Primera parte: Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y Epicuro en general

Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y Epicuro en general

I. Objeto del tratado

A la filosofía griega parece sucederle lo que a una buena tragedia no debe sucederle, a saber, un desenlace mate.¹ Con Aristóteles, el Alejandro macedonio de la filosofía griega, parece cesar la historia objetiva de la filosofía en Grecia, y ni siquiera a los estoicos, varonilmente fuertes, les fue posible² lo que a los espartanos en sus templos sí les fue posible: encadenar a Atenea³ a Heracles, de modo que no pudiera huir.

Epicúreos, estoicos, escépticos son considerados como un apéndice casi inaudito, que no guarda relación alguna con sus gigantescas premisas. La filosofía epicúrea sería un agregado sincrético de física democrítea y moral cirenaica; el estoicismo, una combinación de especulación natural heraclítea, de visión ético-cínica del mundo, acaso también de lógica aristotélica; y, en fin, el escepticismo, el mal necesario que se contrapuso a estos dogmatismos. Se vinculan estas filosofías tan inconscientemente con la alejandrina, al convertirlas en un eclecticismo meramente unilateral y tendencioso. La filosofía alejandrina, finalmente, es considerada como pura exaltación y descomposición: una confusión en la que, a lo sumo, cabría reconocer la universalidad de la intención.

Ahora bien, es ciertamente una verdad muy trivial⁶ que nacer, florecer y perecer es el férreo círculo en el que está encerrado todo lo humano, que todo ha de recorrer. Así, nada llamativo tendría que la filosofía griega,

tras haber alcanzado en Aristóteles la máxima floración, se marchitara luego. Sólo que la muerte de los héroes se asemeja al ocaso del sol, no al reventar de una rana que se ha hinchado.

Y además: nacer, florecer y perecer son representaciones muy generales, muy vagas, en las que ciertamente puede meterse todo, pero con las que nada se puede comprender. La muerte misma está preformada en lo vivo; por tanto, su figura habría de aprehenderse con igual especificidad propia que la figura de la vida.

Por último, si echamos una mirada a la historia, ¿son el epicureísmo, el estoicismo y el escepticismo fenómenos particulares? ¿No son ellos los prototipos del espíritu romano? ¿La figura bajo la cual Grecia peregrina a Roma? ¿No es su esencia tan llena de carácter, tan intensa y eterna, que el mundo moderno mismo hubo de concederles pleno derecho de ciudadanía espiritual?

Sólo destaco esto para traer a la memoria la importancia histórica de estos sistemas; aquí no se trata, sin embargo, de su significación general para la cultura como tal, sino de su conexión con la filosofía griega más antigua.

¿No habría debido, al menos, incitar a la indagación en lo tocante a esa relación, el ver terminar la filosofía griega con dos grupos distintos de sistemas eclécticos, uno de los cuales es el ciclo de la filosofía epicúrea, estoica y escéptica, y el otro está comprendido bajo el nombre de especulación alejandrina? Además, ¿no es un fenómeno singular que, después de las filosofías platónica y aristotélica, que se despliegan hasta la totalidad, aparezcan nuevos sistemas que no se apoyan en esas ricas figuras espirituales, sino que, echando la vista más atrás, se vuelven hacia las escuelas más simples –en lo tocante a la física, hacia los filósofos de la naturaleza; en lo tocante a la ética, hacia la escuela socrática–? ¿En qué se funda, además, que los sistemas que suceden a Aristóteles encuentren, por así decir, ya acabados sus fundamentos en el pasado? ¿Que se ponga en conexión a Demócrito con los cirenaicos, a Heráclito con los cínicos? ¿Es casualidad que en los epicúreos, estoicos y escépticos estén representados por completo todos los momentos de la autoconciencia, sólo que cada momento como una existencia particular? ¿Que esos sistemas, tomados en conjunto¹, formen la construcción completa de la autoconciencia? Finalmente, el carácter con que la filosofía griega comienza míticamente en los siete sabios, que se encarna, cual su centro, en Sócrates como su demiurgo, el carácter, digo, del

sabio –del σοφός¹–, ¿es casualmente afirmado en esos sistemas como la realidad de la verdadera ciencia?

Me parece que, si los sistemas anteriores son más significativos e interesantes por su contenido, los postaristotélicos, y ante todo el ciclo de las escuelas epicúrea, estoica y escéptica, lo son por la forma subjetiva, por el carácter de la filosofía griega. Ahora bien, precisamente la forma subjetiva, el portador espiritual de los sistemas filosóficos, ha sido hasta ahora casi completamente olvidada por encima de sus determinaciones metafísicas.

