Engels a Levin Schücking  
en Münster

Barmen, 18 de junio [de 1840]

Una vez más, mi más cordial agradecimiento por su amable acogida y por el hermoso «Andenken an Münster». Lo he leído en Osnabrück de un tirón y con gran disfrute, y envidio a la poetisa por sus originales y delicadas imágenes de la naturaleza, por las muchas bellezas ocultas, por el parentesco con Byron que usted, si no me equivoco, también destacó entonces en su crítica. Es una vergüenza que estos poemas hayan pasado sin causar impresión alguna; pero, ¿qué puede importarle esta intimidad al superficial público lector de nuestros días? En la primera ocasión haré justicia públicamente al libro. — ¿Dónde hay una balada más hermosa en su género que «Der Graf von Thal»?

Por lo que respecta a nuestro plan Shelley, lo hablé ayer mismo con Schünemann; ante los diez táleros de honorarios, retrocedió como fulminado por un rayo y dijo de inmediato que no podía embarcarse en eso. Acaba de regresar de la feria, donde ha inspeccionado por sí mismo sus incontables cangrejos de toda clase, novelas pietistas, descripciones de Bélgica, libros de lectura españoles y demás bazofia; además, ha tenido la locura de contratar en Leipzig, a honorarios baratos, escritos teológicos, históricos y de historia literaria, de modo que está hasta el cuello de trabajo. La estúpida gente de los libreros opina que, con un comentario sobre las Epístolas de Juan, que cuesta quizá 2 táleros de honorarios, está mal impreso y quizá lo compren a lo sumo 20 estudiantes, se arriesga menos que con un Shelley, cuya presentación y honorarios cuestan proporcionalmente el triple, pero en el que participa toda la nación. Acabo de estar otra vez en casa de Schünemann para oír de su propia boca la declaración definitiva de que no puede acceder a esas condiciones; un pliego de poesías contiene sólo la cuarta parte de un pliego de prosa, de modo que el pliego vendría a costar en realidad 40 táleros de honorarios. Le dije que no era un juego de niños traducir a Shelley y que, si no quería, lo dejase en el nombre de Dios; que, por lo demás, se está perjudicando a sí mismo. Él: Si tan sólo quisiéramos darle una pequeña muestra previa, él la imprimiría; y después podría verse qué se puede hacer. Yo: Schücking y Püttmann no son personas que se presten a dar muestras, y lo que en otros hace la muestra, en ellos lo hace el nombre. ¿Quiere usted o no? Él: Bajo estas condiciones, no. — ¡Muy bien! Mendigar estaba por debajo de nuestra dignidad, y me marché. — Soy ahora de la opinión de que esta esperanza fallida no debe desanimarnos en absoluto; si uno no lo hace, otro lo hará. Püttmann, que ha traducido el primer canto de la «Queen Mab», lo ha enviado a Engelmann en Leipzig, y si éste lo acepta, será fácil lograr que acepte el conjunto. En otro caso, probablemente Hammerich en Altona y Krabbe en Stuttgart serían los primeros a los que deberíamos dirigirnos. Por lo demás, justo después de la feria de Pascua hemos dado con un momento muy desfavorable para nuestras ofertas. Si hubiéramos estado en enero, estoy seguro de que Schünemann lo habría aceptado con ambas manos. Voy a ir aún una vez más a verlo y preguntarle en broma qué condiciones puede ofrecernos.

El amigo Schünemann ha escapado a mis visitas dándose a la fuga; está en una excursión campestre. Probablemente habría ofrecido cinco táleros de honorarios y puesto como condición su capricho favorito, una pequeña muestra previa de tres a cuatro pliegos. De todo el asunto no tiene la culpa nadie sino el pietista Wilh. Elias en Halle, con cuya novela «Glauben und Wissen», publicada por Sch[ünemann], éste pierde cerca de 2.000 táleros. ¡Cuando le eche mano a ese tipo, lo desafío a sables curvos!

¿Qué dice usted a todo esto? Hoy mismo escribo a Püttmann. La empresa me parece demasiado hermosa para abandonarla así sin más. Un librero sólo medianamente culto (Sch[ünemann] es un zoquete) se hará cargo de la impresión con gusto.

Espero con impaciencia su opinión sobre el asunto y, entretanto, me encomiendo de la mejor manera a su amable benevolencia.

Respetuosamente,  
Friedrich Engels

¿Qué dice usted del desafío de Gutzkow a los «Hallische Jahrbücher» en el «Telegraph»? G[utzkow] parece querer renovar el terrorismo crítico de Menzel y Müllner; ¡que se cuide de que los más jóvenes no le pasen por encima!

