El plan general de reformas de los Hohenzollern

[„Neue Rheinische Zeitung“
n.º 246 del 15 de marzo de 1849]

* Colonia, 14 de marzo. «Los excepcionales estados de sitio serán levantados tan pronto como el estado de sitio general sea impuesto por las leyes a todo el reino e introducido en nuestras costumbres constitucionales. La danza de estas leyes “fuertes” se abrirá con una legislación de septiembre sobre las asociaciones y la prensa.»

Con estas palabras acompañamos la publicación del discurso del trono (n.º 234 de la «N[ueva] G[aceta] R[enana]»). ¿Y en qué consiste el primer acto parlamentario del ministerio? Se presenta ante las Cámaras y dice:

«Os ponemos en estado de sitio, mientras vosotros decretáis a cambio el estado de excepción permanente sobre las reuniones, las asociaciones y la prensa».

No debemos ocultar ni un solo instante que la izquierda parlamentaria, con su modesto comportamiento, ha facilitado de antemano al ministerio el lanzarse a la ofensiva.

Compararemos detalladamente los tres famosos proyectos de ley[!???] con las leyes de septiembre[!!”], con el proyecto de código penal de antes de marzo, con el derecho territorial prusiano[!*°]. Pero, ante todo, comunicamos a nuestros lectores el plan general de los reformadores de la vieja Prusia, al que ya aludía nuestra hoja extraordinaria de anteayer?.

El mismo día en que los periódicos no oficiales berlineses publicaban los tres famosos proyectos de ley, la «Neue Preußische Zeitung»!, ese Moniteur² de la Providencia brandeburguesa, publicaba un «Votum sobre las tareas esenciales de la actualmente reunida, llamada representación popular». La casa de los Hohenzollern y su ministerio Brandeburgo

¹ Véase el presente volumen, p. 314 – ° véase el presente volumen, pp. 339-343 – ² aquí: este periódico oficial

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son de un linaje demasiado «noble» para fingir en momentos en que el sol de la «fuerza» brilla sobre la corona sin debilitar!?*. En tales momentos, el corazón de los reyes no se hace violencia y humilla a la masa plebeya ya con la expresión ruda y sin ceremonia de sus más íntimos deseos y pensamientos. El destino – no se lo puede uno ocultar –, el destino desalmado se ha complacido más de una vez en frustrar, mediante acontecimientos singulares, las profecías, amenazas y dictámenes de voluntad proclamados por Federico Guillermo IV en momentos de plenitud de poder ebrios de victoria, de «embriaguez divina», como dice Goethe. Pero el férreo fatum, como se sabe, domina incluso a los dioses. Y, en cualquier caso, para un corazón regio, como para un corazón femenino, como para todo corazón, constituye un goce embriagador el dejar estallar sin freno los más íntimos pensamientos y adaptar el mundo, aunque solo sea mediante un discurso, mediante escritos, a los dictados del propio corazón.

El más o menos regio desahogo del corazón en la «Neue Preußische Zeitung» ofrece, pues, ya un alto interés psicológico; por otra parte, anuncia al pueblo lo que se espera de él, lo que, llegado el caso, se le quiere imponer por la fuerza, naturalmente en su propio interés, bien entendido.

La «Neue Preußische Zeitung» (n.º 59, suplemento), para facilitar la visión de conjunto, ha dispuesto en rúbricas el plan general de reformas de los Hohenzollern, lo que es, en todo caso, una digna de reconocimiento condescendencia respecto al público. ¿Acaso no hubiera podido comunicar los consejos regios en forma apocalíptica, a la manera de la Revelación de San Juan? ¡Atencámonos a las rúbricas!

Las «tareas esenciales de la actualmente reunida, llamada representación popular» se articulan como sigue:

1. «Purga de las Cámaras de criminales políticos». _A Jove principium_! [¡Por Júpiter se empieza!]32?! La primera ley para una Cámara que ha de obrar según el corazón del rey consiste en transformarse a sí misma según el corazón del rey. De momento, su composición es todavía un producto del irrespetuoso sufragio universal, aunque indirecto.

¿Y qué exige el corazón regio?

