El dinero o la circulación simple

En un debate parlamentario sobre el Bank Act de Sir Robert Peel de 1844 y 1845, Gladstone observó que el amor mismo no ha hecho más necios a los hombres que las cavilaciones acerca de la esencia del dinero. Hablaba de británicos a británicos. Los holandeses, por el contrario, gentes que, a despecho de las dudas de Petty, poseyeron desde siempre un “ingenio celestial” para la especulación monetaria, nunca han perdido su ingenio en la especulación sobre el dinero.

La principal dificultad en el análisis del dinero es la misma una vez que se ha comprendido su origen a partir de la propia mercancía. Bajo este supuesto, se trata únicamente de aprehender con pureza sus determinaciones formales específicas, lo cual resulta en cierto modo dificultado porque todas las relaciones burguesas aparecen doradas o plateadas, como relaciones dinerarias, y la forma de dinero parece poseer, por tanto, un contenido infinitamente variado, que le es ajeno a ella misma.

En la investigación que sigue hay que atenerse a que se trata únicamente de las formas del dinero que surgen directamente del intercambio de las mercancías, no de las formas suyas que pertenecen a un estadio superior del proceso de producción, como, por ejemplo, el dinero de crédito. En aras de la simplificación se supone en todas partes el oro como la mercancía dineraria.

1. Medida de los valores

El primer proceso de la circulación es, por así decirlo, un proceso teórico, preparatorio para la circulación real. Las mercancías, que existen como valor de uso, se crean ante todo la forma en la que se aparecen recíprocamente de manera ideal como valor de cambio, como cuantos determinados de tiempo de trabajo general objetivado. El primer acto necesario de este proceso es, como hemos visto, que las mercancías excluyan una mercancía específica, digamos el oro, como materialización directa del tiempo de trabajo general o equivalente general. Retornemos un momento a la forma en que las mercancías transforman el oro en dinero.

1 tonelada de hierro = 2 onzas de oro,
1 quarter de trigo = 1 onza de oro,
1 quintal de café de Moca = 1/2 onza de oro,
1 quintal de potasa = 1/4 onza de oro,
1 tonelada de madera del Brasil = 1 1/2 onzas de oro,
Y mercancía = X onzas de oro.

En esta serie de ecuaciones, hierro, trigo, café, potasa, etc., se aparecen recíprocamente como materialización de trabajo uniforme, a saber, de trabajo materializado en oro, en el cual toda particularidad de los trabajos reales representados en sus diversos valores de uso ha sido totalmente extinguida. Como valor son idénticas, materialización del mismo trabajo o la misma materialización del trabajo, oro. Como materialización uniforme del mismo trabajo, sólo muestran una diferencia, cuantitativa, o aparecen como magnitudes de valor diversas, porque en sus valores de uso está contenido tiempo de trabajo desigual. En cuanto estas mercancías singulares, se comportan a la vez unas respecto de otras como objetivación del tiempo de trabajo general, en tanto que se comportan respecto del tiempo de trabajo general mismo como una mercancía excluida, el oro. La misma relación procesual mediante la cual se representan unas para otras como valores de cambio, representa al tiempo de trabajo contenido en el oro como el tiempo de trabajo general, un quantum dado del cual se expresa en cuantos diversos de hierro, trigo, café, etc., en suma, en los valores de uso de todas las mercancías, o se despliega inmediatamente en la serie infinita de los equivalentes de mercancías. Al expresar las mercancías por doquier sus valores de cambio en oro, el oro expresa inmediatamente su valor de cambio en todas las mercancías. Al darse las mercancías unas a otras la forma del valor de cambio, dan al oro la forma del equivalente general o dinero.

Porque todas las mercancías miden sus valores de cambio en oro, en la proporción en que determinada cantidad de oro y determinada cantidad de mercancía contienen la misma cantidad de tiempo de trabajo, el oro se convierte en medida de los valores, y en primer lugar es sólo mediante esta determinación como medida de los valores, en cuanto que su propio valor se mide directamente en el círculo total de los equivalentes de mercancías, que el oro deviene equivalente general o dinero. Por otra parte, el valor de cambio de todas las mercancías se expresa ahora en oro. En esta expresión hay que distinguir un momento cualitativo y uno cuantitativo. El valor de cambio de la mercancía existe como materialización del mismo tiempo de trabajo uniforme; la magnitud de valor de la mercancía está representada exhaustivamente, pues en la proporción en que las mercancías se equiparan al oro, se equiparan unas a otras. Por un lado aparece el carácter general del tiempo de trabajo contenido en ellas, por otro lado la cantidad del mismo en su equivalente áureo. El valor de cambio de las mercancías, expresado de este modo como equivalencia general y a la vez como grado de esta equivalencia en una mercancía específica, o en una ecuación única de las mercancías con una mercancía específica, es precio. El precio es la forma trasmutada en que el valor de cambio de las mercancías aparece dentro del proceso de circulación.

Por el mismo proceso, pues, mediante el cual las mercancías representan sus valores como precios en oro, representan al oro como medida de los valores y, por tanto, como dinero. Si por doquier midieran sus valores en plata, trigo o cobre y, por consiguiente, los representaran como precios en plata, trigo o cobre, entonces la plata, el trigo, el cobre serían medida de los valores y, con ello, equivalente general. Para aparecer como precios en la circulación, las mercancías están presupuestas a la circulación como valores de cambio. El oro sólo deviene medida de los valores porque todas las mercancías estiman su valor de cambio en él. Pero la universalidad de esta relación procesual, de la que brota únicamente su carácter de medida, presupone que cada mercancía singular se mide en oro según la proporción del tiempo de trabajo contenido en ambos, es decir, que la medida real entre la mercancía y el oro es el trabajo mismo, o que la mercancía y el oro se equiparan recíprocamente como valores de cambio mediante el intercambio directo. Cómo tiene lugar prácticamente esta equiparación no puede ser dilucidado en la esfera de la circulación simple. Sin embargo, es evidente que en los países productores de oro y plata, una determinada cantidad de tiempo de trabajo se incorpora directamente a un quantum determinado de oro y plata, mientras que en los países que no producen oro ni plata se alcanza el mismo resultado por un rodeo, mediante el intercambio directo o indirecto de las mercancías del país, es decir, de una porción determinada del trabajo medio nacional por un quantum determinado del tiempo de trabajo materializado en oro y plata de los países poseedores de minas. Para poder servir como medida de los valores, el oro tiene que ser, de acuerdo con su posibilidad, un valor variable, porque sólo como materialización del tiempo de trabajo puede devenir equivalente de otras mercancías, pero el mismo tiempo de trabajo se realiza, con la variación de las fuerzas productivas del trabajo real, en volúmenes desiguales de los mismos valores de uso. Al igual que en la representación del valor de cambio de cada mercancía en el valor de uso de otra mercancía, en la estimación de todas las mercancías en oro se presupone tan sólo que el oro representa, en un momento dado, un quantum dado de tiempo de trabajo. Con respecto a su cambio de valor, vale la ley de los valores de cambio anteriormente desarrollada. Si el valor de cambio de las mercancías permanece inalterado, un aumento general de sus precios en oro sólo es posible si el valor de cambio del oro baja. Si el valor de cambio del oro permanece inalterado, un aumento general de los precios en oro sólo es posible si los valores de cambio de todas las mercancías suben. A la inversa en el caso de un descenso general de los precios de las mercancías. Si el valor de una onza de oro baja o sube a consecuencia de un cambio del tiempo de trabajo requerido para su producción, baja o sube uniformemente para todas las demás mercancías, representando, pues, como antes, frente a todas ellas, tiempo de trabajo de una magnitud dada. Los mismos valores de cambio se estiman ahora en cuantos de oro mayores o menores que antes, pero se estiman en proporción a sus magnitudes de valor, conservando, pues, la misma proporción de valor entre sí. La proporción 2:4:8 sigue siendo la misma que 1:2:4 o 4:8:16. La cantidad variable de oro en que se estiman los valores de cambio al variar el valor del oro no impide la función del oro como medida de los valores, así como el valor de la plata, 15 veces menor que el del oro, no impide que éste la desplace de tal función. Puesto que el tiempo de trabajo es la medida entre el oro y la mercancía, y el oro sólo deviene medida de los valores en la medida en que todas las mercancías se miden en él, es mera apariencia del proceso de circulación el que el dinero haga conmensurables a las mercancías.* Es más bien sólo la conmensurabilidad de las mercancías en cuanto tiempo de trabajo objetivado la que convierte al oro en dinero.

* Aristóteles ciertamente reconoce que el valor de cambio de las mercancías está presupuesto a los precios de las mercancías: «... que hubo trueque antes de que existiera el dinero, es evidente; pues no hay diferencia alguna entre que cinco divanes se cambien por una casa o por el dinero que valen cinco divanes». Por otra parte, como las mercancías sólo poseen la forma del valor de cambio unas para otras en el precio, él las hace devenir conmensurables por medio del dinero. «Todo ha de tener un precio; pues así habrá siempre intercambio y, por consiguiente, sociedad. El dinero, a modo de medida, hace efectivamente las cosas conmensurables (σύμμετρα) para poder luego equipararlas unas con otras. Pues no hay sociedad sin intercambio, y el intercambio no puede darse sin igualdad, ni la igualdad sin conmensurabilidad.» No se oculta que estas cosas diferentes medidas por el dinero son magnitudes enteramente inconmensurables. Lo que busca es la unidad de las mercancías como valores de cambio, unidad que, como griego antiguo, no podía encontrar. Sale del aprieto haciendo que lo inconmensurable en sí y para sí se torne conmensurable por medio del dinero, en tanto ello sea necesario para la necesidad práctica. «Aunque en verdad es imposible que cosas tan diversas sean conmensurables, esto se hace para la necesidad práctica.» (Aristóteles, Ética Nicomáquea, Lib. V, Cap. 8, ed. Bekkeri, Oxonii 1837.)

La figura real en que las mercancías entran en el proceso de intercambio es la de sus valores de uso. Deben convertirse en equivalente general real tan sólo mediante su enajenación. Su determinación como precio es su transformación meramente ideal en el equivalente general, una equiparación con el oro que aún queda por realizar. Pero como las mercancías, en sus precios, sólo están idealmente transformadas en oro, o sólo en oro representado, y su ser-dinero no está aún separado realmente de su ser real, el oro no se ha transformado más que en dinero ideal, no es más que medida de los valores, y determinados cuantos de oro funcionan de hecho sólo como nombres para determinados cuantos de tiempo de trabajo. De la manera determinada en que las mercancías representan unas para otras su propio valor de cambio depende en cada caso la determinación formal en que el oro se cristaliza como dinero.

Las mercancías se contraponen ahora como existencias dobles: realmente como valores de uso, idealmente como valores de cambio. La doble forma del trabajo que en ellas está contenido la representan ahora unas para otras, en cuanto que el trabajo real particular está presente realmente como su valor de uso, mientras que el tiempo de trabajo abstracto general cobra, en su precio, una existencia representada, en la que son materialización uniforme, y sólo cuantitativamente diferente, de la misma sustancia de valor.

La diferencia entre valor de cambio y precio se presenta, de una parte, como puramente nominal; tal como dice Adam Smith, el trabajo es el precio real y el dinero el precio nominal de las mercancías. En vez de estimar 1 quarter de trigo en 30 días de trabajo, se lo estima ahora en 1 onza de oro, si una onza de oro es el producto de 30 días de trabajo. De otra parte, la diferencia dista tanto de ser una simple diferencia de nombre, que en ella se concentran, por el contrario, todas las tempestades que amenazan a la mercancía en el proceso real de circulación. 30 días de trabajo están contenidos en el quarter de trigo, y por tanto no es necesario representarlo en tiempo de trabajo. Pero el oro es una mercancía distinta del trigo, y solo en la circulación puede acreditarse si el quarter de trigo se convierte realmente en la onza de oro, tal como se anticipa en su precio. Esto depende de si se acredita o no como valor de uso, de si la cantidad de tiempo de trabajo contenida en él se acredita o no como la cantidad de tiempo de trabajo que la sociedad exige como necesaria para la producción de un quarter de trigo. La mercancía como tal es valor de cambio, tiene un precio. En esta diferencia entre valor de cambio y precio se pone de manifiesto que el trabajo individual y particular contenido en la mercancía tiene que ser representado como su contrario, como trabajo carente de individualidad, abstractamente general, y solo en esta forma como trabajo social, es decir, como dinero, y que esto solo se logra mediante el proceso de su enajenación. Aparece como algo casual el hecho de que sea o no susceptible de esta representación. Por consiguiente, aunque en el precio el valor de cambio de la mercancía solo adquiere una existencia idealmente diferenciada de ella, y la doble existencia del trabajo contenido en ella ya solo existe como expresión diferente, de modo que la materialización del tiempo de trabajo general, el oro, solo se enfrenta a la mercancía real como medida de valor representada, en la existencia del valor de cambio como precio o del oro como medida del valor está contenida de manera latente la necesidad de la enajenación de la mercancía a cambio de oro sonante, la posibilidad de que no se enajene; en suma, toda la contradicción que deriva de que el producto es mercancía, o de que el trabajo particular del individuo privado, para lograr un efecto social, tiene que representarse como su contrario inmediato, como trabajo abstractamente general. Los utopistas que quieren la mercancía pero no el dinero, la producción basada en el intercambio privado sin las condiciones necesarias de esta producción, son, por tanto, consecuentes cuando pretenden “aniquilar” el dinero no solo en su forma tangible, sino ya en su forma gaseosa y urdida por el cerebro, como medida de los valores. En la invisible medida de los valores acecha el dinero contante y sonante.

Dando por supuesto el proceso mediante el cual el oro se ha convertido en medida de los valores y el valor de cambio en precio, todas las mercancías, en sus precios, no son más que cantidades representadas de oro de diversa magnitud. Como cantidades diferentes de la misma cosa, del oro, se igualan, se comparan y se miden entre sí, y así se desarrolla técnicamente la necesidad de referirlas a una cantidad determinada de oro como unidad de medida, unidad de medida que a su vez se desarrolla como patrón al subdividirse en partes alícuotas, y estas, a su vez, en partes alícuotas.* Las cantidades de oro como tales, sin embargo, se miden por el peso. El patrón se encuentra, pues, ya dado en las medidas generales de peso de los metales, que, por ello, en toda circulación metálica sirven también originariamente como patrón de los precios. En el momento en que las mercancías ya no se refieren entre sí como valores de cambio que deben medirse por el tiempo de trabajo, sino como magnitudes de igual denominación medidas en oro, el oro se transforma de medida de los valores en patrón de los precios. La comparación de los precios de las mercancías entre sí como cantidades diferentes de oro se cristaliza así en las figuraciones que se inscriben en una cantidad pensada de oro y la representan como patrón de partes alícuotas. El oro como medida de los valores y como patrón de los precios posee una determinación formal completamente distinta, y la confusión de una con otra ha dado lugar a las más disparatadas teorías. El oro es medida de los valores en cuanto tiempo de trabajo objetivado; es patrón de los precios en cuanto peso metálico determinado. El oro se convierte en medida de los valores al referirse a las mercancías como valor de cambio; en el patrón de los precios, una cantidad determinada de oro sirve de unidad a otras cantidades de oro. El oro es medida del valor porque su valor es variable; es patrón de los precios porque se lo fija como unidad de peso invariable. Aquí, como en todas las determinaciones de medida de magnitudes de igual denominación, la firmeza y la precisión de las relaciones de medida se vuelven decisivas. La necesidad de fijar una cantidad de oro como unidad de medida y partes alícuotas como subdivisiones de esa unidad ha engendrado la representación de que se pondría una cantidad determinada de oro, de valor naturalmente variable, en una relación de valor fija con los valores de cambio de las mercancías, pasando por alto que los valores de cambio de las mercancías ya han sido transformados en precios, en cantidades de oro, antes de que el oro se desarrolle como patrón de los precios. Por mucho que cambie el valor del oro, cantidades diferentes de oro representan siempre entre sí la misma proporción de valor. Si el valor del oro cayese en un 1000%, 12 onzas de oro seguirían teniendo un valor 12 veces mayor que una onza de oro, y en los precios solo se trata de la proporción de las distintas cantidades de oro entre sí. Como, por otra parte, una onza de oro no cambia en absoluto de peso al bajar o subir su valor, tampoco varía el peso de sus partes alícuotas, y así el oro como patrón fijo de los precios presta siempre el mismo servicio, por más que cambie su valor.*

* La particularidad de que la onza de oro en Inglaterra, como unidad de medida del dinero, no esté dividida en partes alícuotas se explica como sigue: “Nuestro sistema monetario estuvo originariamente adaptado solo al uso de la plata; por eso una onza de plata siempre puede dividirse en un número determinado de piezas de moneda alícuotas; pero como el oro no se introdujo en un sistema monetario sino en una época posterior, sistema que solo estaba adaptado a la plata, una onza de oro no puede acuñarse en un número alícuota de monedas.” (Maclaren, History of the currency, pág. 16, Londres 1858.)

* “El dinero puede fluctuar constantemente de valor y ser, sin embargo, una medida del valor tan buena como si permaneciera completamente invariable. Supongamos, por ejemplo, que ha disminuido de valor… Antes de la disminución, una guinea compraría tres bushels de trigo o el trabajo de 6 días; después, solo compraría 2 bushels de trigo o el trabajo de 4 días. En ambos casos, dadas las proporciones del trigo y del trabajo con el dinero, puede deducirse su relación recíproca; en otras palabras, podemos determinar que un bushel de trigo vale 2 días de trabajo. Esto es todo lo que implica la medición del valor, y se realiza con la misma facilidad después de la disminución que antes. La designación de una cosa como medida del valor es por completo independiente de la variabilidad de su propio valor.” (Bailey, Money and its vicissitudes, págs. 9‑10, Londres 1837.)

Un proceso histórico, que más adelante explicaremos partiendo de la naturaleza de la circulación metálica, trajo consigo que se conservara el mismo nombre de peso para un peso de metales preciosos en constante cambio y disminución, en su función de patrón de los precios. Así, la libra esterlina inglesa representa menos de un tercio de su peso originario; la libra escocesa, antes de la Unión*, solo 1/36; el livre francés, 1/74; el maravedí español, menos de 1/1000; el rei portugués, una proporción aún mucho menor. Así, históricamente, los nombres monetarios de los pesos metálicos se separaron de sus nombres generales de peso.* Dado que la determinación de la unidad de medida, de sus partes alícuotas y de sus nombres es, por un lado, puramente convencional, y por otro lado debe poseer dentro de la circulación el carácter de generalidad y necesidad, hubo de convertirse en una determinación legal. La operación puramente formal recayó, pues, en los gobiernos.** El metal determinado que sirvió como material del dinero estaba dado socialmente. En los distintos países, el patrón legal de los precios es, naturalmente, diferente. En Inglaterra, por ejemplo, la onza como peso metálico se divide en pennyweights, grains y quilates troy; pero la onza de oro como unidad de medida del dinero se divide en 3 7/8 soberanos, el soberano en 20 chelines, el chelín en 12 peniques, de modo que 100 libras de oro de 22 quilates (1200 onzas) equivalen a 4672 soberanos y 10 chelines. Sin embargo, en el mercado mundial, donde desaparecen las fronteras nacionales, estos caracteres nacionales de las medidas monetarias vuelven a desaparecer y ceden su lugar a las medidas generales de peso de los metales.

El precio de una mercancía, o la cantidad de oro en que idealmente está transformada, se expresa ahora, pues, en los nombres monetarios del patrón del oro. Así, en vez de decir que el quarter de trigo es igual a una onza de oro, en Inglaterra se diría que es igual a 3 libras esterlinas, 17 chelines y 10 ½ peniques. Todos los precios se expresan así con la misma denominación. La forma peculiar que las mercancías dan a su valor de cambio se ha transformado en nombres monetarios, en los cuales se dicen unas a otras lo que valen. El dinero, por su parte, se convierte en dinero de cuenta.*

* “Las monedas cuyos nombres hoy solo son ideales son, en todos los pueblos, las más antiguas; pero todas fueron reales durante un tiempo” (esto último, en esta extensión, es inexacto), “y precisamente porque eran reales se ha calculado con ellas.” (Galiani, Della Moneta, loc. cit., pág. 153.)

** El romántico A. Müller dice: “Según nuestras ideas, todo soberano independiente tiene el derecho de nombrar el dinero metálico, de asignarle un valor nominal social, un rango, un estado y un título.” (pág. 288, tomo II, A. H. Müller, Die Elemente der Staatskunst, Berlín 1809.) En lo tocante al título, el señor consejero de corte tiene razón; solo olvida el contenido. Cuán confusas eran sus “ideas”, lo muestra, por ejemplo, el siguiente pasaje: “Todo el mundo ve cuánto depende de la verdadera determinación del precio de acuñación, sobre todo en un país como Inglaterra, donde el gobierno, con gran liberalidad, acuña gratuitamente” (el señor Müller parece creer que el personal del gobierno inglés sufraga los gastos de acuñación de su propio bolsillo privado), “donde no cobra señoreaje, etc., y por tanto, si este fijase el precio de acuñación del oro considerablemente más alto que el precio de mercado, si en vez de pagar ahora 3 libras esterlinas 17 chelines 10 ½ peniques por 1 onza de oro, fijase 3 libras esterlinas 19 chelines como precio de acuñación de una onza de oro, todo el dinero afluiría a la casa de moneda, la plata allí obtenida se cambiaría en el mercado por el oro aquí más barato, y de nuevo se llevaría a la casa de moneda, con lo que el sistema monetario se desordenaría.” (pág. 280, 281, loc. cit.) Para mantener el orden en la casa de moneda inglesa, Müller se sume en el “desorden”. Mientras que el chelín y el penique son meros nombres, nombres de determinadas partes de una onza de oro representados por fichas de plata y de cobre, él se imagina que la onza de oro está estimada en oro, plata y cobre, y obsequia así a los ingleses con un triple standard of value. La plata como medida de dinero junto al oro no fue formalmente abolida hasta 1816 por la ley 56 George III, cap. 68. Legalmente ya había sido abolida de hecho en 1734 por la ley 14 George II, cap. 42, y mucho antes por la práctica. Eran dos las circunstancias que capacitaban a A. Müller especialmente para una llamada concepción superior de la economía política. Por un lado, su … de una triple moneda — cap. 68, ley del año 56 del reinado de Jorge III.

La transformación de la mercancía en dinero de cuenta en la cabeza, en el papel, en el lenguaje, se opera siempre que cualquier género de riqueza es fijado bajo el punto de vista del valor de cambio.* Para esta transformación es necesario el material del oro, pero sólo como algo representado. Para estimar el valor de 1.000 balas de algodón en un número determinado de onzas de oro y expresar a su vez este número de onzas en los nombres de cuenta de la onza, en £, sh., p., no se emplea ni un solo átomo de oro real. Así, en Escocia no circulaba antes del Acta Bancaria de Sir Robert Peel de 1845 ni una onza de oro, aunque la onza de oro, expresada precisamente como patrón de cuenta inglés en 3 £ 17 sh. 10 1/2 p., servía como medida legal de los precios. Así, la plata sirve como medida de los precios en el intercambio de mercancías entre Siberia y China, aunque el comercio

[...] la difundida ignorancia acerca de los hechos económicos y, por otra parte, su mera y diletante relación de exaltación con la filosofía.

* «Cuando se preguntó a Anacarsis para qué necesitaban el dinero los helenos, respondió: para calcular.» (Athenaeus, «Deipnosophistai», L. IV, 49, v. II [p. 120], ed. Schweighäuser, 1802.)
** G. Garnier, uno de los más antiguos traductores franceses de Adam Smith, tuvo la ocurrencia singular de fijar una proporción entre el uso del dinero de cuenta y el uso del dinero real. La proporción es de 10 a 1. (Garnier, G., «Histoire de la monnaie depuis les temps de la plus haute antiquité etc.», t. I, p. 78.)
*** (1859) Oro.

es, de hecho, mero trueque. Para el oro como dinero de cuenta es, por tanto, igualmente indiferente que su unidad de medida misma o sus subdivisiones estén o no realmente acuñadas. En Inglaterra, en la época de Guillermo el Conquistador, existían 1 £, entonces 1 libra de plata pura, y el chelín, 1/20 de una libra, sólo como dinero de cuenta, mientras que el penique, 1/240 de libra de plata, era la mayor moneda de plata existente. A la inversa, en la Inglaterra actual no existen chelines ni peniques, aunque sean nombres de cuenta legales para determinadas partes de una onza de oro. El dinero como dinero de cuenta puede, en general, existir sólo de manera ideal, mientras que el dinero realmente existente está acuñado según un patrón completamente diferente. Así, en muchas colonias inglesas de Norteamérica, el dinero circulante consistió, hasta bien entrado el siglo XVIII, en monedas españolas y portuguesas, mientras que el dinero de cuenta era en todas partes el mismo que en Inglaterra.*

Como el oro, en cuanto medida de los precios, aparece bajo los mismos nombres de cuenta que los precios de las mercancías, es decir, por ejemplo, que tanto una onza de oro como una tonelada de hierro se expresan en 3 £ 17 sh. 10 1/2 p., se ha dado a estos nombres de cuenta suyos el nombre de precio de acuñación. De ahí surgió la peregrina idea de que el oro era estimado en su propio material y, a diferencia de todas las demás mercancías, recibía del Estado un precio fijo. Se confundió la fijación de nombres de cuenta para determinados pesos de oro con la fijación del valor de esos pesos.** El oro, en cuanto sirve como elemento de la determinación del precio y, por tanto, como dinero de cuenta, no sólo no tiene un precio fijo, sino que no tiene precio alguno en absoluto. Para tener un precio, es decir, para expresarse en una mercancía específica como equivalente general, esta otra mercancía

* El Acta de Maryland de 1723, por la cual el tabaco fue declarado moneda legal, pero su valor fue reducido al del dinero inglés de oro, a saber, un penique por libra de tabaco, recuerda las *leges barbarorum*,[1] en las que, a la inversa, determinadas sumas de dinero se igualaban de nuevo a bueyes, vacas, etc. En este caso, ni el oro ni la plata, sino el buey y la vaca, eran el material real del dinero de cuenta.

** Así leemos, por ejemplo, en los «Familiar Words» del señor David Urquhart: «El valor del oro debe ser medido por sí mismo; ¿cómo puede sustancia alguna ser la medida de su propio valor en otras cosas? El valor del oro debe ser fijado por su propio peso, bajo una falsa denominación de ese peso – y una onza debe valer tantas libras y fracciones de libra. Esto es falsificación de una medida, y no fijación de un patrón.» [p. 104/105.]