Engels a Levin Schücking  
en Münster

Bremen, 2 de julio [18]40

Muy estimado amigo:

Sus amables líneas del 22 del pasado llegaron desgraciadamente a mis manos recién el 26, lo cual me fue muy desagradable, ya que la víspera, instado por un librero de aquí a quien había preguntado por editores solventes, escribí a Hammerich en Altona ofreciéndole la edición de Shelley. Así, sólo hoy recibí respuesta suya, que resultó negativa, pues afirma estar sobrecargado de compromisos editoriales.

Por lo que respecta a G. C. A. Meyer sen., soy de la opinión de que lo dejemos correr en todo caso. En primer lugar, ese tipo y sus obreros fabriles (Brinckmeier, Bärmann y Cía.) son demasiado vulgares; en segundo lugar, Püttmann nunca consentiría en escribir para su editorial; en tercer lugar, M[eyer] paga espantosamente, y en cuarto lugar, necesitaríamos una cantidad enorme de recordatorios y demás fastidios para cobrar los honorarios. Yo mismo estoy ahora en gestiones de cobro con él por los honorarios de mis artículos en la «Mitternachtzeitung», que no quiere soltar; y aunque aquí el intermediario es Brinckmeier, yo en ningún caso debería hacer el ofrecimiento. Desgraciadamente, sigo sin respuesta de Püttmann y no puedo, por tanto, tomar ninguna medida enérgica. Además, M[eyer] ya habrá repartido todo entre sus subordinados y no podrá cedernos nada más de Sh[elley]. Estos editores están acostumbrados a disponer sin cortapisas de sus plumas serviles, y ¿quién de nosotros aguantaría eso?

Considero que lo mejor es conceder plenos poderes para contratar a Püttmann, quien en este sentido es probablemente el más experto entre nosotros; llevará el asunto sin duda a satisfacción de todos y con mayor facilidad que yo, al menos. Además, él ya ha ofrecido la «Queen Mab» a W. Engelmann, y ése sería el editor adecuado para nosotros. Y una cosa es aquí de gran importancia: usted, como yo, hasta ahora sólo hemos escrito para periódicos; Püttmann, en cambio, ya ha hecho imprimir una obra y ha anunciado una segunda. En eso se fijan los infames editores.

Cuando llegó su carta, Schünemann acababa de emprender un viaje del que aún no ha regresado. Ya le endosaré lo de Coleridge; en la fiesta de Gutenberg, celebrada aquí con brillo, bebí hermanamiento con él entre vapores de champán, lo que le hizo sentirse muy honrado. Cuando tenga el manuscrito suficientemente terminado, envíemelo sin más.

La difamación maliciosa de los «Hallische Jahrbücher» está en el núm. 97 ó 98 del «Telegraph», que aquí llega por correo y, por tanto, mucho antes de lo que es posible en su ciudad. He vuelto a enviar algunas cosas a G[utzkow] y tengo curiosidad por ver cómo lo tomará después del artículo en la «Mitternachtzeitung» («Polémica moderna»).

De Barmen acabo de recibir una carta que, incomprensiblemente, no contiene nada de Püttmann. Si está usted de acuerdo con que P[üttmann] se encargue de la cuestión contractual, le escribiré inmediatamente después de recibir su respuesta y le transferiré todo. Dígame también, por favor, cómo se presenta el asunto de los honorarios del «Rheinisches Jahrbuch»; en estos días envío algunas cosas a Freiligrath. No es que me preocupe la pasta, pero me gusta saber de antemano a qué atenerme.

He leído con placer su traducción de Shelley y Coleridge en las hojas de Pfizer; hoy termino la «Sensitive Plant» de Shelley y se la envío igualmente. Este magnífico poema está escrito en un espíritu aún más afín a las producciones de Drostel que a las de Byron. Éstas me proporcionan un constante gran disfrute, y le reitero mi agradecimiento por ello.

Con la expresión de mi sincera estima, me encomiendo a su amable recuerdo,  
su más devoto  
Fr. Engels  
Bremen, 2/7/40

Engels a Marie Engels  
en Mannheim

¡Querida Marie!

Realmente esto empieza a ser demasiado; querías escribirme en cuanto llegaras a M[annheim], y ahora llevo ya tres semanas aquí sentado sin una carta tuya. Si esto sigue así, tendré que decidirme a escribir directamente a la señorita Jung para que, de alguna manera, te obliguen a demostrarme tu amor fraternal.