En la actual representación popular – parlotea la «Neue Preußische Zeitung» –

¹ Véase el presente volumen, p. 39%

348 Karl Marx/Friedrich Engels – «Neue Rheinische Zeitung»

tiene adherida «una mancha» que la hace indigna e incapaz de «presentarse en su totalidad como portadora del honor prusiano, de la fidelidad prusiana y del amor a la patria». Hay en ella un escándalo que debe arrojar de sí para ser «justa» a los ojos del Altísimo.

«Esta mancha, este escándalo, reside en la membresía de aquellos hombres que han participado en los criminales desafueros de la fracción Unruh, y muy en particular en la decisión de esta de negarse al pago de impuestos.»

«El gobierno – se dice más adelante –, por una debilidad propia, lamentable, o por desconfianza hacia la justicia, ciertamente infectada en alto grado de sentimientos revolucionarios, no ha llevado a esos hombres ante los tribunales. Reparar esta omisión, este error, es la tarea de las Cámaras; insistir en ello es, en particular, el deber de todos los jueces y jurisconsultos que figuran entre sus miembros, también para salvaguardar el honor de su estamento, honor que se desvanece. Debe instarse al gobierno – y que sea este uno de los primeros actos tras la constitución de la Cámara – a que el ministro de Justicia promueva ya ahora la investigación judicial y el castigo de aquellos malhechores. Tal expurgo es la primera y más urgente necesidad para el progreso próspero de las deliberaciones.»

El rey abriga el más íntimo deseo de ver castigados a los malhechores que negaron los impuestos y profanaron el santuario, hasta la tercera generación. El real gobierno fue demasiado débil para realizar este deseo. El real y prusiano pueblo fue tan desvergonzado, tan petulante, que volvió a nombrar a los malhechores y pecadores, en abierta rebelión contra el corazón paternal del país, como sus representantes nuevamente. Ahora corresponde a las Cámaras obligar al real gobierno a ejecutar las intenciones más propias de Su Majestad. De rodillas debe rogar al ministerio que le permita expulsar de sí todos los elementos sarnosos e inhábiles para la corte en un sentido superior. Y, sobre todo, los escribas y fariseos, los «jueces y jurisconsultos», tienen que salvar su «estamento», cuyo «honor» se desvaneció desde el instante mismo en que surgió en Manteuffel la sospecha, ciertamente infundada, de que la Temis prusiana pudiera permanecer ciega ante las claras insinuaciones de la corona. ¿Cómo ha de salvar su honor ante el pueblo un estamento de jueces para el cual cualquier ocurrencia de la encarnada gracia de Dios no fuera ley, que no obedeciese incondicionalmente la orden del rey mismo?

Se sabe que en todas las religiones la contrición, el sacrificio, a ser posible el autosacrificio, constituye el verdadero núcleo de la celebración divina, del culto. La llamada representación popular, para demostrar que es una representación del corazón regio – y el corazón regio es el corazón vivo, individualizado, hecho hombre, real corazón popular –, la «llamada» representación popular, por tanto, debe, ante todo, inmolarse a sí misma, en cuanto emanación de la soberanía popular, sobre las gradas del trono.

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Debe expulsar a todos los miembros que desagraden a Su Majestad y entregarlos a la prisión y al verdugo para expiación de la religión de la monarquía absoluta. Así expía, en primer lugar, el crimen de su origen popular-soberano, pecaminoso y original. Al mismo tiempo expía un pasado preñado de desafueros, de lesa majestad y, por tanto, blasfemo. Se purifica para convertirse en una verdadera emanación de la plenitud de poder regio. De una «llamada» representación popular se convierte en una verdadera representación popular – en el sentido superior, regio-prusiano. El rey es el verdadero pueblo prusiano. El verdadero pueblo prusiano – que en modo alguno ha de confundirse, según la mala costumbre extranjera, con el número superficial de los habitantes del Estado – elige, pues, representantes solo para que los deseos regios resuenen ante el rey como deseos populares y para que, de esta manera, las exigencias más secretas de su propio Altísimo corazón reciban, en la forma de proposiciones de ley y acuerdos de la Cámara, una realidad tan prosaica como de validez general.