*Zur Kritik der Politischen Ökonomie* · Segundo Capítulo 59

debería desempeñar el mismo papel exclusivo en el proceso de circulación que el oro. Pero dos mercancías que excluyen a todas las demás se excluyen recíprocamente. Por eso, allí donde la plata y el oro subsisten legalmente una junto a otro como dinero, es decir, como medida del valor, se ha hecho siempre el vano intento de tratarlos como una y la misma materia. Si se supone que el mismo tiempo de trabajo se materializa invariablemente en la misma proporción de plata y oro, se supone de hecho que la plata y el oro son la misma materia, y que la plata, el metal de menor valor, es una fracción invariable del oro. Desde el reinado de Eduardo III hasta la época de Jorge II, la historia del sistema monetario inglés se extiende en una serie continua de perturbaciones, surgidas de la colisión entre la fijación legal de la relación de valor entre el oro y la plata y sus oscilaciones reales de valor. Ya el oro, ya la plata, se estimaban demasiado alto. El metal estimado demasiado bajo era retirado de la circulación, fundido y exportado. La relación de valor de ambos metales se modificaba entonces de nuevo legalmente, pero el nuevo valor nominal entraba pronto en el mismo conflicto con la relación real de valor que el antiguo. En nuestra propia época, la muy débil y pasajera baja en el valor del oro con respecto a la plata, a consecuencia de la demanda indo-china de plata, produjo en Francia el mismo fenómeno en la mayor escala: la exportación de la plata y su expulsión de la circulación por el oro. Durante los años 1855, 1856, 1857, el exceso de la importación de oro en Francia sobre la exportación de oro de Francia fue de 41.580.000 £, mientras que el exceso de la exportación de plata sobre la importación de plata fue de 34.704.000 £. En realidad, en países como Francia, donde ambos metales son legalmente medidas del valor, y ambos deben ser aceptados en pago, pero cada cual puede pagar a voluntad en uno u otro, el metal cuyo valor aumenta lleva un agio y, como cualquier otra mercancía, mide su precio en el metal sobrestimado, mientras que sólo este último sirve como medida del valor. Toda la experiencia histórica en este ámbito se reduce simplemente a que, donde por ley dos mercancías desempeñan la función de medida del valor, de hecho sólo una se mantiene siempre como tal en el puesto.*

B. Teorías sobre la unidad de medida del dinero

La circunstancia de que las mercancías, como precios, se hayan convertido en oro sólo idealmente, y el oro, por tanto, sólo idealmente en dinero, dio origen a la doctrina de la unidad de medida ideal del dinero. Puesto que, al determinar el precio, sólo funciona oro o plata representados, oro y plata sólo como dinero de cuenta, se afirmaba que los nombres libra, chelín, penique, tálero, franco, etc., en vez de designar partes ponderales de oro o plata o trabajo materializado de algún modo, designaban más bien átomos ideales de valor. Si, pues, por ejemplo, aumentaba el valor de una onza de plata, contendría más de tales átomos y, por consiguiente, debería ser calculada y acuñada en más chelines. Esta doctrina, nuevamente puesta en circulación durante la última crisis comercial en Inglaterra e incluso defendida parlamentariamente en dos informes especiales anexos al informe de la Comisión Bancaria de 1858, data de finales del siglo XVII. En la época del advenimiento de Guillermo III, el precio de acuñación inglés de una onza de plata era de 5 sh. 2 p., o 1/62 de onza de plata se llamaba penique; 12 de estos peniques se llamaban chelín. Conforme a este patrón, un peso de plata de, por ejemplo, 6 onzas de plata era acuñado en 31 piezas con el nombre de chelín. Pero el precio de mercado de la onza de plata subió por encima de su precio de acuñación, de 5 sh. 2 p. a 6 sh. 3 p., o, para comprar una onza de plata en bruto, había que pesar 6 sh. 3 p. ¿Cómo podía subir el precio de mercado de una onza de plata por encima de su precio de acuñación, si el precio de acuñación es un mero nombre de cuenta

* «El dinero como medida del comercio debería mantenerse, como cualquier otra medida, lo más estable posible. Esto es imposible si vuestro dinero consiste en dos metales, cuya relación de valor varía constantemente.» (John Locke, «Some Considerations on the Lowering of Interest etc.», 1691; p. 65 en sus «Works», 7ª ed., Londres 1768, vol. II.)

de las partes alícuotas de una onza de plata? El enigma se resolvió sencillamente. De los 5.600.000 £ de moneda de plata que entonces circulaban, cuatro millones estaban desgastadas, recortadas y cercenadas. Un ensayo mostró que 57.200 £ en plata, que debían pesar 220.000 onzas, pesaban sólo 141.000 onzas. La Casa de la Moneda seguía acuñando según el mismo patrón, pero los chelines ligeros realmente en circulación representaban partes alícuotas de la onza más pequeñas de lo que su nombre indicaba. Por consiguiente, en el mercado había que pagar una cantidad mayor de estos chelines, que se habían vuelto más pequeños, por la onza de plata en bruto. Cuando, a raíz de la perturbación así surgida, se decidió una refundición general, Lowndes, el Secretario del Tesoro, sostuvo que el valor de la onza de plata había subido, y que en adelante debía acuñarse en 6 sh. 3 p., en lugar de como hasta entonces en 5 sh. 2 p. Sostuvo, pues, de hecho, que, porque había subido el valor de la onza, había bajado el valor de sus partes alícuotas. Pero su falsa teoría no era sino el disfraz de un correcto propósito práctico. Las deudas del Estado habían sido contraídas en chelines ligeros, ¿debían ser pagadas en chelines pesados? En vez de decir: devolved 4 onzas de plata, cuando vosotros, según el nombre, recibisteis 5 onzas, pero en realidad sólo 4 onzas, dijo a la inversa: devolved según el nombre 5 onzas, pero reducidlas por su contenido metálico a 4 onzas y llamad chelín a lo que hasta ahora llamabais 4/5 de chelín. Lowndes se atuvo, por tanto, de hecho, al contenido metálico, mientras que en la teoría se aferraba al nombre de cuenta. Sus adversarios, que se aferraban meramente al nombre de cuenta y que, por consiguiente, declaraban un chelín demasiado ligero en un 25 a un 50% idéntico a un chelín de pleno peso, afirmaban, a la inversa, atenerse sólo al contenido metálico. John Locke, que representaba a la nueva burguesía en todas sus formas: a los industriales frente a las clases trabajadoras y los paupers, a los comerciantes frente a los usureros anticuados, a la aristocracia financiera frente a los deudores del Estado, y que en una obra propia incluso demostraba que el entendimiento burgués era el entendimiento humano normal, recogió también el guante contra Lowndes. John Locke venció, y el dinero tomado en préstamo a 10 ó 14 chelines la guinea fue reembolsado en guineas de 20 chelines.* Sir James Steuart resume toda la transacción irónicamente así:

«El gobierno ganó considerablemente en impuestos, los acreedores en capital e intereses, y la nación, la única burlada, estaba contentísima, porque su standard» (el patrón de su propio valor) «no había sido rebajado.»**

*Zur Kritik der Politischen Ökonomie* · Segundo Capítulo 61

* [Locke dice, entre otras cosas: “Llamad corona a lo que antes se llamaba media corona. El valor sigue estando determinado por el contenido metálico. Si podéis quitar 1/3 del peso en plata de una moneda sin disminuir su valor, igualmente bien podréis quitarle 2/3 de su peso en plata. Según esta teoría, un farthing, si se le llama corona, debería comprar tanta cantidad de especias, seda u otras mercancías como una pieza de corona que contiene 60 veces más plata. Todo lo que podéis hacer es dar el cuño y el nombre de una cantidad superior a una cantidad inferior de plata. Pero es la plata, y no los nombres, lo que paga las deudas y compra las mercancías. Si aumentar el valor del dinero no significa otra cosa que dar nombres a voluntad a las partes alícuotas de una pieza de plata, por ejemplo, llamar penique a la octava parte de una onza de plata, entonces podéis, en efecto, fijar el dinero tan alto como os plazca.” Locke respondió a Lowndes al mismo tiempo que la subida del precio de mercado por encima del precio de ceca no provenía de la “subida del valor de la plata, sino del aligeramiento de la moneda de plata”. 77 chelines recortados y limados no pesan un ápice más que 62 de peso cabal. Finalmente, subrayó con razón que, prescindiendo de la desplatación de la moneda circulante, el precio de mercado de la plata en bruto podía en Inglaterra superar en cierta medida el precio de ceca, porque la exportación de plata en bruto estaba permitida y la de moneda de plata prohibida. (Véase l. c. p. 54-116 passim.) Locke se guardó muy mucho de rozar el punto candente de las deudas del Estado, del mismo modo que evitó con igual cautela entrar en la delicada cuestión económica. Esta última era la siguiente: tanto el curso del cambio como la relación de la plata en bruto con la moneda de plata demostraban que el dinero circulante, con mucho, no estaba depreciado en proporción a su desplatación real. Volveremos sobre esta cuestión en forma general en la sección sobre: el medio de circulación. Nicholas Barbon, en “A discourse concerning coining the new money lighter, in answer to Mr. Lock’s considerations etc.”*, Londres 1696, intentó en vano atraer a Locke a un terreno difícil.

** Steuart, l.c. t. II, p. 154.

Steuart opinaba que, con un desarrollo comercial ulterior, la nación se mostraría más astuta. Se equivocó. ¡Aproximadamente 120 años más tarde se repitió el mismo quid pro quo!

Era natural que el obispo Berkeley, representante del idealismo místico en la filosofía inglesa, diera un giro teórico a la doctrina de la unidad de medida ideal del dinero, cosa que el práctico “secretary to the treasury” había omitido. Pregunta:

“¿No deben considerarse los nombres libra, libra esterlina, corona, etc., como meros nombres de relación?” (a saber, relación del valor abstracto como tal). “¿Son el oro, la plata o el papel algo más que meros billetes o marcas para el cálculo, el protocolo y la transferencia del mismo?” (de la relación de valor). “¿No es riqueza el poder de comandar la industria de otros” (trabajo social) “? ¿Y es el dinero, de hecho, otra cosa que una marca o signo para la transferencia o el registro de tal poder, y tiene alguna gran importancia de qué material estén hechas estas marcas?”*

Aquí se encuentra una confusión, por un lado, entre la medida de los valores y el patrón de los precios, y por otro lado, entre el oro o la plata como medida y como medio de circulación. Como los metales preciosos pueden ser reemplazados por marcas en el acto de la circulación, Berkeley concluye que estas marcas, por su parte, no representan nada, a saber, el concepto abstracto de valor.

Tan plenamente desarrollada está la doctrina de la unidad de medida ideal del dinero en Sir James Steuart, que sus sucesores —sucesores inconscientes, por cuanto no lo conocen— no han encontrado ni un nuevo giro del lenguaje ni siquiera un nuevo ejemplo.

“El dinero de cuenta”, dice, “no es nada más que un patrón arbitrario de partes iguales, inventado para medir el valor relativo de las cosas vendibles. El dinero de cuenta es completamente diferente del dinero de moneda (money coin), que es precio**, y podría existir aunque no hubiera en el mundo sustancia alguna que fuese un equivalente proporcional para todas las mercancías. El dinero de cuenta presta el mismo servicio al valor de las cosas que los grados, minutos, segundos, etc., a los ángulos, o los patrones a los mapas geográficos, etc. En todas estas invenciones se toma siempre la misma denominación como unidad.

* “The Querist” l. c. La sección “Queries on Money” es, por lo demás, ingeniosa. Entre otras cosas, Berkeley observa con razón que precisamente el desarrollo de las colonias norteamericanas “hace tan claro como el día que el oro y la plata no son tan necesarios para la riqueza de una nación como se lo imagina la generalidad de la gente”.

** Precio significa aquí equivalente real, como en los escritores económicos ingleses del siglo XVII.

Zur Kritik der Politischen Ökonomie * Zweites Kapitel 63

Así como la utilidad de todas esas operaciones se limita simplemente a la indicación de la proporción, así ocurre con la de la unidad de dinero. Por tanto, no puede tener una proporción invariablemente determinada con ninguna parte del valor, es decir, no puede estar fijada a ninguna cantidad determinada de oro, plata o cualquier otra mercancía. Una vez dada la unidad, se puede ascender por multiplicación al mayor valor. Puesto que el valor de las mercancías depende de una confluencia general de circunstancias que actúan sobre ellas y de los caprichos de los hombres, su valor solo debería considerarse como cambiante en su relación recíproca. Todo lo que perturbe y confunda la verificación del cambio de proporción mediante un patrón general, determinado e invariable, debe actuar perjudicialmente sobre el comercio. El dinero es un patrón meramente ideal de partes iguales. Si se pregunta cuál ha de ser la unidad de medida del valor de una parte, respondo con la otra pregunta: ¿Cuál es la magnitud normal de un grado, de un minuto, de un segundo? No poseen ninguna, pero una vez que una parte está determinada, el resto entero debe seguir proporcionalmente, de acuerdo con la naturaleza de un patrón. Ejemplos de este dinero ideal son el dinero de banco de Ámsterdam y el dinero de Angola de la costa africana.”*

Steuart se atiene simplemente a la apariencia del dinero en la circulación como patrón de los precios y como dinero de cuenta. Si diversas mercancías están anotadas respectivamente a 15 chel., 20 chel., 36 chel. en la lista de precios, en realidad, para la comparación de su magnitud de valor, no me interesan ni el contenido de plata ni el nombre del chelín. Las relaciones numéricas 15, 20, 36 lo dicen ahora todo, y el número 1 se ha convertido en la única unidad de medida. La expresión puramente abstracta de la proporción no es, en general, más que la misma proporción numérica abstracta. Para ser consecuente, Steuart tendría que haber abandonado, por tanto, no solo el oro y la plata, sino también sus nombres legales de bautismo. Como no comprende la transformación de la medida de los valores en patrón de los precios, cree naturalmente que la cantidad determinada de oro que sirve como unidad de medida está referida como medida no a otras cantidades de oro, sino a los valores como tales. Como las mercancías, mediante la transformación de sus valores de cambio en precios, aparecen como magnitudes homónimas, niega la cualidad de la medida que las hace homónimas, y porque en esta comparación de diversas cantidades de oro la magnitud de la cantidad de oro que sirve como unidad de medida es convencional, niega que esta magnitud tenga que ser fijada en absoluto. En lugar de llamar grado a la 1/360 parte de un círculo, puede llamar grado a la 1/180 parte; el ángulo recto se mediría entonces por 45 en lugar de 90 grados, y los ángulos agudos y obtusos en correspondencia. No obstante, la medida de ángulos seguiría siendo, en primer lugar, una figura matemática cualitativamente determinada, el círculo, y en segundo lugar, un segmento de círculo cuantitativamente determinado. Por lo que respecta a los ejemplos económicos de Steuart,

* Steuart, l.c. t. II, p. 102-107.

se debate con uno y no demuestra nada con el otro. El dinero de banco de Ámsterdam era, de hecho, solo el nombre de cuenta para los doblones españoles, que conservaban su plena grasa corporal mediante el perezoso reposo en la cámara acorazada del banco, mientras que la activa moneda corriente se enflaquecía en dura fricción con el mundo exterior. Pero en cuanto a los idealistas africanos, debemos abandonarlos a su suerte hasta que viajeros críticos nos informen más detalladamente sobre ellos.* Como dinero aproximadamente ideal en el sentido de Steuart podría designarse el assignat francés: “Propiedad nacional. Assignat de 100 francos.” Ciertamente, aquí estaba especificado el valor de uso que el assignat debía representar, a saber, la tierra y el suelo confiscados, pero la determinación cuantitativa de la unidad de medida había sido olvidada y “franco” era, por tanto, una palabra sin sentido. Cuánta o cuán poca tierra representaba un franco en assignats dependía, en efecto, del resultado de la subasta pública. En la práctica, sin embargo, el franco en assignats circulaba como signo de valor del dinero de plata, y por este patrón de plata se medía, por tanto, su depreciación.

La época de la suspensión de los pagos en efectivo del Banco de Inglaterra no fue apenas más fecunda en boletines de batalla que en teorías monetarias. La depreciación de los billetes de banco y la subida del precio de mercado del oro por encima de su precio de ceca despertaron de nuevo, por parte de algunos defensores del Banco, la doctrina de la medida monetaria ideal. Lord Castlereagh encontró la expresión clásicamente confusa para la opinión confusa al designar la unidad de medida del dinero como “a sense of value in reference to currency as compared with commodities”!. Cuando las circunstancias, algunos años después de la Paz de París, permitieron la reanudación de los pagos en efectivo, se planteó, en forma apenas modificada, la misma cuestión que Lowndes había suscitado bajo Guillermo III. Una enorme deuda del Estado y una masa de deudas privadas, obligaciones fijas, etc., acumuladas durante más de 20 años, estaban contraídas en billetes de banco depreciados. ¿Debían ser reembolsadas en billetes de banco de los cuales 4672 libras esterlinas 10 chelines representaban, no en nombre sino en sustancia, 100 libras de oro de 22 quilates? Thomas Attwood, un banquero

* Con ocasión de la última crisis comercial, se elogió enfáticamente en Inglaterra, desde cierto sector, el dinero ideal africano, después de que su domicilio se hubiera trasladado esta vez de la costa al corazón de Berbería. Se deducía la inmunidad de los beréberes ante las crisis comerciales e industriales de la unidad de medida ideal de sus barras. ¿No era más sencillo decir que el comercio y la industria son la conditio sine qua non de las crisis comerciales e industriales?

! “un sentido del valor en referencia al medio de circulación comparado con las mercancías”

Zur Kritik der Politischen Ökonomie * Zweites Kapitel 65

de Birmingham, se presentó como Lowndes redivivus. Nominalmente, los acreedores debían recobrar tantos chelines como nominalmente se habían contratado, pero si, según el antiguo pie de ceca, 1/78 de onza de oro se llamaba aproximadamente chelín, ahora, pongamos por caso, 1/90 de onza debía bautizarse como chelín. Los partidarios de Attwood son conocidos como la escuela de Birmingham de los “little Shillingmen”. La disputa sobre la medida monetaria ideal, que comenzó en 1819, continuó todavía en 1845 entre Sir Robert Peel y Attwood, cuya sabiduría propia, en lo que se refiere a la función del dinero como medida, se resume exhaustivamente en la siguiente cita:

“Sir Robert Peel, en su polémica con la Cámara de Comercio de Birmingham, pregunta: ¿Qué representará vuestro billete de libra? ¿Qué es una libra? ... ¿Qué es, entonces, a la inversa, lo que debe entenderse por la actual unidad de medida del valor?... 3 Libras esterlinas 17 chelines”

. 10½ peniques, ¿representan una onza de oro o su valor? Si la onza misma, ¿por qué no llamar a las cosas por su nombre y en vez de libras esterlinas, chelines, peniques, no decir mucho mejor onza, pennyweight y grano? Entonces volvemos al sistema del trueque directo... ¿O representan el valor? Si una onza = 3 libras esterlinas 17 chelines 10½ peniques, ¿por qué fue en diversas épocas a veces 5 libras esterlinas 4 chelines, a veces 3 libras esterlinas 17 chelines 9 peniques?... La expresión libra (£) se refiere al valor, pero no al valor fijado en una parte de peso inmutable de oro. La libra es una unidad ideal... El trabajo es la sustancia en que se disuelven los costes de producción, y da al oro su valor relativo como al hierro. Cualquier nombre de cuenta que, por tanto, se emplee para designar el trabajo diario o semanal de un hombre, ese nombre expresa el valor de la mercancía producida.»*

* «The Currency Question, the Gemini Letters», Londres, 1844, pp. 266-272, passim.

En las últimas palabras se desvanece la nebulosa representación de la medida ideal del dinero y se trasluce su verdadero contenido intelectual. Los nombres de cuenta del oro —libra esterlina, chelín, etc.— deben ser nombres de determinadas cantidades de tiempo de trabajo. Siendo el tiempo de trabajo la sustancia y la medida inmanente de los valores, tales nombres representarían, pues, en realidad, las proporciones mismas de valor. En otras palabras, se afirma que el tiempo de trabajo es la verdadera unidad de medida del dinero. Con esto salimos de la escuela de Birmingham, aunque observemos de paso que la doctrina de la medida ideal del dinero cobró nueva importancia en la polémica sobre la convertibilidad o inconvertibilidad de los billetes de banco. Cuando el papel recibe su denominación del oro o la plata, la convertibilidad del billete, es decir, su posibilidad de ser cambiado por oro o plata, sigue siendo una ley económica, diga lo que diga la ley jurídica. Así, un tálero prusiano en papel, aunque legalmente inconvertible, se depreciaría inmediatamente si en el tráfico corriente valiese menos que un tálero de plata, es decir, si no fuese prácticamente convertible. Los representantes consecuentes del papel moneda inconvertible en Inglaterra se refugiaron, por tanto, en la medida ideal del dinero. Si los nombres de cuenta del dinero —libra esterlina, chelín, etc.— son nombres para una determinada suma, para átomos de valor de los que una mercancía absorbe o cede ora más, ora menos en el intercambio con otras mercancías, entonces un billete inglés de 5 libras es, por ejemplo, tan independiente de su relación con el oro como de la que guarda con el hierro o el algodón. Puesto que su título habría dejado de equipararlo teóricamente a un quantum determinado de oro o de cualquier otra mercancía, la exigencia de su convertibilidad, esto es, de su equiparación práctica con un quantum determinado de una cosa específica, quedaría excluida por su propio concepto.

La doctrina del tiempo de trabajo como unidad de medida inmediata del dinero ha sido desarrollada por primera vez de modo sistemático por John Gray.* Él hace que un banco central nacional, por medio de sus sucursales, certifique el tiempo de trabajo empleado en la producción de las distintas mercancías. A cambio de la mercancía, el productor recibe un certificado oficial del valor, es decir, un recibo por tanto tiempo de trabajo como encierre su mercancía**, y estos billetes de banco de 1 semana de trabajo, 1 día de trabajo, 1 hora de trabajo, etc., sirven al mismo tiempo de vale por un equivalente en todas las demás mercancías almacenadas en los depósitos del banco.*** Éste es el principio fundamental, cuidadosamente llevado hasta el detalle y apoyado por doquier en instituciones inglesas existentes. Bajo este sistema, dice Gray,

«en todos los tiempos sería tan fácil vender por dinero como lo es ahora comprar con dinero; la producción sería la fuente uniforme y nunca exhausta de la demanda»*.  
Los metales preciosos perderían su «privilegio» frente a las demás mercancías y  
«ocuparían el lugar que les corresponde en el mercado junto a la mantequilla y los huevos, el paño y el calicó, y su valor no nos interesaría más que el de los diamantes».**  
«¿Debemos conservar nuestra medida imaginaria de los valores, el oro, y encadenar así las fuerzas productivas del país, o debemos volvernos hacia la medida natural de los valores, hacia el trabajo, y liberar las fuerzas productivas del país?»***  

* John Gray, «The Social System. A Treatise on the Principle of Exchange», Edimburgo, 1831. Compárese del mismo autor: «Lectures on the nature and use of money», Edimburgo, 1848. Después de la revolución de febrero, Gray envió al gobierno provisional francés una memoria, en la que le enseñaba que Francia no necesitaba una «organisation of labour», sino una «organisation of exchange», cuyo plan, completamente elaborado, estaba contenido en el sistema monetario por él discurrido. El bueno de John no sospechaba que, dieciséis años después de la publicación del «Social System», un inventivo Proudhon había sacado patente del mismo descubrimiento.  
** Gray, «The Social System etc.», pág. 63: «El dinero debería ser meramente un recibo, una prueba de que su poseedor ha aportado un valor determinado a la riqueza nacional existente, o de que ha adquirido de alguien que lo ha aportado un derecho sobre el valor mencionado.»  
*** «Deposítese un producto, después de recibir un valor estimativo, en un banco y retíreselo cuando se necesite, quedando establecido por un simple acuerdo general que quien deposita cualquier clase de propiedad en el Banco Nacional propuesto puede retirar de él un valor igual, cualquiera que sea su contenido, en lugar de estar obligado a retirar la misma cosa que depositó.» l.c., págs. 67-68.  
* l.c., pág. 16.  
** Gray, «Lectures on money etc.», pág. 182.  
*** l.c., pág. 169.

Puesto que el tiempo de trabajo es la medida inmanente de los valores, ¿por qué poner a su lado otra medida exterior? ¿Por qué se desarrolla el valor de cambio hasta convertirse en precio? ¿Por qué estiman todas las mercancías su valor en una mercancía exclusiva, la cual queda transformada así en la existencia adecuada del valor de cambio, en dinero? Éste era el problema que Gray tenía que resolver. En vez de resolverlo, se imagina que las mercancías pueden referirse directamente unas a otras como productos del trabajo social. Pero sólo pueden referirse las unas a las otras como lo que son. Las mercancías son inmediatamente productos de trabajos privados aislados e independientes, que han de confirmarse como trabajo social general mediante su enajenación en el proceso del intercambio privado; o bien, el trabajo, sobre la base de la producción de mercancías, no se convierte en trabajo social sino mediante la enajenación universal de los trabajos individuales. Pero si Gray supone que el tiempo de trabajo contenido en las mercancías es inmediatamente trabajo social, lo supone como tiempo de trabajo comunitario o como tiempo de trabajo de individuos directamente asociados. Entonces, en efecto, una mercancía específica, como el oro y la plata, no podría enfrentarse a las demás mercancías como encarnación del trabajo general, el valor de cambio no se convertiría en precio, pero tampoco el valor de uso se convertiría en valor de cambio, el producto no se convertiría en mercancía, y con ello quedaría suprimida la base misma de la producción burguesa. Pero ésta no es, en modo alguno, la opinión de Gray. Los productos deben ser producidos como mercancías, pero no intercambiados como mercancías. Gray traslada a un banco nacional la ejecución de este piadoso deseo. Por un lado, la sociedad, en la forma del banco, convierte a los individuos en independientes de las condiciones del intercambio privado y, por otro lado, los deja seguir produciendo sobre la base del intercambio privado. Sin embargo, la consecuencia interna empuja a Gray a ir negando una tras otra las condiciones de la producción burguesa, aunque él sólo quiere «reformar» el dinero que brota del intercambio de mercancías. Así, transforma el capital en capital nacional*, la propiedad del suelo en propiedad nacional**, y si se le miran los dedos a su banco, se encuentra que no se limita a recibir mercancías con una mano y a emitir con la otra certificados del trabajo entregado, sino que regula la producción misma. En su última obra, «Lectures on money», en la que Gray se esfuerza angustiosamente por presentar su dinero de trabajo como una reforma puramente burguesa, se enreda en un contrasentido aún más estridente.

* «Los negocios de cada país deberían ser conducidos sobre la base de un capital nacional.» (John Gray, «The Social System etc.», pág. 171).  
** «El suelo tiene que ser transformado en propiedad nacional» (l.c., pág. 298).