Te deseo mejor tiempo del que tenemos ahora, puro temporal y lluvia, como en septiembre y noviembre. En el mar, los barcos se hunden como moscas que caen en un vaso de agua, y el vapor que va a Norderney apenas ha podido llegar. Anteayer estuve en Bremerhaven, y allí también llovió toda la mañana. Estuve en los barcos con los que se transporta a los emigrantes a América; en el entrepuente yacen todos juntos; es un gran espacio, tan ancho y largo como todo el barco, siempre seis literas (así se llaman los camastros) una al lado de la otra, y encima otras seis. Allí yacen todos, hombres, mujeres y niños, y puedes imaginarte lo espantoso que es este recinto viciado, donde a menudo yacen 200 personas, sobre todo durante los primeros días de mareo. De por sí el aire allí es sofocante. Los pasajeros de cámara lo tienen mejor, disponen de más espacio y de una cámara amueblada con mucha elegancia. Pero cuando estalla un temporal y las olas barren el barco, están peor, pues sobre la cámara hay una claraboya de vidrio por donde entra la luz, y cuando la golpea una ola rompiente, el vidrio repiquetea de la manera más hermosa dentro de la cámara y el agua detrás. Generalmente, entonces toda la cámara se llena de agua, pero las camas son tan altas que permanecen secas. Cuando al mediodía nos marchamos de nuevo, llegaba justo a la rada un gran barco de tres palos que, como tú, se llama «Marie» y venía de la isla de Cuba. Debido a la marea baja no pudo entrar en el puerto y ancló en la rada. Nos acercamos con el vapor y recogimos al capitán; pero en la rada el agua ya empieza a hacer olas, y el barco se balanceaba un poco. Al instante, todas las damas palidecieron y pusieron caras como si fueran a ahogarse; habíamos pescado un par de hijas de sastre muy guapas, con las que estuvimos sumamente galantes, y yo, con la cara más seria del mundo, hice creer a esas tontas que el balanceo continuaría hasta Brake, a donde no llegamos hasta después de hora y media. Por desgracia, justo al salir de Bremerhaven cesa. Tres sombreros inmaduros volaron al agua y probablemente nadaron hacia América, además de una gran cantidad de botellas vacías de vino y cerveza. Aparte de eso, no vi gran cosa notable, salvo una gata muerta en el Weser que, por cuenta propia, hacía un viaje a los Estados Unidos. Le hablé, pero fue bastante grosera para no responderme.

Aquí tienes un dibujo rápido de Bremerhaven. A la izquierda, el fuerte para proteger el puerto, un viejo trasto de ladrillos que el viento derribará cualquier noche de éstas; al lado, las esclusas por las que se deja entrar a los barcos al puerto, que es un largo y estrecho canal, algo más ancho que el Wupper; detrás, la ciudad; más a la derecha, el Geest, una especie de río; sobre él, la punta del campanario en el aire, ésa es la iglesia que todavía está por construir. A la derecha, a lo lejos, está Geestendorf.

Estos días conocí a uno cuyo padre es un francés nacido en América, cuya madre es alemana; él mismo nació en el mar y, como vive en México, habla español por naturaleza. ¿Cuál es, pues, su patria?

En nuestra oficina tenemos ahora un verdadero almacén de cerveza: debajo de la mesa, detrás de la estufa, detrás del armario, por todas partes hay botellas de cerveza, y cuando el Viejo tiene sed, nos pide una prestada y luego nos la hace rellenar. Esto ya se practica abiertamente, los vasos están todo el día sobre la mesa y una botella al lado. A la derecha, en la esquina, están las vacías, a la izquierda las llenas, y al lado mis cigarros. Es realmente verdad, Marie, la juventud va de mal en peor, como dice el Dr. Hantschke; ¿quién habría pensado hace 20, 30 años en una maldad tan horrible como beber cerveza en la oficina?

¿Qué te resulta más cómodo: que adelante yo el franqueo de nuestra correspondencia franqueando mis cartas y pagando también las tuyas que envíes sin franqueo? Si ya has escrito antes de que llegue esta carta, no te volveré a escribir hasta que me hayas escrito una carta razonable y larga en respuesta a ésta.

Adiós,  
con fiel cariño,  
tu hermano  
Friedrich  
B[remen], 7 de julio 40

La carta ha vuelto a quedarse felizmente rezagada y me da así oportunidad de contestar a la tuya que acaba de llegar. «¡Quién pudiera tocar tan bien como ellas! Si practico mucho, también llegaré a eso.» ¿Tú? ¿Tocar una sonata de 20 páginas? ¡Tonta eres! El deshollinador sí que se alegraría. ¿Qué deseos tengo para Navidad? He perdido mi cigarrera, y si no la encuentro pronto, ¿puedes hacerme una nueva? A Ada le agradezco su saludo y la saludo a ella cariñosamente de vuelta; dile que ella fue la primera que me llamó amable, y que yo no soy en absoluto su primo, sino a lo sumo su devotísimo primo. — Cuando vuelvas a escribir, no dirijas la carta a Treviranus, pues la recibo más tarde, sino a F. E., Bremen, Martini No. 11. Así me la traen directamente a la oficina.  
Farewell.  

