poder suplir la decisión de un tribunal prusiano. El autor de un escrito impreso fuera de Prusia sobre asuntos internos[7] fue procesado por todos los delitos arriba mencionados y, aunque absuelto incondicionalmente de la acusación de alta traición, fue declarado culpable de la censura insolente e irrespetuosa y de la burla de las leyes del país, así como de lesa majestad.

El derecho penal prusiano define el delito de alta traición, en el § 92, de la siguiente manera:

“Una empresa que tenga por objeto la subversión violenta de la constitución del Estado o atente contra la vida o la libertad de su jefe supremo, constituye alta traición.”

Cabe suponer que, para las circunstancias actuales, esta definición legal será reconocida como suficientemente general. Puesto que tampoco es de esperar que semejantes empresas sean iniciadas a través de la prensa y por personas que están al alcance de nuestra justicia, este punto es bastante irrelevante para la prensa. La clara palabra “violenta” protege suficientemente contra la arbitrariedad o falta de libertad judicial. En cambio, hay otro punto de la mayor importancia para la prensa, a saber, el que trata de la discusión no autorizada de las leyes del país. Las disposiciones legales al respecto son las siguientes: Código Penal[2], § 151:

“Quien mediante censura insolente, irrespetuosa o burla de las leyes y disposiciones del Estado provoque descontento, incurre en pena de prisión o de fortaleza de 6 meses a 2 años.”[1]

[1] En la „Rheinische Zeitung“: unserer —?; en la „Rheinische Zeitung“: unsern —?; en la „Rheinische Zeitung“: „Alle. L.R. Th.H. T.20“.

*Una página del manuscrito “Zur Kritik der preußischen Preßgesetze”*

Contribución a la crítica de las leyes de prensa prusianas 273

A esto pertenece el edicto[1] del 18 de octubre de 1819, donde, en el sub XVI, núm. 2, se dispone:

“que en caso de censura insolente, irrespetuosa y burla de las leyes y disposiciones del Estado, no solo habrá de considerarse si se ha provocado descontento y desafección, sino que la pena arriba señalada se habrá incurrido ya por tales manifestaciones punibles mismas.”[119]

Pero a primera vista salta a la vista cuán indeterminadas e insuficientes son estas disposiciones legales. ¿Qué significa insolente e irrespetuoso? Evidentemente, en el párrafo del Código Penal sobra o la primera o la segunda parte. La censura insolente o la burla de las leyes del país se declaran prácticamente sinónimas de la incitación al descontento, y el edicto del 18 de octubre de 1819 enuncia directamente la coincidencia de estos conceptos. Por tanto, la determinación legal debería formularse así: Quien se hace culpable de censura insolente, irrespetuosa o de burla de las leyes y disposiciones del Estado, incita con ello al descontento y a la desafección contra las mismas, y por ello incurre en la pena en cuestión.

Solo ahora se puede enfocar la ley con claridad. Poner juntas las determinaciones “insolente” e “irrespetuoso” fue un error del legislador que puede provocar la mayor confusión. Se puede ser irrespetuoso sin llegar a ser insolente. La irrespetuosidad es una falta, un descuido, un descuido precipitado que le puede ocurrir al mejor; la insolencia presupone el *animus injuriandi*, la mala intención. ¡Y qué decir de la burla! ¡Qué distancia de la “irrespetuosidad” a la “burla”! Y, sin embargo, una misma pena para ambas. Estos dos conceptos no se diferencian meramente de modo cuantitativo, no son solo grados diferentes de una misma cosa, sino que son cualitativamente, esencialmente diferentes, son sencillamente inconmensurables. (Si me encuentro con alguien a quien debo algo, lo veo y me desvío para no saludarlo, eso es irrespetuoso; si lo miro con descaro a la cara, me encasqueto el sombrero en la frente y, al pasar, le meto el codo en el costado, eso es insolente; pero si le hago una nariz delante de sus ojos y le saco muecas, eso es burla. Ciertas personas incluso consideran ya irrespetuoso que no se las perciba.) ¿Y estas cosas diferentes han de ser metidas bajo un mismo sombrero en una ley? En cualquier caso, la palabra “irrespetuoso” ha de ser tachada aquí, y, si no se prefiere suprimirla del todo, llevarla a un párrafo aparte

