4. ¿En ... de 1870? se presentó el señor George Jacob Holyoake como candidato a miembro del Consejo, pero no fue admitido.

Quedo de usted, señor, su seguro servidor
John Hales
Secretario del Consejo General de la
Asociación Internacional de los Trabajadores

256, High Holborn, London, W.C.
21 de junio de 1871

Escrito el 20 de junio de 1871.
Del inglés.

¹ En el “Daily News” y el “Eastern Post”: En el transcurso del año pasado

Friedrich Engels

[Carta del Consejo General a las redacciones del
„Spectator“ y del „Examiner“]

Al redactor del „Spectator“ (resp. „Examiner“)

Señor:

el Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores le quedaría muy agradecido si publicara usted el hecho de que todos los supuestos manifiestos y demás publicaciones de la „Internacional“ en París, de los que ahora bullen los periódicos ingleses (y que todos, sin excepción, fueron publicados primero por el notorio „Paris-Journal“), son puras fabricaciones de la policía versallesca.

De usted, etc.

Escrito hacia el 21 de junio de 1871.
Del inglés.

Karl Marx
Al redactor del „Daily News“

[„The Eastern Post“
núm. 144 del 1 de julio de 1871]

Señor:

un Consejo compuesto por más de 30 miembros no puede, naturalmente, redactar él mismo sus propios documentos. Tiene que encomendar esta tarea a uno u otro de sus miembros, reservándose el derecho de rechazar el borrador o de completarlo. El Mensaje “La guerra civil en Francia”, redactado por mí, fue aprobado por unanimidad por el Consejo General de la Internacional y es, por tanto, la expresión oficial de sus puntos de vista. En lo que respecta, sin embargo, a las acusaciones personales formuladas contra Jules Favre y Cía., el caso es distinto. Sobre este punto, la gran mayoría del Consejo tuvo que fiarse de mi credibilidad. Precisamente por esta razón apoyé la moción de otro miembro del Consejo¹ para que el señor John Hales, en su respuesta al señor Holyoake, me nombrara como autor del Mensaje.² Me considero personalmente responsable de estas acusaciones y por la presente emplazo a Jules Favre y Cía. a entablar contra mí una demanda por calumnia.

En su carta, el señor Llewellyn Davies dice:

“Es triste leer las acusaciones de bajeza personal con que los franceses se arrojan mutuamente sin el menor reparo.”

¿No tiene esta frase un dejo del fariseísmo con el que William Cobbett se burlaba tan a menudo de la mentalidad británica? Preguntemos al señor Llewellyn Davies qué es peor: la petite presse³ francesa, que al servicio de la policía fabrica las más infames calumnias contra los communards —ya estén muertos, presos u ocultos—, ¿o la prensa inglesa que, pese a su pretendido desprecio por la petite presse, reproduce estas calumnias hasta el día de hoy? No considero un signo de inferioridad de los franceses el que acusaciones tan graves como las que, por ejemplo, un hombre como el señor David Urquhart lanzó durante un cuarto de siglo contra el difunto Lord Palmerston, pudieran ser silenciadas en Inglaterra, pero no en Francia.

Karl Marx

1, Modena Villas, Maitland Park, Haverstock Hill
26 de junio de 1871

Del inglés.

¹ Friedrich Engels — ² véase el presente volumen, pp. 372/373 — ³ prensa de bulevar

Friedrich Engels

[Declaración del Consejo General sobre las cartas
de Holyoake y Lucraft]

[„The Daily News“ núm. 7852
del 29 de junio de 1871]

Al redactor del „Daily News“

Señor:

el Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores me ha encargado tomar posición respecto a las cartas de los señores G. J. Holyoake y B. Lucraft en su última edición del lunes. Al revisar los protocolos del Consejo, encuentro que se permitió al señor Holyoake asistir a una sesión del Consejo el 16 de noviembre de 1869, y durante la sesión expresó el deseo de hacerse miembro del Consejo, así como de participar en el próximo Congreso general de la Internacional, en septiembre de 1870 en París. Cuando se hubo retirado, el señor John Weston lo propuso como candidato a miembro; pero la propuesta fue acogida de tal modo que el señor Weston no insistió en ella, sino que la retiró. A la afirmación del señor Lucraft de que no estaba presente cuando se votó el Mensaje, quisiera decir que el señor Lucraft sí estuvo presente en una sesión del Consejo el 23 de mayo de 1871, cuando se anunció oficialmente que el borrador del Mensaje “La guerra civil en Francia” sería leído y discutido en la siguiente sesión ordinaria del Consejo, el 30 de mayo. Quedó, por tanto, enteramente a criterio del señor Lucraft decidir si quería o no estar presente en dicha ocasión. Además, no solo sabía que era norma en el Consejo poner los nombres de todos sus miembros, estuvieran presentes o no, bajo los documentos oficiales, sino que era también uno de los más celosos defensores de esta regla y se opuso en varias ocasiones —como el 23 de mayo— a los intentos de abolirla; entonces comunicó al Consejo, por iniciativa propia, que “toda su simpatía pertenecía a la Comuna de París”. En una sesión del Consejo el martes por la tarde, 20 de junio, el señor Lucraft se vio obligado a admitir que ni siquiera entonces había leído aún el Mensaje, sino que todas sus impresiones sobre él provenían de informaciones de prensa. En cuanto al desmentido del señor Odger, todo lo que puedo decir es que se le visitó personalmente, se le informó de la intención del Consejo de publicar un Mensaje y se le preguntó si tenía algo en contra de que su nombre figurara en relación con él; a lo cual respondió: “No”. Que el público saque sus propias conclusiones. Quisiera añadir que la retirada de los señores Lucraft y Odger del Consejo fue aceptada por unanimidad.

Quedo de usted, señor, su seguro servidor

John Hales

Secretario del Consejo General de la
Asociación Internacional de los Trabajadores

256, High Holborn, London, W.C.

Escrito el 27 de junio de 1871.
Del inglés.

Karl Marx

[Carta al redactor de la “Neue Freie Presse”,
Max Friedländer]

Estimado amigo:

Tenga usted la bondad de insertar en su periódico la siguiente declaración y de hacerme llegar amablemente el número correspondiente.

Suyo afmo. y amigo
Karl Marx

A la redacción de la “Neue Freie Presse”

Bajo el título: “Una soirée socialista”, firmado W., trae la “Presse” vienesa un folletón en el que tengo el honor de figurar. W. me encontró, según dice, en una soirée en casa de Herzen. Recuerda incluso las alocuciones que allí pronuncié.

Adversario decidido de Herzen, me negué siempre a reunirme con él, de modo que no he visto a ese hombre en toda mi vida.

Dudo de que el fantasioso W. haya estado alguna vez en Londres. Allí no hay, casualmente, salvo en los palacios, “escaleras de mármol”, ¡que W. encontró incluso en la “casita de campo” de Herzen!

Por la presente, exhorto al fantasioso W., a quien los laureles del “Paris-Journal” y de otros periódicos policíacos parisinos quitan el sueño, a que dé su nombre.

Londres, 30 de junio de 1871
Karl Marx

Karl Marx
[Carta al redactor de la “Pall Mall Gazette”,
Frederic Greenwood]

[„The Eastern Post“
núm. 145 del 8 de julio de 1871]

Señor:

he declarado en el “Daily News”, y usted lo ha reproducido en la “Pall Mall”, que “me considero personalmente responsable de las acusaciones formuladas contra Jules Favre y Cía.”

En su edición de ayer, usted afirma que estas acusaciones son “calumnias”. Yo afirmo que usted es un calumniador. No es culpa mía que usted sea tan ignorante como arrogante. Si viviéramos en el continente, le pediría cuentas de otro modo.

De usted atentamente,

Karl Marx
Haverstock Hill, N.W.
30 de junio de 1871

Del inglés.