Tu  
Friedrich  
Bremen, 9 de julio de 1840

Engels a Marie Engels  
en Mannheim

Bremen, 4 de agosto [18]40

¡Querida Marie!

Debo decirte de inmediato que me prohíbo en el futuro todas las buenas lecciones salidas de tu pluma. No debes creer, mi queridísima tonta, que ahora en la pensión ya puedes ponerte a hacerte la sabia; además, si me diera el capricho, puedo conseguir del pastor montañas de libros llenos de buenas lecciones. La cerveza de nuestra oficina seguirá allí hasta que se termine de beber, y desde que tú te pones a sermonear contra ello, nuestra compaña cervecera no ha hecho sino perfeccionarse, pues tenemos, en primer lugar, cerveza oscura y, en segundo, cerveza blanca. ¡Eso es lo que pasa cuando las señoritas de pensión, sabelotodo, se meten en los asuntos de sus señores hermanos!

Por tanto, no franquearé mis cartas. Pon a la dirección simplemente: Sr. F. E., en Bremen; eso basta. Pero quita al cura de la dirección. Hace poco, del 27 al 30 de julio, celebramos la Revolución de Julio, que estalló hace diez años en París; una velada estuvimos en la Ratskeller y las otras en la taberna de Richard Roth. El tipo ése sigue sin regresar. Allí bebimos el más espléndido Laubenheimer del mundo y fumamos cigarros; si los hubieras visto, sólo por ellos habrías aprendido a fumar. Mi cigarrera sigue sin aparecer. También ha vuelto un conocido mío que estuvo en Pinselfahnien y en Kaltermoria y que ha visto al Mister Sippi (quiere decir Pennsylvania, Baltimore y Mississippi). Ese tipo es un Solinger, y los Solinger son las personas más desdichadas del mundo, pues no pueden librarse de su dialecto de Solingen. El mozo sigue diciendo: «en ferano faze un tiempo muy bueno», y en vez de decir Caroline dice siempre Caralinah.

Es deprimente: apenas me queda un ochavo en el bolsillo y tengo un montón de deudas, tanto propias como del negocio de los cigarros. Me está dando la lata aquel a quien le compré las últimas ciruelas de Santa Catalina para vosotras, que todavía no he pagado; el encuadernador sigue sin pagar; los tres meses después de los cuales debo pagar los cigarros comprados han vencido hace tiempo, y el Strücker no manda giros, y el pastor está de viaje y no puede darme dinero. Pero mañana vuelve, y entonces me meteré seis luises de oro en la bolsa, y cuando en un café me haya comido un pastel de tres groten, tiraré un doble pistole al mostrador: «¿Tiene cambio?». Y entonces dirán: «Por desgracia, no»; entonces buscaré en todos los bolsillos los tres groten y saldré por la puerta, orgulloso de mis dobles pistoles. Cuando esté de vuelta en la oficina, le arrojaré un pistole al pupitre del pelirrojillo más joven: «Derkhiem, mire a ver si puede conseguir moneda suelta», y entonces el tipo estará contentísimo, pues tendrá motivo para ausentarse una hora de la oficina y hacer novillos, inocente placer que adora. Porque aquí el dinero menudo es muy escaso, y quien tiene cinco táleros en calderilla en el bolsillo está inmensamente satisfecho.

El otro día ocurrió aquí un chiste buenísimo. En la redacción se buscaba una cocinera. Entonces llega una robusta moza a la oficina de anuncios y dice: «Oigame un poquino, he leío en el periódico que buscan una cocinera.» «Sí, señora», dice el dependiente. «Y qué tié que sabé hacer?», pregunta la muchacha. «Pues tié que tocá el pianu y bailá y francés, y cantá, y cosé y bordá… too eso tié que sabé.» «¡Rayos y centellas», dice la moza, «eso no lo sé yo!». Pero al ver que toda la oficina se ríe, pregunta: «Me quieren tomá el pelo, ¿verdá? ¡Rayos, que a mí no me mocean!». Y con eso se abalanza sobre el dependiente y quiere darle de palos; naturalmente, la pusieron con suavidad de patitas en la calle. Hace poco, el Viejo echó a un carretero por la puerta. El tipo tenía que cobrar oro prusiano y no quería aceptar los luises de oro a 5²/₃ táleros. Estábamos discutiendo con él cuando llegó el Viejo: «¿Qué jaleo es éste aquí, que le parta un rayo?», y agarró al tipo por el pecho y lo arrojó al arroyo. Entonces el carretero volvió mansamente y dijo: «Así no lo había dicho; ahora sí que cojo los lujedores».