Reservo para una consideración más detallada el exponer la filosofía epicúrea, estoica y escéptica en su totalidad y en su relación total con la especulación griega anterior y posterior.

Aquí baste desarrollar esta relación, por así decir, con un ejemplo y también sólo por un lado, a saber, el de la referencia a la especulación anterior.

Como tal ejemplo, elijo la relación de la filosofía de la naturaleza epicúrea con la democrítea. No creo que sea el punto de partida más cómodo. Pues, por un lado, es un viejo prejuicio arraigado el identificar la física democrítea y la epicúrea, de suerte que en las modificaciones de Epicuro no se ven más que ocurrencias arbitrarias; por otro lado, me veo forzado, en lo que toca a lo singular, a entrar en micrologías aparentes. Pero precisamente porque aquel prejuicio es tan viejo como la historia de la filosofía, porque las diferencias están tan ocultas que, por así decir, sólo se revelan al microscopio, tanto más importante será si se logra demostrar una diferencia esencial, que cala hasta lo más ínfimo, entre la física democrítea y la epicúrea, a pesar de su conexión. Lo que en lo pequeño se puede demostrar, es aún más fácil de mostrar donde las relaciones se captan en mayores dimensiones, mientras que, a la inversa, las consideraciones muy generales dejan en pie la duda de si el resultado se confirmará en lo singular.

II. Juicios sobre la relación entre la física democrítea y la epicúrea

Cómo se comporta mi opinión en general frente a las anteriores saltará a la vista si se examinan someramente los juicios de los antiguos sobre la relación entre la física democrítea y la epicúrea.

¹ (sophos)

El estoico Posidonio, Nicolás y Soción reprochan a Epicuro haber hecho pasar por propio lo que es la doctrina democrítea de los átomos y la de Aristipo sobre el placer.¹) El académico Cotta pregunta en Cicerón: «¿Qué habría en la física de Epicuro que no perteneciera a Demócrito? Ciertamente modifica algunas cosas, pero lo más lo reproduce de aquél.»²) Así, dice el propio Cicerón: «En la física, en la que Epicuro más se jacta, es un perfecto extraño. Lo más pertenece a Demócrito; allí donde se aparta de él, donde quiere mejorar, echa a perder y empeora.»³) Aunque, sin embargo, por muchas partes se reprocha a Epicuro haber injuriado a Demócrito, Leónteo, según Plutarco, sostiene por el contrario que Epicuro honró a Demócrito porque éste⁴ había confesado antes que él la verdadera doctrina, porque había descubierto antes los principios de la naturaleza.⁷) En el escrito De placitis philosophorum se llama a Epicuro un filósofo que sigue a Demócrito.⁸) Plutarco, en su Colotes, va más lejos. Al comparar sucesivamente a Epicuro con Demócrito, Empédocles, Parménides, Platón, Sócrates, Estilpón, los cirenaicos y los académicos, busca obtener el resultado de que «Epicuro se ha apropiado de lo falso de toda la filosofía griega, y no ha entendido lo verdadero»⁹), tal como también el tratado De eo, quod secundum Epicurum non beate vivi possit está lleno de insinuaciones hostiles de similar índole.

Esta opinión desfavorable de los escritores más antiguos sigue siendo la misma en los Padres de la Iglesia. En la nota aduzco sólo un pasaje de Clemente de Alejandría⁷), un Padre de la Iglesia que, respecto a Epicuro, merece mención preferente porque reinterpreta la advertencia del apóstol Pablo contra la filosofía en general como una advertencia contra la filosofía epicúrea, puesto que ésta ni siquiera habría fantaseado sobre la providencia y cosas semejantes.⁸) Y cuán propensa era la gente en general a cargar a Epicuro con la acusación de plagio lo muestra del modo más llamativo Sexto Empírico, que quiere transformar algunos pasajes de Homero y Epicarmo, completamente inapropiados, en fuentes principales de la filosofía epicúrea.⁹)

Es sabido que los escritores modernos también, en conjunto, hacen de Epicuro, en tanto filósofo de la naturaleza, un mero plagiario de Demócrito. Su juicio en general lo representa aquí una sentencia de Leibniz: «Nous ne savons presque de ce grand homme» (Democrite), «que ce qu’Epicure en a emprunte, qui n’etait pas capable d’en prendre toujours

le meilleur.»¹²) Así pues, cuando Cicerón hace que Epicuro eche a perder la doctrina democrítea, le queda al menos la voluntad de mejorarla y el ojo para ver sus defectos; cuando Plutarco le atribuye inconsecuencia y una predilección predeterminada por lo peor, poniendo así en sospecha también su voluntad, Leibniz le niega incluso la capacidad de hacer un extracto hábil de Demócrito.

