¡Liberalismo del norte y del sur de Alemania!

[“Rheinische Zeitung”  
Nr. 102 del 12 de abril de 1842]

*_* Berlín, en marzo. No hace mucho tiempo, el sur de nuestra patria pasaba por ser la única parte de ella capaz de una actitud política decidida; Baden, Wurtemberg y el Palatinado renano parecían ser los tres únicos altares en los que pudiera inflamarse el fuego del patriotismo único digno, el independiente. El norte parecía haber recaído en una perezosa indiferencia, en un agotamiento, si no servil, sí laxo y tenaz, con el que pretendía reponerse del grandioso y desacostumbrado esfuerzo –ciertamente grandioso y desacostumbrado– de las guerras de liberación, en las que el sur no había tomado parte. Parecía haberse saciado con aquella hazaña y reclamar ahora el derecho a un poco de reposo, de modo que el sur empezaba ya a menospreciarlo, a tachar su desinterés y a mofarse de su paciencia. Los acontecimientos de Hannover¹ fueron también abundantemente explotados por el sur para justificar su arrogancia frente al norte. Mientras éste se comportaba aparentemente más callado e inactivo, aquél triunfaba, se ufanaba de su vida parlamentaria en desarrollo, de sus discursos en las cámaras, de su oposición, que debía apoyar al norte, mientras que su existencia se sabía asegurada aun sin él. – Todo eso ha cambiado. El movimiento del sur se ha adormecido, los dientes de las ruedas que antes se engranaban con tanta precisión y se mantenían en rotación se han ido desgastando paulatinamente y ya no quieren encajar del todo bien; una boca enmudece tras otra, y la generación más joven no tiene ganas de seguir la senda de sus predecesores. En cambio, el norte, aunque las circunstancias externas no le son ni mucho menos tan favorables como al sur, aunque la tribuna, allí donde no falta del todo, nunca pudo elevarse a la importancia de la del sur de Alemania, presenta sin embargo desde hace varios años un caudal

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de sólida actitud política, de energía de carácter firme y viva, de talento y actividad periodística, como el sur no llegó a reunir ni en su época de mayor florecimiento. A esto se añade que el liberalismo del norte de Alemania posee indiscutiblemente un grado más alto de formación integral y de universalidad, una base histórica y nacional más firme, de la que jamás pudo jactarse el sentido liberal del sur. El punto de vista del primero está muy por encima del del segundo. ¿A qué se debe esto? La historia de ambos fenómenos resuelve esta cuestión de la manera más clara.

Cuando en 1830 comenzó a despertar en toda Europa el sentido político, y el interés por el Estado empezó a pasar a primer plano, de los hechos e impulsos de ese año, en su choque con los sueños renacientes de la germanomanía, se desarrolló el nuevo producto del liberalismo suralemán. Nacido de la práctica inmediata, permaneció fiel a ella y se atuvo a la misma en su teoría. Pero la práctica a partir de la cual se construyó la teoría era, como es sabido, muy amplia: francesa, alemana, inglesa, española, etc. De ahí que también la teoría, el contenido propio de esta corriente, desembocara en lo muy general, vago e impreciso; que no fuera ni alemana ni francesa, ni nacional ni decididamente cosmopolita, sino precisamente una abstracción y una medianía. Se tenía un fin general, la libertad legal, pero por lo común dos medios directamente opuestos para alcanzarla; así, se querían garantías constitucionales para Alemania y hoy se proponía, para lograrlo, una mayor independencia de los príncipes frente a la Dieta federal, y mañana una mayor dependencia, pero con una cámara popular al lado de la Asamblea federal: dos medios de los cuales, en las circunstancias imperantes, uno era tan impracticable como el otro. Hoy se quería, para alcanzar el gran fin, una mayor unidad de Alemania, y mañana una mayor independencia de los pequeños príncipes frente a Prusia y Austria. De este modo, siempre de acuerdo sobre el fin, nunca sobre los medios, el partido, con mucho el más poderoso, fue pronto superado por el gobierno y comprendió su imprudencia demasiado tarde. Además, su fuerza estaba vinculada a una excitación momentánea, a la repercusión de un acontecimiento meramente externo, la Revolución de Julio, y cuando ésta decayó, él también tuvo que adormecerse.