[1] En la „Rheinische Zeitung“: edicto de censura —? intención de insultar

18 Marx/Engels, Werke, EB 2

274 Contribución a la crítica de las leyes de prensa prusianas

para llevarla. Pues mediante una censura irrespetuosa nunca jamás se puede tener por objeto la desafección y el descontento, ya que la irrespetuosidad se comete en todo caso sin intención, involuntariamente o, en cualquier caso, siempre sin mala intención. Si aquí se mantiene, pues, la palabra “irrespetuoso”, con ello se declara que toda y cualquier censura de las relaciones estatales tiende a provocar desafección y, por tanto, ha de ser castigada. Pero esto estaría en completa contradicción con nuestras actuales relaciones de censura. En resumen, toda la confusión proviene de que, de las instrucciones de censura, a donde pertenece la palabra “irrespetuoso”, se la ha trasladado a la ley[1]. En los casos de censura puede quedar librado al criterio del censor como funcionario policial y, mientras la censura sea una medida policial, si él considera algo como “irrespetuoso” o como “bienintencionado”; la censura es una excepción, y aquí seguirán siendo siempre imposibles determinaciones más precisas. Pero en un código penal no puede aparecer un concepto tan vago, un tal margen para la discrecionalidad subjetiva, tanto menos allí donde la diferencia de las opiniones políticas puede hacerse valer y donde los jueces no son jurados, sino servidores del Estado.

El que esta crítica de la ley sea correcta, el que el reproche de la confusión de conceptos esté fundado, puede demostrarse mejor a partir de la práctica de los tribunales. Cito el veredicto arriba mencionado (fechado el 5 de abril de este año) y ya publicado.

El autor del impreso en cuestión traza en él una descripción de la censura —nótese bien— ejercida en Prusia hacia fines de 1840, de la cual se incriminan los siguientes pasajes[1]:

“Sabido es que entre nosotros no puede aparecer ni el más pequeño artículo de periódico, ni escritos de más de 20 pliegos, sin examen de censura; si el objeto es político, en la mayoría de los casos el examen recae sobre un agente de policía que, ante las vagas determinaciones del Reglamento de Censura (del 18 de octubre de 1819), ha de atenerse únicamente a las instrucciones particulares del ministro. Completamente dependiente del ministro y responsable solo ante el ministro, este censor se ve obligado a tachar todo lo que no sea grato a las opiniones e intenciones individuales de sus superiores. Si el autor presenta queja contra él, por lo general se le da una respuesta negativa o recibe su derecho solo después de un tiempo tan largo que ya no puede hacer uso de él. ¿Cómo sería posible, de otro modo, que desde aquel elogio de una publicidad decente, pronunciado en el año 1804, no se encuentre en ningún periódico prusiano, en ningún libro impreso aquí, ni la más leve censura acerca del proceder del más subalterno de los funcionarios, que toda alusión que solo remotamente toque el interés público

1 En la „Rheinische Zeitung“: que la palabra “irrespetuoso” ha sido trasladada a la ley desde las instrucciones de censura, a donde pertenece.

Contribución a la crítica de las leyes de prensa prusianas 275

(la sección ‘Interior’ de la ‘Gaceta del Estado’ seguramente nadie la computará aquí), para ser publicada, tenga que refugiarse primero fuera de las fronteras prusianas!

Y allí tampoco está segura frente a aquel alarmante poder arbitrario de los funcionarios que, con razón, Federico Guillermo III calificó como la consecuencia necesaria de la publicidad reprimida; para que tampoco a través de periódicos extranjeros llegue a Prusia un juicio desfavorable sobre actos de funcionarios, ninguna iluminación en absoluto franca de nuestras circunstancias, tales hojas son prohibidas o sus redacciones se hacen dóciles por medios bien conocidos. No exageramos, ¡desgraciadamente! Los periódicos franceses están ciertamente permitidos, pero la mayoría no pueden entrar a Prusia bajo faja, de modo que un tal periódico costaría anualmente más de 400 táleros en porte postal; solo se guarda la apariencia, pero en realidad tal permiso y una prohibición son una y la misma cosa. De otro modo se procede con los periódicos alemanes. Si sus redactores no están ya prevenidos en su propio interés bien entendido, y recogen un artículo mal visto en Berlín sobre Prusia o sobre funcionarios prusianos, entonces se dirigen a ellos, por parte del ministerio prusiano (a los escépticos estamos dispuestos a demostrarlo mediante documentos), reproches y reclamaciones, exigiéndoseles amenazadoramente la indicación de sus corresponsales, y solo bajo condiciones humillantes se les deja ulteriormente abierto el lucrativo mercado prusiano.”