Por el momento no tengo otro sobre para la carta que esta cuenta de café escrita a lápiz, que a ti, como verdadera hermana cafetera, te vendrá bien.

Farewell y escribe pronto  
a tu hermano  
Friedrich  
B[remen], 4 de agosto del 40

Engels a Marie Engels  
en Mannheim

Mi muy querida hermana:

Acabo de recibir tu carta, y como por el momento no tengo nada que hacer, voy a emborronarte unas líneas. Nuestra oficina ha experimentado una mejora sustancial. Hasta ahora era siempre muy aburrido precipitarse al pupitre justo después de comer, cuando uno está tan espantosamente perezoso, y así, para remediar este inconveniente, hemos instalado en el desván del almacén dos hamacas muy hermosas, en las que nos columpiamos después de comer, fumando un cigarro, y a veces nos echamos también una pequeña siesta. Estoy convencido de que encontrarás este arreglo muy práctico. De Roth he recibido también una carta esta mañana; vuelve el próximo domingo tras una ausencia de 4 meses. Para que lo sepas: 1700 marcos banco al 137 por ciento son 776 táleros y 24 groten en luises de oro. Lo he calculado dos veces seguidos, es del todo correcto. Adjunto un grabado. Un viejo catador de vinos a quien le dan a beber vino agrio. El de al lado es el viajante de comercio que le vendió el vino agrio. También te dibujaré cómo se peinan aquí los señoritos:  

(dibujo)  

Estos tipos  
tienen pinta  
de terneros.  

¡Maldita sea! Cuando hube escrito esto, me fui a casa a comer, y cuando volví, me encendí un cigarro para echarme en la hamaca. Pero se rompió justo debajo de mí, y cuando iba a clavar clavos nuevos, me llamó el infame Derkhiem; y ahora ya no puedo soltarme de la oficina.

¡Gracias a Dios! ¡Logré mi descanso del mediodía! Lo robé del comptoir y me llevé cigarros y cerillas y pedí cerveza; luego subí al altillo más alto del almacén y me metí en la hamaca y me balanceé muy suavemente. Luego fui al piso intermedio del almacén y empaqué dos cajas de Platillas, mientras fumaba un cigarro y bebía una botella de cerveza y sudaba copiosamente, pues hoy hace tanto calor que, a pesar de un resfriado apenas superado, de nuevo quiero ir al Weser. Hace unos días me bañé y dejé que un tipo remara detrás de mí, y nadé de una tirada cuatro veces de una orilla a otra del Weser, cosa que difícilmente me imitará nadie en Bremen.

¡Maldición! Por dos razones: primero, está lloviendo; segundo, mi amable joven principal no quiere abandonar el comptoir, y así tengo que volver a apagar mi cigarro. Pero ya lo echaré yo. ¿Sabes cómo lo hago? Voy a la cocina y grito bien fuerte: Kristine, ¡en Proppentrecker!; luego abro una botella de cerveza y me sirvo un vaso. Si le queda un mínimo de honor en el cuerpo, tendrá que largarse, pues eso significa tanto como: ¡Lárgate, Don Guillermo!

¿Así que ahora hablas tan famosamente inglés? Bueno, espera, cuando vuelvas a casa te enseñaré danés o español, para que puedas hablar conmigo en una lengua que los demás no entienden. Danske Sprag fagre Sprag, y el Español es lengua muy hermosat. ¡¿O prefieres portugués?! O portugues he huma lengua muito gragosa, e os Portuguezes saö nacad muito respeitavel. Pero como aún no estás tan lejos, te lo ahorraré.

Aquí se puede ver mi hamaca, conteniéndome a mí mismo, cómo fumo un cigarro.

En este momento oigo que se han vendido otras 500 cajas de azúcar, es decir, 250.000 libras; ¡con eso se puede endulzar mucho café soso! ¡Quién sabe si el azúcar de tu taza no procede de la misma caja de la que yo he tenido que sacar muestras! Pero vuestro azúcar del Rin viene todo de Holanda, donde lo fabrican a partir de trapos, no de trapos de algodón, sino de azúcar de trapo.

