en Le Perreux

[Londres] 19 de abril de 92

Mi querida Laura,

¡Por fin — uf, respiro! Cuando Sonnenschein vio que la traducción de Edward del «Socialisme utopique etc.» resultaba terriblemente delgada a pesar de toda la interlínea posible en la composición para un libro al precio de 2 chelines 6 peniques (lo que yo le había dicho desde el principio), insistió en que yo escribiera una larga introducción. Y como había prometido escribir una introducción y tenía varias cosas en el corazón que quería decirle al filisteo británico, me puse manos a la obra, y por fin está terminada. En todo caso, la introducción es aproximadamente la mitad de larga que todo el libro y hubo de ser un trabajo cuidadoso, pues el filisteo británico detesta que los extranjeros se metan con él, pero no pude evitarlo.

¿Has sabido algo, por cierto, de Rave y de su traducción? El libro debería haber aparecido ya.

Ahora paso a tu última carta. Soy de la opinión de que estas dos cosas deberían mantenerse separadas: 1. nuestras relaciones con los blanquistas de la vieja escuela y 2. nuestras relaciones con los blanquistas-boulangistas.

En primer lugar, no puedo dejar de suponer que nuestras diferencias con Vaillant comenzaron en abril del año pasado y que nuestra gente no es del todo inocente en ello. Entonces tirábamos del mismo carro Vaillant y nosotros, los allemanistas eran el tercer partido y deseaban pleno reconocimiento por nuestra parte. Luego, nuestra gente, sin consultar a los blanquistas, lanzó el plan de las procesiones a las alcaldías y al Palais Bourbon con delegaciones que debían entrevistar a los diputados. Naturalmente, los blanquistas se opusieron, pues no querían encontrarse con sus traidores. Nuestra gente insistió, sin embargo, y con ello empujó, por lo que alcanzo a ver, a los blanquistas a la alianza con los allemanistas. Me parece que en este caso nuestra gente hizo algo demasiado de lo bueno, lo que además no les reportó nada, ya que todo el plan se fue al agua.

De lo que ha ocurrido desde entonces sé muy poco, pero una vez dado este primer motivo de desconfianza entre los blanquistas y nuestra gente, a la masa indiscriminada entre los blanquistas, con ayuda de los allemanistas, les resultaría sin duda fácil ahondar la brecha y consolidar la alianza entre blanquistas y allemanistas, lo que a su vez nos colocaría en París en una minoría desesperada. Esto no sería una gran desgracia, siempre y cuando ganemos en las provincias, y para este objetivo Paul y Guesde han realizado un brillante trabajo, y según espero, podemos aguardar grandes éxitos el 1 de mayo y dejar a los blanquistas y allemanistas cocerse en su propia salsa.

Pero ahora viene esta alianza con los ex boulangistas de la Cámara. Como ya dije antes, cuando las masas han sido tan manifiestamente engañadas como ocurrió en relación con Boulanger, el descubrimiento del error las hace tanto más receptivas para escuchar a la razón y venir a nosotros. A esta herencia del boulangismo tendríamos derecho. Pero me parece que es cosa completamente distinta aceptar al mismo tiempo a los jefes de este movimiento, no como personas privadas, sino tal como quieren ser valorados y con el rango que tenían en la banda boulangista. No puedo sino castigar con especial desprecio a estos hombres que se dejaron atraer a esa trampa, sin importar con qué pretexto. Nada ha perjudicado más la reputación de los franceses en el extranjero que este insensato entusiasmo por un nuevo salvador de la sociedad, ¡y encima uno así! Y si hubieran sido solo los burgueses... ¡pero también la gran masa de la clase obrera cayó de rodillas ante ese charlatán! ¿Cómo puede alguien con sano juicio confiar en hombres que ataron su suerte a la de ese jouisseur, que intrigaba a la vez con republicanos extremos, clericales y monárquicos y que debió de ser exactamente un «mentiroso constitucional» como, según la declaración de S. Sonnenschein a Bax, lo era el propio Sonnenschein? Estos hombres han de carecer o de carácter o de inteligencia o de ambas cosas, y ciertamente no vale la pena tenerlos de nuestro lado. ¿En qué pueden sernos útiles?