Esperamos, por tanto, de las Cámaras berlinesas que inicien su culto regio con el autosacrificio, con el expurgo de los pecadores que negaron los impuestos.

La «N[ueva] G[aceta] Prus[iana]» no lo oculta. Aun así, la Cámara no es todavía justa ante el Altísimo. La otra parte del sacrificio, empero, no ha de ser cumplida por ella como corporación. Queda entregada a la activa conciencia de pecado y a la autocrucifixión de cada uno de los miembros implicados.

«Ciertamente, con semejante purga – suspira la «N[ueva] G[aceta] Prus[iana]» –, no se eliminaría a todos aquellos miembros a quienes, por sus antecedentes políticos y aun estadísticos, habría que desear fuera por mucho tiempo, mientras no reconozcan y se arrepientan de su parte en la desdicha de la patria y hagan el voto y den público testimonio de poner cuanto esté en sus manos para remediar los crímenes¹ desencadenados en parte por su culpa personal. Pero se entiende que no cabe hablar de un fundamento jurídico para expulsar en bloque de las Cámaras a aquellos hombres que han servido a la revolución, que, muy en particular, entre el 18 de marzo y el 8 de noviembre, fueron empleados en este servicio (¡auténtica gramática prusiana!) como altos funcionarios. Solo cabría desear que su propia conciencia los hubiera mantenido alejados, en caso de que no se haya llegado en ellos al retorno arriba deseado. También se hacen valer, justamente en este (Altísimo) deseo, distinciones, por ejemplo entre comerciantes renanos, que de la noche a la mañana han de convertirse en columnas del Estado, y hombres de antiguas estirpes prusianas» (feudales), «cuyos honorables nombres están ligados desde tiempos remotos, con los más estrechos vínculos, a la historia de nuestra casa real y a los originarios países nucleares» (¿es también Silesia un originario país nuclear?) «de la monarquía.»

Se lo hemos dicho hace mucho tiempo a los «comerciantes renanos». Solo con repugnancia ha escogido la casa feudal de los Hohenzollern a esta canalla burguesa como vil instrumento, y acecha el momento de despedirla, a puntapiés, pero también radicalmente. ¡Hansemann! ¡Camphausen! ¡Kühlwetter! ¡De rodillas! ¡En hábito de penitentes ante el palacio real, a la vista del pueblo, con ceniza sobre las cabezas cargadas de culpas, haced el voto, dad público testimonio de que en la más profunda contrición os arrepentís de haberos atrevido, por un instante, a preparar con burguesas y constitucionales intrigas la contrarrevolución, cuya ejecución correspondía solo a «Mi glorioso ejército», y – vosotros, avaros esclavos del dinero, mercaderes serviles, pedantes vendedores de aceite, taimados especuladores ferroviarios – de no solo haber salvado el trono, sino de haberos vanagloriado de esa salvación con frases ampulosas de plañideros! ¡De rodillas! ¡En hábito de penitentes! ¡O id a un convento!

¹ En la «Neue Preußische Zeitung»: «perdición»

Y en lo que respecta a los «hombres de antiguas estirpes prusianas», esos vástagos de noble cuna, favorecidos por la elección de la gracia, del pueblo elegido, de ellos, de un Arnim, un Auerswald, un Bonin, un Pfuel, ¡esperamos leer próximamente la esquela mortuoria en el *Staats-Anzeiger*! Solo si van voluntariamente a la muerte podremos creer en su arrepentimiento. De un comerciante renano, como Hansemann, no cabe esperar semejante grandeza de alma. Hansemann es un volteriano de la peor especie, superficial y, sobre todo, desalmado en cuestiones de dinero.

¡Desapareced, pues, de las Cámaras, de la escena, vosotros, vivientes y ambulantes monumentos del 18 de marzo, de las reales vejaciones, humillaciones, inconsecuencias y debilidades! ¡Retiraos de las Cámaras, o condenaos a vosotros mismos a ser chivos expiatorios del 18 de marzo!

Pero los negadores de los impuestos ofrecerán las Cámaras mismas como hecatombe de su purificación y expiación al trono real, y así se harán dignos de cumplir las demás «tareas» que el rey ha otorgado a «la llamada representación popular».

(Continuará.)