Toda mercancía es inmediatamente dinero. Ésta era la teoría de Gray, derivada de su análisis incompleto y, por lo mismo, falso de la mercancía. La construcción «orgánica» del «dinero de trabajo» y del «banco nacional» y de los «almacenes de mercancías» no es más que una quimera en la que el dogma es presentado en fantasmagoría como ley dominadora del mundo. El dogma de que la mercancía es inmediatamente dinero o el trabajo particular del individuo privado, contenido en ella, es inmediatamente trabajo social, no se convierte en verdad, naturalmente, por el hecho de que un banco crea en él y opere de acuerdo con él. La bancarrota asumiría más bien, en tal caso, el papel de la crítica práctica. Lo que en Gray permanece oculto y, sobre todo, disimulado a él mismo, a saber, que el dinero de trabajo es una frase de resonancia económica para expresar el piadoso deseo de desembarazarse del dinero, con el dinero del valor de cambio, con el valor de cambio de la mercancía, y con la mercancía de la forma burguesa de la producción, es dicho sin tapujos por algunos socialistas ingleses que escribieron en parte antes y en parte después de Gray.*** Al señor Proudhon y a su escuela les estaba reservado, empero, predicar seriamente la degradación del dinero y la ascensión al cielo de la mercancía como núcleo del socialismo, disolviendo así el socialismo en un elemental malentendido acerca de la conexión necesaria entre la mercancía y el dinero.*

*** Véase, por ejemplo, W. Thompson, «An Inquiry into the distribution of wealth etc.», Londres, 1824; Bray, «Labour’s wrongs and labour’s remedy», Leeds, 1839.  
* Para el escrito de Proudhon, véase más adelante.

2. Medios de circulación

Después de que la mercancía, en el proceso de la fijación del precio, ha adquirido su forma apta para la circulación y el oro su carácter de dinero, la circulación expondrá y resolverá a la vez las contradicciones que encerraba el proceso de intercambio de las mercancías. El intercambio real de las mercancías, esto es, el intercambio material de la sociedad, se efectúa en un cambio de forma en el que se despliega la doble naturaleza de la mercancía como valor de uso y valor de cambio, pero su propio cambio de forma se cristaliza al mismo tiempo en determinadas formas del dinero. La exposición de este cambio de forma es la exposición de la circulación. Así como hemos visto que la mercancía es valor de cambio desarrollado sólo cuando se presupone un mundo de mercancías y, de este modo, una división del trabajo efectivamente desarrollada, así también la circulación presupone actos de intercambio universales y el flujo constante de su renovación. La segunda premisa es que las mercancías entren en el proceso de intercambio como mercancías con precio determinado o aparezcan dentro de él como existencias dobles una para la otra, realmente como valores de uso, idealmente —en el precio— como valores de cambio.

En las calles más animadas de Londres se agolpa almacén tras almacén, tras cuyos huecos ojos de cristal relucen todas las riquezas del mundo: chales indios, revólveres americanos, porcelana china, corsés parisinos, pieles rusas y especias tropicales; pero todas estas cosas, ávidas de mundo, llevan en la frente fatídicas etiquetas blanquecinas en las que están grabadas cifras arábigas con los lacónicos caracteres £, sh., d. Tal es la imagen de la mercancía tal como aparece en la circulación. 

a) La metamorfosis de las mercancías 

Considerado más de cerca, el proceso de circulación muestra dos formas distintas de ciclos. Si llamamos a la mercancía M y al dinero D, podemos expresar estas dos formas como: 

M-D-M 
D-M-D 

* Como compendio de esta melodramática teoría del dinero puede considerarse la obra de Alfred Darimon, *De la réforme des banques*, París 1856. 

70 | * Karl Marx 

En este apartado nos ocupamos exclusivamente de la primera forma, o forma inmediata de la circulación de mercancías. 

El ciclo M-D-M se descompone en el movimiento M-D, intercambio de mercancía por dinero o *venta*; en el movimiento opuesto D-M, intercambio de dinero por mercancía o *compra*, y en la unidad de ambos movimientos M-D-M, intercambio de mercancía por dinero para intercambiar dinero por mercancía, o *vender para comprar*. Pero como resultado en el que el proceso se extingue, resulta M-M, intercambio de mercancía por mercancía, el metabolismo real. 

M-D-M, si se parte del extremo de la primera mercancía, representa su transformación en oro y su retransformación de oro en mercancía, o sea un movimiento en el que la mercancía primero existe como valor de uso particular, luego se despoja de esa existencia, gana una existencia como valor de cambio o equivalente general, desligada de toda conexión con su existencia natural, vuelve a despojarse de ésta y finalmente permanece como valor de uso real para necesidades particulares. En esta última forma sale de la circulación y entra en el consumo. La totalidad de la circulación M-D-M es, por tanto, ante todo la serie completa de las metamorfosis que atraviesa cada mercancía singular para convertirse en valor de uso inmediato para su poseedor. La primera metamorfosis se cumple en la primera mitad de la circulación M-D, la segunda en la otra mitad D-M, y la circulación entera forma el *curriculum vitae*[^1] de la mercancía. Pero la circulación M-D-M es la metamorfosis total de una mercancía singular sólo en la medida en que es, al mismo tiempo, la suma de determinadas metamorfosis unilaterales de otras mercancías, pues cada metamorfosis de la primera mercancía es su transformación en otra mercancía, y por tanto transformación de la otra mercancía en ella, o sea transformación bilateral que se cumple en el mismo estadio de la circulación. Hemos de considerar primero, aisladamente, cada uno de los dos procesos de intercambio en que se descompone la circulación M-D-M.

M-D o *venta*: M, la mercancía, entra en el proceso de circulación no sólo como valor de uso particular, por ejemplo como una tonelada de hierro, sino como valor de uso de un precio determinado, digamos de 3 libras esterlinas, 17 chelines y 10½ peniques, o sea una onza de oro. Este precio, al mismo tiempo que es, por un lado, el exponente de la cantidad de tiempo de trabajo contenido en el hierro, es decir de su magnitud de valor, expresa también el piadoso deseo del hierro de convertirse en oro, esto es, de dar al tiempo de trabajo contenido en él mismo la configuración de tiempo de trabajo social general. Si esta transustanciación no se logra, la tonelada de hierro deja de ser no sólo mercancía, sino producto, pues ella es mercancía únicamente porque es no-valor de uso para su poseedor, o sea porque su trabajo es trabajo real sólo como trabajo útil para otros, y para él sólo es útil como trabajo abstractamente general. Es, pues, tarea del hierro o de su poseedor encontrar el punto en el mundo de las mercancías donde el hierro atrae al oro. Pero esta dificultad, el *salto mortale* de la mercancía, queda superada cuando la venta se realiza efectivamente, tal como aquí se supone en el análisis de la circulación simple. En la medida en que la tonelada de hierro, mediante su enajenación, es decir su tránsito de la mano en que es no-valor de uso a la mano en que es valor de uso, se realiza como valor de uso, realiza al mismo tiempo su precio y de oro meramente representado se convierte en oro real. En lugar del nombre «onza de oro» o «3 libras esterlinas, 17 chelines y 10½ peniques», ha aparecido ahora una onza de oro real, pero la tonelada de hierro ha despejado el lugar. Mediante la venta M-D, no sólo se transforma realmente en oro la mercancía que en su precio estaba idealmente transformada en oro, sino que por el mismo proceso el oro, que como medida de los valores era sólo oro ideal y de hecho sólo figuraba como nombre monetario de las propias mercancías, se transforma en dinero real.* Del mismo modo que se convirtió idealmente en equivalente general porque todas las mercancías medían sus valores en él, se convierte ahora, como producto de la enajenación universal de las mercancías a cambio de él —y la venta M-D es el proceso de esta enajenación universal—, en la mercancía absolutamente enajenable, en dinero real. Pero el oro se convierte en dinero real únicamente en la venta, porque los valores de cambio de las mercancías en sus precios ya eran oro ideal.

En la venta M-D, al igual que en la compra D-M, se enfrentan dos mercancías, unidades de valor de cambio y valor de uso; pero en la mercancía su valor de cambio sólo existe idealmente como precio, mientras que en el oro, aunque él mismo es un valor de uso real, su valor de uso sólo existe como portador del valor de cambio y, por tanto, únicamente como valor de uso formal, no referido a ninguna necesidad individual real. La oposición entre valor de uso y valor de cambio se distribuye, pues, polarmente entre los dos extremos de M-D, de modo que la mercancía, frente al oro, es valor de uso que tiene que realizar primeramente en el oro su valor de cambio ideal, el precio, mientras que el oro, frente a la mercancía, es valor de cambio que sólo materializa su valor de uso formal en la mercancía. Sólo mediante este desdoblamiento de la mercancía en mercancía y oro, y mediante la relación, a su vez doble y contrapuesta, en la que cada extremo es idealmente lo que su contrario es realmente, y es realmente lo que su contrario es idealmente, es decir, sólo mediante la representación de las mercancías como oposiciones bilateralmente polares, se resuelven las contradicciones contenidas en su proceso de intercambio.

* «El dinero es de dos clases: ideal y real; y se emplea de dos maneras distintas: para estimar las cosas y para comprarlas. Para estimar, es adecuado el dinero ideal, tanto como el real, y quizá incluso mejor. El otro uso del dinero consiste en comprar aquellas cosas que él mismo estima. . Los precios y los contratos se estiman en dinero ideal y se realizan en dinero real.» (Galiani, loc. cit., pág. 112 y ss.)

Hasta aquí hemos considerado M-D como venta, como transformación de mercancía en dinero. Pero si nos situamos del lado del otro extremo, el mismo proceso aparece más bien como D-M, como compra, como transformación de dinero en mercancía. La venta es necesariamente, a la vez, su contrario, la compra; aquélla, si se considera el proceso desde uno de los lados, y ésta, si se considera desde el otro. O, en la realidad, el proceso sólo se diferencia porque en M-D la iniciativa parte del extremo de la mercancía o del vendedor, y en D-M del extremo del dinero o del comprador. Así, al representar la primera metamorfosis de la mercancía, su transformación en dinero como resultado del recorrido del primer estadio de la circulación, M-D, suponemos al mismo tiempo que otra mercancía se ha transformado ya en dinero y se encuentra, por tanto, ya en el segundo estadio de la circulación, D-M. Caemos así en un círculo vicioso de presuposiciones. La circulación misma es ese círculo vicioso. Si no consideramos D en M-D ya como metamorfosis de otra mercancía, extraemos el acto de intercambio del proceso de circulación. Pero fuera de éste desaparece la forma M-D, y ya sólo se enfrentan dos M diferentes, digamos hierro y oro, cuyo intercambio no es un acto particular de la circulación, sino del trueque inmediato. El oro es mercancía, como cualquier otra, en la fuente de su producción. Su valor relativo y el del hierro, o el de cualquier otra mercancía, se presentan aquí en las cantidades en que se intercambian recíprocamente. Pero en el proceso de circulación esta operación está presupuesta; el valor propio del oro está ya dado en los precios de las mercancías. Nada más erróneo, por tanto, que la representación según la cual, dentro del proceso de circulación, el oro y la mercancía entran en la relación del trueque inmediato y su valor relativo se determina por su intercambio como simples mercancías. Si parece que en el proceso de circulación el oro se intercambia como mera mercancía por mercancías, esta apariencia brota sencillamente de que en los precios una cantidad determinada de mercancía está ya equiparada a una cantidad determinada de oro, es decir, ya está referida al oro como dinero, como equivalente general, y, por tanto, es directamente intercambiable con él. En la medida en que el precio de una mercancía se realiza en el oro, ella se intercambia por éste como mercancía, como materialización particular del tiempo de trabajo; pero en la medida en que es su precio el que se realiza en él, se intercambia por él como dinero y no como mercancía, es decir, por él como materialización general del tiempo de trabajo. En ambas relaciones, sin embargo, la cantidad de oro por la que se intercambia la mercancía dentro del proceso de circulación no está determinada por el intercambio, sino que el intercambio está determinado por el precio de la mercancía, es decir, por su valor de cambio estimado en oro.*

Dentro del proceso de circulación, el oro aparece en cada mano como resultado de la venta M-D. Pero, como M-D, la venta, es al mismo tiempo D-M, la compra, se muestra que mientras M, la mercancía de la que parte el proceso, realiza su primera metamorfosis, la otra mercancía, que como extremo D se enfrenta a ella, lleva a cabo su segunda metamorfosis y recorre, por tanto, la segunda mitad de la circulación, mientras la primera mercancía se encuentra aún en la primera mitad de su curso.

Como resultado del primer proceso de la circulación, de la venta, se obtiene el punto de partida del segundo: el dinero. En el lugar de la mercancía en su primera forma ha aparecido su equivalente áureo. Este resultado puede constituir primeramente un punto de reposo, ya que la mercancía, en esta segunda forma, posee una existencia propia y perseverante. La mercancía, que en la mano de su poseedor no era valor de uso, ahora está disponible en una forma siempre útil por ser siempre intercambiable, y depende de las circunstancias cuándo y en qué punto de la superficie del mundo de las mercancías vuelve a entrar en la circulación. Su transformación en crisálida de oro constituye un segmento autónomo en su vida, en el que puede demorarse más o menos tiempo. Mientras que en el trueque el intercambio de un valor de uso particular está vinculado inmediatamente al intercambio de otro valor de uso particular, el carácter general del trabajo que pone valor de cambio aparece en la separación y en el indiferente desdoblamiento de los actos de compra y venta.

D-M, la *compra*, es el movimiento inverso a M-D y, al mismo tiempo, la segunda metamorfosis o metamorfosis final de la mercancía. Como oro, o en su existencia como equivalente general, la mercancía puede representarse inmediatamente en los valores de uso de todas las demás mercancías, las cuales, en sus precios, aspiran todas al oro como a su más allá, mientras al mismo tiempo indican la nota con que debe sonar para que sus cuerpos, los valores de uso, pasen al lado del dinero, 

[^1]: la hoja de vida.

Esto no impide, naturalmente, que el precio de mercado de las mercancías pueda situarse por encima o por debajo de su valor. Pero esta consideración es ajena a la circulación simple y pertenece a una esfera completamente distinta, que examinaremos más tarde, en la que investigaremos la relación entre valor y precio de mercado.

su alma, el valor de cambio, salta ahora al seno del oro mismo. El producto general de la enajenación de las mercancías es la mercancía absolutamente enajenable. Para la transformación del oro en mercancía no existe ya ninguna barrera cualitativa, sino únicamente una barrera cuantitativa: la barrera de su propia cantidad o magnitud de valor. «Todo se puede obtener por dinero al contado.» Mientras la mercancía, en el movimiento M–D, realiza mediante su enajenación como valor de uso su propio precio y el valor de uso del dinero ajeno, en el movimiento D–M realiza mediante su enajenación como valor de cambio su propio valor de uso y el precio de la otra mercancía. Si al realizar la mercancía su precio transforma a la vez el oro en dinero efectivo, mediante su reconversión transforma el oro en su propia y meramente efímera existencia dineraria. Como la circulación de mercancías presupone una división del trabajo desarrollada, es decir, multiplicidad de las necesidades del individuo en proporción inversa a la unilateralidad de su producto, el acto de compra D–M se presentará ora en una ecuación con un equivalente en mercancías, ora se fragmentará en una serie de equivalentes mercantiles, serie ahora circunscrita por el círculo de las necesidades del comprador y por la magnitud de su suma de dinero. — Así como la venta es a la vez compra, la compra es a la vez venta, D–M es a la vez M–D, pero la iniciativa pertenece aquí al oro o al comprador.

Volvamos ahora a la circulación total M–D–M: se muestra entonces que en ella una mercancía recorre la serie completa de sus metamorfosis. Pero, al mismo tiempo, mientras ella inicia la primera mitad de la circulación y realiza la primera metamorfosis, una segunda mercancía entra en la segunda mitad de la circulación, lleva a cabo su segunda metamorfosis y sale de la circulación, e, inversamente, la primera mercancía entra en la segunda mitad de la circulación, realiza su segunda metamorfosis y sale de la circulación, mientras que una tercera mercancía entra en la circulación, recorre la primera mitad de su curso y ejecuta la primera metamorfosis. La circulación total M–D–M, como metamorfosis total de una mercancía, es, pues, siempre y a la vez final de la metamorfosis total de una segunda mercancía y comienzo de la metamorfosis total de una tercera, es decir, una serie sin comienzo ni fin. Para mayor claridad, y a fin de distinguir las mercancías, designemos de manera distinta M en ambos extremos, por ejemplo, como M–D–M’. En efecto, el primer miembro M’–D presupone D como resultado de otro M–D, y es, por tanto, él mismo solo el último miembro de M–D–M’, mientras que el segundo miembro D–M’ es, en su resultado, M’–D, y se presenta, por consiguiente, como primer miembro de M’’–D–M’’’, etc. Más aún, se muestra que el último miembro D–M, aunque D solo es resultado de una venta, puede presentarse como D–M + D–M’ + D–M’’’ + etc., y, por lo mismo, fragmentarse en una masa de compras, es decir, en una masa de ventas, vale decir, en una masa de primeros miembros de nuevas metamorfosis totales de mercancías. Si, por tanto, la metamorfosis total de una mercancía singular no se presenta solo como eslabón de una cadena de metamorfosis sin comienzo ni fin, sino de muchas cadenas de ese tipo, el proceso de circulación del mundo de las mercancías — puesto que cada mercancía singular recorre la circulación M–D–M — se presenta como un enredo infinitamente intrincado de cadenas de ese movimiento, que sin cesar termina en infinitos puntos distintos y sin cesar vuelve a comenzar. Pero cada venta o compra singular existe a la vez como un acto indiferente y aislado, cuyo acto complementario puede estar de él separado temporal y espacialmente, sin necesidad, por tanto, de enlazarse a él de manera inmediata como continuación. En la medida en que cada proceso particular de circulación M–D o D–M, como transformación de una mercancía en valor de uso y de la otra mercancía en dinero, como primer y segundo estadio de la circulación, constituye por dos lados un punto de reposo autónomo, pero, por otro lado, todas las mercancías inician su segunda metamorfosis en la figura que les es común del equivalente general, del oro, y se sitúan en el punto de partida de la segunda mitad de la circulación, en la circulación real un D–M cualquiera se empalma con un M–D cualquiera, el segundo capítulo en la vida de una mercancía con el primer capítulo en la vida de la otra. Por ejemplo, A vende hierro por 2 libras esterlinas, llevando a cabo así M–D o la primera metamorfosis de la mercancía hierro, pero difiere la compra para un momento posterior. Al mismo tiempo, B, que 14 días antes había vendido 2 *quarters* de trigo por 6 libras esterlinas, compra con esas mismas 6 libras esterlinas un abrigo y un pantalón de Moses e hijo, llevando a cabo así D–M o la segunda metamorfosis de la mercancía trigo. Estos dos actos, D–M y M–D, aparecen aquí únicamente como eslabones de una cadena porque en D, en el oro, una mercancía tiene el mismo aspecto que la otra y en el oro ya no es reconocible si es hierro metamorfoseado o trigo metamorfoseado. En el proceso real de circulación, M–D–M se presenta, pues, como un confuso mosaico de meros actos casuales de coexistencia y sucesión de eslabones de diversas metamorfosis totales. El proceso real de circulación no aparece, por tanto, como la metamorfosis total de la mercancía, como su movimiento a través de fases contrapuestas, sino como mero agregado de muchas compras y ventas que discurren de manera casual unas al lado de otras o se suceden. La determinidad formal del proceso queda así extinguida, tanto más completamente cuanto que cada acto singular de circulación — por ejemplo, la venta — es a la vez su contrario — la compra —, y viceversa. De otra parte, el proceso de circulación es el movimiento de las metamorfosis del mundo de las mercancías y debe, por consiguiente, reflejarlo también en su movimiento total. Cómo lo refleja, lo consideraremos en el apartado siguiente. Aquí baste agregar que en M–D–M los dos extremos M no guardan la misma relación formal con D. La primera M se comporta como mercancía particular respecto al dinero en cuanto mercancía general, mientras que el dinero, como la mercancía general, se comporta respecto a la segunda M como mercancía singular. M–D–M puede, por tanto, reducirse, desde el punto de vista lógico abstracto, a la forma de razonamiento P–U–S, en la cual la particularidad constituye el primer extremo, la universalidad el término medio vinculante y la singularidad el último extremo.

Los poseedores de mercancías comparecían en el proceso de circulación simplemente como custodios de mercancías. Dentro de ese proceso se enfrentan en la forma contrapuesta de comprador y vendedor, el uno como personificación de un pan de azúcar, el otro como personificación del oro. Así como el pan de azúcar se convierte en oro, el vendedor se convierte en comprador. Estos caracteres sociales determinados no surgen, pues, en modo alguno de la individualidad humana en general, sino de las relaciones de intercambio de seres humanos que producen sus productos en la forma determinada de la mercancía. Tan poco son relaciones meramente individuales las que se expresan en la relación del comprador y el vendedor, que ambos solo entran en esa relación en la medida en que su trabajo individual es negado, a saber, en cuanto se convierte en dinero trabajo de ningún individuo. Tan necio es, pues, concebir esos caracteres económicamente burgueses de comprador y vendedor como formas sociales eternas de la individualidad humana, como equivocado es deplorarlos como abolición de la individualidad.* Son la representación necesaria de la individualidad sobre la base de un determinado estadio

* Hasta qué punto la forma completamente superficial del antagonismo que se presenta en la compra y en la venta hiere a las almas bellas, lo muestra el siguiente extracto de las *Leçons sur l’industrie et les finances*, París, 1832, del señor Isaac Pereire. El hecho de que ese mismo Isaac sea el lobo parisino de la bolsa, notorio como inventor y dictador del Crédit mobilier, muestra a la vez qué hay con la crítica sentimental de la economía. El señor Pereire, a la sazón apóstol de Saint-Simon, dice: «Porque los individuos están aislados, separados los unos de los otros, sea en sus trabajos, sea para el consumo, se da entre ellos intercambio de los productos de sus respectivas actividades. De la necesidad del intercambio brota la necesidad de determinar el valor relativo de los objetos. Las ideas de valor y de intercambio están, pues, estrechamente vinculadas, y ambas expresan en su forma real el individualismo y el antagonismo... El valor de los productos solo puede fijarse porque hay venta y compra, en otras palabras, antagonismo entre los diversos miembros de la sociedad. Solo podía ocuparse uno de precio, de valor, allí donde había venta y compra, es decir, donde cada individuo se veía forzado a luchar para procurarse los objetos necesarios para la conservación de la existencia.» (loc. cit., págs. 2, 3 passim.)

del proceso social de producción. En la contraposición entre comprador y vendedor se expresa, además, la naturaleza antagónica de la producción burguesa de un modo todavía tan superficial y formal que ese antagonismo pertenece también a formas sociales preburguesas, por cuanto exige meramente que los individuos se relacionen entre sí como poseedores de mercancías.

Consideremos ahora el resultado de M–D–M: se reduce al intercambio material M–M. Se ha intercambiado mercancía por mercancía, valor de uso por valor de uso, y la conversión de la mercancía en dinero, o la mercancía como dinero, solo sirve para mediar ese intercambio material. El dinero aparece así como mero medio de intercambio de las mercancías, pero no como medio de intercambio en general, sino como medio de intercambio caracterizado por el proceso de circulación, es decir, como medio de circulación.*

De ahí que del hecho de que el proceso de circulación de las mercancías se extinga en M–M y, por tanto, parezca no ser más que trueque mediado por el dinero, o de que en general M–D–M no solo se escinda en dos procesos aislados sino que represente a la vez su unidad en movimiento, querer inferir que solo existe la unidad y no la separación entre compra y venta, es una manera de pensar cuya crítica corresponde a la lógica y no a la economía. Así como la separación de compra y venta en el proceso de intercambio hace saltar las barreras locales y naturales, tradicionales y piadosas, sentimentalmente necias del intercambio material de la sociedad, es al mismo tiempo la forma general de la ruptura de sus momentos conexos y de su fijación contrapuesta, en una palabra, la posibilidad general de las crisis comerciales, pero solo porque la antítesis de mercancía y dinero es la forma abstracta y general de todas las antítesis contenidas en el trabajo burgués. La circulación monetaria puede, por tanto, tener lugar sin crisis, pero las crisis no pueden tener lugar sin circulación monetaria. Esto, sin embargo, solo significa que allí donde el trabajo basado en el intercambio privado no ha llegado aún siquiera a la formación de dinero, menos aún puede producir fenómenos que presuponen el pleno desarrollo del proceso burgués de producción. Cabe, pues, medir la profundidad de la crítica que, mediante la abolición del «privilegio» de los metales preciosos y un llamado «sistema monetario racional», pretende eliminar los «abusos» de la producción burguesa. Como prueba, en cambio, de la apologética economicista, bastará una locución

* «El dinero no es más que el medio y la fuerza motriz, mientras que las mercancías útiles para la vida son la meta y el fin.» Boisguillebert, *Le détail de la France*, 1697, en Eugène Daire, *Économistes financiers du XVIIIe siècle*, vol. I, París, 1843, pág. 210.

que es tachada de extraordinariamente perspicaz. James Mill, padre del conocido economista inglés John Stuart Mill, dice:

«Jamás puede haber escasez de compradores para todas las mercancías. Quienquiera que ofrece a la venta una mercancía, pide recibir a cambio una mercancía, y por tanto es comprador por el mero hecho de ser vendedor. Reunidos los compradores y vendedores de todas las mercancías, deben, pues, mantenerse en equilibrio por una necesidad metafísica. Por consiguiente, si hay más vendedores que compradores de una mercancía, tiene que haber más compradores que vendedores de otra mercancía.»*

Mill establece el equilibrio transformando el proceso de circulación en trueque directo, pero de contrabando introduce de nuevo en el trueque directo las figuras de comprador y vendedor tomadas del proceso de circulación. En su confusión de lenguaje, en aquellos momentos en que todas las mercancías son invendibles, como por ejemplo en Londres y Hamburgo durante determinados momentos de la crisis comercial de 1857/58, hay en efecto más compradores que vendedores de una mercancía, el dinero, y más vendedores que compradores de todo otro dinero, las mercancías. El equilibrio metafísico de las compras y las ventas se limita a que toda compra es una venta y toda venta es una compra, lo cual no es precisamente un consuelo para los poseedores de mercancías que no logran vender, ni por lo tanto comprar.**

La separación entre la venta y la compra hace posible, con el comercio propiamente dicho, una masa de transacciones aparentes antes del intercambio definitivo entre productores y consumidores de mercancías. Así capacita a una masa de parásitos para introducirse en el proceso de producción y explotar esa separación. Pero esto significa, a su vez, que con el dinero como la forma general del trabajo burgués está dada la posibilidad del desarrollo de sus contradicciones.

b) La circulación del dinero

La circulación real se presenta primero como una masa de compras y ventas que discurren accidentalmente unas junto a otras. Tanto en la compra como en la venta se enfrentan siempre mercancía y dinero de la misma manera: el vendedor del lado de la mercancía, el comprador del lado del dinero. Por eso el dinero como medio de circulación aparece siempre como medio de compra, con lo que sus distintas determinaciones en las fases contrapuestas de la metamorfosis de la mercancía se han vuelto irreconocibles.

