Tesis doctoral. Segunda parte – Primer capítulo: La declinación del átomo de la línea recta

La declinación del átomo de la línea recta

Epicuro supone un triple movimiento de los átomos en el vacío.1) El uno es el movimiento de la caída en línea recta; el otro nace de que el átomo se desvía de la línea recta; y el tercero está puesto por la repulsión de los muchos átomos. La suposición del primer movimiento y del último la comparten Demócrito y Epicuro; la declinación del átomo de la línea recta lo distingue de aquél.2)

Mucho se ha bromeado acerca de este movimiento declinante. Cicerón, sobre todo, es inagotable cuando toca este tema. Así dice en uno de sus pasajes: «Epicuro afirma que los átomos serían impulsados hacia abajo por su peso en línea recta; este movimiento sería el natural de los cuerpos. Pero entonces caería en la cuenta de que, si todos fueran impulsados de arriba abajo, nunca un átomo podría dar con otro. Así pues, el hombre se refugió en una mentira. Dijo que el átomo se desvía poquísimo, cosa que es, sin embargo, absolutamente imposible. De ahí surgirían las complexiones, copulaciones y adhescitaciones de los átomos entre sí, y de éstas el mundo y todas las partes del mundo y cuanto hay en él. Aparte de que todo este asunto está imaginado con puerilidad, ni siquiera alcanza lo que quiere.»3) Otra variante encontramos en Cicerón, en el libro I del tratado «Sobre la naturaleza de los dioses»: «Al percatarse Epicuro de que, si los átomos fueran impulsados hacia abajo por su propio peso, nada estaría en nuestro poder, porque su movimiento es determinado y necesario, inventó un medio para escapar a la necesidad que a Demócrito se le había escapado. Dice que el átomo, aunque sea impulsado de arriba abajo por el peso y la gravedad, se desvía un poquitín. Sostener esto es más vergonzoso que no poder defender lo que él quiere.»4)

De modo similar juzga Pierre Bayle: «Antes de él» (es decir, antes de Epicuro) «sólo se admitía en los átomos el movimiento de la gravedad y el de reflexión. […] Epicuro supuso que, incluso en medio del vacío, los átomos se desviaban un poco de la línea recta, y de ahí procedía la libertad, decía él... Notemos de paso que no fue [éste] el único motivo que lo impulsó a inventar este movimiento de declinación, también le sirvió para explicar el encuentro de los átomos; pues bien veía que, suponiendo que [todos] se movían con igual velocidad en líneas rectas que tendían todas de arriba abajo, nunca lograría hacer comprensible que hubieran podido encontrarse, y que, por tanto, la producción del mundo habría sido imposible. Era, pues, necesario […] que se apartaran de la línea recta.»5)

Por el momento dejo sin decidir la contundencia de estas reflexiones.

Cualquiera podrá advertir de paso que el más reciente crítico de Epicuro, Schaubach, ha comprendido mal a Cicerón cuando dice: «Los átomos serían todos impulsados hacia abajo por la gravedad, o sea, por motivos físicos, en líneas paralelas; pero, por repulsión mutua, recibirían otro movimiento», según Cicerón (de nat. deor. I, 25[,69]), un movimiento oblicuo atribuido a causas fortuitas, y además desde toda la eternidad.»6) En el pasaje citado, Cicerón, en primer lugar, no convierte la repulsión en causa de la dirección oblicua, sino más bien la dirección oblicua en causa de la repulsión. En segundo lugar, no habla de causas fortuitas, sino que más bien censura que no se den causa alguna, así como sería en sí mismo contradictorio suponer a la vez el repulsión y, no obstante, causas fortuitas como fundamento de la dirección oblicua. A lo sumo se podría hablar entonces de causas fortuitas del repulsión, pero no de la dirección oblicua.

Por lo demás, hay una singularidad en las reflexiones de Cicerón y de Bayle tan llamativa que no cabe dejar de destacarla en seguida. Le atribuyen a Epicuro motivos de los que uno anula al otro. Unas veces Epicuro habría supuesto la declinación de los átomos para explicar la repulsión, otras para explicar la libertad. Pero si los átomos no se encuentran sin la declinación, entonces la declinación resulta superflua para fundamentar la libertad; pues lo contrario de la libertad comienza, como vemos en Lucrecio7), precisamente con el encuentro determinístico y violento de los átomos. Y si los átomos se encuentran sin la declinación, ésta resulta superflua para fundamentar la repulsión. Digo que esta contradicción surge cuando las razones de la declinación del átomo de la línea recta se conciben de manera tan exterior y desconectada como lo hacen Cicerón y Bayle. En Lucrecio, que de todos los antiguos es el único que ha comprendido verdaderamente la física epicúrea, encontraremos una exposición más profunda.

Pasemos ahora a considerar la declinación misma.