Durante este tiempo, en el norte de Alemania todo estaba mucho más tranquilo y, en apariencia, más inactivo. Sólo un hombre irradiaba entonces en llamas vivas todo el ardor de su fuerza vital, y ese hombre valía más que todos los suralemanes juntos: me refiero a Börne. En él, que iba más allá de la medianía

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de aquélla con toda la energía de su carácter, esta unilateralidad se abrió paso completamente y se superó así a sí misma. En él la teoría se desprendió de la práctica y se mostró como la más bella flor de ésta. De tal modo se situó decididamente en el punto de vista del liberalismo del norte de Alemania y se convirtió en su precursor y profeta.

Esta corriente, a la que ya no cabe discutir el dominio sobre Alemania, ganó, ya por su base, un contenido más pleno, una existencia más duradera. No vinculó su existencia desde el principio a un hecho aislado, sino a toda la historia universal y especialmente a la alemana; la fuente de la que manaba no estaba en París, había brotado en el corazón de Alemania: era la moderna filosofía alemana. De ahí que el liberal del norte de Alemania tenga una decidida consecuencia, una determinidad en sus exigencias, una relación fija entre medio y fin que el suralemán hasta ahora siempre ha perseguido en vano. De ahí que su actitud aparezca como un producto necesario de los esfuerzos nacionales y, por tanto, como algo nacional mismo; que quiera ver a Alemania en una posición igualmente digna hacia adentro y hacia afuera y no pueda caer en el cómico dilema de si se debe ser primero liberal y luego alemán o primero alemán y luego liberal. De ahí que se sepa igualmente a salvo de las unilateralidades de uno y otro partido y esté libre de las sutilezas y sofisterías en que éstos se vieron arrastrados por sus propias contradicciones internas. Por eso puede abrir una lucha tan decidida, tan viva, tan exitosa contra todas y cada una de las reacciones, como nunca pudo el liberalismo suralemán, y por eso tiene asegurada la victoria al final.

Sin embargo, el suralemán no ha de ser considerado como un puesto avanzado perdido, ni como un experimento fallido; hemos obtenido a través de él resultados que en verdad no son despreciables. Ante todo, fue él quien fundó una oposición alemana y con ello hizo posible una actitud política en Alemania y despertó la vida parlamentaria; él no dejó que la semilla contenida en las constituciones alemanas se adormeciera y se pudriera, y sacó de la Revolución de Julio el provecho que para Alemania podía obtenerse de ella. Partió de la práctica a la teoría y no llegó a buen puerto con ello; así pues, queramos comenzar a la inversa y tratar de penetrar de la teoría a la práctica; apuesto lo que queráis a que así llegaremos al final más lejos.

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Diario de un hospitante

I  
[Marheineke]

[“Rheinische Zeitung”  
Nr. 130 del 10 de mayo de 1842]

En una ciudad como Berlín, el forastero cometería un verdadero crimen contra sí mismo y contra el buen gusto si no inspeccionara todas las curiosidades. Y, sin embargo, ocurre con demasiada frecuencia que lo más significativo de todo en Berlín, aquello por lo que la capital prusiana se distingue tanto de todas las demás, pasa desapercibido para los forasteros; me refiero a la universidad. No la imponente fachada de la plaza de la Ópera, ni el museo anatómico y mineralógico, sino las tantas y tantas aulas con profesores ingeniosos y pedantes, con estudiantes jóvenes y viejos, alegres y serios, con novatos y veteranos, aulas en las que se han pronunciado y aún se pronuncian a diario palabras a las que no está puesto límite de difusión con la frontera de Prusia, ni siquiera con la del ámbito lingüístico alemán. Es gloria de la Universidad de Berlín que ninguna otra esté tan inmersa como ella en el movimiento de pensamiento de la época y se haya convertido de tal modo en arena de los combates espirituales. ¡Cuántas otras universidades, Bonn, Jena, Giessen, Greifswald, incluso Leipzig, Breslau y Heidelberg, se han sustraído a estos combates y se han hundido en esa docta apatía que desde siempre fue la desgracia de la ciencia alemana! Berlín, en cambio, cuenta entre sus profesores con representantes de todas las corrientes y hace así posible una viva polémica que proporciona al estudiante una visión general fácil y clara de las tendencias del presente. En tales circunstancias, me sentí impulsado a hacer uso del derecho, ya generalizado, de asistir como hospitante, y así entré una mañana, justo cuando comenzaba el semestre de verano. Varios ya habían empezado a leer, la mayoría comenzaban precisamente