En el mismo acto, el dinero pasa a manos del vendedor y la mercancía pasa a manos del comprador. Mercancía y dinero circulan, pues, en sentido opuesto, y este cambio de lugar, en el que la mercancía pasa a un lado y el dinero al otro, se efectúa simultáneamente en innumerables puntos de toda la superficie de la sociedad burguesa. Pero el primer paso que la mercancía da en la circulación es al mismo tiempo su último paso.* Ya se desplace de su lugar porque el oro se aparta de ella (M-D), o porque ella es atraída por el oro (D-M), de un solo golpe, con un solo cambio de lugar, sale de la circulación para caer en el consumo. La circulación es movimiento continuo de mercancías, pero siempre de mercancías distintas, y cada mercancía se mueve una sola vez. Cada mercancía no comienza la segunda mitad de su circulación como la misma mercancía, sino como otra mercancía, como oro. Por tanto, el movimiento de la mercancía metamorfoseada es el movimiento del oro. La misma pieza de dinero o el mismo individuo-oro que en el acto M-D ha cambiado una vez de lugar con una mercancía, aparece, inversamente, de nuevo como punto de partida de D-M y cambia así de lugar por segunda vez con otra mercancía. Así como salió de la mano del comprador B para pasar a la del vendedor A, pasa ahora de la mano de A, que se ha convertido en comprador, a la mano de C. El movimiento formal de una mercancía, su transformación en dinero y su reconversión a partir del dinero, o el movimiento de la metamorfosis total de la mercancía, se presenta, pues, como el movimiento exterior de la misma pieza de dinero que cambia dos veces de lugar con dos mercancías diferentes. Por más fragmentados y casuales que se sucedan compras y ventas, en la circulación real siempre se enfrenta un comprador a un vendedor, y el dinero que ocupa el lugar de la mercancía vendida tiene que haber cambiado ya una vez de lugar con otra mercancía antes de llegar a manos del comprador. Por otro lado, tarde o temprano vuelve a pasar de la mano del vendedor convertido en comprador a la de un nuevo vendedor, y en esta frecuente repetición de su cambio de lugar expresa la concatenación de las metamorfosis de las mercancías. Las mismas piezas de dinero recorren, pues, siempre en sentido opuesto al de las mercancías movidas, unas con más frecuencia, otras con menos, de un punto de la circulación a otro, y describen por tanto un arco de circulación más largo o más corto. Estos movimientos diferentes de la misma pieza de dinero no pueden sucederse más que en el tiempo, así como, inversamente, la multiplicidad y fragmentación de las compras y las ventas se manifiesta en el cambio de lugar único y simultáneo, que discurre en el espacio de modo yuxtapuesto, de mercancías y dinero.

La circulación de mercancías M-D-M, en su forma simple, se realiza en el tránsito del dinero de la mano del comprador a la del vendedor y de la mano del vendedor que se ha convertido en comprador a la de un nuevo vendedor. Con esto queda terminada la metamorfosis de la mercancía y, por consiguiente, el movimiento del dinero, en la medida en que éste es su expresión. Pero como constantemente se producen nuevos valores de uso como mercancías y, por tanto, deben ser lanzados una y otra vez a la circulación, el ciclo M-D-M se repite y se renueva por parte de los mismos poseedores de mercancías. El dinero que han gastado como compradores retorna a sus manos tan pronto como aparecen de nuevo como vendedores de mercancías. La constante renovación de la circulación de mercancías se refleja, así, en que el dinero no solo rueda continuamente de una mano a otra sobre toda la superficie de la sociedad burguesa, sino que a la vez describe una suma de pequeños ciclos diferentes, partiendo de puntos infinitamente diversos y retornando a esos mismos puntos, para repetir de nuevo el mismo movimiento.

Si el cambio de forma de las mercancías aparece como mero cambio de lugar del dinero, y la continuidad del movimiento de la circulación recae enteramente del lado del dinero, pues la mercancía nunca da más que un paso en sentido opuesto al dinero, mientras que el dinero cumple siempre el segundo paso por la mercancía y dice B donde la mercancía dijo A, entonces todo el movimiento parece partir del dinero, aunque la mercancía, al vender, arrastra al dinero de su sitio, es decir, hace circular al dinero tanto como ella misma es circulada por el dinero en la compra. Como, además, el dinero se enfrenta siempre a las mercancías en la misma relación de medio de compra, y como tal sólo las mueve realizando su precio, todo el movimiento de la circulación aparece como que el dinero cambia de lugar con las mercancías al realizar sus precios, ya sea en actos de circulación particulares que se efectúan simultáneamente unos junto a otros, ya sea de modo sucesivo, al realizar la misma pieza de dinero los precios de distintas mercancías por turno. Si consideramos, por ejemplo, M-D-M'-D-M''-D-M''' etc., sin tener en cuenta los momentos cualitativos que se vuelven irreconocibles en el proceso real de circulación, no se muestra más que la misma operación monótona. D, después de haber realizado el precio de M, realiza por turno los precios de M'-M'' etc., y las mercancías M-M'-M'' etc. ocupan siempre el lugar que abandona el dinero. Parece, pues, que el dinero hace circular las mercancías al realizar sus precios. En esta función de realizar los precios, él mismo circula constantemente, ora cambiando simplemente de lugar, ora recorriendo un arco de circulación, ora describiendo un pequeño círculo en el que coinciden el punto de partida y el de retorno. Como medio de circulación tiene su propia circulación. Por tanto, el movimiento formal de las mercancías en proceso aparece como su propio movimiento, que media el intercambio de las mercancías de suyo inmóviles. El movimiento del proceso de circulación de las mercancías se presenta, pues, en el movimiento del dinero como medio de circulación, en la circulación monetaria.

* En noviembre de 1807 apareció en Inglaterra un escrito de William Spence con el título «Britain independent of commerce», cuyo principio desarrolló más adelante William Cobbett en su «Political Register» bajo la forma más drástica de «Perish Commerce». En contra de esto, James Mill publicó en 1808 su «Defence of commerce», donde ya se encuentra el argumento tomado de sus «Elements of political economy». En su polémica con Sismondi y Malthus sobre las crisis comerciales, J. B. Say se apropió del ingenioso hallazgo, y ya que sería imposible decir con qué nueva ocurrencia este cómico «príncipe de la ciencia»! habría enriquecido la economía política —pues su mérito consistió más bien en la imparcialidad con que malinterpretó por igual a sus contemporáneos Malthus, Sismondi y Ricardo—, sus admiradores continentales lo pregonaron como el descubridor de ese tesoro del equilibrio metafísico de las compras y las ventas.
! «Príncipe de la ciencia».

** La manera en que los economistas exponen las diferentes determinaciones formales de la mercancía puede verse por los ejemplos siguientes:
«En posesión de dinero, no necesitamos más que un cambio para obtener el objeto deseado, mientras que con otros excedentes de producción tenemos que hacer dos, el primero de los cuales (procurarse el dinero) es infinitamente más difícil que el segundo.» (Opdyke, G., A treatise on political economy, Nueva York, págs. 287-288.)
«La mayor vendibilidad del dinero es precisamente el efecto o consecuencia natural de la menor vendibilidad de las mercancías.» (Corbet, Th., An inquiry into the causes and modes of the wealth of individuals etc., Londres, 1841, pág. 117.)
«El dinero tiene la propiedad de ser siempre intercambiable por aquello que mide.» (Bosanquet, Metallic, Paper and Credit Currency etc., Londres, 1842, pág. 100.)
«El dinero puede comprar siempre otras mercancías, mientras que las demás mercancías no pueden comprar siempre dinero.» (Tooke, Th., An Inquiry into the Currency Principle, 2.ª ed., Londres, 1844, pág. 10.)

* La misma mercancía puede ser comprada y vendida varias veces. Entonces ya no circula como mera mercancía, sino en una determinación que no está presente desde el punto de vista de la circulación simple, del simple antagonismo entre mercancía y dinero.

existencia desnuda del tiempo de trabajo general y, por ello, convertido en dinero, su propio movimiento omnilateral, mediante el cual mediatizan el metabolismo de sus trabajos, se les enfrenta ahora como movimiento peculiar de una cosa, como circulación del oro. El propio movimiento social es, para los poseedores de mercancías, por una parte, necesidad externa, y por otra, simple proceso formal mediador, que capacita a cada individuo para extraer de la circulación, a cambio del valor de uso que arroja en ella, otros valores de uso de la misma magnitud de valor. El valor de uso de la mercancía comienza al salir ella de la circulación, mientras que el valor de uso del dinero como medio de circulación es su propio circular. El movimiento de la mercancía en la circulación es sólo un momento evanescente, en tanto que el incesante deambular en ella se convierte en función del dinero. Esta función peculiar suya dentro del proceso de circulación confiere al dinero, como medio de circulación, una nueva determinación formal, que ahora ha de desarrollarse más de cerca.

Ante todo, salta a la vista que la circulación del dinero es un movimiento infinitamente fragmentado, puesto que en él se reflejan la infinita fragmentación del proceso de circulación en compras y ventas y la recíproca indiferencia de las fases complementarias de la metamorfosis de las mercancías. En los pequeños ciclos del dinero, donde el punto de partida y el de retorno coinciden, se manifiesta ciertamente un movimiento de repliegue, un verdadero movimiento circular; pero, por una parte, hay tantos puntos de partida como mercancías, y ya por su indeterminada multiplicidad estos ciclos se sustraen a todo control, medición y cálculo. Tampoco está determinado el tiempo transcurrido entre el alejamiento y el retorno al punto de partida. Y asimismo es indiferente que en un caso dado se describa o no semejante ciclo. Ningún hecho económico es más universalmente conocido que el de que se puede gastar dinero con una mano sin volver a ingresarlo con la otra. El dinero parte de infinitos puntos diferentes y retorna a infinitos puntos diferentes; pero la coincidencia del punto de partida con el de retorno es casual, porque en el movimiento M-D-M la reconversión del comprador en vendedor no está necesariamente condicionada. Menos aún representa la circulación del dinero un movimiento que irradie de un centro a todos los puntos de la periferia y retorne de todos los puntos de la periferia al mismo centro. El llamado movimiento circular del dinero, tal como se lo imagina, se reduce a que en todos los puntos se ve su aparecer y su desaparecer, su incesante cambio de lugar. En una forma mediadora superior de la circulación monetaria, por ejemplo la circulación de billetes de banco, encontraremos que las condiciones de la emisión del dinero incluyen las condiciones de su reflujo. En cambio, para la circulación monetaria simple es casual que el mismo comprador vuelva a ser vendedor. Allí donde en ella se muestran constantemente verdaderos movimientos circulares, estos son mero reflejo de procesos de producción más profundos. Por ejemplo, el fabricante retira dinero de su banquero el viernes, se lo paga a sus obreros el sábado; éstos pagan en seguida la mayor parte del mismo a los tenderos, etc., y estos últimos lo devuelven al banquero el lunes.

Hemos visto que, en las compras y ventas que caen abigarradamente unas junto a otras en el espacio, el dinero realiza simultáneamente una masa dada de precios y no cambia de lugar con las mercancías sino una sola vez. Pero, por otro lado, en la medida en que en su movimiento aparece el movimiento de las metamorfosis totales de las mercancías y la concatenación de estas metamorfosis, la misma pieza de dinero realiza los precios de diversas mercancías y efectúa así un número mayor o menor de circulaciones. Si tomamos, pues, el proceso de circulación de un país en un período de tiempo dado, un día por ejemplo, la masa de oro requerida para la realización de los precios y, por tanto, para la circulación de las mercancías estará determinada por el doble momento: de una parte, por la suma total de estos precios; de otra, por el número medio de circulaciones de las mismas piezas de oro. A su vez, este número de circulaciones, o la velocidad de la circulación del dinero, está determinado, o sólo expresa, la velocidad media con que las mercancías recorren las distintas fases de su metamorfosis, la velocidad con que estas metamorfosis se suceden en cadena y con que las mercancías que ya han recorrido sus metamorfosis son sustituidas por mercancías nuevas en el proceso de circulación. Así pues, mientras que en la fijación de precios el valor de cambio de todas las mercancías se transformaba idealmente en una cantidad de oro de la misma magnitud de valor, y en los dos actos aislados de circulación D-M y M-D la misma suma de valor existía doblemente, de un lado en mercancía y de otro en oro, la existencia del oro como medio de circulación no está determinada por su relación aislada con las mercancías individuales en reposo, sino por su existencia moviente en el mundo en proceso de las mercancías; por su función de representar, en su cambio de lugar, el cambio de forma de las mercancías, y, por tanto, por la velocidad de su cambio de lugar, la velocidad del cambio de forma de éstas. Su presencia real en el proceso de circulación, es decir, la masa real de oro que circula, está ahora determinada, pues, por su existencia funcionante en el proceso total mismo.

La premisa de la circulación del dinero es la circulación de mercancías, y ciertamente el dinero hace circular mercancías que tienen precios, es decir, que ya están equiparadas idealmente a determinadas cantidades de oro. En la determinación de los precios de las mercancías mismas se presupone como dada la magnitud de valor de la cantidad de oro que sirve de unidad de medida, o sea el valor del oro. Bajo este supuesto, pues, la cantidad de oro requerida para la circulación está determinada, en primer término, por la suma total de los precios de las mercancías a realizar. Pero esta suma total misma está determinada: 1) por el nivel de los precios, por la altura o bajeza relativas de los valores de cambio de las mercancías estimados en oro, y 2) por la masa de las mercancías que circulan a precios determinados, es decir, por la masa de las compras y ventas a precios dados.*

* La masa de dinero es indiferente, “supuesto que haya bastante para mantener los precios dados por las mercancías”. Boisguillebert, “Le détail de la France”, l.c. pág. 209. “Si la circulación de mercancías por valor de 400 millones de libras esterlinas requiriese una masa de oro de 40 millones, y esta proporción de 1/10 fuese el nivel adecuado, cuando el valor de las mercancías circulantes se eleve, por causas naturales, a 450 millones, la masa de oro, para mantenerse en su nivel, deberá crecer a 45 millones.” W. Blake, “Observations on the effects produced by the expenditure of Government etc.”, Londres 1823, págs. 80, 81.

Si un quarter de trigo cuesta 60 chelines, se necesita el doble de oro para hacerlo circular o realizar su precio que si costara 30 chelines. Para la circulación de 500 quarters a 60 chelines se necesita el doble de oro que para la circulación de 250 quarters al mismo precio. Por último, para la circulación de 10 quarters a 100 chelines se necesita sólo la mitad de oro que para la circulación de 40 quarters a 50 chelines. De esto se sigue que la cantidad de oro requerida para la circulación de mercancías puede disminuir, a pesar de la subida de los precios, si la masa de las mercancías circulantes disminuye en mayor proporción que el aumento de la suma total de los precios, y que, a la inversa, la masa de los medios de circulación puede aumentar aunque la masa de las mercancías circulantes disminuya, si su suma de precios crece en mayor proporción. Excelentes investigaciones detalladas inglesas han demostrado, por ejemplo, que en Inglaterra, en las primeras etapas de una carestía de cereales, la masa del dinero circulante aumenta porque la suma de precios de la masa reducida de cereales es mayor que la suma de precios de la masa mayor de cereales anterior, al mismo tiempo que la circulación del resto de la masa de mercancías continúa imperturbada durante algún tiempo a sus viejos precios. En una etapa posterior de la carestía de cereales, en cambio, la masa del dinero circulante disminuye, sea porque junto a los cereales se venden menos mercancías a los precios antiguos, sea porque se vende igual cantidad de mercancías a precios más bajos.

Pero la cantidad del dinero circulante, como hemos visto, no está determinada sólo por la suma total de los precios de las mercancías a realizar, sino al mismo tiempo por la velocidad con que el dinero circula, o sea, en un período de tiempo dado, por la rapidez con que cumple el negocio de esta realización. Si el mismo soberano realiza en el mismo día diez compras, cada vez de una mercancía al precio de un soberano, y cambia de manos, por tanto, 10 veces, cumple exactamente el mismo negocio que 10 soberanos, cada uno de los cuales no circulara más que una vez al día.*

* “Es la velocidad de la circulación del dinero, y no la cantidad del metal, lo que hace que parezca haber mucho o poco dinero.” (Galiani, l.c., pág. 99.)

La velocidad en la circulación del oro puede, pues, reemplazar su cantidad, o sea, la existencia del oro en el proceso de circulación no está determinada sólo por su existencia como equivalente junto a la mercancía, sino también por su existencia dentro del movimiento de la metamorfosis de las mercancías. No obstante, la velocidad del dinero reemplaza su cantidad sólo hasta cierto grado, ya que en cualquier momento dado las compras y ventas infinitamente fragmentadas coinciden en el espacio, cayendo unas junto a otras. Si los precios totales de las mercancías circulantes aumentan, pero en menor proporción que la velocidad de la circulación del dinero, la masa de los medios de circulación disminuirá. Si, a la inversa, la velocidad de la circulación disminuye en mayor proporción que la caída del precio total de la masa de mercancías circulantes, la masa de los medios de circulación aumentará. Cantidad creciente de medios de circulación con precios en general decrecientes, cantidad decreciente de medios de circulación con precios en general crecientes, es uno de los fenómenos mejor comprobados en la historia de los precios de las mercancías. Pero las causas que provocan un alza en el nivel de los precios y simultáneamente un alza aún mayor en el grado de la velocidad de la circulación del dinero, así como el movimiento inverso, caen fuera del examen de la circulación simple. Como ejemplo puede aducirse que, entre otras cosas, en épocas de crédito predominante la velocidad de la circulación del dinero crece más rápidamente que los precios de las mercancías, mientras que, al disminuir el crédito, los precios de las mercancías bajan más lentamente que la velocidad de la circulación. El carácter superficial y formal de la circulación simple del dinero se manifiesta precisamente en que todos los momentos que determinan el número de los medios de circulación —tales como masa de las mercancías circulantes, precios, alza o baja de los precios, número de compras y ventas simultáneas, velocidad de la circulación del dinero— dependen del proceso de la metamorfosis del mundo de las mercancías, el cual, a su vez, depende del carácter global del modo de producción, de la cantidad de población, de la relación entre ciudad y campo, del desarrollo de los medios de transporte, de la mayor o menor división del trabajo, del crédito, etc., en una palabra, de circunstancias que todas se hallan fuera de la circulación simple del dinero y en ella sólo se reflejan.

Dada la velocidad de la circulación, la masa de los medios de circulación está, pues, determinada simplemente por los precios de las mercancías. Los precios no son, por tanto, altos o bajos porque circule más o menos dinero, sino que circula más o menos dinero porque los precios son altos o bajos. Esta es una de las leyes económicas más importantes, cuya demostración detallada a través de la historia de los precios de las mercancías constituye quizás el único mérito de la economía inglesa post-ricardiana. Ahora bien, si la experiencia muestra que el nivel de la circulación metálica o la masa del oro o la plata circulantes en un país determinado está ciertamente expuesto a reflujos y flujos temporales, y a veces a reflujos y flujos muy violentos*, pero que, en conjunto, se mantiene constante durante periodos de tiempo más largos y las desviaciones del nivel medio solo prosiguen en débiles oscilaciones, este fenómeno se explica simplemente por la naturaleza contrapuesta de las circunstancias que determinan la masa del dinero circulante. Su modificación simultánea paraliza su efecto y deja todo como antes.

La ley de que, dada la velocidad de circulación del dinero y dada la suma de los precios de las mercancías, la cantidad del medio circulante está determinada, puede expresarse también de este modo: que, dados los valores de cambio de las mercancías y la velocidad media de sus metamorfosis, la cantidad del oro circulante depende de su propio valor. Por consiguiente, si el valor del oro, es decir, el tiempo de trabajo requerido para su producción, aumentase o disminuyese, los precios de las mercancías subirían o bajarían en proporción inversa, y a esta subida o baja general de los precios correspondería, permaneciendo constante la velocidad de circulación, una masa mayor o menor de oro necesaria para hacer circular la misma masa de mercancías. El mismo cambio se produciría si la antigua medida del valor fuese desplazada por un metal de más valor o de menos valor. Así, Holanda, cuando por tierna consideración hacia los acreedores del Estado y por temor a los efectos de los descubrimientos californianos y australianos sustituyó la moneda de oro por moneda de plata, necesitó de 14 a 15 veces más plata que antes oro para hacer circular la misma masa de mercancías.

De la dependencia de la cantidad de oro circulante respecto de la suma variable de los precios de las mercancías y de la velocidad variable de la circulación se sigue que la masa de los medios metálicos de circulación debe ser capaz de contracción y expansión, en suma, que, de acuerdo con las necesidades del proceso de circulación, el oro debe entrar ora como medio de circulación en el proceso, ora retirarse de nuevo de él. Cómo el proceso de circulación mismo realiza estas condiciones, lo veremos más tarde.

c) La moneda. El signo de valor

El oro, en su función como medio de circulación, recibe una hechura propia, se convierte en moneda. Para que su circulación no se vea obstaculizada por dificultades técnicas, se le acuña de acuerdo con el patrón del dinero de cuenta. Piezas de oro cuya acuñación y figura indican que contienen las partes de peso de oro representadas en los nombres de cuenta del dinero, lib. est., sh., etc., son monedas. Así como la fijación del precio de moneda, así también la tarea técnica de la acuñación recae en el Estado. Lo mismo que como dinero de cuenta, el dinero como moneda adquiere carácter local y político, habla distintas lenguas nacionales y viste distintas vestimentas nacionales. La esfera en que el dinero circula como moneda se separa, por tanto, como circulación interna de mercancías, circunscrita por las fronteras de una comunidad, de la circulación general del mundo de las mercancías.

Sin embargo, el oro en estado de barra y el oro como moneda no se diferencian más que su nombre de moneda y su nombre de peso. Lo que en el último caso era diferencia de nombre aparece ahora como mera diferencia de figura. La moneda de oro puede ser arrojada al crisol y convertida así de nuevo en oro sans phrase, del mismo modo que, a la inversa, la barra de oro solo necesita ser enviada a la ceca para obtener la forma de moneda. La transformación y retransformación de una figura en la otra aparece como una operación puramente técnica.

Por 100 libras u 1200 onzas troy de oro de 22 quilates se obtienen de la ceca inglesa 4672 ½ lib. est. o gold sovereigns, y si se ponen estos sovereigns en un platillo de la balanza y 100 libras de oro en barras en el otro, pesan igual, y así queda suministrada la prueba de que el sovereign no es otra cosa que la parte de peso de oro indicada con este nombre en el precio de moneda inglés, con figura propia y cuño propio. Los 4672 ½ gold sovereigns son lanzados a la circulación desde distintos puntos y, apresados por ella, realizan en un día un número determinado de giros, uno más, otro menos. Si la cifra media de los giros diarios de cada onza fuera 10, las 1200 onzas de oro realizarían una suma total de precios de mercancías por un importe de 12 000 onzas o 46 725 sovereigns. Puede dársele la vuelta a una onza de oro como se quiera, nunca pesará 10 onzas de oro. Pero aquí, en el proceso de circulación, 1 onza pesa de hecho 10 onzas. La existencia de la moneda dentro del proceso de circulación es igual a la cantidad de oro contenida en ella multiplicada por el número de sus giros. Además de su existencia real como pieza individual de oro de un peso determinado, la moneda recibe, pues, una existencia ideal que brota de su función. Sin embargo, ya circule el sovereign una vez o diez, en cada compra o venta individual actúa solo como un sovereign individual. Es como un general que en el día de la batalla, apareciendo oportunamente en 10 puntos distintos, sustituye a 10 generales, pero en cada punto es, no obstante, el mismo general idéntico. La idealización del medio de circulación que, en la circulación monetaria, brota de la sustitución de cantidad por velocidad, afecta solo a la existencia funcional de la moneda dentro del proceso de circulación, pero no alcanza a la existencia de la pieza monetaria individual.

La circulación monetaria es, sin embargo, movimiento externo, y el sovereign, aunque non olet, se mueve en sociedad mezclada. En la fricción con toda clase de manos, bolsas, faltriqueras, monederos, escarcelas, saquitos, cajas y cofres, la moneda se desgasta, deja aquí un átomo de oro, allí otro, y pierde así, por la limadura en el trajín mundano, más y más de su contenido interno. Al ser utilizada, se desgasta. Retengamos al sovereign en un momento en que su carácter macizo natural parezca aún solo débilmente atacado.

* Un ejemplo de la caída extraordinaria de la circulación metálica por debajo de su nivel medio lo ofreció Inglaterra en el año 1858, como se verá en el siguiente extracto del “London Economist”: «Por la naturaleza de la cosa misma (a saber, el carácter fragmentario de la circulación simple) no se pueden obtener datos muy exactos sobre la cantidad del dinero en efectivo que fluctúa en el mercado y en las manos de las clases que no realizan operaciones bancarias. Pero quizás la actividad o inactividad de las cecas de las grandes naciones comerciales es uno de los indicios más exactos de las variaciones de aquella cantidad. Se acuñará mucho cuando se necesite mucho, y poco cuando se necesite poco... En la ceca inglesa, la acuñación ascendió en 1855 a 9 245 000 lib. est., en 1856 a 6 476 000 lib. est., en 1857 a 5 293 858 lib. est. Durante el año 1858 la ceca apenas tuvo nada que hacer.» “Economist”, 10 de julio de 1858. Pero al mismo tiempo había en los sótanos del banco aproximadamente 18 millones de libras esterlinas en oro.

«Un panadero que hoy recibe un sovereign flamante, recién salido del banco, y mañana se lo paga al molinero, no paga el mismo sovereign verdadero (veritable); es más ligero que en el momento en que lo recibió.»*

«Es claro que la moneda, por la naturaleza misma de las cosas, debe depreciarse pieza por pieza constantemente, a consecuencia del mero efecto del desgaste ordinario e inevitable. Es una imposibilidad física excluir de la circulación, en momento alguno, siquiera por un solo día, las monedas ligeras.»**

Jacob calcula que de los 380 millones de lib. est. que existían en 1809 en Europa, en 1829, es decir, en un lapso de 20 años, 19 millones de lib. est. habían desaparecido completamente por el desgaste.*** Así como la mercancía al primer paso que da en la circulación sale de ella, la moneda, después de unos pocos pasos en la circulación, representa más contenido metálico del que tiene. Cuanto más tiempo circula la moneda, permaneciendo constante la velocidad de circulación, o cuanto más animada se vuelve su circulación en el mismo lapso de tiempo, tanto más se desprende su existencia como moneda de su existencia áurea o argéntea. Lo que queda es magni nominis umbra. El cuerpo de la moneda no es ya más que una sombra. Mientras que originariamente se volvía más pesada por el proceso, ahora se vuelve más ligera por él, pero sigue valiendo, en cada compra o venta individual, como la cantidad de oro originaria. El sovereign sigue, como sovereign aparente, como oro aparente, cumpliendo la función de la pieza de oro legítima. Mientras otros seres pierden su idealismo por el roce con el mundo exterior, la moneda se idealiza por la práctica, se transforma en mera existencia aparente de su cuerpo de oro o plata. Esta segunda idealización del dinero metálico, efectuada por el proceso mismo de circulación, o la escisión entre su contenido nominal y su contenido real, es explotada en parte por los gobiernos, en parte por aventureros privados, en las más variadas falsificaciones monetarias. Toda la historia de la moneda desde los comienzos de la Edad Media hasta bien entrado el siglo XVIII se disuelve en la historia de estas falsificaciones bilaterales y antagónicas, y la voluminosa colección de Custodi de los economistas italianos gira en buena parte en torno a este punto.