Así como el punto está suprimido en la línea, así todo cuerpo que cae está suprimido en la línea recta que describe. Aquí no importa en absoluto su cualidad específica. Una manzana describe, al caer, una línea vertical tan bien como un trozo de hierro. Todo cuerpo, en cuanto es aprehendido en el movimiento de la caída, no es, por tanto, nada más que un punto en movimiento, y en verdad es un punto no autónomo, que renuncia a su singularidad en un cierto ser-ahí —la línea recta que describe—. Aristóteles observa, por eso, con razón contra los pitagóricos: «Decís que el movimiento de la línea es la superficie, el del punto la línea; así pues, los movimientos de las mónadas también serán líneas.»8) La consecuencia de esto, tanto para las mónadas como para los átomos, sería, por consiguiente, ya que se hallan en continuo movimiento9), que ni la mónada ni el átomo existen, sino que más bien sucumben en la línea recta; pues la solidez del átomo no está todavía presente en modo alguno, en la medida en que éste se concibe sólo como cayendo en línea recta. Ante todo, cuando el vacío se representa como vacío espacial, el átomo es la negación inmediata del espacio abstracto: por tanto, un punto espacial. La solidez, la intensidad que se afirma en sí contra el fuera-de-sí del espacio, sólo puede añadirse mediante un principio que niegue el espacio en toda su esfera, como lo es el tiempo en la naturaleza real. Aun cuando no quisiera concederse esto, el átomo, en la medida en que su movimiento es línea recta, está determinado puramente por el espacio, le está prescrito un ser-ahí relativo y su existencia es puramente material. Pero hemos visto que un momento del concepto del átomo consiste en ser forma pura, negación de toda relatividad, de toda relación con otro ser-ahí. Hemos advertido al mismo tiempo que Epicuro ha objetivado ambos momentos, que sin duda se contradicen, pero que yacen en el concepto del átomo.

Zweiter Teil 283

¿Cómo puede ahora Epicuro realizar la pura determinación formal del átomo, el concepto de la pura singularidad que niega todo ser-ahí determinado por otro?

Puesto que se mueve en el terreno del ser inmediato, todas las determinaciones son inmediatas. Por lo tanto, las determinaciones contrapuestas se oponen como realidades inmediatas.

Mas la existencia relativa que hace frente al átomo, el ser-ahí que ha de negar, es la línea recta. La negación inmediata de este movimiento es otro movimiento, o sea, representada también espacialmente, la declinación de la línea recta.

Los átomos son cuerpos puramente autónomos o, más bien, el cuerpo pensado en absoluta autonomía, como los cuerpos celestes. Por eso se mueven también como éstos, no en líneas rectas, sino en líneas oblicuas. El movimiento de la caída es el movimiento de la falta de autonomía.

Por consiguiente, si Epicuro expone en el movimiento del átomo según la línea recta la materialidad del mismo, en la declinación de la línea recta ha realizado su determinación formal; y estas determinaciones contrapuestas se representan como movimientos inmediatamente contrapuestos.

Lucrecio, por tanto, afirma con razón que la declinación rompe las ataduras del destino10); y, del mismo modo que aplica esto en seguida a la conciencia11), puede decirse del átomo que la declinación es aquello que en su pecho es capaz de oponer resistencia y de luchar.

Pero cuando Cicerón reprocha a Epicuro:

«Ni siquiera alcanzó aquello en vista de lo cual imaginó esto: porque si todos los átomos declinaran, nunca se unirían, o bien algunos se desviarían mientras otros serían impulsados rectilíneamente. Habría, pues, que asignar de antemano a los átomos, por decirlo así, puestos determinados: cuáles habrían de moverse rectilíneamente y cuáles oblicuamente»12),

esta objeción tiene su justificación en que los dos momentos que yacen en el concepto del átomo son representados como movimientos inmediatamente distintos y, por tanto, tendrían que corresponder también a individuos distintos; —una inconsecuencia, pero consecuente, porque la esfera del átomo es la inmediatez.

Epicuro siente muy bien la contradicción que hay en ello. Por eso trata de representar la declinación de la manera menos sensible posible. Ella es

«nec regione loci certa, nec tempore certo»13)1,

sucede en el espacio más pequeño posible14).

Además, Cicerón15) y, según Plutarco, varios antiguos16), censuran que la declinación del átomo ocurra sin causa; y nada más vergonzoso, dice Cicerón, le puede pasar a un físico17). Ahora bien, en primer lugar, una causa física, como la quiere Cicerón, volvería a arrojar la declinación del átomo a la serie del determinismo, del cual debe precisamente liberarla. Pero, además, el átomo no está todavía acabado de ninguna manera antes de ser puesto en la determinación de la declinación. Preguntar por la causa de esta determinación significa, pues, preguntar por la causa que hace del átomo un principio, — una pregunta que carece manifiestamente de sentido para quien tiene el átomo como causa de todo, esto es, que él mismo carece de causa.