Tras esta descripción, el acusado señala que una censura manejada de tal manera se convierte en una tutela arrogante, en una verdadera represión de la opinión pública y conduce, por fin, a un poder arbitrario de los funcionarios sumamente alarmante, igualmente peligroso para el pueblo que para el rey.

Ahora bien, ¿cómo se presenta este pasaje? ¿No obtendría hoy día un escrito, redactado en este tono, el imprimatur prusiano? ¿No se emite en todos los periódicos prusianos exactamente el mismo juicio sobre las circunstancias de censura de entonces? ¿Acaso no se han dicho cosas mucho más fuertes sobre instituciones aún existentes? ¿Y qué dice nuestro veredicto?

“De tal manera no le es lícito a un súbdito explayarse acerca de las leyes y disposiciones del Estado; la afirmación de que toda alusión que solo remotamente toque el interés público, para ser publicada, tenga que refugiarse fuera de las fronteras prusianas, que la censura, tal como se ejerce en Prusia, implica una tutela arrogante, una verdadera represión de la opinión pública, contienen, por su contenido y por sus palabras, una censura insolente y lesionan el respeto debido al Estado. Pero la aserción de que con ello se fomenta un poder arbitrario de los funcionarios sumamente alarmante, igualmente peligroso para el pueblo que para el rey, demuestra claramente la tendencia a provocar descontento y desafección contra las instituciones así descritas. El inculpado ha tratado de probar en la presente investigación que su juicio sobre la administración de la censura está fundado en la realidad, y ha aducido a este respecto varios

276 Contribución a la crítica de las leyes de prensa prusianas

casos especiales en los que a artículos de contenido publicístico se les negó el imprimatur (también ha alegado una correspondencia habida entre el consejero secreto superior de gobierno Seyffert y el redactor del ‘Leipziger Allgemeine Zeitung’, como prueba de que aquel periódico se halla realmente bajo la influencia del gobierno prusiano).

Estas citas, sin embargo, son manifiestamente irrelevantes; pues, prescindiendo de que ejemplos aislados no prueban nada en absoluto acerca del valor o disvalor de una institución estatal, aun suponiendo la exactitud del juicio emitido por el inculpado, la forma en que este se expresa haría que subsistiera el reproche de insolencia e irrespetuosidad. Él no juzga de manera serena y ponderada, sino que censura en expresiones que, si estuvieran dirigidas contra personas, habrían de ser consideradas indudablemente como injurias.”

Se dice además:

Acerca de la constitución comunal, observa el inculpado: «ante todo ha de distinguirse bien la ordenanza municipal de 1808 de la revisada de 1831. La primera llevaba el carácter liberal de la época de entonces y respetaba la independencia del ciudadano; la segunda es favorecida por doquier por el Gobierno actual y recomendada con urgencia a las ciudades. La contraposición, contenida en estas palabras, entre las expresiones: carácter liberal de la época de entonces y Gobierno actual contiene la afirmación, desvergonzadamente censurante, de que el gobierno actual no sólo es iliberal, sino que además no respeta en absoluto la independencia de los ciudadanos (¿?). Pero la intención turbia y la tendencia reprobable de su escrito se manifiestan de modo muy especial en los ejemplos que el inculpado hace seguir como prueba de aquel paralelo por él establecido, al reproducir las disposiciones de las dos ordenanzas municipales por él alegadas en parte de manera incorrecta, en parte de manera incompleta y desfigurada.»

Puedo tanto más desentenderme de los extractos, que en seguida vienen y que llevarían demasiado lejos, cuanto que, aun admitiendo la inexactitud y lo incompleto de la exposición acusada, de ello no se seguiría ni con mucho «intención turbia y tendencia reprobable». Sólo quiero citar aún la conclusión:

«Si se considera la publicidad totalmente sustraída a las discusiones estamentales, la indiferencia de las clases cultivadas, que de ello proviene y se manifiesta tanto en las elecciones como en todas partes, y finalmente el rechazo, producido dos veces, en 1826 y 1833, por los estamentos liberales de la Prusia renana, de una constitución comunal de ese tipo, difícilmente se estará dispuesto a hacer valer la tan ponderada ordenanza municipal prusiana como contrapeso de la conciencia autónoma del pueblo frente a la arbitrariedad ministerial, y mucho menos como sucedáneo de una representación constitucional.»