Pero todos coinciden en que Epicuro tomó prestada su física de Demócrito.

III. Dificultades en cuanto a la identidad de la filosofía de la naturaleza democrítea y epicúrea

Aparte de los testimonios históricos, muchas cosas hablan a favor de la identidad de la física democrítea y epicúrea. Los principios –átomos y vacío– son indiscutiblemente los mismos. Sólo en determinaciones singulares parece reinar una diversidad arbitraria, y por tanto inesencial.

Con todo, queda así un singular enigma no resuelto. Dos filósofos enseñan exactamente la misma ciencia, exactamente del mismo modo; pero –¡qué inconsecuencia!– se contraponen diametralmente en todo lo que atañe a verdad, certeza, aplicación de esta ciencia, a la relación entre pensamiento y realidad en general. Digo que se contraponen diametralmente, y trataré a continuación de demostrarlo.

A. El juicio de Demócrito sobre la verdad y certeza del saber humano parece difícil de indagar. Hay pasajes contradictorios, o más bien no son los pasajes, sino las opiniones de Demócrito las que se contradicen. Pues la afirmación de Trendelenburg en el comentario a la psicología aristotélica, de que sólo escritores posteriores, pero no Aristóteles, saben de tal contradicción, es fácticamente incorrecta. En la Psicología² de Aristóteles se dice, en efecto: «Demócrito pone alma y entendimiento como una y la misma cosa, pues el fenómeno sería lo verdadero»¹), mientras que en la Metafísica dice: «Demócrito afirma que nada es verdadero, o que nos está oculto.»²) ¿No se contradicen estos pasajes de Aristóteles? Si el fenómeno es lo verdadero, ¿cómo puede estar oculto lo verdadero? El ocultamiento comienza sólo allí donde fenómeno y verdad se separan.³ Diógenes Laercio, sin embargo, cuenta que se ha contado a Demócrito entre los escépticos. Se aduce su máxima:

«En verdad nada sabemos, pues en el abismo del pozo yace la verdad.»³) Algo semejante se encuentra en Sexto Empírico.⁴)

Esta opinión escéptica, incierta e internamente contradictoria de Demócrito no es sino ulterior desarrollo en el modo como se determina la relación del átomo con el mundo que aparece a los sentidos.

Por un lado, la apariencia sensible no corresponde a los átomos mismos. No es apariencia objetiva, sino apariencia subjetiva. «Los principios verdaderos son los átomos y el vacío; todo lo demás es opinión, apariencia.»⁵) «Sólo según opinión hay lo frío, según opinión lo caliente, en verdad, empero, los átomos y el vacío.»⁶) Por tanto, en verdad no se hace uno de los muchos átomos, sino que «mediante la conexión de los átomos parece que cada cosa se hace una.»⁷) Sólo por la razón, pues, pueden ser contemplados los principios, que ya por su pequeñez resultan inaccesibles al ojo sensible; por eso se los llama incluso ideas.⁸) Por otro lado, empero, la apariencia sensible es el único objeto verdadero, y la αἴσθησις¹ es la φρόνησις²; esto verdadero, no obstante, es cambiante, inestable, fenómeno. Pero que el fenómeno sea lo verdadero es contradictorio.⁹) Así, tan pronto se convierte un lado en subjetivo y objetivo, como el otro. De tal modo parece mantenerse separada la contradicción, repartiéndola entre dos mundos. Demócrito hace, pues, de la realidad sensible una apariencia subjetiva; pero la antinomia, desterrada del mundo de los objetos, existe ahora en su propia autoconciencia, en la que el concepto del átomo y la intuición sensible se enfrentan hostilmente.

Demócrito, pues, no escapa a la antinomia. No es éste aún el lugar de explicarla. Baste con que su existencia no puede negarse.

Escuchemos en cambio a Epicuro.