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hoy. Lo más interesante que se me ofreció fue la apertura de las lecciones de Marheineke sobre la introducción de la filosofía hegeliana en la teología. En general, las primeras lecciones de los hegelianos de esta ciudad tenían en este semestre un interés muy especial, porque de algunas cabía esperar ya de antemano una polémica directa contra la filosofía de la revelación de Schelling, y de las otras se esperaba que no se abstuvieran de reivindicar a los manes ofendidos de Hegel. El curso de Marheineke estaba demasiado manifiestamente dirigido contra Schelling como para no atraer una atención especial. El auditorio estaba lleno ya mucho antes de su llegada; hombres jóvenes y viejos, estudiantes, oficiales y quién sabe quiénes más, estaban sentados y de pie, apiñados unos contra otros. Por fin entra él; la conversación y el murmullo enmudecen al instante, los sombreros vuelan como a una orden. Una figura firme y vigorosa, un rostro serio y decidido de pensador, la alta frente ceñida por cabellos encanecidos en el arduo trabajo del pensamiento; durante la exposición misma, un noble decoro, nada del erudito que hunde la nariz en el cuaderno que lee, nada de gesticulación teatralmente afectada; postura juvenil y erguida, la mirada fija en la multitud de oyentes; la exposición misma, tranquila, digna, lenta, pero siempre fluida, sin adornos, pero inagotable en pensamientos contundentes, uno de los cuales se precipita tras otro y da siempre en el blanco con más agudeza que el anterior. Marheineke impone en la cátedra por la seguridad, la firmeza y dignidad inquebrantables, pero al mismo tiempo por el sentido libre que resplandece en todo su ser. Pero hoy subió a la cátedra en un estado de ánimo muy peculiar; impresionó a sus oyentes de una manera aún mucho más poderosa que de costumbre. Si durante todo un semestre había soportado pacientemente las indignas manifestaciones de Schelling sobre el muerto Hegel y su filosofía; si había escuchado tranquilamente hasta el final las conferencias de Schelling –y para un hombre como Marheineke no es ciertamente poca cosa–, ahora había llegado el momento de responder al ataque, de enfrentar palabras orgullosas con pensamientos orgullosos. Comenzó con observaciones generales, en las que describió con trazos magistrales la posición actual de la filosofía respecto a la teología, mencionó a Schleiermacher con reconocimiento, de cuyos discípulos dijo que su pensamiento, que incita a pensar, los había conducido a la filosofía, y quienes habían tomado otro camino tenían que expiarlo por sí mismos. Gradualmente pasó a la filosofía hegeliana y pronto entró en una relación fácilmente perceptible con Schelling.

I- Marheineke 251

“Hegel”, dijo, “quería sobre todo que uno se elevara en la filosofía por encima de su propia vanidad y no se figurara que había pensado algo especial con lo que ya pudiera darse por satisfecho; y en particular no era el hombre que se presentara con grandes promesas y palabras deslumbrantes, sino que dejaba tranquilamente que la acción filosófica hablara por él. Nunca fue el miles gloriosus² en la filosofía, que se jactara mucho de sí mismo. – – Ahora, ciertamente, nadie se tiene por demasiado ignorante y limitado para poder dictaminar sobre él y su filosofía, y quien tuviera en el bolsillo una refutación a fondo de la misma haría indefectiblemente su fortuna; pues cuánto se congraciaría uno con una tal refutación, se ve en aquellos que sólo prometen refutarla y luego no cumplen la promesa.”