Friedrich Engels

[El Mensaje “La guerra civil en Francia”
y la prensa inglesa]

[„Der Volksstaat“ núm. 54
del 5 de julio de 1871]

Londres, 30 de junio. Desde que Londres existe, ningún impreso ha causado tanta sensación como el Mensaje del Consejo General de la Internacional. La gran prensa intentó al principio su recurso predilecto: silenciarlo; pero bastaron unos pocos días para demostrarle que aquí no le surtía efecto. “Telegraph”, “Standard”, “Spectator”, “Pall Mall Gazette”, “Times” tuvieron que resignarse, uno tras otro, a editorializar sobre el “notable documento”. Luego llegaron cartas de terceros en los periódicos, llamando la atención sobre esto o aquello en particular. Después, de nuevo editoriales, y al final de la semana los semanarios volvieron otra vez sobre ello. Toda la prensa ha tenido que confesar unánimemente que la Internacional es una gran potencia europea, con la que hay que contar, a la que no se puede eliminar simplemente no hablando de ella. La maestría estilística con que está redactado el Mensaje —un lenguaje tan vigoroso como el de William Cobbett, dice el “Spectator”— tuvieron que reconocerla todos. Era de esperar que esta prensa burguesa se abalanzara casi al unísono sobre una reivindicación tan enérgica del punto de vista proletario, una justificación tan decisiva de la Comuna de París. Era igualmente de esperar que las stieberiadas fabricadas por los periódicos policíacos parisinos y los documentos que Jules Favre endilgó a la Internacional, pero que pertenecen a una sociedad completamente distinta (la Alianza de la Democracia Socialista de Bakunin), le fueran atribuidos, pese a la contradicción pública del Consejo General. Sin embargo, al final hasta al filisteo le resultó demasiado ruido. El “Daily News” empezó a calmar los ánimos y el “Examiner”, el único periódico que se condujo realmente de forma decente, salió en un artículo detallado decididamente en favor de la Internacional. Dos miembros ingleses del Consejo General, uno de los cuales (Odger) ya desde hacía tiempo mantenía relaciones demasiado cordiales con la burguesía, y el otro (Lucraft) parecía haberse vuelto considerablemente más respetuoso con la opinión de la gente “respetable” tras su elección a la Junta Escolar de Londres, se dejaron llevar por el ruido de los periódicos a declarar su salida, que también fue aceptada por unanimidad. Ya han sido sustituidos por otros dos obreros ingleses¹ y pronto se percatarán de lo que significa traicionar al proletariado en la hora de la decisión.

Un cura inglés, Llewellyn Davies, se lamentaba en el “Daily News” de las invectivas contra Jules Favre y consortes contenidas en el Mensaje, y opinaba que sería sin embargo deseable que la verdad o falsedad de estas acusaciones se estableciera, por lo que a él concernía, mediante un proceso de la gendarmería francesa contra el Consejo General. Al día siguiente, Karl Marx declaró en el mismo periódico que él, como autor del Mensaje, se hacía personalmente responsable de estas acusaciones; pero la embajada francesa no parece haber recibido instrucción alguna de proceder contra él con una demanda por calumnia. Finalmente, la “Pall Mall Gazette” declara que eso ni siquiera es necesario, que el carácter privado de un hombre de Estado es siempre sagrado, y que solo sus actos públicos pueden ser atacados. Naturalmente, si el carácter privado de los hombres de Estado ingleses fuera arrastrado a la luz pública, el día del juicio final del mundo oligárquico y burgués habría llegado.

Un artículo sobre y en torno al lumpen Netschajew, publicado en el número 289 del diario vienés *Wanderer*, ha dado la vuelta a la prensa alemana; en él se glorifican sus hazañas, junto con las de Serebrennikow y Elpidin. Si esto volviera a repetirse, nos ocuparemos más de cerca de este limpio trébol. Por ahora, baste con señalar que Elpidin es un notorio espía ruso.

¹ J.Roach y A. Taylor —? véase el presente volumen, p. 375

383

Karl Marx
El señor Washburne,
el enviado americano en París

Al Comité Central de Nueva York de las secciones
de la Asociación Internacional de los Trabajadores
en los Estados Unidos

¡Ciudadanos!

El Consejo General de la Asociación considera su deber informaros sobre la conducta del enviado americano, el señor Washburne, durante la guerra civil en Francia.