* Dodd, “Curiosities of industry etc.”, Londres 1854 [p. 16].

** “The currency theory reviewed etc. by a banker etc.”, Edimburgo 1845, pág. 69 etc. «Si un tálero algo usado valiese algo menos que un tálero completamente nuevo, la circulación se vería constantemente obstaculizada, y no se realizaría ningún pago sin disputas.» (Garnier, G., “Histoire de la monnaie etc.”, tomo I, p. 24.)

*** Jacob, W., “An historical inquiry into the production and consumption of the precious metals”, Londres 1831, vol. II, cap. XXVI [p. 322].

La existencia aparente del oro dentro de su función entra, sin embargo, en conflicto con su existencia real. Una moneda de oro ha perdido más, la otra menos, de su contenido metálico en la circulación, y un soberano vale ahora, por tanto, en realidad más que otro. Pero como en su existencia funcional como moneda valen igual, el soberano que es 1/4 de onza no vale más que el soberano que parece 1/4 de onza, los soberanos de peso completo son sometidos en parte, en manos de poseedores carentes de escrúpulos, a operaciones quirúrgicas, y se realiza artificialmente en ellos lo que la circulación misma ejecutó de manera natural en sus hermanos más ligeros. Son recortados y limados, y su superfluo sebo de oro emigra al crisol. Si, puestos en una balanza, 4672/ [¿?] soberanos de oro pesan por término medio ya sólo 800 onzas en lugar de 1200, llevados al mercado del oro sólo comprarán 800 onzas de oro, o el precio de mercado del oro subiría por encima de su precio de acuñación. Cada pieza de dinero, incluso si es de peso completo, valdría en su forma de moneda menos que en su forma de barra. Los soberanos de peso completo serían reconvertidos a su forma de barra, en la cual más oro tiene más valor que menos oro. Tan pronto como esta caída por debajo del contenido metálico hubiera afectado a un número suficiente de soberanos para provocar un alza permanente del precio de mercado del oro por encima de su precio de acuñación, los nombres de cuenta de la moneda seguirían siendo los mismos, pero en adelante indicarían una cantidad menor de oro. En otras palabras, la medida del dinero se modificaría, y en adelante el oro sería acuñado con arreglo a esta nueva medida. Mediante su idealización como medio de circulación, el oro habría modificado, de rechazo, las relaciones legalmente establecidas en las que era medida de los precios. La misma revolución se repetiría al cabo de cierto período, y de este modo el oro, tanto en su función de medida de los precios como en la de medio de circulación, estaría sometido a un cambio constante, de manera que el cambio en una forma provocaría el de la otra y viceversa. Esto explica el fenómeno antes mencionado, de que en la historia de todos los pueblos modernos el mismo nombre de dinero se mantuvo para un contenido metálico en constante disminución. La contradicción entre el oro como moneda y el oro como medida de los precios se convierte asimismo en contradicción entre el oro como moneda y el oro como equivalente general, en cuanto que como tal no sólo circula dentro de las fronteras nacionales,

1 (1859) 80

Zur Kritik der Politischen Ökonomie - Zweites Kapitel * 9

sino en el mercado mundial. Como medida de los valores, el oro fue siempre de peso completo, porque servía sólo como oro ideal. Como equivalente en el acto aislado M-D, recae de su existencia agitada de inmediato en su existencia reposada; pero como moneda, su sustancia natural entra en conflicto constante con su función. La transformación del soberano de oro en oro aparente no es evitable por completo, pero la legislación procura impedir su fijación como moneda al ser privado de curso legal a partir de un cierto grado de pérdida de sustancia. Según la ley inglesa, por ejemplo, un soberano que ha perdido más de 0,747 granos de peso ya no es un soberano legal. El Banco de Inglaterra, que entre 1844 y 1848 pesó él solo 48 millones de soberanos de oro, posee en la balanza para oro del señor Cotton una máquina que no sólo detecta una diferencia de 1/100 de grano entre dos soberanos, sino que, como un ser inteligente, lanza el que tiene peso insuficiente a una tabla, donde cae bajo otra máquina que lo corta en dos con crueldad oriental.

Sin embargo, en estas condiciones, la moneda de oro no podría circular en absoluto si su circulación no estuviese limitada a determinados círculos de la circulación, dentro de cuyos límites se desgasta menos rápidamente. En la medida en que una moneda de oro vale en la circulación como un cuarto de onza, mientras que sólo pesa ya 1/5 de onza, se ha convertido de hecho en mero signo o símbolo de 1/4 de onza de oro, y de este modo toda moneda de oro es transformada, en mayor o menor medida, por el propio proceso de circulación, en un mero signo o símbolo de su sustancia. Pero ninguna cosa puede ser su propio símbolo. Las uvas pintadas no son el símbolo de uvas reales, sino uvas aparentes. Y menos aún puede un soberano ligero ser el símbolo de uno de peso completo, como tampoco un caballo demacrado puede ser el símbolo de un caballo gordo. Puesto que, entonces, el oro se convierte en símbolo de sí mismo, pero no puede servir como símbolo de sí mismo, obtiene en los círculos de la circulación en los cuales se desgasta con mayor rapidez, es decir, en los círculos donde compras y ventas se renuevan constantemente en las proporciones más pequeñas, una existencia simbólica, de plata o de cobre, separada de su existencia de oro. Aunque no fuesen las mismas piezas de oro, una proporción determinada de todo el dinero de oro se movería constantemente en estos círculos como moneda. En esta proporción, el oro es sustituido por fichas de plata o de cobre. Así pues, mientras que sólo una mercancía específica puede funcionar como medida de los valores y, por tanto, como dinero dentro de un país, al lado del oro pueden servir como moneda diversas mercancías. Estos medios de circulación subsidiarios, por ejemplo las fichas de plata o de cobre, representan dentro de la circulación fracciones determinadas de la moneda de oro. Su

9 “ Karl Marx

propio contenido de plata o de cobre no está determinado, por tanto, por la relación de valor entre la plata y el cobre respecto al oro, sino que es fijado de manera arbitraria por la ley. Sólo pueden emitirse en las cantidades en que las diminutas fracciones de la moneda de oro representadas por ellos circularían constantemente, ya sea para el cambio de monedas de oro de mayor valor, ya sea para realizar precios de mercancías correspondientemente pequeños. Dentro de la circulación minorista de las mercancías, las fichas de plata y las de cobre pertenecerán a su vez a círculos particulares. Por la naturaleza de la cosa, su velocidad de circulación se halla en razón inversa al precio que realizan en cada compra y venta singular, o a la magnitud de la fracción de la moneda de oro que representan. Si se considera el enorme volumen del pequeño tráfico cotidiano en un país como Inglaterra, la proporción relativamente insignificante de la cantidad total de monedas subsidiarias en circulación muestra la velocidad y constancia de su circulación. De un informe parlamentario recientemente publicado10 vemos, por ejemplo, que en 1857 la casa de la moneda inglesa acuñó oro por un importe de 4.859.000 libras esterlinas, plata por un valor nominal de 373.000 libras esterlinas y un valor metálico de 363.000 libras esterlinas. El importe total del oro acuñado en los diez años transcurridos hasta el 31 de diciembre de 1857 fue de 55.239.000 libras esterlinas y sólo 2.434.000 libras esterlinas en plata. La moneda de cobre ascendió en 1857 a sólo 6.720 libras esterlinas de valor nominal, con un valor de cobre de 3.492 libras esterlinas, de las cuales 3.136 libras esterlinas en pennies, 2.464 en medios peniques y 1.120 en farthings. El valor total de la moneda de cobre acuñada en los últimos diez años fue de 141.477 libras esterlinas de valor nominal, con un valor metálico de 73.503 libras esterlinas. Así como se impide que la moneda de oro se fije en su función como moneda mediante la determinación legal de la pérdida de metal que la desmonetiza, a la inversa se impide que las fichas de plata y de cobre pasen de sus esferas de circulación a la esfera de circulación de la moneda de oro y se fijen como dinero, al determinarse el grado de precio que realizan legalmente. Así, por ejemplo, en Inglaterra el cobre sólo está obligado a ser aceptado en pago hasta el importe de 6 peniques, la plata sólo hasta el importe de 2 chelines. Si se emitiesen fichas de plata y de cobre en cantidades mayores de lo que exigen las necesidades de sus esferas de circulación, los precios de las mercancías no subirían a consecuencia de ello, sino que se produciría una acumulación de estas fichas en manos de los vendedores al por menor, quienes finalmente se verían forzados a venderlas como metal. Así, en 1798, monedas de cobre inglesas, emitidas por particulares, se habían acumulado en poder de los tenderos por un importe de 20, 30, 50 libras esterlinas,*

* (1859) 20350 Pfd. St.

Zur Kritik der Politischen Ökonomie - Zweites Kapitel 93

que en vano intentaban volver a poner en circulación y que finalmente se vieron obligados a lanzar como mercancía al mercado del cobre.*

Las fichas de plata y de cobre que representan a la moneda de oro en las distintas esferas de la circulación interna poseen un contenido de plata y de cobre legalmente determinado, pero, una vez que son presas de la circulación, se desgastan como la moneda de oro y, correspondiendo a la velocidad y constancia de su circulación, se idealizan todavía más rápidamente hasta convertirse en meros cuerpos de sombra. Si hubiera de trazarse de nuevo una línea fronteriza de desmetalización a partir de la cual las fichas de plata y de cobre perdiesen su carácter de moneda, tendrían a su vez que ser sustituidas, dentro de determinados círculos de su propia esfera de circulación, por otro dinero simbólico, digamos hierro y plomo, y esta representación de dinero simbólico por otro dinero simbólico sería un proceso sin fin. Por eso, en todos los países de circulación desarrollada, la propia necesidad de la circulación del dinero obliga a hacer que el carácter monetario de las fichas de plata y de cobre sea independiente de todo grado de su pérdida de metal. Así se hace patente lo que estaba en la naturaleza de la cosa: que son símbolos de la moneda de oro, no porque estén hechas de plata o de cobre, no porque tengan un valor, sino en la medida en que no lo tienen.

Cosas relativamente sin valor, como el papel, pueden, por tanto, funcionar como símbolos del dinero de oro. La existencia de la moneda subsidiaria en fichas metálicas, de plata, cobre, etc., proviene en gran parte de que en la mayoría de los países los metales de menor valor circulaban como dinero, como la plata en Inglaterra, el cobre en la antigua república romana, en Suecia, Escocia, etc., antes de que el proceso de circulación los degradase a moneda divisionaria y un metal más noble ocupase su lugar. Por lo demás, está en la naturaleza de la cosa que el símbolo de dinero que brota directamente de la circulación metálica sea a su vez, en un principio, un metal. Así como la porción de oro que habría de circular constantemente como moneda divisionaria es sustituida por fichas metálicas, la porción de oro que es constantemente absorbida por la esfera de la circulación interna como moneda, es decir, que tiene que circular constantemente, puede ser sustituida por fichas sin valor. El nivel por debajo del cual la masa de moneda circulante nunca baja está dado, en cada país, por la experiencia. La diferencia, originalmente apenas perceptible, entre el contenido nominal y el contenido metálico de la moneda metálica puede, pues, llegar hasta la separación absoluta. El nombre monetario del dinero se desprende de su sustancia y existe fuera de ella

* David Buchanan, "Observations on the subjects treated of in Doctor Smith's Inquiry on the wealth of nations etc.", Edimburgo 1814, pág. 31.

en papeletas de papel sin valor. Así como el valor de cambio de las mercancías se cristaliza, a través de su proceso de intercambio, en dinero de oro, el dinero de oro se sublima en la circulación a su propio símbolo, primero en la forma de moneda de oro desgastada, luego en la forma de monedas metálicas subsidiarias y, finalmente, en la forma de la ficha sin valor, del papel, del mero signo de valor.

La moneda de oro, sin embargo, sólo engendró sus sustitutos, primero metálicos, luego de papel, porque a pesar de su pérdida de metal continuaba funcionando como moneda. No circulaba porque se desgastaba, sino que se desgastaba hasta convertirse en símbolo porque continuaba circulando. Sólo en la medida en que, dentro del proceso, el dinero de oro mismo se convierte en mero signo de su propio valor, pueden los meros signos de valor reemplazarlo.

En la medida en que el movimiento M-D-M es la unidad de los dos momentos que se truecan inmediatamente el uno en el otro, M-D y D-M, o en la medida en que la mercancía recorre el proceso de su metamorfosis total, desarrolla su valor de cambio en el precio y en el dinero, para suprimir de inmediato esta forma, volver a ser mercancía o, más bien, valor de uso. Avanza, pues, hacia una autonomización solo aparente de su valor de cambio. Por otra parte, hemos visto que el oro, en la medida en que solo funciona como moneda o se halla de continuo en circulación, en realidad solo representa la concatenación de las metamorfosis de las mercancías y su ser-dinero puramente evanescente; no realiza el precio de una mercancía sino para realizar el de otra, pero en ninguna parte aparece como existencia fija del valor de cambio o como mercancía en reposo. La realidad que el valor de cambio de las mercancías adquiere en este proceso, y que el oro representa en su circulación, no es más que la de la chispa eléctrica. Aunque es oro real, funciona solo como oro aparente y, por consiguiente, en esta función puede ser reemplazado por signos de sí mismo.

El signo de valor, digamos el papel, que funciona como moneda, es signo del quantum de oro expresado en su nombre monetario, es decir, signo de oro. Tan poco como un quantum determinado de oro expresa en sí mismo una relación de valor, lo hace el signo que ocupa su lugar. En la medida en que un quantum determinado de oro, como tiempo de trabajo objetivado, posee una magnitud de valor determinada, el signo de oro representa valor. Pero la magnitud de valor representada por él depende, en cada caso, del valor del quantum de oro por él representado. Frente a las mercancías, el signo de valor representa la realidad de su precio, es signum pretii* y signo de su valor solo porque su valor está expresado en su precio. En el proceso M-D-M, en la medida en que se presenta como unidad que solo deviene proceso o como el trueque inmediato de las dos

metamorfosis — y así se presenta en la esfera de la circulación en la que funciona el signo de valor —, el valor de cambio de las mercancías solo obtiene en el precio una existencia ideal, en el dinero solo una existencia representada, simbólica. El valor de cambio aparece, pues, solo como pensado o representado de manera cósica, mas no posee realidad alguna fuera de las mercancías mismas, en tanto en ellas se ha objetivado un quantum determinado de tiempo de trabajo. Parece, por tanto, como si el signo de valor representara inmediatamente el valor de las mercancías, al presentarse no como signo de oro, sino como signo del valor de cambio únicamente expresado en el precio, pero existente solo en la mercancía. Pero esta apariencia es falsa. El signo de valor es de modo inmediato solo signo de precio, y por tanto signo de oro, y solo de modo indirecto signo del valor de la mercancía. El oro no ha vendido su sombra, como Peter Schlemihl, sino que compra con su sombra. El signo de valor actúa, por consiguiente, solo en la medida en que, dentro del proceso, representa el precio de una mercancía frente a otra o frente a todo poseedor de mercancías como oro. Una cosa determinada, relativamente carente de valor, un trozo de cuero, una papeleta, etc., se convierte primero, por la costumbre, en signo del material dinerario; pero solo se mantiene como tal signo en la medida en que su existencia como símbolo es garantizada por la voluntad general de los poseedores de mercancías, es decir, en la medida en que adquiere una existencia legalmente convencional y, por tanto, curso forzoso. El papel moneda estatal con curso forzoso es la forma acabada del signo de valor, y la única forma del papel moneda que surge inmediatamente de la circulación metálica o de la circulación simple de mercancías misma. El dinero de crédito pertenece a una esfera superior del proceso de producción social y está regulado por leyes completamente distintas. El papel moneda simbólico no difiere, en realidad, en modo alguno de la moneda metálica subsidiaria, solo que actúa en una esfera de circulación más amplia. Si el desarrollo meramente técnico de la medida de los precios o del precio de acuñación, y además la transformación exterior del oro en bruto en moneda de oro, ya provocaron la injerencia del Estado y con ello la circulación interna se escindió visiblemente de la circulación general de mercancías, esta escisión se consuma con el desarrollo de la moneda hasta convertirse en signo de valor. Como mero medio de circulación, el dinero solo puede autonomizarse, en general, dentro de la esfera de la circulación interna.

Nuestra exposición ha mostrado que la existencia como moneda del oro, en tanto signo de valor desligado de la propia sustancia áurea, brota del proceso de circulación mismo, no de un acuerdo ni de la injerencia estatal. Rusia ofrece un ejemplo sorprendente de la génesis espontánea del signo de valor. En la época en que allí las pieles y las peleterías servían de dinero, la contradicción entre este material perecedero e incómodo y su función como medio de circulación creó la costumbre de reemplazarlo por pequeños trozos de cuero sellado, que se convirtieron en órdenes de pago pagaderas en pieles y peleterías. Más tarde, bajo el nombre de kopeks, se convirtieron en meros signos de fracciones del rublo de plata y se mantuvieron en este uso en algunos lugares hasta 1700, cuando Pedro el Grande ordenó rescatarlos por pequeñas monedas de cobre emitidas por el Estado.* Los escritores de la Antigüedad, que solo podían observar los fenómenos de la circulación metálica, consideraron ya la moneda de oro como símbolo o signo de valor. Así Platón** y Aristóteles***. En países sin desarrollo crediticio alguno, como China, se encuentra ya tempranamente papel moneda con curso forzoso*. En los antiguos precursores del papel moneda se señala también expresamente la transformación de la moneda metálica en signo de valor que surge dentro del proceso de circulación mismo. Así Benjamin Franklin** y el obispo Berkeley***.

¿Cuántas resmas de papel, cortadas en papeletas, pueden circular como dinero? Planteada así, la pregunta sería insulsez. Las marcas carentes de valor son signos de valor solo en la medida en que representan al oro dentro del proceso de circulación, y lo representan únicamente en la medida en que el propio oro entraría en el proceso de circulación como moneda, una cantidad determinada por su propio valor, dados los valores de cambio de las mercancías y la velocidad de sus metamorfosis. Papeletas de la denominación de 5 libras esterlinas solo podrían circular en una cantidad 5 veces menor que papeletas de la denominación de 1 libra esterlina, y si todos los pagos se efectuaran en papeletas de chelines, tendrían que circular 20 veces más papeletas de chelines que papeletas de libras esterlinas. Si la moneda de oro fuera representada por papeletas de distinta denominación, p. ej., papeletas de 5 libras esterlinas, de 1 libra esterlina, de 10 chelines, entonces la cantidad de estas distintas clases de papeletas no estaría determinada solo por el quantum de oro necesario para cada serie individual...

* signo del precio.

* Henry Storch, Cours d’économie politique, etc., con notas de J.B.Say, París 1823, t. IV, pág. 79. Storch publicó su obra en San Petersburgo, en lengua francesa. J.B.Say organizó de inmediato una reimpresión parisina, completada con pretendidas “notas”, que en realidad no contienen más que lugares comunes. Storch (véase sus Considérations sur la nature du revenu national, París 1824) no tomó precisamente con cortesía esta anexión de su obra por el “prince de la science”.

** Platón, De Republica, L. II. “La moneda es un símbolo del intercambio” (Opera omnia, etc., ed. G. Stallbaumius, Londres 1850, pág. 304). Platón solo desarrolla el dinero en las dos determinaciones de medida del valor y signo de valor, pero exige, además del signo de valor que sirve a la circulación interna, otro distinto para el comercio de Grecia con el exterior. (Cf. también el libro V de sus Leyes.)

*** Aristóteles, Ethica Nicomachea, L. 5, C. 8, loc. cit. [pág. 98]. “En virtud de un convenio, el dinero se convirtió en el medio exclusivo de intercambio de la necesidad recíproca. Y de ahí su nombre nómisma, porque no es por naturaleza, sino por ley, y está en nuestras manos cambiarlo y volverlo inútil.” Aristóteles comprendió el dinero de un modo incomparablemente más rico y profundo que Platón. En el pasaje siguiente desarrolla con agudeza cómo del comercio de trueque entre distintas comunidades surge la necesidad de conferir el carácter de dinero a una mercancía específica, es decir, a una sustancia de por sí valiosa. “Pues cuando la ayuda recíproca mediante la importación de lo que falta y la exportación de lo que sobra se extendió a distancias mayores, surgió por necesidad el uso del dinero… Se convino en no dar ni recibir, en el intercambio mutuo, otra cosa que lo que, siendo en sí mismo algo valioso, tuviera la ventaja de un uso manejable… como hierro y plata u otra cosa semejante.” (Aristóteles, De Republica, L. I, C. 9, loc. cit. [pág. 14].) Michel Chevalier, que o no ha leído o no ha entendido a Aristóteles, cita este pasaje para demostrar que, según la opinión de Aristóteles, el medio de circulación debe consistir en una sustancia valiosa de por sí. Aristóteles dice expresamente, en cambio, que el dinero, como mero medio de circulación, parece tener una existencia puramente convencional o legal, como ya lo indica su nombre nómisma, y como de hecho obtiene su valor de uso como moneda solo de su función misma, no de un valor de uso que le pertenezca en sí mismo. “El dinero parece ser una nadería y estar determinado enteramente por la ley, pero nada por naturaleza, de modo que, fuera de circulación, no tiene valor alguno y es inútil para nada necesario.” (loc. cit. [pág. 15].)

* Mandeville (Sir John), Voyages and Travels, Londres, ed. 1705, pág. 105: “Este emperador (de Cattay o China) puede gastar tanto como le plazca, sin restricción. Pues no es dependiente y hace dinero solo de cuero o papel impreso. Y cuando este dinero ha circulado tanto tiempo que empieza a deshacerse, se lo lleva a la tesorería del emperador, y entonces se toma dinero nuevo en lugar del viejo. Y este dinero circula por todo el país y por todas sus provincias... no se hace dinero ni de oro ni de plata”, y, piensa Mandeville, “por eso puede gastar siempre de nuevo y en exceso”.

** Benjamin Franklin, Remarks and facts relative to the American paper money, 1764, pág. 348, loc. cit.: “Al mismo tiempo, incluso el dinero de plata en Inglaterra se convierte forzosamente, por una parte de su valor, en medio legal de pago; esta parte es la diferencia entre su peso real y su valor nominal. Una gran parte de las piezas de chelín y de seis peniques ahora en circulación se ha aligerado por el desgaste en un 5, 10, 20 y algunas de las piezas de seis peniques incluso en un 50%. Por esta diferencia entre el valor real y el nominal no se tiene ningún valor intrínseco; no se tiene ni siquiera papel, no se tiene nada. Es la fuerza legal de pago, unida a la conciencia de que se puede pasar fácilmente por el mismo valor, lo que hace circular una pieza de plata por valor de 3 peniques como una pieza de seis peniques.”

*** Berkeley, loc. cit. [pág. 3]. “Si se conserva la denominación de la moneda después de que su metal ha ido por el camino de toda carne, ¿no continuaría, no obstante, la circulación del comercio?”

La cantidad de estas distintas especies de signos de valor no está determinada solo por la cantidad de oro necesaria para la circulación total, sino por la necesaria para el ámbito de circulación de cada especie particular. Si 14 millones de lib. est. (este es el supuesto de la legislación bancaria inglesa, pero no para la moneda metálica, sino para el dinero de crédito) fuesen el nivel por debajo del cual la circulación de un país no cayese nunca, podrían circular 14 millones de billetes de papel, cada uno signo de valor de 1 lib. est. Si el valor del oro cayese o subiese porque el tiempo de trabajo requerido para su producción hubiese caído o subido, entonces, manteniéndose igual el valor de cambio de la misma masa de mercancías, el número de billetes de libra esterlina en circulación subiría o bajaría, en razón inversa al cambio de valor del oro. Si el oro como medida de los valores fuese reemplazado por la plata, si la relación de valor de la plata al oro fuese como 1:15, y en adelante cada billete representase la misma cantidad de plata que antes representaba de oro, entonces en lugar de 14 millones tendrían que circular 210 millones de billetes de libra esterlina. La cantidad de los billetes de papel está, pues, determinada por la cantidad del dinero en oro que ellos representan en la circulación, y como solo son signos de valor en la medida en que lo representan, su valor está simplemente determinado por su cantidad. Así, mientras la cantidad del oro circulante depende de los precios de las mercancías, a la inversa, el valor de los billetes de papel circulantes depende exclusivamente de su propia cantidad.

La injerencia del Estado, que emite papel moneda con curso forzoso —y aquí solo tratamos de esta clase de papel moneda—, parece abolir la ley económica. El Estado, que en el precio de acuñación solo dio un nombre de bautismo a un determinado peso de oro y en la acuñación solo estampó su cuño sobre el oro, parece ahora, mediante la magia de su cuño, convertir el papel en oro. Como los billetes de papel tienen curso forzoso, nadie puede impedirle que arroje a la circulación una cantidad arbitrariamente grande de ellos y les estampe nombres monetarios arbitrarios, como 1 lib. est., 5 lib. est., 20 lib. est. Es imposible arrojar fuera de la circulación los billetes que una vez se encuentran en ella, pues tanto los postes fronterizos del país detienen su curso como ellos pierden todo valor, valor de uso y valor de cambio, fuera de la circulación. Separados de su existencia funcional, se convierten en jirones de papel sin valor. Sin embargo, este poder del Estado es mera apariencia. Puede lanzar a la circulación cualquier cantidad de billetes de papel con nombres monetarios cualesquiera, pero con este acto mecánico cesa su control. Una vez aprehendido por la circulación, el signo de valor o papel moneda queda sujeto a sus leyes inmanentes.