El sabio, dice, se comporta dogmáticamente, no escépticamente.¹⁰) Sí, precisamente su ventaja sobre todos es que sabe con convicción.¹¹) «Todos los sentidos son heraldos de lo verdadero.»¹²) «Nada puede refutar la percepción sensible; ni la de igual género a la de igual género a causa de la igual validez, ni la de género distinto a la de género distinto, pues no juzgan sobre lo mismo, ni tampoco el concepto, pues el concepto depende de las percepciones sensibles»¹³), se dice en el canon. Mientras que Demócrito convierte el mundo sensible en apariencia subjetiva, Epicuro lo convierte en apariencia objetiva. Y lo hace con conciencia de diferenciarse en esto; pues

¹ (aisthesis) percepción sensible – ² (phronesis) razón

afirma compartir los mismos principios, mas no hacer de las cualidades sensibles algo meramente opinado.¹⁴)

Pues bien, si la percepción sensible fue el criterio para Epicuro, y le corresponde la apariencia objetiva, sólo se podrá considerar consecuencia correcta aquello ante lo que Cicerón se encoge de hombros. «El sol le parece grande a Demócrito, por ser un hombre instruido y consumado en geometría; a Epicuro, en cambio, como de dos pies de magnitud, pues juzga que es tan grande como parece.»¹⁵)

B. Esta diferencia en los juicios teóricos de Demócrito y Epicuro sobre la seguridad de la ciencia y la verdad de sus objetos se realiza en la dispar energía y práctica científicas de estos hombres.

Demócrito, para quien el principio no entra en la apariencia, permaneciendo sin realidad ni existencia, tiene en cambio frente a sí, como mundo real y pleno de contenido, el mundo de la percepción sensible. Éste es ciertamente apariencia subjetiva, pero precisamente por ello, desgajado del principio, dejado en su realidad autónoma; a la vez, objeto real único, tiene como tal valor y significación. Demócrito es así impulsado a la observación empírica. Insatisfecho en la filosofía, se arroja en brazos del saber positivo. Ya hemos oído que Cicerón lo llama vir eruditus¹. En física, ética, matemáticas, en las disciplinas encíclicas, en toda arte es versado.¹⁶) Ya el catálogo de sus libros en Diógenes Laercio atestigua su erudición.¹⁷) Pero como es propio de la erudición ir a lo ancho, acumular y buscar desde fuera, así vemos a Demócrito recorrer medio mundo para trocar experiencias, conocimientos, observaciones. «Yo», se ufana de sí mismo, «he recorrido la mayor parte de la tierra entre mis contemporáneos, indagando lo más apartado; he visto la mayoría de los climas y tierras, y he oído a la mayoría de los hombres doctos; y en la composición de líneas con demostración nadie me ha superado, ni siquiera los egipcios llamados arsepedonaptas.»¹⁸)

Demetrio en los ὁμώνυμοι² y Antístenes en las διαδοχαί³ cuentan que viajó a Egipto, a los sacerdotes, para aprender geometría, y a los caldeos en Persia, y que llegó al mar Rojo. Algunos afirman que se encontró también con los gimnosofistas en India y entró en Etiopía.¹⁹) De un lado

¹ hombre erudito – ² (homonymois) (escrito sobre) poetas y eruditos homónimos – ³ (diadochais) (escrito sobre la) sucesión (de las escuelas filosóficas y sus directores)

es el afán de saber que no le deja reposo; pero es a la vez la insatisfacción en el saber verdadero, esto es, el filosófico, lo que lo impulsa a la vastedad. El saber que tiene por verdadero carece de contenido; el saber que le da contenido carece de verdad. Puede ser una fábula, pero una fábula verdadera porque retrata lo contradictorio de su ser, la anécdota de los antiguos. Demócrito se habría cegado a sí mismo para que la luz sensible de los ojos no oscureciera la agudeza del espíritu.²⁰) Es el mismo hombre que, como dice Cicerón, ha recorrido medio mundo¹. Pero no había encontrado lo que buscaba.

Una figura opuesta nos aparece en Epicuro.