En fin, cuando Bayle18), apoyándose en la autoridad de Agustín19) —autoridad que, por lo demás, en contraste con Aristóteles y los demás antiguos es completamente insignificante—, según la cual Demócrito atribuyó a los átomos un principio espiritual, reprocha a Epicuro haber inventado, en lugar de ese principio espiritual, la declinación, habría que decir, por el contrario, que con la «alma» del átomo se habría ganado tan sólo una palabra, mientras que en la declinación está representada el alma real del átomo, el concepto de la singularidad abstracta.

Antes de examinar la consecuencia de la declinación del átomo de la línea recta, hay que destacar un momento sumamente importante y hasta ahora completamente pasado por alto.

La declinación del átomo de la línea recta no es, en efecto, una determinación particular, que aparezca casualmente en la física epicúrea. La ley que ella expresa recorre más bien toda la filosofía epicúrea, si bien, como se entiende de suyo, la determinidad de su manifestación depende de la esfera en la que es aplicada.

En efecto, la singularidad abstracta sólo puede poner en acto su concepto, su determinación formal, el puro ser-para-sí, la independencia frente al ser-ahí inmediato, el estar-superada toda relatividad, en la medida en que abstrae del ser-ahí que le hace frente; porque, para superarlo verdaderamente, tendría que idealizarlo, algo que sólo la universalidad puede hacer.

Así como, por tanto, el átomo se libera de su existencia relativa, de la línea recta, abstrayéndola, desviándose de ella, del mismo modo la filosofía epicúrea entera se desvía por doquier del ser-ahí limitador allí donde el concepto de la singularidad abstracta, la autonomía y la negación de toda relación con otro, debe exponerse en su existencia.

Así, el fin del obrar es el abstraer, el desviarse del dolor y de la turbación, la ataraxia20). Así, el bien es la huida ante lo malo21), así el placer es el desviarse del sufrimiento22). Finalmente, allí donde la singularidad abstracta aparece en su suprema libertad y autonomía, en su totalidad, consiguientemente el ser-ahí del que se desvía es todo ser-ahí; y por eso los dioses se desvían del mundo, no se inquietan por él y habitan fuera de él23).

Se ha bromeado sobre estos dioses de Epicuro, que, semejantes a los hombres, habitan en los intermundos del mundo real, no tienen cuerpo, sino un cuasicuerpo, no tienen sangre, sino cuasisangre24) y, perseverando en beatífica calma, no escuchan ningún ruego, despreocupados de nosotros y del mundo, siendo venerados a causa de su belleza, de su majestad y de su naturaleza más excelente, no por lucro alguno.

Y sin embargo, estos dioses no son una ficción de Epicuro. Han existido. ¡Son los dioses plásticos del arte griego!25) Cicerón, el romano, los persifla con razón26); pero Plutarco, el griego, ha olvidado por completo la intuición griega cuando opina que esta doctrina de los dioses suprime el temor y la superstición, pero no da alegría ni favor de los dioses, sino que nos presta con respecto a ellos la relación que tenemos con los peces hircanios27), de los cuales ni provecho ni daño esperamos28). La calma teórica es un momento capital del carácter divino griego, como también dice Aristóteles: «Lo que es mejor no precisa de acción alguna, pues ello mismo es el fin.»29)

Consideremos ahora la consecuencia que se desprende inmediatamente de la declinación del átomo. En ella está expresado que el átomo niega todo movimiento y toda relación en los que él, como ser-ahí particular, es determinado por otro. Esto está representado de tal modo que el átomo abstrae del ser-ahí que le hace frente y se sustrae al mismo. Pero lo que está contenido en esto, su negación de toda relación con otro, tiene que realizarse, tiene que ser puesto positivamente. Esto sólo puede ocurrir en la medida en que el ser-ahí con el que se relaciona no sea otro que él mismo, o sea, igualmente un átomo, y, puesto que él mismo está determinado de manera inmediata, muchos átomos. Así, la repulsión de los muchos átomos es la realización necesaria de la lex atomi, como Lucrecio llama a la declinación30). Pero, como aquí cada determinación es puesta como un ser-ahí particular, la repulsión se añade a los movimientos anteriores como tercer movimiento. Con razón dice Lucrecio que si los átomos no acostumbraran a declinar, ni se habría producido choque ni encuentro de los mismos, y el mundo jamás habría llegado a crearse31). Pues los átomos son, para sí mismos, su único objeto, sólo pueden referirse a sí mismos, por tanto, expresado espacialmente, encontrarse, al estar negada toda existencia relativa de los mismos en la que se referirían a otro; y esa existencia relativa es, como hemos visto, su movimiento originario, el de la caída en línea recta. Sólo mediante la declinación de la misma se encuentran, pues, unos con otros. No se trata de la mera dispersión material.32)