Sobre estas palabras, observa el fallo:

«También este pasaje contiene evidentemente censura burlona y revela igualmente la tendencia a provocar descontento y malestar. A quien sólo se preocupa por ser útil a la patria, no se esforzará

Zur Kritik der preußischen Preßgesetze 277

en demostrar que antes se seguía una dirección más provechosa para el pueblo, la cual ahora se abandona más y más y se cambia por una tendencia perjudicial para el bien común. Tal comparación del estado anterior, presuntamente mejor, con el presente es del todo innecesaria para descubrir las pretendidas deficiencias de la constitución existente; no puede, por tanto, tener otro fin que provocar la opinión de que ahora ya no están tan bien las cosas en lo que toca al bienestar de la nación como antes, a fin de provocar de ese modo malestar y descontento.»

(¡Basta de extractos, que por lo demás podría decuplicar!) Lo que arriba se dijo acerca de la ley, la práctica lo confirma demasiado. La determinación de la falta de respeto, que pertenece al ramo de la policía, de la censura, manifiesta aquí sus efectos perjudiciales. Al trasplantarse este concepto al terreno de la ley, ésta se hace depender de la censura, más dura o más leve, de cada momento. Si la censura es precisamente opresiva, como en 1840, la más leve censura es falta de respeto. Si es (leve y) humana, como ahora, lo que entonces pasaba por desvergonzado es hoy apenas falta de respeto. (De ahí la contradicción de que en la «Rheinische Zeitung» y en la «Königsberger Zeitung» reciban el imprimátur prusiano cosas que en 1840 no sólo estaban prohibidas, sino que eran incluso punibles.) La censura, por su naturaleza, ha de ser oscilante; pero la ley debe ser firme, hasta que sea derogada; debe ser independiente del sube y baja de la práctica policial.

¡Y luego, para colmo, la «incitación al descontento y al malestar»! ¡Ése es ciertamente el fin! de toda oposición. Si censuro esta? disposición legal, tengo ciertamente la intención de provocar descontento con ella, y no sólo? en el pueblo, sino incluso (si es posible) en el gobierno. ¿Cómo puede uno censurar algo de otro modo que con la intención de convencer a otros de la – dicho con suavidad – imperfección de lo censurado, esto es, de provocar en ellos descontento con ello? ¿Cómo puedo censurar aquí y elogiar allí, cómo puedo tener algo por malo y por bueno al mismo tiempo? Es pura y simplemente imposible. Soy también bastante honesto para decir en seguida y directamente que tengo la intención, mediante este artículo, de provocar descontento y malestar contra el § 151 del código penal prusiano, y albergo sin embargo la convicción de que lo censuro no «desvergonzada e irrespetuosamente», como dice dicho §, sino «de manera decorosa y bienintencionada», como dice la circular de censura. Pero la circular de censura ha sancionado[^1] este derecho a provocar descontento,

[^1]: ¡ En la «Rheinische Zeitung»: En parte es ése ciertamente el fin — [^2] en la «Rheinische Zeitung»: una — [^3] en la «Rheinische Zeitung»: y precisamente no

278 Zur Kritik der preußischen Preßgesetze

y para gloria de la nación prusiana, desde entonces se ha hecho ya todo lo posible[^4] para provocar descontento y malestar. Esta parte del § queda con ello fácticamente derogada, y la punibilidad de la «censura irrespetuosa» considerablemente limitada. Prueba suficiente de que el § contiene una mezcolanza y amalgama de determinaciones heterogéneas, legislativas y de policía de prensa.

Esto se explica también muy simplemente a partir de la época en que fue compilado el Landrecht, a partir del conflicto de la Ilustración librepensadora de aquella época con el ancien régime prusiano de entonces. Albergar descontento con el gobierno, con las instituciones estatales, era entonces no mucho mejor que la alta traición y, por lo menos, ya un delito sobre el cual se podía basar una investigación y una condena muy bonitas.

El delito de lesa majestad nos interesa poco. Los publicistas prusianos han observado hasta ahora el tacto correcto de dejar fuera de juego a la persona del rey. Es ésta la anticipación del principio constitucional de la inviolabilidad de la persona real y sólo puede ser aprobada.