Epicuro está satisfecho y bienaventurado en la filosofía. «A la filosofía», dice, «has de servir para que te toque en suerte la verdadera libertad. No necesita aguardar quien a ella se sometió y entregó; al punto es emancipado. Pues esto mismo, servir a la filosofía, es libertad.»²¹) «Por tanto, ni el joven», enseña, «dude en filosofar, ni el anciano desista de hacerlo. Pues nadie es demasiado inmaduro ni demasiado maduro para sanar del alma. Quien dice que aún no es tiempo de filosofar o que ya ha pasado, se parece a quien afirma que la hora de la felicidad aún no ha llegado o ya no está.»²²) Mientras Demócrito, insatisfecho de la filosofía, se arroja en brazos del saber empírico, Epicuro desprecia las ciencias positivas; pues en nada contribuyen a la verdadera perfección.²³) Es llamado enemigo de la ciencia, despreciador de la gramática.²⁴) Hasta de ignorancia se le acusa; «pero», dice un epicúreo en Cicerón, «no fue Epicuro ayuno de erudición, sino que son indoctos aquellos que creen que lo que a un muchacho le causa vergüenza no saber, lo ha de recitar aún el anciano.»²⁵)

Pero mientras Demócrito busca aprender de los sacerdotes egipcios, de los caldeos persas y de los gimnosofistas indios, Epicuro se ufana de no haber tenido maestro alguno, de ser autodidacto.²⁶) Algunos, dice según Séneca, luchan por la verdad sin ayuda de nadie. Entre éstos, él mismo se ha abierto camino. Y a ellos, los autodidactos, los alaba más. Los demás serían cabezas de segundo rango.²⁷) Mientras a Demócrito lo impulsa a todas las regiones del mundo, Epicuro apenas abandona dos o tres veces su jardín de Atenas y viaja a Jonia, no para hacer investigaciones, sino para visitar amigos.²⁸) Mientras, finalmente², Demócrito, desesperando del saber,

se ciega a sí mismo, Epicuro, cuando siente acercarse la hora de la muerte, se mete en un baño caliente, pide vino puro y recomienda a sus amigos ser fieles a la filosofía.²⁹)

C. Las diferencias apenas desarrolladas no pueden atribuirse a la individualidad casual de ambos filósofos; son dos direcciones contrapuestas que se encarnan. Vemos como diferencia en la energía práctica lo que arriba se expresó como diferencia de la conciencia teórica.

Consideremos, por último, la forma de reflexión que representa la referencia del pensamiento al ser, la relación entre ambos. En la relación general que el filósofo establece entre el mundo y el pensamiento, él no hace sino objetivarse, según cómo su conciencia particular se relaciona con el mundo real.

Demócrito, ahora, aplica la necesidad como forma de reflexión de la realidad.°°) Aristóteles dice de él que reduce todo a la necesidad.?*) Diógenes Laercio refiere que el torbellino de los átomos, del que todo surge, es la necesidad democrítica.?"*) Más detalladamente habla de esto el Auctor De placitis philosophorum: La necesidad, según Demócrito, es el destino y el derecho y la providencia y la creadora del mundo. Pero la sustancia de esta necesidad es la antitipia y el movimiento y el choque de la materia.°*) Un pasaje semejante se encuentra en las Églogas físicas de Estobeo"‘) y en el libro 6 de la Praeparatio evangelica de Eusebio*°). En las Églogas éticas de Estobeo se ha conservado la siguiente sentencia de Demócrito“*), que se repite casi igual en el libro 14 de Eusebio?”), a saber: Los hombres se forjaron la imagen ilusoria del azar, — una manifestación de su propia perplejidad; pues el azar combate con un pensar fuerte. Igualmente, Simplicio refiere a Demócrito un pasaje en el que Aristóteles habla de la antigua doctrina que suprime el azar.”*)

En cambio, Epicuro:

„La necesidad, que ha sido introducida* por algunos como la soberana de todo, no es, sino que algo es casual, otra cosa depende de nuestro arbitrio. La necesidad no se deja persuadir, el azar, en cambio, es inestable. Mejor sería seguir el mito sobre los dioses que ser esclavo de la heimarmene* de los físicos. Pues aquél deja esperanza de misericordia en gracia al honor de los dioses, ésta, en cambio, la necesidad inexorable. Pero el azar, no dios, como cree la multitud, es lo que hay que admitir.“ *°)

* (heimarmene)

„Es una desgracia vivir en la necesidad, pero vivir en la necesidad no es una necesidad. Por doquier están abiertos los caminos hacia la libertad, muchos, cortos, fáciles. Demos, pues, gracias a Dios de que nadie pueda ser retenido en la vida. Domar a la necesidad misma está permitido.“ ?°)

Cosas semejantes dice el epicúreo Veleyo en Cicerón sobre la filosofía estoica: „¿Qué se ha de pensar de una filosofía a la que, como a viejas y además ignorantes mujerucas, todo le parece acontecer por el fatum? ...Por Epicuro hemos sido redimidos, puestos en libertad.“ **)

Así, el mismo Epicuro niega el juicio disyuntivo para no tener que reconocer necesidad alguna.??)

