Disertación doctoral
Primera parte
III. Dificultades respecto de la identidad de la filosofía de la naturaleza democritea y epicúrea

Aparte de los testimonios históricos, mucho habla en favor de la identidad de la física democritea y epicúrea. Los principios —átomos y vacío— son indiscutiblemente los mismos. Sólo en determinaciones particulares parece reinar una diversidad arbitraria y, por tanto, inesencial.

Pero entonces subsiste un enigma singular e insoluble. Dos filósofos enseñan exactamente la misma ciencia, exactamente del mismo modo; pero —¡qué inconsecuencia!— se contraponen diametralmente en todo lo que atañe a la verdad, la certeza, la aplicación de esta ciencia, en lo que atañe a la relación entre pensamiento y realidad en general. Digo que se contraponen diametralmente, y trataré ahora de demostrarlo.

A. La opinión de Demócrito sobre la verdad y la certeza del saber humano parece difícil de averiguar. Tenemos pasajes contradictorios, o, mejor dicho, no son los pasajes, sino las opiniones de Demócrito las que se contradicen. Pues la afirmación de Trendelenburg en su comentario a la Psicología aristotélica, de que sólo escritores posteriores, pero no Aristóteles, sabían de tal contradicción, es fácticamente incorrecta. En la «Psicología»¹ de Aristóteles se dice, en efecto: «Demócrito pone el alma y el entendimiento como uno y lo mismo, pues el fenómeno sería lo verdadero»¹). En la «Metafísica», en cambio: «Demócrito afirma que nada es verdadero, o que nos está oculto»²). ¿No se contradicen estos pasajes de Aristóteles? Si el fenómeno es lo verdadero, ¿cómo puede lo verdadero estar oculto? El ocultamiento comienza sólo donde fenómeno y verdad se separan. Diógenes Laercio, por su parte, informa que se contaba a Demócrito entre los escépticos. Se cita su

¹ "De este gran hombre" (Demócrito) "no sabemos casi más que lo que Epicuro, que no fue capaz de tomar siempre lo mejor, tomó prestado de él."

sentencia: «En verdad nada sabemos, pues en el abismo del pozo yace la verdad.»³) Algo semejante se encuentra en Sexto Empírico.⁴)

Esta opinión escéptica, incierta e internamente contradictoria de Demócrito no es sino ulteriormente desarrollada en el modo como se determina la relación del átomo y del mundo sensiblemente fenoménico.

Por un lado, el fenómeno sensible no conviene a los átomos mismos. No es él fenómeno objetivo, sino apariencia subjetiva. «Los principios verdaderos son los átomos y el vacío; todo lo demás es opinión, apariencia.»⁵) «Sólo según la opinión existe lo frío, según la opinión lo caliente, pero en verdad, los átomos y el vacío.»⁶) Por tanto, en verdad no se vuelve uno a partir de los muchos átomos, sino que «mediante la unión de los átomos cada cosa parece volverse una»⁷). Sólo mediante la razón son contemplables, pues, los principios, ya inaccesibles al ojo sensible por su pequeñez; por eso se los llama incluso ideas.⁸) Pero, por otro lado, el fenómeno sensible es el único objeto verdadero, y la αἴσθησις¹ es la φρόνησις²; pero esto verdadero es cambiante, inestable, fenómeno. Pero que el fenómeno sea lo verdadero, se contradice.⁹) Así, ora se convierte un lado en subjetivo, ora el otro en objetivo. De tal modo parece la contradicción mantenida separada, al ser distribuida entre dos mundos. Demócrito convierte, por consiguiente, la realidad sensible en apariencia subjetiva; pero la antinomia, desterrada del mundo de los objetos, existe ahora en su propia autoconciencia, en la cual el concepto del átomo y la intuición sensible se encuentran hostilmente.

Demócrito no escapa, pues, a la antinomia. No es éste todavía el lugar de explicarla. Basta con que su existencia no pueda negarse.

Escuchemos, en cambio, a Epicuro.