I

La siguiente declaración procede del señor Robert Reid, un escocés que ha vivido diecisiete años en París y que durante la guerra civil fue corresponsal del *Daily Telegraph* de Londres y del *New York Herald*. Queremos señalar de paso que el *Daily Telegraph* llevó su parcialidad a favor del gobierno versallés hasta el extremo de falsear incluso los breves despachos telegráficos que el señor Reid le enviaba.

El señor Reid, que se encuentra de nuevo en Inglaterra, está dispuesto a corroborar su declaración mediante una declaración jurada.

«El fragor de las campanas de alarma, mezclado con el estruendo de los cañones, duró toda la noche. Era imposible dormir. ¿Dónde están —pensaba yo para mis adentros— los representantes de Europa y de América? ¿Es posible que, ante estos torrentes de sangre inocente, no hagan ningún esfuerzo por lograr la reconciliación? No pude soportar por más tiempo este pensamiento y, sabiendo que el señor Washburne se encontraba en la ciudad, me decidí a visitarlo de inmediato. Creo que fue el 17 de abril; la fecha exacta puede comprobarse, por lo demás, a través de la carta que ese mismo día escribí a Lord Lyons.

Cuando me dirigía a la residencia del señor Washburne por los Campos Elíseos, me crucé con numerosas ambulancias repletas de heridos y moribundos. Alrededor del Arco de Triunfo estallaban granadas, con lo que más personas inocentes pasaban a engrosar la larga lista de las víctimas del señor Thiers.

A mi llegada a la calle Chaillot, nº 95, pregunté al portero por el enviado de los Estados Unidos y fui conducido al segundo piso. La altura a la que uno vive y el tipo de vivienda que ocupa son en París un signo inequívoco de la fortuna y la posición que se poseen, una especie de barómetro social. En el primer piso delantero encontramos, por ejemplo, a un marqués; en el quinto piso trasero, a un simple mecánico; la escalera que los separa simboliza el abismo social entre ellos. Mientras subía las escaleras y no me topaba con lacayos entrados en carnes, de calzas rojas y medias de seda, pensé: “¡Ajá! Los americanos invierten mejor su dinero; nosotros derrochamos el nuestro.”

Al entrar en la habitación del secretario, pregunté por el señor Washburne. “¿Desea usted hablar con él personalmente?” “Sí.” Me anunciaron y se me hizo pasar. Estaba repantingado en un sillón, leyendo un periódico. Esperaba que se levantara, pero permaneció sentado, con el periódico delante de la cara; un acto de grosera descortesía en un país donde la gente es generalmente cortés.

Dije al señor Washburne que traicionaríamos la causa de la humanidad si no hiciéramos todo lo posible por lograr una reconciliación. Tanto si tuviéramos éxito como si no, en cualquier caso era nuestro deber intentarlo; y el momento parecía tanto más favorable cuanto que los prusianos estaban presionando justamente entonces a Versalles para llegar a un acuerdo definitivo. La influencia conjunta de América e Inglaterra podría inclinar la balanza en favor de la paz.

El señor Washburne dijo: “Los parisinos son rebeldes. Deben deponer las armas.” Objeté que la Guardia Nacional tenía el derecho legal de conservar sus armas; pero que no era esa la cuestión. Cuando se pisotea la humanidad, el mundo civilizado tiene derecho a intervenir, y yo le ruego que, en este sentido, coopere con Lord Lyons. El señor Washburne: “Esa gente de Versalles no quiere oír hablar de nada.” — “Si se niegan, cargan con la responsabilidad moral.” — El señor Washburne: “Eso no lo veo yo así. No puedo hacer nada en este asunto. Hable usted mejor con Lord Lyons.”

Así terminó nuestra conversación. Profundamente decepcionado, abandoné al señor Washburne. Me había encontrado con un hombre grosero y altivo, en quien no existía ninguno de esos sentimientos fraternales que cabría esperar en el representante de una república democrática. En dos ocasiones tuve el honor de entrevistarme con Lord Cowley, cuando era nuestro representante en Francia. Su talante abierto y cortés contrastaba de manera flagrante con la actitud fría, arrogante y deliberadamente aristocrática del enviado americano.

Intenté entonces convencer a Lord Lyons de que Inglaterra, en interés de la defensa de la humanidad, tenía la obligación de esforzarse seriamente para