Queda con esto el párrafo arriba citado muy recomendado a quien corresponda; nosotros, entretanto, proseguiremos, del modo bueno, bienintencionado y decoroso apuntado, provocando mucho descontento y malestar con todos los restos sobrevividos e iliberales de nuestras instituciones estatales.

[^4]: En la «Rheinische Zeitung»: ya mucho

279

[Allerlei desde Berlín]

[«Rheinische Zeitung» núm. 241 del 29 de agosto de 1842]

**Berlín, 19 de agosto. Le escribo hoy para comunicarle que de aquí propiamente no hay nada que comunicar. Sabe Dios que ahora, como aquí se dice, es la temporada del pepinillo en vinagre para los corresponsales. No pasa nada, ¡absolutamente nada! La Asociación del Cristo histórico se deja oír tan poco como la Asociación de los Libres; a pesar de que existe oficialmente, en realidad ningún estudiante sabe dónde existe ni quiénes pertenecen a ella. Debe de ser como hace medio año con la famosa marcha de las antorchas en honor del filósofo de la Leipziger Strasse, en la que luego ningún estudiante quiso haber participado, y de la que ya el día anterior se decía que habían sido, por desgracia, casi todos «filisteos». Tampoco las comisiones estamentales logran constituirse todavía, a pesar de la «Leipziger Zeitung», la cual, con su predilección por los huevos prusianos aún no puestos, debate en todas direcciones acerca de lo que se presentará a las comisiones. Pero nosotros nos consolamos con la sabiduría de nuestro rey y dejamos en paz los huevos no puestos. Se dice que ha traído consigo un tratado comercial y una nueva convención de cártel, ¡y eso probablemente no serán huevos no puestos! Pero nosotros tampoco nos preocupamos por ello, quiero decir nosotros los berlineses, sino que envidiamos a los renanos por el sumo goce que les deparará dentro de pocas semanas, cuando no sólo nuestro rey, sino, entre otras muchas altas personalidades, también el digno rey Luis de Baviera, el poeta en el trono y autor de los «Compañeros de Walhalla», «Fundador de Walhalla», haga acto de presencia para la colocación de la primera piedra de la catedral de Colonia, que ha de ser acabada para ornamento del pueblo alemán. Los «Compañeros de Walhalla» han causado viva sensación en los círculos cultos de aquí, y el juicio general y competente se pronuncia incondicionalmente en el sentido de que el rey Luis ha entretejido una nueva rama de laurel a su corona. El estilo tacitiano, denso, de potente fuerza primigenia, del rey podrá contar indiscutiblemente con imitadores, y sin embargo será rara vez alcanzado.

280

[F. W. Andrä y la «Alta Nobleza de toda Alemania»]

[«Rheinische Zeitung» núm. 241 del 29 de agosto de 1842]

**No quiero dejar de llamar la atención de los señores miembros católicos de la nobleza caballeresca sobre un poema que, aunque compuesto por un plebeyo, precisamente por ello merece tanto más ser recogido, como una perla preciosa, como un tributo debido de la humildad burguesa.

… [línea defectuosa] …

ha aparecido en Erfurt, en casa de F. W. Otte, en el año de gracia de mil ochocientos cuarenta y dos, un librito: «Das Wissenswürdigste der Heraldik oder Wappenkunde», de F. W. Andrä, cuya dedicatoria reza así: «Al conjunto de la Alta Nobleza de toda Alemania, dedicado con respeto por el editor»:

«Al estamento nobiliario corresponde el primer rango en el Estado,
el gran mérito de los antepasados lo ha situado tan alto.
Y heredada e incrementada se ha la virtud de los antepasados,
el presente no desmerece del pasado.
Por eso la veneración lo corona en todos los caminos,
pues a cada Estado prodiga la más rica bendición.
Y en los blasones yace oculto el profundo sentido
de lo grande que antaño sucedió en el pretérito.
Cómo los príncipes honraron el mérito de la nobleza,
tanto en la guerra como en la gloria de la paz.
¡Los blasones son las muy merecidas coronas de la nobleza,
consagradas a premiar sólo hechos nobles! —
Con timidez, y profundamente conmovido por la gloria
que con resplandor sublime irradia a través de eones,
me atrevo a consagrar aquí a los altos herederos de la virtud
de aquellos héroes un monumento de veneración.
— ¡Oh, aceptad benévolos la débil obra por la firme voluntad,
pues os da noticia, al menos, de lo que he sentido en silencio!»