El sabio, dice, se comporta dogmáticamente, no escépticamente.¹⁰) Sí, precisamente ésa es su ventaja sobre todos, que sabe con convencimiento.¹¹) «Todos los sentidos son heraldos de lo verdadero.»¹²) «Nada puede refutar la percepción sensible; ni la homogénea a la homogénea por causa de la igual validez, ni la heterogénea a la heterogénea, pues no juzgan sobre lo mismo, ni el concepto, pues el concepto depende de las percepciones sensibles»¹³), se dice en el Canon. Pero mientras que Demócrito convierte el mundo sensible en apariencia subjetiva, Epicuro lo convierte en fenómeno objetivo. Y conscientemente se distingue aquí; pues

¹ (aisthesis) percepción sensible - ² (phronesis) razón

afirma compartir los mismos principios, pero no el convertir las cualidades sensibles en lo meramente opinado.¹⁴)

Ahora bien, si la percepción sensible era el criterio para Epicuro y a ella corresponde el fenómeno objetivo, no se puede sino considerar como una consecuencia correcta aquello ante lo que Cicerón se encoge de hombros. «El sol le parece grande a Demócrito, porque es un hombre docto y consumado en geometría; a Epicuro, de unos dos pies de tamaño, pues juzga que es tan grande como parece.»¹⁵)

B. Esta diferencia en los juicios teóricos de Demócrito y de Epicuro acerca de la certeza de la ciencia y la verdad de sus objetos se realiza en la dispar energía y praxis científicas de estos hombres.

Demócrito, para quien el principio no entra en el fenómeno, permaneciendo sin realidad y sin existencia, tiene en cambio frente a sí, como mundo real y lleno de contenido, el mundo de la percepción sensible. Éste es, ciertamente, apariencia subjetiva, pero justamente por ello, desprendido del principio, queda en su realidad autónoma; siendo a la vez el único objeto real, tiene como tal valor y significado. Demócrito se ve, por tanto, empujado a la observación empírica. Insatisfecho en la filosofía, se arroja en brazos del saber positivo. Ya hemos oído que Cicerón lo llama un vir eruditus¹. En la física, la ética, las matemáticas, en las disciplinas encíclicas, en cada arte está versado.¹⁶) Ya el catálogo de libros en Diógenes Laercio da testimonio de su erudición.¹⁷) Pero así como es propio del carácter de la erudición ir a lo ancho, coleccionar y buscar desde fuera, así vemos a Demócrito recorrer medio mundo para trocar experiencias, conocimientos, observaciones. «Yo», se ufana de sí mismo, «he recorrido errante la mayor parte de la tierra entre mis contemporáneos, indagando lo más remoto; y vi la mayoría de los cielos y tierras, y oí a la mayoría de los hombres doctos; y en la composición de líneas con demostración nadie me sobrepasó, ni siquiera los egipcios llamados arsepedonaptas²»¹⁸)

Demetrio en los Ὁμώνυμοι³ y Antístenes en las Διαδοχαί⁴ narran que viajó a Egipto, a casa de los sacerdotes, para aprender geometría, y a casa de los caldeos en Persia, y que llegó al Mar Rojo. Algunos afirman que también se encontró con los gimnosofistas en la India y pisó Etiopía.¹⁹) Es, por un lado,

¹ hombre docto - ² (harpedonaptai) tensores de cuerdas - ³ (homonymois) (escrito sobre) homónimos (poetas y sabios) - ⁴ (diadochais) (escrito sobre las) sucesiones (de las escuelas filosóficas y sus jefes)

el ansia de saber que no lo deja en paz; pero es a la vez la insatisfacción en el saber verdadero, es decir, filosófico, lo que lo impulsa a la lejanía. El saber que tiene por verdadero es carente de contenido; el saber que le da contenido carece de verdad. Puede ser una fábula, pero una fábula verdadera, porque describe lo contradictorio de su ser, la anécdota de los antiguos. Demócrito se habría cegado a sí mismo para que la luz sensible de los ojos no oscureciera la agudeza del espíritu.²⁰) Es el mismo hombre que, como dice Cicerón, recorrió medio mundo. Pero no había encontrado lo que buscaba.

