, sólo había hablado de los grisones en general, y en efecto era un hecho que debían haber apoyado a los tesinenses desde la Oberalp. Si el señor Michel no lo sabía, era fácilmente explicable, ya que entonces él sólo había comandado un batallón y, por tanto, muy bien podían haberle permanecido desconocidas las disposiciones generales de la campaña.

Con este intermedio, que llevó aún a diversas negociaciones privadas entre estos señores fuera de la sala de sesiones y que finalmente se resolvió mediante declaraciones mutuamente satisfactorias, concluyó el debate. La votación se realizó por llamamiento nominal. Los franceses y cuatro o cinco alemanes votaron con los tesinenses; la masa de los suizos alemanes votó en contra; Tesino fue despojada del derecho de asilo, se accedió a las exigencias de Radetzky, se proclamó la neutralidad a cualquier precio, y el señor Furrer pudo estar satisfecho de sí mismo y del Consejo Nacional.

Éste es el Consejo Nacional suizo, la flor de los estadistas suizos. Encuentro que se distinguen por una sola virtud de otros legisladores: por una mayor paciencia.

¹ captación del favor del oyente
¹ fogosa