Y en verdad: la singularidad que es de manera inmediata sólo está realizada conforme a su concepto en cuanto se refiere a otro que es ella misma, aun cuando ese otro le haga frente en la forma de existencia inmediata. Así, el hombre sólo deja de ser un producto natural cuando el otro al que se refiere no es una existencia distinta, sino él mismo un hombre singular, aunque todavía no el espíritu. Mas para que el hombre, en cuanto hombre, se convierta para sí mismo en su único objeto real, tiene que haber quebrado en sí su existencia relativa, el poder del apetito y de la mera naturaleza. La repulsión es la primera forma de la autoconciencia; corresponde, por eso, a la autoconciencia que se aprehende como algo que-es-inmediatamente, como algo singular-abstracto.

En la repulsión, por tanto, está realizado el concepto del átomo, según el cual éste es la forma abstracta, pero no menos el contrario, según el cual es la materia abstracta; pues aquello a lo que se refiere son, ciertamente, átomos, pero otros átomos. Pero si me comporto respecto a mí mismo como respecto a un otro-inmediato, entonces mi comportamiento es material. Es la exterioridad suprema que puede pensarse. En la repulsión de los átomos están, por tanto, unificadas sintéticamente la materialidad de los mismos, que había sido puesta en la caída según la línea recta, y la determinación formal de los mismos, que había sido puesta en la declinación.

Demócrito, en contraposición a Epicuro, convierte en un movimiento violento, en un acto de la ciega necesidad, lo que para éste es realización del concepto del átomo. Ya hemos oído más arriba que, como sustancia de la necesidad, indica el torbellino (δίνη) que surge del repelerse y golpearse recíproco de los átomos. Así pues, capta en la repulsión sólo el lado material, la dispersión, el cambio, no el lado ideal, según el cual en ella está negada toda relación con otro y el movimiento está puesto como autodeterminación. Esto se ve claramente por el hecho de que él piensa de modo enteramente sensible un mismo cuerpo dividido, a través del espacio vacío, en muchos, como el oro partido en trozos.33) Así, apenas concibe el Uno como concepto del átomo.

Con razón polemiza Aristóteles contra él: «Por eso habría que decir a Leucipo y a Demócrito, que afirman que los primeros cuerpos se mueven siempre en el vacío y el infinito, de qué índole es el movimiento y cuál es el movimiento adecuado a su naturaleza. Pues si cada uno de los elementos es movido por otro mediante violencia, entonces es necesario que cada uno tenga también un movimiento natural, además del cual existe el violento; y este primer movimiento no debe ser violento, sino natural. De lo contrario se produce el progreso al infinito.»34)

La declinación epicúrea del átomo ha cambiado, por tanto, toda la construcción interna del reino de los átomos, al hacer valer mediante ella la determinación de la forma y realizar la contradicción que yace en el concepto del átomo. Epicuro ha captado así, por primera vez, aunque en figura sensible, la esencia de la repulsión, mientras que Demócrito sólo ha conocido su existencia material.

Encontramos, por eso, también formas más concretas de la repulsión aplicadas por Epicuro; en lo político es el contrato35), en lo social la amistad36), que es ensalzada como lo supremo.

1) Corregido por Marx: [originalmente decía] «última».
2) …
3) …
4) …
5) «Antes de él» (es decir, antes de Epicuro) «sólo se había admitido en los átomos el movimiento de la gravedad y de la repulsión. […] Epicuro supuso que, incluso en el espacio vacío, los átomos se desviaban un poco de la línea recta; y de ahí vendría la libertad, decía… Notemos de paso que no fue ése el único motivo que lo llevó a inventar este movimiento de declinación, le sirvió también para explicar el encuentro de los átomos, pues vio bien que, con la suposición de que los átomos se movían [todos] con igual velocidad en líneas rectas que todas corrían de arriba abajo, jamás haría comprensible que hubieran podido encontrarse y que, por tanto, la creación del mundo hubiera sido imposible. Era, pues, necesario […] que se desviaran de la línea recta.» (Esta cita ha sido copiada erróneamente por el copista; por eso se reproduce el texto francés según la edición: Rotterdam 1720, tomo II, pág. 1085, pero en ortografía moderna.)
6) Schaubach (pág. 549): choque (ictu)
7) …
8) …
9) …
10) Las ataduras del destino
11) …
12) …
13) Ni determinado por el lugar ni determinado por el tiempo
14) En el manuscrito: causa
15) …
16) …
17) …
18) …
19) …
20) …
21) …
22) …
23) …
24) …
25) …
26) …
27) …
28) …
29) …
30) …
31) …
32) …
33) …
34) …
35) …
36) …

(Nota: por razones de espacio, las notas al pie se recogen abreviadas; en el original están anotadas con mayor extensión.)