El armisticio danés

[Neue Rheinische Zeitung, n.º 97, 8 de septiembre de 1848]

** Colonia, 7 de septiembre.

«¿Qué va a ser de Alemania si Prusia ya no marcha a su cabeza, si los ejércitos prusianos ya no amparan el honor de Alemania, si el poder y la influencia de Prusia como gran potencia han naufragado en el fantástico poder de un imaginario Poder Central alemán!»

Así fanfarronea el partido prusiano, el partido de los héroes con Dios por el Rey y la Patria, la caballería contrarrevolucionaria de la Pomerania ulterior y de la Uckermark.

Pues bien: Prusia ha marchado a la cabeza, Prusia ha amparado el honor de Alemania… ¡en Schleswig-Holstein!

¿Y cuál ha sido el resultado? Tras una serie de victorias fáciles y sin gloria sobre un enemigo débil, tras una dirección de la guerra paralizada por la diplomacia más cobarde, tras las más ignominiosas retiradas ante un ejército vencido, al fin… un armisticio tan deshonroso para Alemania que incluso un general prusiano encontró motivos para no firmarlo.

Las hostilidades y las negociaciones recomenzaron. El regente imperial otorgó al gobierno prusiano plenos poderes para la conclusión del armisticio; estos plenos poderes no fueron refrendados por ninguno de los ministros imperiales y carecían, por tanto, de toda validez. Reconocían el primer armisticio, si bien con las siguientes modificaciones: 1. Los miembros del nuevo gobierno de Schleswig-Holstein debían ser convenidos aún antes de la conclusión del armisticio «de tal suerte que de ello quede garantizada la subsistencia y la fecunda eficacia del nuevo gobierno»; 2. Todas las leyes y disposiciones dictadas por el gobierno provisional hasta la conclusión del armisticio conservarían plena validez; 3. Todas las tropas que permanecieran en Schleswig-Holstein debían seguir por entero bajo las órdenes del comandante en jefe alemán.

Si se comparan estas condiciones con las estipulaciones del primer proyecto prusiano-danés, su finalidad resulta muy clara. No aseguran, ni de lejos, todo lo que la Alemania victoriosa podía exigir; pero, al ceder algo en la forma, salvan bastante en el fondo.

La primera condición debía garantizar que en el nuevo gobierno la orientación schleswig-holsteiniana (alemana) tuviera el predominio sobre la danesa. ¿Qué hace Prusia? Consiente en que el jefe del partido danés en Schleswig-Holstein, Karl Moltke, se convierta en jefe del nuevo gobierno, en que Dinamarca obtenga tres votos en el gobierno contra dos schleswig-holsteinianos.

La segunda condición debía imponer el reconocimiento, si no del propio gobierno provisional reconocido por la Dieta federal, sí al menos de su gestión hasta entonces. Sus acuerdos debían mantenerse. ¿Qué hace Prusia? Con el pretexto de que también Dinamarca abandona las ilusorias disposiciones promulgadas desde Copenhague para los ducados —disposiciones que jamás tuvieron ni sombra de fuerza legal, salvo en la isla de Alsen—, con ese pretexto la Prusia contrarrevolucionada consiente en aniquilar todos los acuerdos del gobierno provisional.

La tercera condición, en fin, debía traer consigo el reconocimiento provisional de la unidad de los ducados y de su incorporación a Alemania; debía frustrar el intento de los daneses de introducir otra vez subrepticiamente en Schleswig a los schleswigueses que servían en el ejército danés, en tanto todas las tropas que permanecían en Schleswig y Holstein quedaban subordinadas al comandante en jefe alemán. ¿Y Prusia? Prusia consiente en separar las tropas schleswiguesas de las holsteinianas, en sustraerlas al mando supremo del general alemán y en ponerlas sencillamente a disposición del nuevo gobierno, danés en sus tres quintas partes.

Además, Prusia sólo estaba autorizada a concertar un armisticio de tres meses (artículo I del proyecto original) y lo concluyó, por su propia y omnímoda autoridad, para siete meses; es decir, concedió a los daneses un cese de hostilidades durante los meses de invierno, cuando el arma principal de los daneses, la flota, resultaba inútil para bloquear las costas alemanas y schleswiguesas, y cuando el hielo permitía a los alemanes avanzar sobre el hielo del Pequeño Belt, conquistar Fionia y reducir a Dinamarca a la isla de Selandia.

En suma, Prusia ha pisoteado sus plenos poderes en los tres puntos. ¿Y por qué no? ¡Pues si ni siquiera estaban refrendados! ¿Y no ha dicho acaso el señor Camphausen, enviado prusiano ante el Poder Central, en su escrito del 2 de septiembre¹ a «Su Excelencia» (!!), el señor Heckscher, con toda franqueza, que el gobierno prusiano se había «declarado autorizado sin reservas, sobre la base de aquellos poderes, para la conclusión»?