1. No podemos fiarnos de ellos ni un solo día.
2. Si vamos con ellos en la Cámara, nos superan en número y pueden hacer pasar por encima de nuestras cabezas las resoluciones más disparatadas, a las que quedamos atados, o bien nos separamos de nuevo de ellos, lo que nos coloca en una situación peor que antes. Si ya he de someterme a una mayoría, preferiría con mucho una mayoría dirigida por Vaillant a una dirigida por Granger y Compañía.
3. Puesto que todos estos hombres llegaron al parlamento bajo falsos pretextos, es casi seguro que serán expulsados en las próximas elecciones. ¿Merece entonces la pena que nos identifiquemos con ellos?

Y si Argyriades se enfurece contra los alemanes, ¿qué decir entonces de Rochefort y su periódico, que recibe manifiestamente dinero ruso (al menos algunos de los redactores) y artículos rusos?

La ruptura con los blanquistas de la vieja escuela puede haber sido inevitable y puede aceptarse; pero me es imposible ver la más mínima ventaja real que pueda derivarse para nosotros de una alianza con los antiguos radicales boulangistas en la Cámara. ¿No hemos sacrificado, solo para despertar la apariencia de un grupo de 25 hombres en el parlamento, muy serias posibilidades de futuro?

Sin embargo, el hecho está consumado y no puede cambiarse. Solo espero que nuestros amigos no depositen demasiada confianza en sus nuevos aliados. Y creo que nuestro partido en Francia es ahora lo bastante fuerte para superar las consecuencias de uno o dos errores sin grave daño.

Que nuestros nuevos aliados no nos aportan ningún fortalecimiento real en París lo demuestra ya el hecho de que tanto Paul como Guesde se van al Norte el 1 de mayo, lo que significa que dejamos por completo el 1 de mayo en París a los blanquistas y possibilistas. Como ya he dicho, esto no perjudicaría especialmente si pudiéramos batirles en las provincias; pero si nuestros nuevos aliados no son fuertes en París, ¿dónde demonios son fuertes?

Tu artículo sobre la injerencia religiosa en las fábricas parece haber sido demasiado para la práctica de la ley de prensa austríaca. Tu último artículo sobre el trabajo nocturno ha aparecido. Louise te ruega que no la hagas responsable de uno o dos errores que han introducido en Viena.

Esperábamos a Bebel aquí por Pascua, pero enfermó (catarro estomacal e intestinal) y el médico lo retuvo. Espera poder venir a mediados de mayo. Es el tercer ataque en el curso de un año, y ha sido seriamente advertido por el médico —un especialista—. Éste desea que vaya a Karlsbad, lo que según mi opinión lo restablecería.

John Bull mostró ayer de nuevo toda su brutalidad en la estación de Hampstead Heath: hacia las 5, cuando amenazaba lluvia, una multitud bajó las escaleras en estampida, aplastando a ocho personas hasta la muerte, sobre todo mujeres y niños, e hiriendo a más de una docena. ¿Puedes imaginarte que algo así ocurriera entre los franceses?

Siempre tuyo,
F. Engels

Saludos de Louise.

¿Qué tal si uno o dos delegados vinieran aquí para el 1 de mayo? Los possibilistas tendrán aquí dos hombres (véase el «Chronicle», que te enviamos con la carta de Adolphe Smith a Shipton). Edward te escribió al respecto; si no podéis enviar a nadie, intentad que el Conseil National del partido delegue a Bonnier y envíe una carta. No permitáis que los possibilistas se lleven la palma como representantes de Francia. ¡Pero hacedlo oficialmente!