Próximamente tendrán lugar en Falkenberg, a 3 horas de aquí, grandes maniobras, donde las tropas de Bremen, Hamburgo, Lübeck y Oldemburgo, juntas con la fuerza de todo un regimiento, harán sus ejercicios. Son tropas conmovedoras: tres de ellas juntas no tienen tanto bigote como yo cuando llevo tres días sin afeitarme; en sus chaquetas se pueden contar los hilos uno por uno, y no llevan sables, sino Speckääle. Un Speckaal es una anguila ahumada, pero entre los soldados es la vaina de cuero para la bayoneta, que llevan en lugar del sable. Esos infelices, en efecto, corren el riesgo de clavarse unos a otros la bayoneta en la jeta al marchar si la llevan en el fusil; por eso son tan sensatos de llevarla a la espalda. Son lamentables patanes, casubios y lechacos.

Se me ha acabado, Dios lo sabe, toda la materia,
No sé qué más habría de escribir,
Mas quiero, por mi honor, esta plana entera
Llenar, aunque con tenazas lo deba conseguir.
Y pues en verso poco se puede decir,
Y poca materia en extensión batir,
Cierro esta carta con rimas malas;
Mas temo que Pegaso se encabrite,
y me arroje violento sobre la arena.

El sol se hunde, la tierra en sombras se serena,
Y solo en el poniente, a través del velo de las nubes,
La ardiente llama del crepúsculo abrasa.
Es un solemne y sacrosanto fuego,
Que sobre la tumba de un día resplandece,
Que tantas cosas nos trajo, queridas y preciosas.
Ahora ha expirado, y con sus claros ojos de estrellas
La oscura noche tiende su manto
Suavemente sobre nuestro reino terrenal.
Y todo en calma; en sus nidos se aprietan
Las aves, y en la maleza los animales,
Y hasta los mosquitos han terminado su danza.
Cerrado está el portal sereno de la vida,
Como antaño, en el tercer día de la creación,
Cuando solo el árbol fue creado para ornar
La tierra, y aún en la verde arboleda
No pastaban los animales — así es de nuevo,
Solo en las ramas susurra la saga del viento;
Es el espíritu del Señor, canciones poderosas
Brama hacia abajo en poderoso impulso,
Y las nubes espanta el plumaje de la tormenta.
Y eterno sopla así, el eternamente joven,
Mas a mí se me acaba el pulmón para las rimas.

Punktum. Si lo entiendes, es que eres culta y puedes meter baza.

Adios, tu
Friedrich

Bremen, 20 ago. 40

25 ago. El Roth ha vuelto a subir anteayer.

Engels a Marie Engels 

en Mannheim

[Bremen] 18 de sept. de 1840

¡Mi más estimada!

En este momento se ha desatado la tormenta equinoccial de una manera terrible: esta noche se ha metido un viento que ha roto una ventana en nuestra casa, y los árboles crujen que es una bendición. ¡Mañana y pasado llegarán noticias de barcos naufragados! El Viejo está junto a la ventana y pone cara torcida, porque anteayer se hizo a la mar un barco en el que lleva 3.000 táleros en lienzos, y no están asegurados. No me dices nada sobre la carta para Ida, que adjunté a mi carta anterior, ¿o acaso olvidé meterla dentro? — Ahora me quedo aquí realmente hasta Pascua, lo cual, por diversos motivos, me fastidia soberanamente. Así que Ida se ha ido ya, eso te resultará muy fatal.

Aquí tenemos también un nutrido campamento, de casi 3.000 hombres: tropas de Oldemburgo, Bremen, Lübeck y Hamburgo. Hace unos días estuve allí, fue una broma colosal. Justo en la tienda de la entrada (donde un tabernero había montado una gran tienda de comidas) se sentaba un francés, que estaba completamente borracho y no podía tenerse en pie. Los camareros le colgaron una gran corona, y él se puso a berrear: ¡Bekrenst mit Laup ten libehn vollehn Beker! Luego lo arrastraron hasta el depósito de cadáveres, es decir, el pajar; allí se quedó tirado y durmió. Cuando se despejó, le pidió prestado un caballo a otro, se montó y se puso a galopar de un lado a otro del campamento sin parar. Siempre estaba a punto de caerse de la manera más placentera. Disfrutamos muchísimo del jocus y especialmente de un hermoso vino. El domingo pasado cabalgué hasta Vegesack, gira en la que tuve el placer de ser calado por la lluvia cuatro veces, aunque llevaba dentro tanto ardor que siempre me secaba enseguida. Pero llevaba un rocín abominable, que trotaba terriblemente duro, de modo que la infame sacudida me llegaba al tuétano. — En este mismo momento nos acarrean otras 6 botellas de cerveza,

las cuales pasarán de inmediato al proceso de inflamación — pensaba en los cigarros; debe decir al proceso de evacuación. — Una botella ya casi la he consumido y me he fumado un tabaco al mismo tiempo; ahora mismo nuestro Don Guillermo, el joven principal, vuelve a irse, y entonces empezaremos de nuevo.