Y no fue eso bastante. El regente imperial envía a «su» subsecretario de Estado, Max Gagern, a Berlín y de allí a Schleswig, para vigilar las negociaciones. Le entrega unos plenos poderes que, una vez más, no están refrendados. Señor Gagern —cómo ha sido tratado en Berlín, no lo sabemos; los negociadores de la paz están en Malmö. Él nada se entera. En Lübeck se canjean las ratificaciones. Se le notifica al señor Gagern que tal cosa ha ocurrido y que ahora puede regresar tranquilamente a casa. El infortunado Gagern, con sus plenos poderes no refrendados, no puede naturalmente hacer otra cosa que volver a Fráncfort y quejarse del mezquino papel que le ha sido asignado.

Así ha venido al mundo el glorioso armisticio que ata las manos a los alemanes en la mejor época de la guerra, que disuelve el gobierno revolucionario y la asamblea constituyente democrática de Schleswig-Holstein, que aniquila todos los decretos de ese gobierno reconocido por la Dieta federal, que entrega los ducados a un gobierno danés bajo la jefatura del odiado Moltke, que arranca a las tropas schleswiguesas de sus regimientos, las sustrae al mando supremo alemán y las entrega al gobierno danés, el cual puede disolverlas a su antojo; que obliga a las tropas alemanas a retirarse desde el Königsau hasta Hannover y Mecklemburgo y que echa a Lauenburg en brazos del viejo gobierno reaccionario danés.*

No sólo Schleswig-Holstein, sino toda Alemania, con excepción de la Prusia originaria, está indignada por este vergonzoso armisticio. Y el ministerio imperial, a quien el señor Camphausen lo comunicó, aunque al principio tembló, terminó por echárselo a las espaldas. ¿Qué otra cosa podía hacer? Parece que el señor Camphausen amenazó, y para el cobarde ministerio imperial contrarrevolucionario, la Prusia oficial sigue siendo un poder.

Pero entonces vino la Asamblea Nacional. Era necesaria su aprobación, y por edificante que sea esta asamblea, el señor Heckscher, «Excelencia», sintió vergüenza de sacar a relucir ese expediente. Entre mil reverencias, con las más humildes súplicas de calma y moderación, lo leyó en voz alta. Estalló una tormenta general. Incluso el centro derecha, incluso una parte de la derecha, el propio señor Dahlmann, fueron presa de la más violenta cólera. Se ordenó a las comisiones que informaran en el plazo de 24 horas. A la vista de ese informe, se decidió suspender de inmediato la retirada de las tropas. La decisión sobre el armisticio mismo aún no ha sido tomada.

La Asamblea Nacional ha adoptado por fin una resolución enérgica, si bien el ministerio declaró que dimitiría si la resolución prosperaba. Esa resolución no es la anulación, sino una ruptura del armisticio. No sólo provocará agitación en los ducados, sino que suscitará una resistencia abierta contra la ejecución del armisticio, contra el nuevo gobierno, y acarreará nuevas complicaciones.

No abrigamos, sin embargo, grandes esperanzas de que la Asamblea rechace el armisticio mismo. Al señor Radowitz le basta con atraerse nueve votos del centro para hacerse con la mayoría. ¿Y no va a lograrlo durante estos pocos días en que el asunto está en suspenso?

Si la Asamblea decide mantener el armisticio, tendremos proclamación de la república y guerra civil en Schleswig-Holstein, sumisión del Poder Central a Prusia, desprecio general de toda Europa hacia el Poder Central y la Asamblea y, al mismo tiempo, las complicaciones justas y suficientes para hundir a cualquier futuro ministerio imperial bajo dificultades insolubles.

Si decide dejar caer el armisticio, tendremos una guerra europea, ruptura entre Prusia y Alemania, nuevas revoluciones, el desmoronamiento de Prusia y la unidad real de Alemania. Que la Asamblea no se deje intimidar: al menos dos tercios de Prusia están con Alemania.

Pero los representantes de la burguesía en Fráncfort, ¿no preferirán tragarse cualquier afrenta, no preferirán entregarse a la servidumbre de Prusia antes que arriesgarse a una guerra revolucionaria europea, antes que exponerse a nuevas tormentas que pongan en peligro su propia dominación de clase en Alemania?

Así lo creemos. La naturaleza cobarde de la burguesía es demasiado poderosa. No confiamos en que la Asamblea de Fráncfort rescate en Schleswig-Holstein el honor de Alemania, ya sacrificado en Polonia.

* Este ardid se llevó a cabo de la siguiente manera: Se disolvió el antiguo gobierno; para el nuevo, Dinamarca eligió a uno, Prusia al segundo, y ambos juntos volvieron a elegir como tercer miembro a un miembro del antiguo gobierno.

¹ El escrito de Camphausen fue expedido el 3 de septiembre de 1848.