Si 14 millones de lib. est. fuesen la suma del oro necesario para la circulación de mercancías y el Estado arrojase 210 millones de billetes, cada uno con el nombre de 1 lib. est., a la circulación, estos 210 millones se convertirían en representantes de oro por un monto de 14 millones de lib. est. Sería lo mismo que si el Estado hubiera convertido los billetes de libra esterlina en representantes de un metal 15 veces menos valioso o de una parte alícuota de oro 15 veces menor que antes. Nada habría cambiado excepto la denominación del patrón de los precios, que es, naturalmente, convencional, ya sea que se realice directamente modificando la base monetaria, o indirectamente aumentando el número de billetes de papel en la cantidad necesaria para un nuevo patrón más bajo. Como el nombre lib. est. indicaría ahora una cantidad de oro 15 veces menor, todos los precios de las mercancías subirían 15 veces, y entonces serían en efecto necesarios 210 millones de billetes de libra esterlina, exactamente como antes 14 millones. En la misma medida en que se hubiera aumentado la suma total de los signos de valor, se habría reducido la cantidad de oro que cada uno representa. La subida de los precios no sería sino la reacción del proceso de circulación, que equipara violentamente los signos de valor a la cantidad de oro en cuyo lugar pretenden circular.

En la historia de las adulteraciones de la moneda por los gobiernos en Inglaterra y Francia se encuentra repetidamente que los precios no subieron en la misma proporción en que se adulteró la moneda de plata. Sencillamente, porque la proporción en que se aumentó la moneda no correspondía a la proporción en que se adulteró; es decir, porque no se emitió la masa correspondiente de la composición metálica inferior, en la que en adelante habrían de estimarse los valores de cambio de las mercancías como medida de los valores y realizarse mediante monedas correspondientes a esa unidad de medida más baja. Esto resuelve la dificultad no solucionada en el duelo entre Locke y Lowndes. La proporción en que el signo de valor, ya sea papel o bien oro y plata adulterados, representa determinados pesos de oro y plata calculados según el precio de acuñación, no depende de su propio material, sino de su cantidad que se encuentra en circulación. La dificultad para comprender esta relación surge, pues, de que el dinero, en las dos funciones de medida de los valores y de medio de circulación, está sometido a leyes no solo inversas, sino aparentemente contradictorias con la contraposición de ambas funciones. En su función como medida de los valores, donde el dinero solo sirve como dinero de cuenta y el oro solo como oro ideal, todo depende del material natural. Estimados en plata, o como precios en plata, los valores de cambio se presentan naturalmente de un modo completamente distinto que estimados en oro o como precios en oro. En su función como medio de circulación, donde el dinero no solo está representado, sino que tiene que existir como cosa real al lado de las demás mercancías, su material se vuelve indiferente, mientras que todo depende de su cantidad. Para la unidad de medida es decisivo si es una libra de oro, de plata o de cobre; mientras que la mera cantidad convierte la moneda en la realización correspondiente de cada una de estas unidades de medida, cualquiera que sea su propio material. Pero contradice al entendimiento común el que, en el dinero solo pensado, todo dependa de su sustancia material, y en la moneda sensiblemente existente, todo dependa de una relación numérica ideal.

La subida o baja de los precios de las mercancías con el aumento o disminución de la masa de billetes de papel —esto último cuando los billetes constituyen el medio de circulación exclusivo— no es, pues, sino la imposición, violentamente efectuada por el proceso de circulación, de la ley mecánicamente violada desde fuera, según la cual la cantidad del oro circulante está determinada por los precios de las mercancías y la cantidad de los signos de valor circulantes por la cantidad de moneda de oro que representan en la circulación. Por otra parte, el proceso de circulación absorbe y, por así decirlo, digiere, por tanto, cualquier masa arbitraria de billetes de papel, porque el signo de valor, con cualquier título en oro que entre en la circulación, dentro de ella es comprimido hasta convertirse en signo de la cantidad de oro que podría circular en su lugar.

En la circulación de los signos de valor, todas las leyes de la circulación real del dinero aparecen invertidas y puestas cabeza abajo. Mientras que el oro circula porque tiene valor, el papel tiene valor porque circula. Mientras que, dado el valor de cambio de las mercancías, la cantidad del oro circulante depende de su propio valor, el valor del papel depende de su cantidad circulante. Mientras que la cantidad del oro circulante sube o baja con la subida o baja de los precios de las mercancías, los precios de las mercancías parecen subir o bajar con la variación en la cantidad del papel circulante. Mientras que la circulación de mercancías solo puede absorber determinada cantidad de moneda de oro y, por eso, la alternancia de contracción y expansión del dinero circulante se presenta como ley necesaria, el papel moneda parece entrar en la circulación en cualquier extensión arbitraria. Mientras que si el Estado adultera la moneda de oro y plata y perturba con ello su función como medio de circulación, aun cuando solo la emita 1/100 de grano por debajo de su contenido nominal, ejecuta una operación completamente correcta al emitir billetes de papel sin valor, que del metal no poseen más que el nombre monetario. Mientras que la moneda de oro solo representa manifiestamente el valor de las mercancías en la medida en que este mismo está estimado en oro o expresado como precio, el signo de valor parece representar directamente el valor de la mercancía. Se comprende, pues, por qué observadores que estudiaron unilateralmente los fenómenos de la circulación monetaria en la circulación del papel moneda con curso forzoso, tenían que desconocer por fuerza todas las leyes inmanentes de la circulación monetaria. En efecto, estas leyes no solo aparecen invertidas en la circulación de los signos de valor, sino borradas, ya que el papel moneda, cuando se emite en cantidad correcta, ejecuta movimientos que no le son propios como signo de valor, mientras que su movimiento característico, en lugar de surgir directamente de la metamorfosis de las mercancías, brota de la violación de su correcta proporción con el oro.

3. Dinero

El dinero, a diferencia de la moneda, resultado del proceso de circulación en la forma M-D-M, constituye el punto de partida del proceso de circulación en la forma D-M-D, es decir, cambiar dinero por mercancía para cambiar mercancía por dinero. En la forma M-D-M, la mercancía; en la forma D-M-D, el dinero constituye el punto de partida y el punto final del movimiento. En la primera forma, el dinero media el intercambio de mercancías; en la última, la mercancía media el devenir dinero del dinero. El dinero, que en la primera forma aparece como mero medio, aparece en la última como fin último de la circulación; mientras que la mercancía, que en la primera forma aparece como fin último, en la segunda aparece como mero medio. Puesto que el dinero mismo es ya resultado de la circulación M-D-M, en la forma D-M-D el resultado de la circulación aparece a la vez como su punto de partida. Mientras que en M-D-M el intercambio material, la forma de existencia de la mercancía surgida de ese primer proceso constituye el verdadero contenido del segundo proceso D-M-D.

En la forma M-D-M, ambos extremos son mercancías de la misma magnitud de valor, pero a la vez valores de uso cualitativamente distintos. Su intercambio M-M es intercambio material real. En la forma D-M-D, en cambio, ambos extremos son oro y, a la vez, oro de la misma magnitud de valor. Cambiar oro por mercancía para cambiar mercancía por oro, o si consideramos el resultado D-D, cambiar oro por oro, parece absurdo. Pero si se traduce D-M-D a la fórmula: comprar para vender, lo que no significa sino cambiar oro por oro mediante un movimiento mediador, se reconoce de inmediato la forma dominante de la producción burguesa. En la práctica, sin embargo, no se compra para vender, sino que se compra barato para vender más caro. El dinero se cambia por mercancía para volver a cambiar la misma mercancía por una cantidad mayor de dinero, de modo que los extremos D, D, si no cualitativamente, son cuantitativamente distintos. Semejante diferencia cuantitativa presupone el intercambio de no equivalentes, mientras que la mercancía y el dinero como tales no son más que formas contrapuestas de la propia mercancía, esto es, modos distintos de existencia de la misma magnitud de valor. El ciclo D-M-D encierra, pues, bajo las formas de dinero y mercancía, relaciones de producción más desarrolladas, y dentro de la circulación simple no es más que el reflejo de un movimiento superior. Hemos de desarrollar, por tanto, el dinero a diferencia del medio de circulación a partir de la forma inmediata de la circulación de mercancías, M-D-M.

El oro, es decir, la mercancía específica que sirve como medida de los valores y como medio de circulación, se convierte en dinero sin más intervención de la sociedad. En Inglaterra, donde la plata no es ni medida de los valores ni medio de circulación dominante, no se convierte en dinero, del mismo modo que el oro en Holanda dejó de ser dinero tan pronto como fue destronado como medida del valor. Así, una mercancía se convierte primeramente en dinero en tanto que unidad de medida del valor y de medio de circulación, o bien, la unidad de medida del valor y de medio de circulación es dinero. Pero, como tal unidad, el oro posee a su vez una existencia autónoma, distinta de su existencia en ambas funciones. Como medida de los valores es solo dinero ideal y oro ideal; como mero medio de circulación es dinero simbólico y oro simbólico; pero en su simple corporeidad metálica, el oro es dinero o el dinero es oro real.

Consideremos ahora un momento la mercancía oro quieta, que es dinero, en su relación con las demás mercancías. Todas las mercancías representan en sus precios una determinada suma de oro; son, pues, solo oro representado o dinero representado, representantes del oro, como a la inversa, en el signo de valor, el dinero aparecía como mero representante de los precios de las mercancías.* Puesto que todas las mercancías son así solo dinero representado, el dinero es la única mercancía real. En contraposición a las mercancías, que solo representan la existencia autónoma del valor de cambio, del trabajo social general, de la riqueza abstracta, el oro es la existencia material de la riqueza abstracta. Por el lado del valor de uso, cada mercancía expresa solo un momento de la riqueza material, mediante su relación con una necesidad particular, una faceta solo aislada de la riqueza. Pero el dinero satisface toda necesidad, en la medida en que es directamente convertible en el objeto de cada necesidad.

* «No son solo los metales preciosos signos de las cosas; … sino que, alternativamente, las cosas … son signos del oro y de la plata.» (A. Genovesi, «Lezioni di Economia Civile» (1765), p. 281, en Custodi, Parte Moderna, t. VIII.)

Su propio valor de uso está realizado en la serie infinita de los valores de uso que forman su equivalente. En su maciza metalidad contiene, sin desplegar, toda la riqueza material que se despliega en el mundo de las mercancías. Por consiguiente, si las mercancías representan en sus precios el equivalente general o la riqueza abstracta, el oro, el oro representa en su valor de uso los valores de uso de todas las mercancías. El oro es, por tanto, el representante material de la riqueza material. Es el «précis de toutes les choses»* (Boisguillebert), el compendio de la riqueza social. Es, a la vez, por la forma, la encarnación inmediata del trabajo general y, por el contenido, la quintaesencia de todos los trabajos reales. Es la riqueza universal como individuo.* En su figura de mediador de la circulación sufrió toda clase de vejaciones, fue recortado e incluso rebajado al mero pingajo de papel simbólico. En cuanto dinero, le es devuelta su áurea magnificencia. De siervo se convierte en señor. De mero mozo de carga se convierte en el dios de las mercancías.*

* Petty: El oro y la plata son «universal wealth». «Political Arithmetic», loc. cit., p. 242.
** F. Misselden, «Free Trade or the Means to make Trade florish etc.», Londres, 1622. «La materia natural del comercio es la merchandize*: la cual los comerciantes, por el fin del comercio, han estilado llamar commodities. La materia artificial del comercio es el dinero, el cual ha recibido el título de sinewes of warre and of state. Aunque el dinero, en naturaleza y en tiempo, viene después de la merchandize, yet for as much as it is now in use has become the chiefe?.» (p. 7.) Compara la mercancía y el dinero con «los dos hijos del viejo Jacob, que puso su mano derecha sobre el menor y la izquierda sobre el mayor». (loc. cit.)

Boisguillebert, «Dissertation sur la nature des richesses etc.», loc. cit. «He aquí, pues, que el esclavo del comercio se ha convertido en su señor… La miseria de los pueblos proviene solo de que se ha hecho un señor, o más bien un tirano, de quien era un esclavo.» (p. 395, 399.)

*** Boisguillebert, loc. cit. «Se ha hecho un ídolo de estos metales (oro y plata), y, abandonando ahora el fin y el propósito para los que se les había llamado al comercio, a saber, servir de prenda en el trueque y la entrega recíproca, se les ha eximido casi de este servicio para convertirlos en deidades, a las que se han sacrificado y se sacrifican aún más bienes y necesidades importantes e incluso hombres, que los que jamás sacrificó la ciega antigüedad a sus falsos dioses, etc.» (loc. cit., p. 39.)

1 «Sentido de todas las cosas» — mercancía de comerciante — que los comerciantes, por motivos comerciales, han llamado valores de uso — * nervio de la guerra y del Estado — ? se ha vuelto, sin embargo, lo principal, en la medida en que ahora está en uso.

a) Atesoramiento

El oro se separó primeramente como dinero del medio de circulación, en cuanto la mercancía interrumpía el proceso de su metamorfosis y permanecía en su crisálida de oro. Esto ocurre cada vez que la venta no se trueca en compra. La autonomización del oro como dinero es, ante todo, la expresión sensible de la descomposición del proceso de circulación o de la metamorfosis de la mercancía en dos actos separados, que subsisten indiferentes uno al lado del otro. La moneda misma se convierte en dinero tan pronto como su curso es interrumpido. En la mano del vendedor que la recibe a cambio de una mercancía, es dinero, no moneda; apenas abandona su mano, se convierte de nuevo en moneda. Cada cual es vendedor de la mercancía unilateral que produce, pero comprador de todas las demás mercancías que necesita para su existencia social. Mientras su actuación como vendedor depende del tiempo de trabajo que su mercancía requiere para su producción, su actuación como comprador está condicionada por la constante renovación de las necesidades vitales. Para poder comprar sin vender, es necesario haber vendido sin comprar. De hecho, la circulación M-D-M es solo la unidad procesual de la venta y la compra, en la medida en que es, a la vez, el proceso constante de su separación. Para que el dinero, como moneda, fluya constantemente, es necesario que la moneda se coagule constantemente en dinero. La circulación constante de la moneda está condicionada por su estancamiento constante en porciones mayores o menores, en fondos de reserva de moneda que brotan de la circulación misma, a la vez que la condicionan, y cuya formación, distribución, disolución y nueva formación cambian sin cesar, cuya existencia desaparece constantemente y cuya desaparición es constantemente presente. Adam Smith ha expresado esta incesante transformación de la moneda en dinero y del dinero en moneda diciendo que todo poseedor de mercancías, junto a la mercancía particular que vende, debe tener siempre en reserva cierta suma de la mercancía universal con la que compra. Hemos visto que en la circulación M-D-M el segundo miembro D-M se descompone en una serie de compras que no se realizan de una vez, sino sucesivamente en el tiempo, de modo que una porción de D circula como moneda mientras la otra reposa como dinero. El dinero no es aquí, en realidad, más que moneda suspendida, y las distintas partes constitutivas de la masa monetaria circulante aparecen alternando constantemente, ora en una forma, ora en la otra. Esta primera transformación del medio de circulación en dinero representa, por tanto, solo un momento técnico de la circulación monetaria misma.*

* Boisguillebert, en la primera inmovilización del perpetuum mobile, es decir, en la negación de su existencia funcional como medio de circulación, husmea inmediatamente su autonomización frente a las mercancías. El dinero, dice, debe estar «en un movimiento constante, lo que solo puede ser mientras es móvil, pero en cuanto se vuelve inmóvil, todo está perdido». («Le détail de la France», p. 213.) Lo que pasa por alto es que este detenerse es la condición de su movimiento. Lo que en realidad quiere es que el valor de cambio* de las mercancías aparezca como mera forma evanescente de su metabolismo, pero que nunca se fije como fin en sí mismo.

* Debe decir: la forma de valor de las mercancías. [Nota en el ejemplar de mano.]

La primera forma natural de la riqueza es la del excedente o del sobrante, la parte de los productos no requerida inmediatamente como valor de uso, o también la posesión de aquellos productos cuyo valor de uso cae fuera del círculo de la mera necesidad. Al considerar el tránsito de la mercancía al dinero vimos que este excedente o sobrante de productos, en un nivel no desarrollado de producción, constituye la esfera propia del intercambio de mercancías. Los productos sobrantes se convierten en productos intercambiables o mercancías. La forma de existencia adecuada de este excedente es el oro y la plata, la primera forma en que la riqueza se fija como riqueza abstractamente social. Las mercancías no solo pueden conservarse en la forma del oro o de la plata, es decir, en el material del dinero, sino que el oro y la plata son riqueza en forma preservada. Todo valor de uso como tal sirve en cuanto es consumido, es decir, destruido. Pero el valor de uso del oro como dinero consiste en ser portador del valor de cambio, en ser, como materia prima informe, materialización del tiempo de trabajo general. Como metal informe, el valor de cambio posee una forma imperecedera. El oro o la plata inmovilizados de este modo como dinero constituyen el tesoro. Entre los pueblos de circulación puramente metálica, como entre los antiguos, la formación de tesoros se muestra como un proceso general, desde el individuo hasta el Estado, que custodia su tesoro público. En las épocas más antiguas, en Asia y Egipto, estos tesoros aparecen bajo la custodia de los reyes y de los sacerdotes, más como testigos de su poder. En Grecia y Roma se convierte en política formar tesoros públicos, como la forma siempre segura y siempre presta del excedente. La rápida transferencia de tales tesoros de un país a otro por los conquistadores, y su parcial y súbita derrama en la circulación, constituyen una peculiaridad de la economía antigua.

Como tiempo de trabajo objetivado, el oro garantiza su propia magnitud de valor, y dado que es materialización del tiempo de trabajo general, el proceso de circulación le garantiza su constante eficacia como valor de cambio. Por el mero hecho de que el poseedor de mercancías pueda retener la mercancía en su figura de valor de cambio o el valor de cambio mismo como mercancía, el intercambio de las mercancías, para recuperarlas en la figura transmutada del oro, se convierte en motivo propio de la circulación. La metamorfosis de la mercancía M-D se realiza por mor de su metamorfosis, para transformarse de riqueza natural particular en riqueza social general. En lugar del metabolismo, el cambio de forma se convierte en fin en sí. De simple forma, el valor de cambio se trueca en el contenido del movimiento. Como riqueza, como mercancía, la mercancía solo se conserva en la medida en que se mantiene dentro de la esfera de la circulación, y solo se mantiene en este estado fluido en la medida en que se osifica en plata y oro. Permanece en el flujo como cristal del proceso de circulación. Sin embargo, el oro y la plata se fijan ellos mismos como dinero solo en tanto no son medios de circulación. Como no-medios de circulación se convierten en dinero. La extracción de la mercancía de la circulación en la forma del oro es, por consiguiente, el único medio de mantenerla constantemente dentro de la circulación.

El poseedor de mercancías no puede retirar de la circulación, en forma de dinero, más que lo que arroja a ella en forma de mercancía. Vender de manera constante, arrojar mercancías continuamente a la circulación, es, pues, la primera condición del atesoramiento desde el punto de vista de la circulación mercantil. Por otra parte, el dinero desaparece constantemente como medio de circulación en el proceso mismo de la circulación, al realizarse sin cesar en valores de uso y disolverse en goces efímeros. Es preciso, por tanto, arrancarlo a la corriente devoradora de la circulación, o retener la mercancía en su primera metamorfosis, impidiéndole cumplir su función de medio de compra. El poseedor de mercancías, convertido ahora en atesorador, tiene que vender lo más posible y comprar lo menos posible, como ya enseñaba el viejo Catón: *patrem familias vendacem, non emacem esse*. Si la laboriosidad es la condición positiva del atesoramiento, el ahorro es su condición negativa. Cuanto menos se sustrae a la circulación el equivalente de la mercancía en forma de mercancías particulares o de valores de uso, tanto más se lo sustrae en forma de dinero o de valor de cambio.* La apropiación de la riqueza en su forma general exige, pues, la renuncia a la riqueza en su realidad material. Por ello, el impulso viviente del atesoramiento es la avaricia, para la cual no es la mercancía como valor de uso lo que constituye una necesidad, sino el valor de cambio como mercancía. Para apoderarse del excedente en su forma general, es preciso tratar las necesidades particulares como lujo y superfluidad. Así, en 1593 las Cortes presentaron a Felipe II una representación en la que, entre otras cosas, se dice:

«Las Cortes de Valladolid del año 1586 suplicaron a Vuestra Majestad que no permitiera en adelante la importación en el reino de velas, cristalería, bisutería, cuchillos y otros objetos semejantes provenientes del extranjero, para cambiar por oro esos objetos tan inútiles a la vida humana, como si los españoles fuesen indios.»**

El atesorador desprecia los goces mundanos, temporales y efímeros, para perseguir el tesoro eterno que ni la polilla ni el orín corroen, tesoro que es enteramente celestial y enteramente terrestre.

«La causa general y remota de nuestra escasez de oro —dice Misselden en la obra citada— es el gran exceso de este reino en el consumo de mercancías de países extranjeros, que se nos revelan no como *commodities*¹, sino como *discommodities*², pues nos privan de tanto tesoro como el que de otro modo se importaría en lugar de esos juguetes (*toys*). Consumimos entre nosotros una abundancia demasiado grande de vinos de España, Francia, Renania, Levante; las pasas de España, las grosellas del Levante, los *lawns* (especie de lienzo fino) y *cambrics*³ del Hainaut, las sederías de Italia, el azúcar y el tabaco de las Indias Occidentales, las especias de las Indias Orientales; nada de todo eso es para nosotros una necesidad absoluta, y sin embargo estas cosas se compran con oro contante.»*

Como oro y plata, la riqueza es imperecedera, tanto porque el valor de cambio existe en un metal indestructible, como, especialmente, porque se impide al oro y a la plata convertirse en medio de circulación, en mera forma dineraria efímera de la mercancía. El contenido perecedero se sacrifica así a la forma imperecedera.

«Si el dinero es tomado mediante el impuesto a uno que lo come y lo bebe, y se le da a otro que lo emplea en el mejoramiento de la tierra, en la pesca, en minas, manufacturas o incluso en vestimenta, siempre existe una ventaja para la comunidad, pues incluso las vestimentas no son tan efímeras como las comidas y las bebidas. Si se invierte en mobiliario, la ventaja es tanto mayor; en la construcción de casas, aún mayor, etc., y la mayor de todas, si se lleva oro y plata al país, porque sólo estas cosas no son perecederas, sino que en todos los tiempos y en todos los lugares son estimadas como riqueza; todo lo demás no es riqueza más que *pro hic et nunc*⁴.»**

* l. c. p. 11-13 passim.
** Petty, «Political Arithmetic», l. c. p. 196.

¹ mercancías necesarias — ² mercancías innecesarias — ³ batistas — ⁴ aquí y ahora

El arrancar el dinero a la corriente de la circulación y salvarlo del metabolismo social se manifiesta también exteriormente en el acto de enterrarlo, de modo que la riqueza social, como tesoro subterráneo e imperecedero, queda puesta en una relación enteramente secreta y privada con el poseedor de mercancías. El doctor Bernier, que residió un tiempo en Delhi, en la corte de Aurangzeb, cuenta cómo los comerciantes entierran su dinero en secreto y a gran profundidad, sobre todo los paganos no mahometanos, que tienen en sus manos casi todo el comercio y todo el dinero,

«obsesionados como están con la creencia de que el oro y la plata que esconden durante su vida les servirán después de la muerte en el otro mundo».*

El atesorador es, por lo demás, en la medida en que su ascetismo va unido a una laboriosidad enérgica, de religión esencialmente protestante, y más aún puritano.

«No se puede negar que comprar y vender es cosa necesaria, de la cual no se puede prescindir, y de la que se puede hacer un uso perfectamente cristiano, sobre todo en cosas que sirven a la necesidad y al decoro, pues también los patriarcas vendieron y compraron ganado, lana, trigo, manteca, leche y otros bienes. Son dones de Dios, que Él saca de la tierra y reparte entre los hombres. Pero el comercio exterior, que trae de Calicut y de la India mercancías semejantes, como tan preciosas sedas y orfebrería y especias, que sólo sirven para la pompa y no para utilidad alguna, y que absorbe el dinero de la tierra y sus gentes, no debería permitirse si tuviéramos un gobierno y príncipes. Pero sobre esto no quiero escribir ahora, pues imagino que al final, cuando ya no tengamos dinero, tendrá que cesar por sí mismo, lo mismo que el lujo y la gula; ninguna escritura ni enseñanza sirve de nada, hasta que la necesidad y la pobreza nos obligan.»**

En épocas de perturbación del metabolismo social, incluso en la sociedad burguesa desarrollada, aparece el enterrar el dinero como tesoro. La conexión social en su forma compacta —para el poseedor de mercancías, esa conexión consiste en la mercancía, y la existencia adecuada de la mercancía es el dinero— es salvada del movimiento social. El *nervus rerum*¹ social es sepultado junto al cuerpo del que es nervio.

El tesoro sería ya mero metal inútil, su alma dineraria se habría extinguido y él permanecería como ceniza apagada de la circulación, como su *caput mortuum*², si no estuviera en tensión constante con ella. El dinero, o valor de cambio autonomizado, es, según su cualidad, una existencia de la riqueza abstracta; pero, por otra parte, toda suma dineraria dada es una magnitud de valor cuantitativamente limitada. El límite cuantitativo del valor de cambio contradice su universalidad cualitativa, y el atesorador siente ese límite como una barrera que, de hecho, se convierte al mismo tiempo en barrera cualitativa, o que hace del tesoro un mero representante limitado de la riqueza material. El dinero, como equivalente general, se presenta, como hemos visto, inmediatamente en una ecuación en la que él mismo constituye un lado y la serie infinita de las mercancías constituye el otro. De la magnitud del valor de cambio depende hasta qué punto se realiza aproximadamente como semejante serie infinita, es decir, en qué medida corresponde a su concepto de valor de cambio. El movimiento del valor de cambio como valor de cambio, como autómata, no puede ser más que el de sobrepasar su límite cuantitativo. Pero, al franquear un límite cuantitativo del tesoro, se crea una nueva barrera que, a su vez, tiene que ser superada. No es un determinado límite del tesoro lo que aparece como barrera, sino todo límite del mismo. El atesoramiento no tiene, pues, un límite inmanente, una medida en sí mismo, sino que es un proceso sin fin, que en su resultado respectivo encuentra un motivo para su comienzo. Si el tesoro no se acrecienta más que al ser conservado, tampoco se conserva más que al ser acrecentado.

El dinero no es solamente *un* objeto de la pasión de enriquecimiento, sino que es *el* objeto de la misma. Esa pasión es esencialmente *auri sacra fames*³. La pasión de enriquecimiento, a diferencia del afán por la riqueza natural particular o por los valores de uso, como vestidos, joyas, rebaños, etc., sólo es posible desde el momento en que la riqueza general como tal está individualizada en una cosa particular y, por tanto, puede ser retenida como mercancía singular. El dinero aparece así tanto como objeto como fuente de la pasión de enriquecimiento.* Lo que en realidad subyace es que el valor de cambio como tal, y con él su multiplicación, se convierte en fin. La avaricia retiene el tesoro al no permitir que el dinero se convierta en medio de circulación; pero la codicia de oro mantiene viva su alma dineraria, su constante tensión frente a la circulación.