Ante estas últimas palabras, el aplauso del auditorio, que ya se había manifestado en señales aisladas, estalló en una estruendosa aclamación que, novedosa en una clase de teología, dejó muy perplejo al docente y, en su fresca espontaneidad, permitía curiosas comparaciones con el esmirriado “viva”, penosamente reunido mediante suscripción, al final de las lecciones combatidas por Marheineke. Él apaciguó los vítores con un gesto de la mano y continuó:

“Esa deseada refutación, sin embargo, no ha llegado aún y no llegará mientras se empleen contra ella la irritación, el mal humor, la envidia, en suma, la pasión, en lugar del examen científico y sereno; mientras se considere suficiente la gnosis y la fantasía para derribar del trono al pensamiento filosófico. La primera condición para esa refutación es, por supuesto, comprender correctamente al adversario, y ahí es cierto que muchos de los enemigos de Hegel se asemejan al enano que luchaba contra el gigante, y al aún más famoso caballero que se batía con molinos de viento.”

Éste es el contenido principal de la primera lección de Marheineke, en la medida en que pueda interesar al gran público. Marheineke ha vuelto a mostrar con qué valentía e infatigable constancia está siempre en el campo de batalla cuando se trata de defender la libertad de la ciencia. En virtud de su carácter y agudeza, se presenta mucho más como seguidor de Hegel que Gabler, a quien habitualmente se da este título. La mirada amplia y libre con que Hegel abarcaba todo el ámbito del pensamiento y aprehendía los fenómenos de la vida es también patrimonio de Marheineke. ¿Quién querrá condenarlo porque no esté dispuesto a sacrificar su convicción de largos años, su penosa conquista, a un progreso que no cobró vida hasta hace cinco años? Marheineke ha marchado con el tiempo lo suficiente como para tener derecho a una conclusión científica.

2 soldado fanfarrón

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Es una gran cualidad en él saberse en el mismo suelo que los extremos más externos de la filosofía y hacer suya su causa, como lo ha hecho todos los días desde los “Hegelingen” de Leo hasta la destitución de Bruno Bauer.

Marheineke, por lo demás, hará imprimir estas lecciones una vez concluidas.

F. O.

II  
[von Henning]

[“Rheinische Zeitung”  
Nr. 134 del 24 de mayo de 1842]

En una amplia aula estaban sentados un par de estudiantes dispersos, esperando al profesor. El anuncio en la puerta indicaba que el profesor Henning iba a leer; el tema expuesto en la pizarra, así como el nombre del profesor, uno de los discípulos más antiguos de Hegel, me atrajo, y me extrañó que no pareciera haber más participación. Entró Henning, un hombre esbelto, en “sus mejores años”, de fino cabello rubio, y comenzó a exponer su materia en un discurso rápido y fluido, quizás un tanto demasiado minucioso.

“Prusia”, dijo, “se distingue de todos los Estados por el hecho de que su constitución financiera está edificada enteramente sobre el fundamento de la moderna ciencia económica nacional, por haber tenido hasta ahora el valor, único en su género, de llevar a la práctica las consecuencias teóricas de un Adam Smith y sus continuadores. Inglaterra, por ejemplo, de donde partieron las modernas teorías, sigue metida hasta las orejas en el viejo sistema de monopolios y prohibiciones; Francia, casi aún más; y ni Huskisson en aquélla ni Duchâtel en este país han podido imponer sus puntos de vista más racionales frente a los intereses privados – de Austria y Rusia ni hablemos siquiera; mientras que Prusia ha reconocido decididamente el principio del libre comercio y la libertad industrial y ha abolido todos los monopolios y derechos prohibitivos. De este modo, este aspecto de nuestra constitución nos sitúa muy por encima de Estados que en otros aspectos, en el desarrollo de la libertad política, nos llevan mucha ventaja. Ahora bien, si nuestro gobierno ha realizado algo tan extraordinario en el aspecto financiero, por otro lado hay que reconocer también que se encontró con circunstancias particularmente favorables para una reforma semejante. El golpe de 1806 creó un campo limpio sobre el que pudo erigirse el nuevo edificio; una constitución representativa,”