19 de sept. de 1840. Vosotras lleváis una vida más aburrida que nosotros. Ayer por la tarde ya no había trabajo que hacer, y el Viejo se había ido, y Wilhelm L[eupold] tampoco se dejaba ver apenas. Así que me encendí un cigarro, te escribí primero lo que antecede, luego saqué del pupitre el «Fausto» de Lenau y leí en él. Después me bebí otra botella de cerveza y a las ocho y media fui al Roth; subimos a la Union, leí la «Historia de los Hohenstaufen» de Raumer y luego comí un bistec con ensalada de pepinos. A las diez y media me fui a casa, leí la «Gramática de las lenguas románicas» de Diez hasta que me entró sueño. Además, mañana es domingo otra vez, y el miércoles, día de penitencia y oración de Bremen; así uno se va entreteniendo poco a poco hasta el invierno. Este invierno tomaré clases de baile con Eberlein para acostumbrar mis piernas tiesas a un poco de gracia.

Aquí tienes una escena de la Schlachte, es decir, la calle que por un lado da al Weser y donde se descargan las mercancías. El tipo del látigo es el carretero, que precisamente va a llevarse los sacos de café que están ahí detrás; el tipo del saco a la derecha es el capataz de la Schlachte, que los carga; a su lado hay un tonelero, que acaba de sacar una muestra y aún la sostiene en la mano; y al lado, el barquero, de cuya barca fueron cargados los sacos. No podrás negar que estas figuras son muy interesantes. Cuando el carretero conduce, se monta en el caballo sin silla, estribos ni espuelas, y le hinca los talones constantemente en las costillas, así:

Ahora vuelve a llover de manera harto impropia para un sábado por la tarde; en realidad solo debería llover durante la semana, pero desde el sábado al mediodía hacer buen tiempo. ¿Sabes qué es el café Domingo superfino mediano ordinario? He aquí otro de esos conceptos profundos que se dan en la filosofía del estado mercantil, y que vuestras fuerzas mentales no alcanzan a comprender. El café Domingo superfino mediano ordinario es café de la isla de Haití, que tiene un ligero matiz de color verde, por lo demás es gris, y de cada diez granos buenos se obtienen cuatro malos, seis piedrecitas y un cuarto de lote de suciedad, polvo, etc. en la compra. Ahora lo habrás entendido. La libra cuesta ahora 9 groten, que son 4 groschen de plata y 8 ³/₁₁ pfennigs. Tales secretos comerciales en realidad no debería revelarlos, ya que no se debe chismorrear de la escuela; pero porque eres tú, haré una excepción. — Nuestro mozo de labor acaba de decir: «Herr Derkhiem, wann Se sek met de Jungens gemein mokt, so möt Se sek en beten mehr en Respekt hohlen, sons krigt Se dat Volk ganz unner de Föte, Heinrich, dat es en slimmen Jung, do hebb’ ick manch’ en Tuck med har’d, Se met nich so veel domet speelen, Se möt se gliks wat achter de Ohren geven, anners helpt nich, un wann Se no’n Ohlen goht, de dait de Jungens ok nix, de segt man blot: Laßt mir den Kerl vom Halse.» Ahí puedes practicar un poco nuestro bajo alemán. Por lo demás, soy tu más rendido,

Friedrich
Bremen, 19/9/40

Engels a Marie Engels

en Mannheim

Querida Marie:

No me escribas próximamente otra vez a Barmen; Madre deja siempre las cartas tanto tiempo sin enviar hasta que ella misma escribe, y eso a menudo tarda mucho. Pero lo que quería escribirte: no debes escribirlo a casa, pues quiero darles la sorpresa la próxima primavera; ahora llevo un bigote enorme y próximamente me dejaré un Henriquatre y perilla. Madre se asombrará cuando de repente aparezca por la Bleiche un tipo tan largo y barbinegro. El año que viene, cuando vaya a Italia, también tengo que parecer italiano.