* François Bernier, «Voyages contenant la description des États du Grand Mogol», edición de París, 1830, t. I, conf. p. 312-314.
** Doctor Martin Lutero, «Bücher vom Kaufhandel und Wucher», 1524. En el mismo lugar dice Lutero: «Dios nos ha empujado a los alemanes hasta el punto de que tenemos que arrojar nuestro oro y plata a países extranjeros, enriquecer a todo el mundo y quedarnos nosotros mismos como mendigos. Inglaterra tendría acaso menos oro si Alemania le dejase su paño, y el rey de Portugal tendría también menos si le dejásemos sus especias. Calcula cuánto dinero se saca de tierras alemanas en una feria de Fráncfort, sin necesidad ni motivo: te asombrarás de cómo es posible que aún quede un heller en tierras alemanas. Fráncfort es el agujero de plata y oro por el que fluye de Alemania todo lo que entre nosotros brota y crece, se acuña o se forja: si estuviese taponado ese agujero, no se oiría hoy la queja de cómo todas las tierras y ciudades están esquilmadas por la usura, endeudadas y sin dinero. Pero déjalo correr, que así ha de ir: ¡los alemanes tenemos que seguir siendo alemanes! No cejamos; no nos queda más remedio.» [p. 4/5.]

Misselden, en el escrito antes citado, quiere retener el oro y la plata al menos dentro del círculo de la cristiandad: «El dinero es disminuido por el comercio más allá de la cristiandad, con Turquía, Persia y las Indias Orientales. Estos ramos comerciales se realizan en gran parte con dinero en efectivo, aunque de modo muy diferente a los ramos comerciales de la cristiandad dentro de sí misma. Pues aunque el comercio dentro de la cristiandad se practica con dinero en efectivo, el dinero está, no obstante, constantemente encerrado dentro de sus fronteras. Existen en verdad corriente y contracorriente, flujo y reflujo del dinero en el comercio practicado dentro de la cristiandad, pues tan pronto es más abundante en una parte y más escaso en otra, según que un país tenga carencia y otro abundancia: viene y va y gira dentro del círculo de la cristiandad, pero permanece siempre abarcado por su línea. En cambio, el dinero con el que se comercia fuera de la cristiandad, hacia los países antes indicados, es constantemente gastado y nunca regresa.» [p. 19, 20.]

¹ Nervio de las cosas — ² residuo químico — ³ maldita hambre de oro

Ahora bien, la actividad mediante la cual se forma el tesoro es, por un lado, el retiro del dinero de la circulación mediante la venta constantemente repetida y, por otro lado, el simple almacenamiento, la acumulación. De hecho, sólo en la esfera de la circulación simple —y precisamente bajo la forma del atesoramiento— tiene lugar la acumulación de la riqueza como tal, mientras que, como veremos más adelante, las otras llamadas formas de acumulación sólo se consideran como acumulación de manera impropia, meramente por reminiscencia de la simple acumulación de dinero. Todas las demás mercancías se amontonan o bien como valores de uso, y entonces la modalidad de su amontonamiento está determinada por la particularidad de su valor de uso. Amontonar trigo, por ejemplo, exige instalaciones especiales. Amontonar ovejas me convierte en pastor; amontonar esclavos y tierras hace necesarias relaciones de dominación y servidumbre, etc. La formación de reservas de la riqueza particular exige procesos especiales, distintos del simple acto de amontonar mismo, y desarrolla facetas particulares de la individualidad. O bien la riqueza en forma de mercancías se amontona como valor de cambio, y entonces el amontonamiento aparece como una operación comercial o específicamente económica. Su sujeto se convierte en comerciante de cereales, de ganado, etc. El oro y la plata no son dinero por alguna actividad del individuo que los acumula, sino como cristales del proceso de circulación que transcurre sin intervención suya. Él no tiene nada que hacer sino apartarlos y amontonar peso sobre peso, una actividad enteramente vacía de contenido que, aplicada a todas las demás mercancías, las desvalorizaría.*

Nuestro atesorador aparece como mártir del valor de cambio, santo asceta en la cima de la columna metálica. Sólo le importa la riqueza en su forma social, y por eso la sepulta ante la sociedad. Exige la mercancía en su forma siempre apta para la circulación, y por eso la sustrae a la circulación. Delira por el valor de cambio, y por eso no intercambia. La forma líquida de la riqueza y su petrificación, el elixir de la vida y la piedra filosofal, se entremezclan en un delirio alquimista. En su imaginaria avidez ilimitada de goce, renuncia a todo goce. Porque quiere satisfacer todas las necesidades sociales, apenas satisface la urgencia natural. Al retener la riqueza en su corporeidad metálica, la evapora en mera quimera cerebral. Pero, de hecho, el amontonamiento del dinero por el dinero mismo es la forma bárbara de la producción por la producción, es decir, el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo social más allá de los límites de las necesidades consuetudinarias. Cuanto menos desarrollada está la producción de mercancías, tanto más importante es la primera emancipación del valor de cambio como dinero, el atesoramiento, que por eso desempeña un gran papel entre los pueblos antiguos, en Asia hasta el día de hoy, y entre los modernos pueblos campesinos donde el valor de cambio aún no ha aferrado todas las relaciones de producción. Consideraremos de inmediato la función específicamente económica del atesoramiento dentro de la circulación metálica misma, pero antes mencionaremos otra forma de atesoramiento.

Prescindiendo por completo de sus propiedades estéticas, las mercancías de plata y de oro, en la medida en que el material del que están he- chas es material del dinero, son transformables en dinero, así como el dinero-oro o los lingotes de oro son transformables en ellas. Porque el oro y la plata son el material de la riqueza abstracta, la máxima ostentación de la riqueza consiste en utilizarlos como valores de uso concretos, y si el poseedor de mercancías oculta su tesoro en ciertas fases de la producción, se siente impulsado, dondequiera que puede hacerlo con seguridad, a aparecer como rico hombre ante los otros poseedores de mercancías. Se dora a sí mismo y a su casa.* En Asia, particularmente en la India, donde el atesoramiento no aparece, como en la economía burguesa, cual una función subordinada del mecanismo de la producción total, sino que la riqueza en esta forma es mantenida como fin último, las mercancías de oro y de plata propiamente no son sino la forma estética de los tesoros. En la Inglaterra medieval, las mercancías de oro y de plata, dado que su valor sólo se acrecentaba poco por el trabajo tosco añadido, eran consideradas legalmente como mera forma del tesoro. Su finalidad era ser lanzadas nuevamente a la circulación, y su ley estaba, por tanto, prescrita exactamente igual que la de la moneda misma. El creciente uso del oro y de la plata como objetos de lujo con el aumento de la riqueza es una cosa tan sencilla que resultaba completamente clara para los antiguos**, mientras que los economistas modernos han enunciado la falsa proposición de que el uso de las mercancías de plata y de oro no aumenta en proporción al incremento de la riqueza, sino sólo en proporción a la baja de valor de los metales preciosos. Por eso sus indicaciones, siempre exactas en otros aspectos, sobre el empleo del oro de California y de Australia muestran un déficit constante, porque el aumento del consumo de oro como materia prima, según su imaginación, no está justificado por la correspondiente baja de su valor. Desde 1810 hasta 1830, a consecuencia de la lucha de las colonias americanas con España[12] y de la interrupción de los trabajos en las minas a causa de las revoluciones, la producción anual media de los metales preciosos había disminuido en más de la mitad. La disminución de la moneda circulante en Europa alcanzaba casi 1/6 al comparar 1829 con 1809. Aunque, por tanto, la cantidad de producción había disminuido, y los costos de producción habían aumentado, en caso de haber cambiado algo, no obstante, el consumo de los metales preciosos como objetos de lujo se incrementó extraordinariamente, en Inglaterra ya durante la guerra, en el continente después de la Paz de París. Creció con el crecimiento de la riqueza general.* Puede establecerse como ley general que la conversión del dinero de oro y de plata en objetos de lujo predomina durante la paz, y su reconversión en lingotes o incluso en moneda sólo predomina en condiciones tormentosas.** Cuán considerable es la proporción del tesoro de oro y de plata que existe bajo la forma de artículos de lujo, en comparación con el metal precioso que sirve como dinero, se puede ver por el hecho de que en 1829, según Jacob, la relación era en Inglaterra de 2 a 1, y en toda Europa y América existían 1/4 más de metal precioso en objetos de lujo que en dinero.

Hemos visto que la circulación del dinero es simplemente la manifestación de la metamorfosis de las mercancías, o del cambio de forma en que se realiza el metabolismo social. Con la cambiante suma de los precios de las mercancías circulantes, o con el volumen de sus metamorfosis simultáneas, por un lado, y con la velocidad variable de su cambio de forma, por otro, la cantidad total del oro circulante debía, por tanto, expandirse o contraerse constantemente; condición que sólo es posible si la cantidad total del dinero en un país se mantiene continuamente en una proporción variable con respecto a la cantidad de dinero que se encuentra en circulación. Esta condición se cumple mediante el atesoramiento. Si los precios bajan o aumenta la velocidad de la circulación, los depósitos de tesoro absorben la parte del dinero segregada de la circulación; si los precios suben o la velocidad de la circulación disminuye, los tesoros se abren y refluyen en parte a la circulación. La solidificación del dinero circulante en tesoro y el derramamiento de los tesoros en la circulación es un movimiento oscilatorio constantemente cambiante, en el que el predominio de una u otra dirección está exclusivamente determinado por las fluctuaciones de la circulación de las mercancías. Los tesoros aparecen así como canales de afluencia y de salida del dinero circulante, de modo que siempre circula como moneda únicamente la cantidad de dinero determinada por las necesidades inmediatas de la circulación misma. Si el volumen de la circulación total se amplía súbitamente y predomina la unidad fluida de venta y compra, pero la suma total de los precios por realizar crece aún más rápidamente que la velocidad de la circulación del dinero, los tesoros se vacían visiblemente; tan pronto como el movimiento global se estanca de manera inusitada o la separación de venta y compra se consolida, el medio de circulación se solidifica en dinero en proporciones notables y los depósitos de tesoro se llenan muy por encima de su nivel medio. En países de circulación puramente metálica o en un nivel de producción no desarrollado, los tesoros están infinitamente fraccionados y dispersos por toda la superficie del país, mientras que en los países de desarrollo burgués están concentrados en los depósitos bancarios. No hay que confundir el tesoro con la reserva de moneda, la cual misma constituye un componente de la cantidad total de dinero que se halla siempre en circulación, mientras que la relación activa entre tesoro y medio de circulación supone el descenso o el ascenso de aquella cantidad total. Las mercancías de oro y de plata constituyen, como hemos visto, tanto un canal de salida de los metales preciosos como una fuente latente de afluencia. En tiempos normales, sólo su primera función es importante para la economía de la circulación metálica.

* Horacio no entiende nada de la filosofía del atesoramiento cuando dice (“Sátiras”, L. II, sátira III):

«Si alguien comprara laúdes y amontonara los instrumentos:
Sin entregarse ni a la lira ni a musa alguna.
Leznas y hormas, quien no es zapatero; y velas para la navegación,
Quien no es aficionado al tráfico marítimo: insensato y falto de seso
Con razón lo llamaría cualquiera. ¿En qué se diferencia de éstos
Quien el dinero de plata y oro entierra, sin saber usarlo,
Y lo acumulado, como cosa sagrada, no se atreve a tocar?»

El señor Senior entiende mejor la cosa: «El dinero parece ser la única cosa por la cual el apetito es universal, y eso porque el dinero es riqueza abstracta y porque los hombres, poseyéndolo, pueden satisfacer todas sus necesidades, de cualquier clase que sean.» (Principes fondamentaux de l’économie politique, traduit par le Comte Jean Arrivabene, París, 1836, pág. 221.) O Storch: «Puesto que el dinero representa todas las demás riquezas, basta con acumularlo para procurarse todas las especies de riqueza existentes en el mundo.» (loc. cit., t. II, pág. 135.)

* Cuán inalterado permanece el hombre interior del individuo-mercancía, incluso cuando éste se civiliza y se desarrolla hasta convertirse en capitalista, lo demuestra, por ejemplo, el representante londinense de una casa bancaria cosmopolita, que tiene colgado, como adecuado blasón familiar, un billete de banco de 100 000 libras esterlinas enmarcado bajo vidrio. La gracia está aquí en la mirada burlonamente aristocrática del billete hacia la circulación.

** Véase el pasaje de Jenofonte citado más adelante.

* Jacob, loc. cit., t. II, caps. 25 y 26.

** «En épocas de gran agitación e inseguridad, sobre todo durante insurrecciones internas o invasiones, los objetos de oro y de plata se convierten rápidamente en dinero; en períodos de tranquilidad y bienestar, en cambio, el dinero se transforma en vajilla de plata y objetos de adorno» (loc. cit., t. II, pág. 357).

* En el siguiente pasaje, Jenofonte desarrolla el dinero en su determinación formal específica como dinero y tesoro: «En este único oficio, entre todos los que conozco, nadie excita la envidia de los demás que se ocupan de él… Pues cuanto más ricas parecen las minas de plata y más plata se extrae, tantos más hombres atraen a este trabajo. Cuando se han adquirido suficientes enseres domésticos para la economía, poco más se compra; en cambio, plata, nadie posee tanta que no desee tener más, y si alguien la tiene en abundancia, entierra el sobrante y no se alegra menos de ello que si lo utilizara. En efecto, cuando las ciudades florecen, la gente necesita especialmente la plata. Pues los hombres quieren comprar, además de hermosas armas, buenos caballos, casas suntuosas y mobiliario, y las mujeres apetecen toda clase de vestidos y adornos de oro. Pero cuando las ciudades sufren necesidad por malas cosechas o guerra, entonces se necesita dinero a causa de la esterilidad del suelo para comprar alimentos o para…»

Zur Kritik der Politischen Ökonomie * Zweites Kapitel 115

b) Medios de pago

… Las dos formas en que el dinero se había distinguido hasta ahora del medio de circulación eran la de la moneda suspendida y la del tesoro. La primera forma reflejaba, en la conversión pasajera de la moneda en dinero, que el segundo miembro de M-D-M, la compra D-M, tiene que descomponerse, dentro de una determinada esfera de la circulación, en una serie de compras sucesivas. La formación de tesoro, en cambio, se basaba simplemente en el aislamiento del acto M-D, que no proseguía hasta D-M, o era sólo el desarrollo autónomo de la primera metamorfosis de la mercancía, el dinero, desarrollado como la existencia enajenada de todas las mercancías, en oposición al medio de circulación como la existencia de la mercancía en su forma siempre enajenable. La reserva de monedas y el tesoro eran sólo dinero como no-medio de circulación, pero no-medio de circulación sólo porque no circulaban. En la determinación en que consideramos ahora el dinero, éste circula o entra en la circulación, pero no en la función de medio de circulación. Como medio de circulación, el dinero era siempre medio de compra; ahora actúa como no-medio de compra.

Tan pronto como el dinero, mediante la formación de tesoro, se ha desarrollado como existencia de la riqueza social general y representante material de la riqueza material, obtiene, en esta su determinabilidad como dinero, funciones peculiares dentro del proceso de circulación.⁸* Si el dinero circula como mero medio de circulación y, por tanto, como medio de compra, se presupone que mercancía y dinero se enfrentan simultáneamente, es decir, que la misma magnitud de valor existe por duplicado, en un polo como mercancía en manos del vendedor, en el otro polo como dinero en manos del comprador. Esta existencia simultánea de los dos equivalentes en polos opuestos y su simultáneo cambio de lugar o su mutua enajenación presupone, a su vez, que vendedor y comprador se refieren uno al otro sólo como poseedores de equivalentes existentes. Pero el proceso de la metamorfosis de las mercancías, que produce las diferentes determinaciones formales del dinero, metamorfosea también a los poseedores de mercancías o modifica los caracteres sociales en que éstos se aparecen mutuamente. En el proceso de la

⁸* Jenofonte, De vectigalibus, c. IV. Aristóteles, en el cap. 9, lib. I de la «República», desarrolla los dos movimientos de la circulación M-D-M y D-M-D en su contraposición bajo los nombres de «económica» y «crematística». Ambas formas son contrapuestas por los trágicos griegos, especialmente por Eurípides, como δίκη¹ y κέρδος².
¹ Justicia. — ² Interés propio.

116 z Karl Marx

metamorfosis de la mercancía, el guardián de mercancías cambia de piel tantas veces como la mercancía se transforma o el dinero se lanza en nuevas formas. Así, los poseedores de mercancías se enfrentaban originariamente sólo como poseedores de mercancías, luego uno se convertía en vendedor, el otro en comprador, después cada uno alternativamente en comprador y vendedor, luego en atesoradores, y finalmente en gente rica. De este modo, los poseedores de mercancías no salen del proceso de circulación tal como en él entraron. De hecho, las diferentes determinaciones formales que el dinero recibe en el proceso de circulación no son más que el cambio de forma cristalizado de las mercancías mismas, el cual, a su vez, no es más que la expresión objetiva de las cambiantes relaciones sociales en que los poseedores de mercancías realizan su metabolismo. En el proceso de circulación brotan nuevas relaciones de tráfico, y como portadores de estas relaciones modificadas, los poseedores de mercancías reciben nuevos caracteres económicos. Así como dentro de la circulación interna el dinero se idealiza y el mero papel, como representante del oro, desempeña la función de dinero, el mismo proceso confiere al comprador o al vendedor que entra en él como mero representante de dinero o de mercancía, es decir, que representa dinero futuro o mercancía futura, la eficacia del verdadero vendedor o comprador.

Todas las determinaciones formales que el oro desarrolla como dinero no son sino el despliegue de las determinaciones contenidas en la metamorfosis de las mercancías, las cuales, sin embargo, en la circulación simple del dinero, en la manifestación del dinero como moneda o en el movimiento M-D-M como unidad procesante, no habían sido separadas en figura autónoma, o bien aparecían, como, por ejemplo, la interrupción de la metamorfosis de la mercancía, como meras posibilidades. Vimos que en el proceso M-D la mercancía, como valor de uso real y valor de cambio ideal, se refería al dinero como valor de cambio real y valor de uso sólo ideal. Al enajenar la mercancía como valor de uso, el vendedor realizaba su propio valor de cambio y el valor de uso del dinero. A la inversa, al enajenar el dinero como valor de cambio, el comprador realizaba su valor de uso y el precio de la mercancía. Conforme a ello, tenía lugar un cambio de lugar de mercancía y dinero. El proceso vivo de esta antítesis bilateral y polar se escinde ahora, a su vez, en su realización. El vendedor enajena realmente la mercancía y realiza su precio, en un principio, sólo de manera ideal. La ha vendido por su precio, pero éste no se realizará hasta un plazo fijado posteriormente. El comprador compra como representante de dinero futuro, mientras que el vendedor vende como poseedor de mercancía presente. Por parte del vendedor, la mercancía se enajena realmente como valor de uso, sin que su precio se haya realizado realmente; por parte del comprador,

Zur Kritik der Politischen Ökonomie * Zweites Kapitel 117

el dinero se realiza realmente en el valor de uso de la mercancía, sin que se haya enajenado realmente como valor de cambio. En lugar de ser antes el signo de valor, aquí es el comprador mismo quien representa simbólicamente al dinero. Pero, así como antes la simbólica general del signo de valor requería la garantía y el curso forzoso del Estado, ahora la simbólica personal del comprador suscita contratos privados legalmente exigibles entre los poseedores de mercancías.

A la inversa, en el proceso D-M se puede enajenar el dinero como medio real de compra y realizar el precio de la mercancía antes de que se realice el valor de uso del dinero o se enajene la mercancía. Esto ocurre, por ejemplo, en la forma cotidiana del pago anticipado. O en la forma en que el gobierno inglés compra el opio de los ryots en la India, o en la que comerciantes extranjeros residentes en Rusia compran en gran parte productos agrícolas rusos. Sin embargo, de este modo el dinero actúa sólo en la ya conocida forma de medio de compra y no recibe, por tanto, ninguna determinación formal nueva.⁸* No nos detendremos, pues, en este último caso, pero observamos, con respecto a la figura transformada en que ambos procesos D-M y M-D aparecen aquí, que la diferencia sólo mentada de compra y venta, tal como aparece inmediatamente en la circulación, se convierte ahora en diferencia real, al existir en una forma sólo la mercancía, en la otra sólo el dinero, pero en ambas sólo el extremo del que parte la iniciativa. Además, ambas formas tienen en común que en las dos el equivalente sólo existe en la voluntad común del comprador y del vendedor, una voluntad que los vincula a ambos y adquiere determinadas formas legales.

Vendedor y comprador se convierten en acreedor y deudor. Si antes el poseedor de mercancías, como guardián del tesoro, representaba una figura más bien cómica, ahora se vuelve terrible, al concebir no a sí mismo, sino a su prójimo como existencia de una determinada suma de dinero, y no se hace a sí mismo, sino a él, mártir del valor de cambio. De creyente se convierte en acreedor, de la religión cae en la jurisprudencia.

«I stay here on my bond!» [22]

En la forma modificada M-D, pues, en que la mercancía está presente y el dinero sólo está representado, el dinero funciona, en primer lugar, como medida de los valores. El valor de cambio de la mercancía se estima en dinero como en su medida, pero, como valor de cambio contractualmente medido, el precio existe no sólo en la cabeza del

⁸* Capital se adelanta también, naturalmente, en la forma de dinero, y el dinero adelantado puede ser capital adelantado, pero este punto de vista cae fuera del horizonte de la circulación simple.

118 u Karl Marx

vendedor, sino al mismo tiempo como medida de la obligación del comprador. En segundo lugar, el dinero funciona aquí como medio de compra, aunque sólo proyecte ante sí la sombra de su existencia futura. En efecto, saca a la mercancía de su lugar, de la mano del vendedor a la del comprador. Cuando vence el plazo para el cumplimiento del contrato, el dinero entra en circulación, pues cambia de lugar y pasa de la mano del pasado comprador a la del pasado vendedor. Pero no entra en circulación como medio de circulación o medio de compra. Como tal funcionó antes de estar presente, y aparece después de haber cesado de funcionar como tal. Entra más bien en la circulación como el único equivalente adecuado para la mercancía, como existencia absoluta del valor de cambio, como última palabra del proceso de intercambio, en una palabra, como dinero, y precisamente como dinero en la determinada función de medio general de pago. En esta función como medio de pago, el dinero aparece como la mercancía absoluta, pero dentro de la circulación misma, no como el tesoro fuera de ella. La diferencia entre medio de compra y medio de pago se hace notar muy desagradablemente en las épocas de crisis comerciales.⁸*

Originariamente, en la circulación, la conversión del producto en dinero aparece sólo como necesidad individual para el poseedor de mercancías, en la medida en que su producto no es valor de uso para él, sino que sólo ha de llegar a serlo mediante su enajenación. Pero para pagar en el plazo contractual, ha tenido que vender antes mercancía. Con absoluta independencia de sus necesidades individuales, la venta se ha convertido, por tanto, para él, en una necesidad social, por el movimiento del proceso de circulación. Como comprador pasado de una mercancía, se ve forzado a convertirse en vendedor de otra mercancía, no para obtener el dinero como medio de compra, sino para obtenerlo como medio de pago, como la forma absoluta del valor de cambio. La conversión de mercancía en dinero como acto concluyente, o la primera metamorfosis de la mercancía como fin en sí mismo, que en la formación de tesoro parecía capricho del poseedor de mercancías, se ha convertido ahora en una función económica. El motivo y el contenido de la venta para pagar es un contenido del proceso de circulación que brota de la forma misma de éste.

En esta forma de venta, la mercancía realiza su cambio de lugar, circula, mientras demora su primera metamorfosis, su conversión en dinero. Por parte del comprador, en cambio, se realiza la segunda metamorfosis, es decir, el dinero se reconvierte en mercancía, antes de que se haya realizado la primera metamorfosis, es decir, antes de que la mercancía se haya convertido en dinero. La primera meta-

* Diferencia entre medio de compra y medio de pago subrayada por Lutero. [Nota en el ejemplar de mano.] 2 r

Contribución a la crítica de la economía política * Capítulo segundo 119

metamorfosis aparece aquí, pues, en el tiempo posterior a la segunda. Y con ello el dinero, la forma que adopta la mercancía en su primera metamorfosis, recibe una nueva determinación formal. El dinero, o el desarrollo autónomo del valor de cambio, ya no es la forma mediadora de la circulación de mercancías, sino su resultado concluyente.

El hecho de que tales ventas a plazo, en las cuales ambos polos de la venta existen separados en el tiempo, surjan de manera natural de la circulación simple de mercancías, no necesita una demostración detallada. En primer lugar, el desarrollo de la circulación trae consigo que la comparecencia recíproca de los mismos poseedores de mercancías como vendedores y compradores se repita. La aparición repetida no es meramente casual, sino que, por ejemplo, se encarga una mercancía para un plazo futuro en que ha de ser entregada y pagada. En este caso, la venta se realiza idealmente, es decir, jurídicamente, sin que mercancía y dinero aparezcan corporalmente. Las dos formas del dinero como medio de circulación y como medio de pago todavía coinciden aquí, en la medida en que, por un lado, mercancía y dinero cambian de lugar simultáneamente, y, por otro lado, el dinero no compra la mercancía, sino que realiza el precio de la mercancía vendida anteriormente. Además, la naturaleza de una serie de valores de uso implica que no se enajenen realmente mediante la entrega efectiva de la mercancía, sino sólo mediante su cesión por un tiempo determinado. Por ejemplo, cuando se vende el uso de una casa por un mes, el valor de uso de la casa no se entrega hasta transcurrido el mes, aunque cambie de manos al comienzo del mismo. Como aquí la cesión efectiva del valor de uso y su verdadera enajenación se separan en el tiempo, la realización de su precio tiene lugar también más tarde que su cambio de lugar. Finalmente, la diferencia en la duración y la época del tiempo en que se producen las diversas mercancías hace que uno se presente como vendedor mientras el otro aún no puede aparecer como comprador, y con la frecuente repetición de compra y venta entre los mismos poseedores de mercancías, los dos momentos de la venta se separan, de acuerdo con las condiciones de producción de sus mercancías. Así surge una relación de acreedor y deudor entre los poseedores de mercancías, que forma ciertamente la base natural del sistema de crédito, pero que puede estar plenamente desarrollada antes de que éste exista. Sin embargo, es claro que con el desarrollo del sistema crediticio y, por tanto, de la producción burguesa en general, la función del dinero como medio de pago se ampliará a expensas de su función como medio de compra y, más aún, como elemento de atesoramiento. En Inglaterra, por ejemplo, el dinero como moneda está casi exclusivamente relegado a la esfera del comercio al por menor y del pequeño comercio entre

productores y consumidores, mientras que como medio de pago domina la esfera de las grandes transacciones comerciales.*

Como medio general de pago, el dinero se convierte en la única mercancía de los contratos, primeramente sólo dentro de la esfera de la circulación de mercancías.** Sin embargo, con su desarrollo en esta función, todas las demás formas de pago se disuelven gradualmente en pago en dinero. El grado en que el dinero está desarrollado como medio exclusivo de pago muestra el grado en que el valor de cambio se ha apoderado de la producción en su profundidad y amplitud.***

En primer lugar, la masa del dinero que circula como medio de pago está determinada por el monto de los pagos, es decir, por la suma de precios de las mercancías enajenadas, no de las que están por enajenar, como en la circulación simple de dinero. La suma así

* El señor Macleod, a pesar de su engreimiento doctrinario por las definiciones, desconoce de tal modo las relaciones económicas más elementales, que hace surgir el dinero en absoluto de su forma más desarrollada, la de medio de pago. Dice, entre otras cosas: Como los hombres no siempre necesitan sus servicios recíprocos al mismo tiempo y en la misma magnitud de valor, «quedaría una cierta diferencia, o importe de servicio, pagadero del primero al segundo, una deuda». El poseedor de esta deuda necesita los servicios de un tercero, que no necesita inmediatamente los suyos, y «transfiere al tercero la deuda que el primero tiene con él. El pagaré pasa así de una mano a otra — medio de circulación... Cuando alguien recibe una obligación de deuda expresada en dinero metálico, puede disponer no sólo de los servicios del deudor original, sino de los de toda la comunidad trabajadora.» Macleod, «Theory and Practice of Banking etc.», Londres, 1855, vol. I, cap. I [pp. 23 s., 29].