Una figura contrapuesta se nos aparece en Epicuro.

Epicuro está satisfecho y dichoso en la filosofía. «A la filosofía», dice, «debes servir, para que te toque en suerte la verdadera libertad. No necesita aguardar aquel que se sometió y entregó a ella; al punto es emancipado. Pues esto mismo, servir a la filosofía, es libertad.»²¹) «Por tanto», enseña, «ni el joven demore en filosofar, ni el anciano desista de filosofar. Pues ninguno es demasiado inmaduro, ninguno demasiado maduro, para sanar en el alma. Quien dice, empero, que aún no ha llegado la hora de filosofar o que ya ha pasado, es semejante a quien afirma que para la felicidad aún no ha llegado la hora, o que ya no es.»²²) Mientras que Demócrito, insatisfecho en la filosofía, se arroja en brazos del saber empírico, Epicuro desprecia las ciencias positivas; pues en nada contribuyen a la verdadera perfección.²³) Enemigo de la ciencia, despreciador de la gramática, es llamado.²⁴) La ignorancia misma le es reprochada; «pero», dice un epicúreo en Cicerón, «no Epicuro carecía de erudición, sino que [son] indoctos quienes creen que lo que al muchacho trae vergüenza no saber, haya de ser recitado aún por el anciano.»²⁵)

Pero mientras Demócrito busca aprender de sacerdotes egipcios, caldeos persas y gimnosofistas indios, Epicuro se ufana de no haber tenido maestro alguno, de ser autodidacta.²⁶) Algunos, dice según Séneca, luchan por la verdad sin ayuda alguna. Entre éstos, él mismo se ha abierto camino. Y a éstos, los autodidactas, los elogia más. Los otros serían cabezas de segundo rango.²⁷) Mientras que a Demócrito lo empuja a todas las regiones del mundo, Epicuro apenas abandona dos o tres veces su jardín de Atenas y viaja a Jonia, no para hacer investigaciones, sino para visitar amigos.²⁸) Mientras que finalmente Demócrito, desesperando del saber, se ciega a sí mismo, Epicuro, sintiendo cercana la hora de la muerte, entra en un baño caliente, pide vino puro y recomienda a sus amigos ser fieles a la filosofía.²⁹)

C. Las diferencias recién desarrolladas no han de atribuirse a la individualidad casual de ambos filósofos; son dos direcciones contrapuestas que se encarnan. Vemos como diferencia de la energía práctica lo que arriba se expresó como diferencia de la conciencia teórica.

Consideremos, por último, la forma de reflexión que representa la referencia del pensamiento al ser, la relación entre ambos. En la relación universal que el filósofo establece entre el mundo y el pensamiento, él no hace sino objetivarse a sí mismo, cómo su conciencia particular se relaciona con el mundo real.

Ahora bien, Demócrito aplica la necesidad como forma de reflexión de la realidad.³⁰) Aristóteles dice de él que lo reduce todo a la necesidad.³¹) Diógenes Laercio informa que el torbellino de los átomos, del cual todo surge, sería la necesidad democritea.³²) Más suficiente habla sobre esto el Auctor De placitis philosophorum: la necesidad sería, según Demócrito, el destino, y el derecho, y la providencia, y la creadora del mundo. Pero la sustancia de esta necesidad sería la antitipia, y el movimiento, y el choque de la materia.³³) Un pasaje similar se encuentra en las Églogas físicas de Estobeo³⁴) y en el sexto libro de la Praeparatio evangelica de Eusebio³⁵). En las Églogas éticas de Estobeo se ha conservado la siguiente sentencia de Demócrito³⁶), que en el libro 14 de Eusebio se repite casi igual³⁷), a saber: los hombres se fingieron la imagen del azar —una manifestación de su propia perplejidad—; pues con un pensar fuerte el azar combate. Asimismo, Simplicio refiere a Demócrito un pasaje en el que Aristóteles habla de la vieja doctrina que suprime el azar.³⁸)