Se afirma, ciertamente, también de Demócrito que empleó el azar; pero de los dos pasajes que sobre esto se encuentran en Simplicio), el uno hace sospechoso al otro, pues muestra claramente que no es Demócrito quien usa la categoría del azar, sino que Simplicio se la atribuye como consecuencia. Dice, en efecto: Demócrito no da en general fundamento alguno de la creación del mundo; parece, pues, poner por fundamento el azar. Pero aquí no se trata de la determinación del contenido, sino de la forma que Demócrito ha aplicado con conciencia. Semejante es el caso del informe de Eusebio: Demócrito habría hecho del azar el soberano de lo universal y divino y afirmado que aquí todo acontece por él, mientras que lo mantuvo alejado de la vida humana y de la naturaleza empírica, y tachó de insensatos a sus pregoneros.*4)

En parte vemos aquí una mera deducción de consecuencias del obispo cristiano Dionisio, en parte, allí donde comienza lo universal y divino, el concepto democrítico de la necesidad deja de ser distinto del azar.

Es, pues, históricamente seguro: Demócrito aplica la necesidad, Epicuro el azar; y cada uno rechaza la opinión contraria con irritación polémica.

La consecuencia principal de esta diferencia aparece en el modo de explicar los fenómenos físicos singulares.

La necesidad aparece, en efecto, en la naturaleza finita como necesidad relativa, como determinismo. La necesidad relativa solo puede ser deducida de la posibilidad real, es decir, hay un círculo de condiciones, causas, fundamentos, etc., por los cuales aquella necesidad se media. ¡La posibilidad real es! la explicación de la necesidad relativa.

Y la encontramos aplicada por Demócrito. Aducimos algunos testimonios de Simplicio.

Si alguien tiene sed, bebe y se sana: Demócrito no dará el azar como la causa!, sino la sed. Pues aunque en la creación del mundo parecía emplear el azar, afirma, sin embargo, que éste no es causa! de nada en lo singular, sino que lo remite a otras causas. Así, por ejemplo, el cavar sería la causa! del encontrar un tesoro o del crecer del olivo.*°)

El entusiasmo y la seriedad con que Demócrito introduce ese modo de explicación en la consideración de la naturaleza, la importancia que atribuye a la tendencia a fundamentar, se expresa con candor? en la confesión: „¡Prefiero encontrar una nueva etiología que obtener la dignidad real persa!“ ?°)

Epicuro, a su vez, se contrapone directamente a Demócrito. El azar es una realidad que solo tiene el valor de la posibilidad. Pero la posibilidad abstracta es precisamente la antípoda de la real. Esta última está limitada por límites precisos, como el entendimiento; la primera es ilimitada, como la fantasía. La posibilidad real busca fundamentar la necesidad y realidad de su objeto; a la abstracta no le importa el objeto que es explicado, sino el sujeto que explica. El objeto debe ser solo posible, concebible. Lo que es abstractamente posible, lo que puede ser pensado, no se interpone en el camino del sujeto pensante, no es para él límite alguno, ninguna piedra de tropiezo. Si esta posibilidad es también real, es indiferente, pues el interés no se extiende aquí al objeto en cuanto objeto.

Epicuro procede, por tanto, con una despreocupación sin límites en la explicación de los fenómenos físicos singulares.

Esto se esclarecerá más detenidamente a partir de la carta a Pitocles, que habremos de considerar más tarde. Bástenos aquí llamar la atención sobre su actitud respecto a las opiniones de los físicos anteriores. Allí donde el Auctor De placitis philosophorum y Estobeo aducen las diferentes opiniones de los filósofos sobre la sustancia de las estrellas, el tamaño y la figura del sol y cosas semejantes, se dice siempre de Epicuro: no rechaza ninguna de estas opiniones, todas podrían ser correctas, él se atiene a lo posible.”?) Más aún: Epicuro polemiza incluso contra el modo de explicación intelectivamente determinante y por eso unilateral, basado en la posibilidad real.