Esto lo ha escrito la pequeña
Sophie Leupold,
que justo me ha visitado en el comptoir,
mientras el Viejo y Eberlein, que come aquí en casa, están en una gran comida. Oh, podría contarte cosas interesantes sobre esta comida, de compromisos aún no públicos y de besos furtivos, pero eso no es cosa para una chica en la pensión. Ya te enterarás bastante pronto, cuando estemos de vuelta en casa. Entonces me siento en el jardín, y tú me traes un gran jarro de cerveza y pan con mantequilla y salchichón, y entonces digo: Mira, mi querida hermana, como me has traído ahora la cerveza y porque es una tarde de verano tan hermosa, voy a contarte lo de la gran comida que se celebró Anno 1840, el 29 del mes de octubre en Bremen, Martinistraße número once, en el Consulado Real de Sajonia. Ahora, sin embargo, solo puedo decirte que hoy al mediodía se beberán cantidades ingentes de madeira, oporto, Pouillac, Haut Sauternes y vino del Rin. Pues aunque solo hay cinco señores, todos beben muy bien, casi tan bien como yo. — En este momento tenemos el Freimarkt,

y aunque no tenga el honor de ser presentado a Su Alteza Real, una Gran Duquesa y muchas Serenísimas Princesas, también nosotros nos divertimos. Por suerte soy tan corto de vista que ni siquiera sé qué aspecto tienen las pocas personas altas, altísimas y serenísimas que han tenido el honor de pasar a mi lado en coche. Cuando próximamente te presenten a otra Graciosísima, escríbeme y dime si es guapa, si no, tales personalidades no me interesan en absoluto. Nuestra noble Ratskeller está ahora decorada de la manera más hermosa posible; se está muy bien sentado entre los toneles. El domingo pasado tuvimos una francachela de bigotes allí dentro. Hice circular a saber un circular entre todos los jóvenes con capacidad bigotil, diciendo que ya era hora de proscribir a todos los filisteos, y que nada mejor para ello que llevar bigotes. Quien tuviera, pues, suficiente valor para desafiar la filisteería y llevar bigote, debía firmar. En seguida reuní una docena de bigotes, y se fijó el veinticinco de octubre, fecha en que nuestros bigotes cumplían un mes, para un jubileo bigotil común. Pero yo bien me imaginaba lo que iba a ocurrir, compré un poco de cera para bigotes y me la llevé; y resultó que uno tenía, ciertamente, un bigote muy hermoso, pero lamentablemente del todo blanco, mientras que otro había recibido de su principal la orden de cortar aquel objeto criminal. En fin, esta noche por lo menos teníamos que tener alguno, y quien no lo tuviera debía pintárselo. Entonces me levanté y brindé por lo siguiente:
«Un Schnurrbart llevaron en todo tiempo
Todos los hombres bravos y de amplio aliento,
Y quienes blandieron la espada por la patria,
Todos llevaron negros y morenos bigotes.
¡Por eso en estos días belicosos
Debemos todos llevar un orgulloso bigote!
Los filisteos, ciertamente, no lo sufrieron
Y se cortaron los bigotes,
Mas nosotros no somos filisteos, no,
Por eso dejamos crecer el bigote espeso,
¡Viva todo buen cristiano
Que esté dotado de bigote,
Y perezcan todos los filisteos
Que los han proscrito y desterrado!»

Por estos versos macarrónicos se brindó con gran entusiasmo, y luego salió otro. A este su principal no quería darle la llave de la casa, así que tenía que estar en casa a las diez, de lo contrario cerraban la casa y no le dejaban entrar más. Aquí a muchos pobres diablos les pasa así. Este dijo:

«¡Perezcan todos
Los principales
Que no entreguen la llave de la casa!
¡Pelos y moscas hallen
En el plato durante la cena,
Y se retuerzan sin sueño en la cama!»

Por lo cual se volvió a brindar. Así siguió hasta las diez, entonces los sin llave de casa tuvieron que irse a casa; nosotros, los afortunados que tenemos llave de casa, nos quedamos sentados y comimos ostras. Yo me comí ocho, pero no pude más, hasta ahora no logro apreciar ese mejunje.

Puesto que te gustan tanto las cuentas y hasta quieres condecorarme por ello con la orden del sobre amarillo, tendré la gracia de regalarte con la observación de que el Courant está ahora al 106 ¹/₁ %, mientras que hace un año estaba al 114. Los luises de oro bajan tanto, que quien aquí en Bremen tuviera hace un año un millón de táleros, ahora solo tiene novecientos mil, es decir, cien mil táleros menos. ¿No es enorme?

Aún no me dices nada del escrito para Ida. ¿Lo recibiste y lo entregaste o no? Sería fatal que no lo hubiera enviado, se hubiera quedado aquí tirado y hubiera caído en manos del Viejo. Escríbeme, pues, la larga carta de seis caras que me prometiste. Sabré corresponderte. Aquí en el sobre serás nuevamente regalada con algunos cálculos que puedes tomar a pecho. El que yo haya tenido que volver a copiar esta carta es culpa del señor Timoleon Miesegans, en Bremen, el mismo a quien el Viejo echó de casa una vez hace dos años. Con respeto y sumisión

Friedrich
Bremen, 29 de oct. de 1840