En cambio Epicuro:

«La necesidad, que algunos han introducido como la soberana de todo, no es, sino que algo es azaroso, y algo depende de nuestro arbitrio. A la necesidad no se la puede persuadir, el azar, en cambio, es inestable. Sería mejor seguir el mito sobre los dioses que ser esclavo de la εἱμαρμένη³ de los físicos. Pues aquél deja esperanza de misericordia por la honra de los dioses, pero ésta, la inexorable necesidad. El azar, en cambio, y no un dios, como cree la multitud, es de admitir.»³⁹)

³ (heimarmene) destino

«Es una desgracia vivir en la necesidad, pero vivir en la necesidad no es una necesidad. Abiertos están por doquier los caminos hacia la libertad, muchos, cortos, fáciles. Demos, pues, gracias a dios de que nadie pueda ser retenido en la vida. Domeñar la necesidad misma está permitido.»⁴⁰)

Algo similar dice el epicúreo Veleio en Cicerón sobre la filosofía estoica: «¿Qué ha de pensarse de una filosofía a la cual, como a viejas y, por cierto, indoctas vejezuelas, todo parece suceder por el fatum? Por Epicuro hemos sido redimidos, puestos en libertad.»⁴¹)

Así niega Epicuro mismo el juicio disyuntivo para no tener que reconocer necesidad alguna.⁴²)

Ciertamente, también de Demócrito se afirma que habría aplicado el azar; pero de los dos pasajes que sobre esto se encuentran en Simplicio⁴³), uno hace sospechoso al otro, pues muestra abiertamente que no es Demócrito quien emplea la categoría del azar, sino que Simplicio se la ha atribuido como consecuencia. Dice, en efecto: Demócrito no da fundamento alguno de la creación del mundo en general; parece, pues, poner por fundamento el azar. Pero aquí no se trata de la determinación de contenido, sino de la forma que Demócrito ha aplicado con conciencia. Similarmente ocurre con el informe de Eusebio: Demócrito habría hecho del azar el soberano de lo universal y divino y afirmado que aquí todo sucede por él; mientras que lo habría mantenido alejado de la vida humana y de la naturaleza empírica, y tachado de insensatos a sus pregoneros.⁴⁴)

En parte vemos aquí una mera deducción de consecuencias del obispo cristiano Dionisio; en parte, donde lo universal y lo divino comienzan, el concepto democriteo de la necesidad cesa de ser distinto del azar.

Tanto es, pues, históricamente seguro: Demócrito aplica la necesidad, Epicuro el azar; y cada cual rechaza la opinión contrapuesta con irritación polémica.

La consecuencia principal de esta diferencia aparece en el modo de explicación de los fenómenos físicos particulares.

La necesidad aparece, en efecto, en la naturaleza finita como necesidad relativa, como determinismo. La necesidad relativa sólo puede ser deducida de la posibilidad real, es decir, es un círculo de condiciones, causas, razones, etcétera, mediante las cuales aquella necesidad se media. La posibilidad real es la explicación de la necesidad relativa. Y la encontramos aplicada por Demócrito. Aducimos algunos testimonios de Simplicio.

Si alguien tiene sed, bebe y sana: Demócrito no dará como la causa el azar, sino la sed. Pues aun cuando en la creación del mundo parecía emplear el azar, afirma sin embargo que éste en lo particular no es la causa de nada, sino que remite a otras causas. Así, por ejemplo, el cavar sería la causa de encontrar un tesoro, o el crecer del olivo.⁴⁵)

El entusiasmo y la seriedad con que Demócrito introduce ese modo de explicación en la consideración de la naturaleza, la importancia que atribuye a la tendencia a fundamentar, se expresa ingenuamente en la confesión: «¡Prefiero hallar una nueva etiología antes que alcanzar la dignidad real persa!»⁴⁶)