Así dice Séneca en sus Quaestiones naturales: Epicuro afirma que todas aquellas causas

pueden ser, e intenta además otras varias explicaciones y censura a quienes afirman que alguna determinada de ellas tiene lugar, ya que es arriesgado juzgar apodícticamente sobre lo que solo puede inferirse por conjeturas.”)

Se ve que no hay interés alguno en investigar los fundamentos reales de los objetos: Se trata meramente de una tranquilización del sujeto que explica. Al admitir todo lo posible como posible, lo que corresponde al carácter de la posibilidad abstracta, se traduce manifiestamente el azar del ser solo al azar del pensar. La única regla que Epicuro prescribe, „la explicación no debe contradecir a la percepción sensible“ #, se entiende de suyo; pues lo abstractamente posible consiste precisamente en estar libre de contradicción, la cual, por tanto, ha de evitarse.??) Por último, Epicuro confiesa que su modo de explicación solo persigue la ataraxia de la autoconciencia, no el conocimiento de la naturaleza en sí y para sí.*°)

Qué actitud tan enteramente opuesta adopta también aquí respecto a Demócrito, es cosa que apenas necesita ya de mayor exposición.

Vemos, pues, a ambos hombres contraponerse paso a paso. El uno es escéptico, el otro dogmático; el uno tiene el mundo sensible por apariencia subjetiva, el otro por fenómeno objetivo. Aquel que tiene el mundo sensible por apariencia subjetiva se entrega a la ciencia empírica de la naturaleza y a los conocimientos positivos y representa la inquietud de la observación que experimenta, que aprende en todas partes, que vaga por lo extenso. El otro, que tiene el mundo fenoménico por real, desprecia la empiria; la quietud del pensar satisfecho en sí mismo, la autonomía que extrae su saber de un principio interno, están encarnadas en él. Pero la contradicción asciende aún más. El escéptico y empirista, que tiene la naturaleza sensible por apariencia subjetiva, la considera desde el punto de vista de la necesidad y busca explicar y aprehender la existencia real de las cosas. El filósofo y dogmático, en cambio, que tiene el fenómeno por real, solo ve azar por doquier; y su modo de explicación tiende más bien a suprimir toda realidad objetiva de la naturaleza. Parece haber una cierta inversión en estas contraposiciones.

Pero difícilmente se podría sospechar que estos hombres, contradiciéndose en todo, se adhieran a una y la misma doctrina. Y, sin embargo, parecen encadenados el uno al otro.

Aprehender su relación en general es la tarea del próximo apartado.?

SEGUNDA PARTE

Sobre la diferencia entre la física democrítica y la epicúrea en particular

CAPÍTULO PRIMERO

La declinación del átomo respecto a la línea recta

Epicuro admite un triple movimiento de los átomos en el vacío.!) Uno es el movimiento de caída en línea recta; otro se origina por el hecho de que el átomo se desvía de la línea recta; y el tercero es puesto por la repulsión de los muchos átomos. La admisión del primer y del último movimiento la tiene Demócrito en común con Epicuro; la declinación del átomo respecto a la línea recta lo distingue de aquél.?)

Sobre este movimiento declinante! se ha bromeado mucho. Cicerón, sobre todo, es inagotable cuando roza este tema. Así dice, entre otras cosas, en él: „Epicuro afirma que los átomos son impulsados hacia abajo por su peso en línea recta; este movimiento sería el natural de los cuerpos. Pero entonces se observó que, si todos fuesen impulsados de arriba hacia abajo, jamás un átomo podría encontrarse con otro. El hombre recurrió, por tanto, a una mentira. Dijo que el átomo se desvía un poquitín, lo cual es empero absolutamente imposible. De ahí resultarían complexiones, copulaciones y adhesitaciones de los átomos entre sí, y de éstas el mundo y todas las partes del mundo y lo que hay en él. Aparte de que todo este asunto está imaginado de modo pueril, ni siquiera alcanza lo que pretende.“°?) Otro giro encontramos en Cicerón, en el libro I del escrito „Sobre la naturaleza de los dioses“: „Como Epicuro vio que, si los átomos fuesen impulsados hacia abajo por su propio peso, nada estaría en nuestro poder, porque su movimiento es determinado y necesario, inventó un medio para escapar a la necesidad, lo que a Demócrito se le había escapado. Dice que el átomo, aunque impulsado por el peso y la gravedad de arriba hacia abajo, se desvía un poquitín. Afirmar esto es más vergonzoso que no poder defender lo que quiere.“ ?)