¿No es verdad que el hombre merece ser ennoblecido?

283

La Biblia desvergonzadamente amenazada,
pero maravillosamente liberada.
O sea:
El triunfo de la fe
Es a saber: la terrible, pero verídica y edificante
historia del otrora licenciado
Bruno Bauer;
cómo el mismo, seducido por el diablo,
apostató de la fe pura,
se convirtió en archidiablo
y finalmente
fue vigorosamente desposeído.
Poema heroico cristiano
en cuatro cantos.

…

Primer canto

Para cantar con todo esplendor la gloria de la fe,
despliega, oh alma mía, humildemente las alas;
la alta victoria de la fe — ¡ah, no! ¿acaso la fuerza propia
no es igual a la débil caña? Otro da la savia;
otro otorga tanto el querer como el poder:
¡Vosotros, creyentes, implorad hacia mí la bendición de la gracia!

Sí, ¡alza tu rugido, león, en la ribera del Saale,
y pliega, Hengstenberg, la mano avezada a la victoria!
Tú, de la lira grande, y grande en la cátedra,
¡oh Sack, derrama en mi pluma de tu fuerza!
Krummacher, varón de Dios, baluarte de la fe verdadera,
¡oh, enséñame, como tú, a proclamar la palabra!
Y tú, mi hermoso escudero, yo porto, oh alma piadosa, …

Heinrich Leo

El triunfo de la fe

¡La antorcha de tu canto, audaz, en la caverna de la blasfemia!
Y tú, que a la estirpe de los escarnecedores, audaz y libre,
la cruz opusiste, oh Klopstock, asísteme!
¡Qué sería yo sin ti, Teólogo Johannes!
Si fielmente me ayudas, lo emprendo y puedo hacerlo.
Ayudadme a exterminar, David y Ezequiel,
1 Heinrich Leo
El triunfo de la fe
la abominación de la blasfemia con cepa y con raíz!
¡Arriba, agrupaos en torno mío, fuertes columnas de la fe,
protegedme contra la burla y el aullido de los desvergonzados blasfemos;
alzad piadosos vuestras manos al trono de la gracia,
para que yo, en alabanza del Señor, culmine mi carrera! —
¿Qué perturba de pronto el hosanna de los bienaventurados?
¿Por qué se agota el maná del canto angélico?
¡Ay! ¿Ha penetrado en el cielo la astucia del diablo
y su pestilencia ha trocado la alegría en duelo?
Donde sólo júbilo y alabanza e himnos deben resonar,
¿a qué vienen ese lamento, ese entonar endechas?
¿Quién es el que se queja? ¿Quién grita en las alturas celestiales?
Son las almas de los piadosos; he aquí su gemido:
«¡Oh Señor, escucha, Señor, escucha nuestro clamor!
¿Hasta cuándo toleras la plaga de tus fieles?
¿Hasta cuándo esperas y aún no has vengado,
oh Señor, la sangre de los creyentes en la estirpe malvada?
¡Ah! ¿Ha de brillar siempre en la tierra la insolencia de la concupiscencia,
la jactancia de los desvergonzados blasfemos, en el esplendor de la gloria?
¿Ha de decir siempre cada filósofo: Yo soy Yo?
¿Ha de blasfemar contra ti la turba de los librepensadores con creciente desvergüenza?
¡Ah, cada vez más fuerte resuena el escarnio de la soberbia!
¡Oh, haz que suene pronto la trompeta del juicio universal!»
Con apaciguamiento dice el Señor: «Aún no está colmada la medida,
no es bastante hediondo el hedor que emana de la carroña;
y también debo educar en el valor a mis guerreros,
para que en la lucha final no huyan ante Satanás.
Allá abajo, en Berlín, son muchos los que me buscan,
pero a muchos aprisiona aún el lecho del pensar soberbio;
no quieren creer, quieren comprenderme,
quieren aprisionarme con los aros del pensamiento.
Mirad allí a Bruno Bauer: cree, pero medita;
bien dispuesta está su carne, mas, ¡ay!, el espíritu es débil.
Esperad un corto tiempo; pronto desaparecerán estas escorias,
entonces no volverá Satanás a atraparlo por el pensamiento.
Él, que tan fielmente me busca, me encontrará al fin,
piadoso arrojará de sí lo vano que le deleita.
La necedad del pensar, que disgrega su sentido,
la reconocerá como viento, y su alma se estremecerá.