Epicuro se contrapone de nuevo directamente a Demócrito. El azar es una realidad que sólo tiene el valor de la posibilidad. Pero la posibilidad abstracta es justamente la antípoda de la real. Esta última está limitada en fronteras precisas, como el entendimiento; la primera es ilimitada, como la fantasía. La posibilidad real busca fundamentar la necesidad y realidad de su objeto; a la abstracta no le importa el objeto que es explicado, sino el sujeto que explica. El objeto debe ser sólo posible, pensable. Lo que es abstractamente posible, lo que puede ser pensado, no estorba al sujeto pensante, no es para él límite alguno, ninguna piedra de tropiezo. Que esta posibilidad sea luego también real, es indiferente, pues el interés no se extiende aquí al objeto en cuanto objeto.

Epicuro procede, por tanto, con una nonchalance sin límites en la explicación de los fenómenos físicos particulares.

Esto se aclarará más de cerca a partir de la carta a Pitocles, que habremos de considerar más tarde. Baste aquí con llamar la atención sobre su relación con las opiniones de físicos anteriores. Donde el Auctor De placitis philosophorum y Estobeo aducen las diversas opiniones de los filósofos sobre la sustancia de las estrellas, la magnitud y figura del sol y cosas semejantes, se dice siempre de Epicuro: no rechaza ninguna de estas opiniones, todas podrían ser correctas, él se atiene a lo posible.⁴⁷) Sí, Epicuro polemiza incluso contra el modo de explicación que determina según el entendimiento y que es, por lo mismo, unilateral, a partir de la posibilidad real.

Así dice Séneca en sus Quaestiones naturales: Epicuro afirma que todas

aquellas causas podrían ser, e intenta además varias otras explicaciones y censura a quienes afirman que alguna determinada de éstas tiene lugar, pues sería arriesgado juzgar apodícticamente sobre aquello que sólo cabe inferir por conjeturas.⁴⁸)

Se ve que no hay interés alguno en investigar las razones reales de los objetos: se trata meramente de una tranquilización del sujeto que explica. Al admitirse todo lo posible como posible, lo cual corresponde al carácter de la posibilidad abstracta, es evidente que el azar del ser sólo se traduce en el azar del pensar. La única regla que Epicuro prescribe, «la explicación no debe contradecir a la percepción sensible»⁴⁹, se entiende de suyo; pues lo abstractamente posible consiste justamente en estar libre de contradicción, que, por tanto, ha de evitarse.⁵⁰) Finalmente, Epicuro confiesa que su modo de explicación sólo apunta a la ataraxia de la autoconciencia, no al conocimiento de la naturaleza en y por sí.⁵¹)

Huelga, pues, toda explicación ulterior de cuán totalmente contrapuesto se comporta también aquí respecto a Demócrito.

Vemos, por tanto, a ambos hombres contraponerse paso a paso. El uno es escéptico, el otro dogmático; el uno tiene el mundo sensible por apariencia subjetiva, el otro por fenómeno objetivo. Aquel que tiene el mundo sensible por apariencia subjetiva se dedica a la ciencia empírica de la naturaleza y a los conocimientos positivos, y representa la inquietud de la observación que experimenta, que aprende en todas partes, que vaga a lo ancho. El otro, que tiene el mundo fenoménico por real, desprecia la empiria; la calma del pensar satisfecho en sí mismo, la autonomía que extrae ex principio interno¹ su saber, están encarnadas en él. Pero aún sube más la contradicción. El escéptico y empirista, que tiene la naturaleza sensible por apariencia subjetiva, la considera desde el punto de vista de la necesidad y busca explicar y aprehender la existencia real de las cosas. El filósofo y dogmático, en cambio, que tiene el fenómeno por real, ve por doquier sólo azar; y su modo de explicación tiende más bien a suprimir toda realidad objetiva de la naturaleza. Parece residir cierta perversidad en estas contraposiciones.

Pero difícilmente podrá sospecharse que estos hombres, contradiciéndose en todo, sigan una y la misma doctrina. Y sin embargo, parecen encadenados el uno al otro.

Aprehender su relación en general es la tarea de la próxima sección.

¹ a partir de un principio interno