El triunfo de la fe

Sí, la filosofía será para él aún un escarnio,
la gracia irrumpe, él cree: Dios es Dios.»
Y ante esta palabra hubo bienaventuranza allá arriba,
se elevó un himno de alabanza al fuerte Señor:
«Digno eres, Señor, de recibir honor y alabanza
y poder; por ti fue creado el orbe de los mundos:
pronto vendrá tu ira a aniquilar a los malvados,
a ensalzar a los siervos que cumplen tu servicio.»
Y más dijo el Señor: «Sí, aquél es el hombre
que puede guiar a los creyentes en la lucha final.
Cuando sobre el mundo pecador se derramen las copas de mi ira,
los mares se tiñan de sangre,
y el manantial del abismo se abra sombrío,
cuando la plaga de langostas aparezca en resplandeciente horda,
cuando caiga sobre la tierra el granizo de fuego,
el suelo tiemble por doquier, la roca se desmorone,
Bruno Bauer enarbolará en alto la bandera de mi grey,
sin vacilar en la lucha por “el trono y el altar”.»
Y ante esta palabra hubo bienaventuranza allá arriba,
se elevó un himno de alabanza al fuerte Señor:
«¡Aleluya! Y el humo asciende eternamente.»
¡Y he aquí! Cuando el canto aún resonaba por los cielos,
llegó el diablo con hedor y con estruendo.
En sus ojos ardía la negra furia del infierno,
su lengua ansiaba la sangre de los hijos de Dios.
Así, blasfemo, se adelantó hasta el trono del Altísimo,
hasta aquellos ángeles que están más próximos al trono,
y gritó como fragor de trueno: «¿Hasta cuándo vacilas,
y me retienes en mi morada en cobarde reposo?
¿Acaso temes que en el día postrero,
cuando combatamos por la corona de este mundo,
yo derrote a tu ejército de ángeles,
asaltando tu tienda celestial?
Y si tienes valor, ¡ea!, acelera la lucha,
haz sonar las trompetas,
para que yo reúna de inmediato mi salvaje hueste;
¡ya ardo en deseos de precipitarme sobre la tuya,
de arrasar tus esferas!»

El Señor: «Paciencia, paciencia, no está lejano el tiempo,

285

286

El triunfo de la fe

en que has de reconocer que yo soy el Señor de los señores!
Mira abajo, a la tierra, ¿acaso no adviertes las señales
ante las cuales todos los hombres tiemblan y palidecen?
Mira guerra y peste e incendio y revolución,
mira la ley escarnecida, ultrajada la religión.
Los blasfemos de Dios florecen, los piadosos son ultrajados,
¡y aguarda, que aún vendrán tiempos diez veces peores!
Ahora me he elegido un siervo fiel,
que predique el reino a la estirpe impía.
Lo despreciarán, se reirán de él,
eso es justo lo que quiero, así pronto puedo poner fin.
Aún no está colmada la medida, mas no durará mucho,
si siguen despreciando, como ahora, la luz de la gracia.»
El Diablo: «¿Y quién es el elegido para estas hazañas?»
El Señor: «Es el Bauer.» —
«¡Vaya! Él te sirve de un modo particular.
No son la oración y el canto el alimento de su corazón.
No, mira, te exige tus más hermosas estrellas,
y luego las comprende —ésa es su inclinación.
Y los núcleos más especulativos de todos los dogmas
no sacian su pecho, hondamente agitado.»
El Señor: «Aunque ahora me sirve aún de manera confusa,
pronto lo guiaré sin duda a la claridad.
Y aunque ahora todavía se atreva a pensar,
puedes estar seguro de que pronto perderá la razón.»
El Diablo: «¡Ah, qué quieres apostar! A ése lo seduciré yo.
Como una piedra preciosa, pronto adornará mi corona.
Pese a todo, aún le queda el granuja en la cabeza,
yo lo agarro, ¡cuidado!, lo agarro por el copete.»
El Señor: «Bien; ¡sea entregado a ti sin miramientos!
Aparta a este creyente de su Salvador,
y si puedes atraparlo con tu engaño,
llévatelo escarneciendo contigo por tu senda infernal,
y queda avergonzado cuando, al fin, tengas que confesar
que un creyente, aun en el impulso especulativo,
siempre está consciente en su corazón del camino estrecho.»
Entonces gritó alegre el Diablo: «¡Bien! ¡No temo,