** Bailey, loc. cit., p. 3: «El dinero es la mercancía general de los contratos, o aquella en la que se celebran la mayoría de los contratos de propiedad que han de cumplirse en un tiempo futuro.»

*** Senior, loc. cit., p. 221, dice: «Como el valor de todas las cosas cambia en un período de tiempo determinado, se toma como medio de pago aquella cosa cuyo valor cambia menos y que conserva por más tiempo una determinada capacidad media de comprar cosas. Así el dinero se convierte en expresión o representante de los valores.» Al revés. Porque el oro, la plata, etc., se han convertido en dinero, es decir, en existencia del valor de cambio autonomizado, se convierten en medios generales de pago. Allí donde entra en consideración la atención a la duración de la magnitud de valor del dinero, de la que habla el señor Senior, es decir, en períodos en que el dinero se impone como medio general de pago por la fuerza de las circunstancias, justamente también se descubre la fluctuación en la magnitud de valor del dinero. Uno de esos períodos fue en Inglaterra la época de Isabel, y fue en su tiempo cuando Lord Burleigh y Sir Thomas Smith, en atención a la visible depreciación de los metales preciosos, hicieron aprobar un acta del parlamento que obligaba a las universidades de Oxford y Cambridge a reservarse un tercio de sus rentas territoriales en trigo y malta.

Contribución a la crítica de la economía política * Capítulo segundo 121

determinada se modifica, sin embargo, de dos maneras: en primer lugar, por la velocidad con que la misma pieza de dinero repite la misma función, o la masa de pagos se presenta como una cadena procesante de pagos. A paga a B, con lo cual B paga a C, y así sucesivamente. La velocidad con que la misma pieza de dinero repite su función de medio de pago depende, por una parte, de la concatenación de las relaciones de acreedor y deudor entre los poseedores de mercancías, de modo que un mismo poseedor de mercancías es acreedor frente a uno y deudor frente a otro, etc., y, por otra parte, de la duración de los intervalos que separan los distintos términos de pago. Esta cadena de pagos, o de primeras metamorfosis posteriores de las mercancías, se diferencia cualitativamente de la cadena de metamorfosis que se presenta en la circulación del dinero como medio de circulación. Esta última no sólo aparece en sucesión temporal, sino que sólo llega a ser en ella. La mercancía se convierte en dinero, luego de nuevo en mercancía, y capacita así a la otra mercancía para convertirse en dinero, etc., o el vendedor se convierte en comprador, con lo cual otro poseedor de mercancías se convierte en vendedor. Esta conexión surge casualmente en el proceso mismo del intercambio de mercancías. Pero el hecho de que el dinero con que A ha pagado a B sea pagado por B a C, por C a D, etc., y esto en períodos de tiempo que se suceden rápidamente —en esta conexión exterior sólo sale a la luz un nexo social ya existente. El mismo dinero no pasa por distintas manos porque aparezca como medio de pago, sino que circula como medio de pago porque las distintas manos ya han estrechado vínculos entre sí. La velocidad con que el dinero circula como medio de pago muestra, pues, una incorporación mucho más profunda de los individuos al proceso de circulación que la velocidad con que circula el dinero como moneda o medio de compra.

La suma de precios de compras y ventas simultáneas, y que por tanto coinciden espacialmente, constituye el límite para sustituir la masa de monedas por la velocidad de circulación. Esta barrera desaparece para el dinero que funciona como medio de pago. Si los pagos que han de efectuarse simultáneamente se concentran en un mismo lugar, lo cual ocurre en un principio de manera natural sólo en los grandes puntos de concentración de la circulación de mercancías, los pagos se compensan mutuamente como magnitudes positivas y negativas, en la medida en que A tiene que pagar a B y al mismo tiempo tiene que recibir un pago de C, etc. La suma del dinero requerido como medio de pago estará determinada, por consiguiente, no por la suma de precios de los pagos a realizar simultáneamente, sino por la mayor o menor concentración de los mismos y por la magnitud del saldo que queda después de su compensación mutua como magnitudes positivas y negativas. Dispositivos propios para estas compensaciones surgen sin ningún

desarrollo del sistema crediticio, como, por ejemplo, en la antigua Roma. Pero la consideración de los mismos no pertenece aquí, como tampoco la de los términos generales de pago que se fijan por doquier en determinados círculos sociales. Aquí sólo se señale aún que la influencia específica que estos términos ejercen sobre las fluctuaciones periódicas en la cantidad del dinero circulante no ha sido investigada científicamente hasta los tiempos más recientes.

En la medida en que los pagos se compensan como magnitudes positivas y negativas, no interviene en absoluto dinero efectivo. Aquí el dinero se desarrolla únicamente en su forma de medida de los valores, por una parte en el precio de la mercancía, por otra en la magnitud de las obligaciones recíprocas. Aparte de su existencia ideal, el valor de cambio no recibe aquí, pues, ninguna existencia autónoma, ni siquiera la existencia como signo de valor, o bien el dinero se convierte sólo en dinero de cuenta ideal. La función del dinero como medio de pago implica, por tanto, la contradicción de que, por un lado, en la medida en que los pagos se compensan, sólo actúa idealmente como medida, y, por otro lado, en la medida en que el pago ha de efectuarse realmente, no entra en la circulación como medio de circulación evanescente, sino como la existencia reposada del equivalente general, como la mercancía absoluta, en una palabra, como dinero. De ahí que, allí donde se ha desarrollado la cadena de pagos y un sistema artificial de su compensación, en el caso de perturbaciones que interrumpan violentamente el flujo de los pagos y desorganicen el mecanismo de su compensación, el dinero se transforme súbitamente de su figura gaseosa, tejida en el cerebro, de medida de los valores, en dinero contante y sonante, o medio de pago. Así, en situaciones de producción burguesa desarrollada, en las que el poseedor de mercancías se ha convertido desde hace tiempo en capitalista, conoce a su Adam Smith y sonríe con altanería ante la superstición de que el oro y la plata sean el único dinero o de que el dinero, a diferencia de las demás mercancías, sea la mercancía absoluta, el dinero aparece de repente de nuevo, no como mediador de la circulación, sino como la única forma adecuada del valor de cambio, como la única riqueza, tal como lo concibe el atesorador. Como tal existencia exclusiva de la riqueza, se revela no, como en el sistema monetario, en la representación meramente imaginada, sino en la desvalorización y falta de valor reales de toda riqueza material. Es éste el momento específico de las crisis del mercado mundial que se llama crisis monetaria. El summum bonum¹, que en tales momentos se reclama a gritos como la única riqueza, es dinero, dinero contante, y junto a él todas las demás mercancías aparecen, precisamente porque son valores de uso, como inútiles, como bagatelas, juguetes,

o, como dice nuestro doctor Martín Lutero, como mero adorno y alimento.

¹ sumo bien

Este súbito trastrocamiento del sistema de crédito en el sistema monetario añade al pánico práctico el terror teórico, y los agentes de la circulación se estremecen ante el misterio impenetrable de sus propias relaciones.*

Los pagos, a su vez, hacen necesario un fondo de reserva, una acumulación de dinero como medio de pago. La formación de estos fondos de reserva no aparece ya, como en el caso del atesoramiento, como una actividad exterior a la circulación misma, ni, como en la reserva metálica, como mero estancamiento técnico de la moneda, sino que el dinero ha de ir acumulándose paulatinamente para estar disponible en determinados plazos de pago futuros. Mientras que, por tanto, el atesoramiento en la forma abstracta en que se le considera como enriquecimiento disminuye con el desarrollo de la producción burguesa, crece este atesoramiento directamente exigido por el proceso de intercambio, o mejor dicho, una parte de los tesoros que se forman en general en la esfera de la circulación de mercancías es absorbida como fondo de reserva de medios de pago. Cuanto más desarrollada está la producción burguesa, tanto más se restringen estos fondos de reserva al mínimo necesario. Locke, en su escrito sobre la reducción del tipo de interés**, proporciona interesantes datos acerca de la magnitud de estos fondos de reserva en su época: se desprende de ellos qué parte tan considerable del dinero en circulación en general absorbían precisamente en Inglaterra los reservorios de medios de pago, justo en la época en que comenzaba a desarrollarse el sistema bancario.

La ley sobre la cantidad del dinero circulante, tal como se desprendía de la consideración de la circulación monetaria simple, resulta esencialmente modificada por la circulación del medio de pago. Dada la velocidad de circulación del dinero, tanto si actúa como medio de circulación como si lo hace como medio de pago, la suma total del dinero que circula en un período de tiempo dado estará determinada por la suma total de los precios de las mercancías a realizar [más] la suma total de los pagos vencidos en la misma época, menos los pagos que se anulan recíprocamente por compensación. La ley general de que la masa del dinero circulante depende de los precios de las mercancías no resulta afectada en lo más mínimo por ello, toda vez que el importe mismo de los pagos está determinado por los precios fijados contractualmente. Pero se pone de manifiesto de manera contundente que, aun suponiendo constantes la velocidad de circulación y la economía de los pagos, la suma de precios de las masas de mercancías que circulan en un período determinado, por ejemplo un día, y la masa de dinero que circula ese mismo día no coinciden en modo alguno, pues circula una masa de mercancías cuyo precio sólo se realizará en dinero en el futuro, y circula una masa de dinero para la cual las mercancías correspondientes han salido hace tiempo de la circulación. Esta última masa dependerá, a su vez, de la magnitud de la suma de valor de los pagos que vencen ese mismo día, aunque hayan sido contratados en períodos completamente distintos.

Hemos visto que el cambio en el valor del oro y de la plata no afecta a su función como medida de los valores o como dinero de cuenta. Sin embargo, este cambio adquiere importancia decisiva para el dinero como tesoro, pues con el alza o la baja del valor del oro y de la plata aumenta o disminuye la magnitud de valor del tesoro áureo o argentífero. Aún más importante es para el dinero como medio de pago. El pago se efectúa con posterioridad a la venta de la mercancía, o bien el dinero actúa en dos períodos de tiempo distintos en dos funciones diferentes, primero como medida de los valores, luego como medio de pago correspondiente a esa medición. Si en este intervalo cambia el valor de los metales preciosos, o el tiempo de trabajo requerido para su producción, la misma cantidad de oro o plata, al aparecer como medio de pago, valdrá más o menos que en el momento en que sirvió como medida de los valores o en que se celebró el contrato. La función de una mercancía particular como el oro y la plata como dinero, o sea como valor de cambio autonomizado, entra aquí en colisión con su naturaleza de mercancía particular, cuya magnitud de valor depende del cambio de sus costos de producción. La gran revolución social que provocó en Europa la caída del valor de los metales preciosos es un hecho tan conocido como la revolución inversa que, en una época temprana de la antigua república romana, fue ocasionada por el alza del valor del cobre en el que estaban contraídas las deudas de los plebeyos. Sin seguir examinando la influencia de las fluctuaciones de valor de los metales preciosos sobre el sistema de la economía burguesa, de aquí se desprende ya que la baja del valor de los metales preciosos favorece a los deudores a costa de los acreedores, y una subida de su valor, a la inversa, favorece a los acreedores a costa de los deudores.

Zur Kritik der Politischen Ökonomie. Segundo capítulo. 125

c) Dinero mundial

El oro se convierte en dinero, a diferencia de la moneda, primero al retirarse de la circulación como tesoro, luego al entrar en ella como medio no circulante, y por último al romper las barreras de la circulación interior para funcionar como equivalente general en el mundo de las mercancías. Así se convierte en dinero mundial.

Así como las medidas generales de peso de los metales preciosos sirvieron como medidas originarias del valor, dentro del mercado mundial los nombres de cuenta del dinero se reconvierten en los correspondientes nombres de peso. Así como el metal en bruto, informe (aes rude), fue la forma originaria del medio de circulación y la forma de moneda no era al principio más que el signo oficial del peso contenido en las piezas metálicas, el metal precioso como moneda mundial se despoja de nuevo de la figura y el cuño y recae en la indiferente forma de barra; o bien, si circulan en el extranjero monedas nacionales, como los imperiales rusos, los táleros mexicanos y los soberanos ingleses, su título se vuelve indiferente y sólo vale su contenido. Por último, como dinero internacional, los metales preciosos cumplen de nuevo su función originaria de medio de cambio, que, al igual que el propio intercambio de mercancías, no surgió en el seno de las comunidades naturales, sino en los puntos de contacto de diferentes comunidades. Como dinero mundial, el dinero recupera, pues, su primera forma natural. Al abandonar la circulación interior, se despoja de nuevo de las formas particulares que brotaron del desarrollo del proceso de intercambio dentro de esa esfera particular, de sus formas locales de patrón de los precios, moneda, moneda divisionaria y signo de valor.

Hemos visto que en la circulación interior de un país sólo una mercancía sirve como medida de los valores. Pero como en un país es el oro el que desempeña esta función, y en otro la plata, en el mercado mundial rige una doble medida de los valores, y el dinero duplica su existencia también en todas las demás funciones. La conversión de los valores de las mercancías de precios en oro a precios en plata, y viceversa, está determinada cada vez por el valor relativo de ambos metales, que cambia constantemente, y cuya fijación aparece, por tanto, como un proceso continuo. Los poseedores de mercancías de cada esfera de circulación interior se ven obligados a usar alternativamente oro y plata para la circulación exterior, y a cambiar por tanto el metal que funciona como dinero en el interior del país por el metal que precisamente necesitan como dinero en el extranjero. Cada nación emplea, pues, ambos metales, oro y plata, como dinero mundial.

En la circulación internacional de mercancías, el oro y la plata no aparecen como medios de circulación, sino como medios generales de cambio. Pero el medio general de cambio funciona únicamente en las dos formas desarrolladas de medio de compra y de medio de pago, cuya relación se invierte, sin embargo, en el mercado mundial. En la esfera de la circulación interior, el dinero, en la medida en que era moneda, funcionaba exclusivamente como medio de compra, representando al mediador de la unidad procesal M-D-M o la forma puramente evanescente del valor de cambio en el incesante cambio de lugar de las mercancías. En el mercado mundial, a la inversa. Oro y plata aparecen aquí como medio de compra cuando el metabolismo es unilateral y, por tanto, compra y venta se separan. El comercio fronterizo en Kiachtá, por ejemplo, es de hecho y por contrato comercio de trueque, en el que la plata es sólo medida del valor. La guerra de 1857-1858 obligó a los chinos a vender sin comprar. Entonces apareció de repente la plata como medio de compra. Por consideración a la letra del contrato, los rusos transformaban piezas francesas de cinco francos en toscos objetos de plata que servían como medio de cambio. La plata funciona permanentemente como medio de compra entre Europa y América, por un lado, y Asia, por el otro, donde se deposita como tesoro. Además, los metales preciosos funcionan como medio internacional de compra tan pronto como se interrumpe repentinamente el equilibrio tradicional del metabolismo entre dos naciones, obligando, por ejemplo, una mala cosecha a una de ellas a comprar en proporciones extraordinarias. Por último, los metales preciosos son medio internacional de compra en manos de los países productores de oro y plata, donde constituyen producto directo y mercancía, no la forma transformada de la mercancía. Cuanto más se desarrolla el intercambio de mercancías entre distintas esferas nacionales de circulación, tanto más se desarrolla la función del dinero mundial como medio de pago para la compensación de los balances internacionales.

Al igual que la circulación interior, la circulación internacional exige una cantidad constantemente variable de oro y plata. Una parte de los tesoros acumulados sirve por tanto, en cada pueblo, de fondo de reserva del dinero mundial, que unas veces se vacía y otras se llena de nuevo, según las oscilaciones del intercambio de mercancías.* Aparte de los movimientos particulares en los que va y viene entre las esferas nacionales de circulación, el dinero mundial posee un movimiento general, cuyos puntos de partida se encuentran en los

Zur Kritik der Politischen Ökonomie - Segundo capítulo 127

* Boisguillebert, que quisiera impedir que las relaciones burguesas de producción se vuelvan contra los burgueses mismos, se complace en considerar las formas del dinero en las que éste aparece sólo de manera ideal o sólo evanescente. Así antes el medio de circulación. Así el medio de pago. Lo que tampoco ve es el trastrocamiento no mediado de la forma ideal del dinero en su realidad exterior, el hecho de que el dinero contante ya está contenido latentemente en la mera medida pensada de los valores. Que, dice él, el dinero no es más que la forma de las propias mercancías, se muestra en el comercio mayorista, donde el intercambio se realiza sin intervención del dinero, después de que «les marchandises sont appréciées»¹. «Le détail de la France», l. c., p. 210.

** Locke, l. c., pp. 17, 18.

¹ «las mercancías son valoradas»

* «El dinero acumulado se suma a la cantidad que, para estar realmente en circulación y para satisfacer las posibilidades del comercio, se aleja y abandona la esfera misma de la circulación.» (G. R. Carli, nota a Verri, «Meditazioni sulla Economia Politica», p. 192, t. XV, en Custodi, loc. cit.)

Hay fuentes de producción desde las cuales corrientes de oro y plata se derraman en diversas direcciones por el mercado mundial. Como mercancías, el oro y la plata ingresan aquí en la circulación mundial y, como equivalentes, en relación con el tiempo de trabajo contenido en ellos, se intercambian por equivalentes en mercancías antes de precipitarse en las esferas internas de la circulación. En estas últimas aparecen, por tanto, con una magnitud de valor dada. Toda baja o alza en la fluctuación de sus costos de producción afecta, por consiguiente, de manera uniforme en el mercado mundial su valor relativo, el cual, por el contrario, es absolutamente independiente del grado en que las diversas esferas nacionales de circulación absorban oro o plata. La parte del flujo metálico que es captada por cada esfera particular del mundo de las mercancías entra, en parte directamente, en la circulación monetaria interna, para reponer las monedas metálicas desgastadas; en parte es represada en los diversos reservorios de atesoramiento de la moneda, del medio de pago y del dinero mundial; en parte se transforma en artículos de lujo, mientras que el resto, finalmente, deviene atesoramiento puro y simple. En el nivel desarrollado de la producción burguesa, la formación de tesoros se reduce al mínimo que los diversos procesos de la circulación exigen para el libre juego de su mecanismo. El tesoro como tal no es aquí sino la riqueza en barbecho –si no es la forma momentánea de un excedente en la balanza de pagos, el resultado de un metabolismo interrumpido y, por ello, el estancamiento de la mercancía en su primera metamorfosis.

Así como el oro y la plata, en cuanto dinero, son, según su concepto, la mercancía general, en el dinero mundial obtienen la correspondiente forma de existencia de la mercancía universal. En la medida en que todos los productos se enajenan por ellos, devienen la figura trasmutada de todas las mercancías y, por tanto, la mercancía enajenable por todos lados. Como materialización del tiempo general de trabajo, se realizan a medida que el metabolismo de los trabajos reales abarca la superficie terrestre. Devienen equivalente general en el grado en que se desarrolla la serie de los equivalentes particulares que forman su esfera de intercambio. Como en la circulación mundial las mercancías despliegan universalmente su propio valor de cambio, su figura trasmutada en oro y plata aparece como dinero mundial. Así, mientras las naciones de poseedores de mercancías, mediante su industria multilateral y el tráfico universal, transmutan el oro en dinero adecuado, la industria y el tráfico se les aparecen sólo como medios para sustraer del mercado mundial el dinero bajo la forma de oro y plata. El oro y la plata como dinero mundial son, por tanto, tanto producto de la circulación general de mercancías como medio para ampliar cada vez más sus circuitos. Así como a espaldas de los alquimistas, en su afán de hacer oro, brotó la química, así brotan a espaldas de los poseedores de mercancías, al perseguir éstos la mercancía en su figura encantada, las fuentes de la industria y del comercio mundiales. El oro y la plata contribuyen a crear el mercado mundial, al anticipar, en su concepto dinerario, la existencia de éste. Que este poder mágico suyo no se limite en modo alguno a la infancia de la sociedad burguesa, sino que brote necesariamente del extrañamiento en que a los portadores del mundo de las mercancías se les aparece su propio trabajo social, lo demuestra la extraordinaria influencia que el descubrimiento de nuevos países auríferos a mediados del siglo XIX ejerce sobre el tráfico mundial.

Así como el dinero se desarrolla hasta devenir dinero mundial, el poseedor de mercancías se desarrolla hasta devenir cosmopolita. La relación cosmopolita de los hombres entre sí es, originariamente, sólo su relación en cuanto poseedores de mercancías. La mercancía está, de suyo y por sí misma, por encima de toda barrera religiosa, política, nacional y lingüística. Su lenguaje universal es el precio, y su comunidad es el dinero. Pero, con el desarrollo del dinero mundial en contraposición a la moneda nacional, se desarrolla el cosmopolitismo del poseedor de mercancías como fe de la razón práctica, en contraposición a los prejuicios heredados, religiosos, nacionales y de otra índole, que obstaculizan el metabolismo de la humanidad. Así como el mismo oro que, bajo la forma de *eagles* americanos, desembarca en Inglaterra y se convierte en *sovereign*, circula tres días después en París como *napoleón* y, tras algunas semanas, se reencuentra en Venecia como ducado, pero conservando siempre el mismo valor, al poseedor de mercancías se le hace patente que la nacionalidad “is but the guinea’s stamp”[^1]. La idea sublime en la que el mundo entero se descompone para él es la de un mercado: el mercado mundial.[^2]

4. Los metales preciosos

El proceso burgués de producción se apodera primeramente de la circulación metálica como de un órgano ya listo y heredado que, aunque es paulatinamente transformado, conserva siempre su construcción básica. La cuestión de por qué el oro y la plata, y no otras mercancías, sirven como material del dinero, cae allende las fronteras del sistema burgués. Por ello, resumiremos aquí sólo sumariamente los puntos de vista más esenciales.

Puesto que el tiempo general de trabajo mismo sólo admite diferencias cuantitativas, el objeto que ha de valer como su encarnación específica debe ser capaz de representar diferencias puramente cuantitativas, de modo que se presupone la identidad, la uniformidad de la cualidad. Ésta es la primera condición para la función de una mercancía como medida de valor. Si, por ejemplo, estimo todas las mercancías en bueyes, cueros, cereales, etc., habré de medirlas, en realidad, en bueyes medios ideales, en cuero medio, porque un buey difiere cualitativamente de otro buey, un cereal de otro cereal, un cuero de otro cuero. El oro y la plata, por el contrario, como cuerpos simples, son siempre iguales a sí mismos, y cantidades iguales de los mismos representan, por tanto, valores de igual magnitud.[^3] La otra condición, que se deriva directamente de la función de representar diferencias puramente cuantitativas, para la mercancía que ha de servir como equivalente general, es la posibilidad de su fraccionamiento en partes arbitrarias y la recomponibilidad de las mismas, de modo que el dinero de cuenta pueda ser representado también sensorialmente. El oro y la plata poseen estas propiedades en grado excelente.

Como medios de circulación, el oro y la plata poseen, frente a otras mercancías, la ventaja de que a su gran peso específico, que representa una cantidad relativamente grande de peso en un espacio pequeño, corresponde su peso económico específico, el de encerrar una cantidad relativamente grande de tiempo de trabajo, es decir, un gran valor de cambio, en un volumen reducido. Con ello queda garantizada la facilidad de transporte, de traslado de una mano a otra y de un país a otro, la capacidad de aparecer con la misma rapidez con que se desaparece –en suma, la movilidad material, la *sine qua non*[^4] de la mercancía que ha de servir como *perpetuum mobile* del proceso de circulación.

El alto valor específico de los metales preciosos, su durabilidad, su relativa indestructibilidad, su inoxidabilidad al aire y, en el caso del oro, especialmente su insolubilidad en ácidos, excepto en el agua regia, todas estas propiedades naturales hacen de los metales preciosos el material natural de la formación de tesoros. Peter Martyr, que parece haber sido un gran amigo del chocolate, observa por ello a propósito de los sacos de cacao que constituían una de las clases de moneda mexicana:

> “¡Oh dinero feliz, que ofrece al género humano una bebida dulce y nutritiva y preserva a sus inocentes poseedores de la infernal peste de la avaricia, pues no puede ser enterrado ni conservado largo tiempo!” (“De orbe novo”)[^5]

La gran importancia de los metales en general dentro del proceso inmediato de producción está ligada a su función como instrumentos de producción. Prescindiendo de su rareza, la gran blandura del oro y de la plata, comparados con el hierro e incluso con el cobre (en el estado endurecido en que los antiguos lo utilizaban), los hace incapaces para esta aplicación útil y los despoja por ello, en gran medida, de la propiedad en que se funda el valor de uso de los metales en general. Tan inútiles como son dentro del proceso inmediato de producción, tan prescindibles aparecen como medios de vida, como objetos del consumo. Cualquier cantidad de ellos puede, por tanto, ingresar en el proceso social de circulación sin menoscabar los procesos de la producción y el consumo inmediatos. Su valor de uso individual no entra en conflicto con su función económica. Por otra parte, el oro y la plata no sólo son objetos negativamente superfluos, es decir, prescindibles, sino que sus propiedades estéticas los convierten en el material espontáneo del esplendor, del adorno, del brillo, de las necesidades dominicales, en suma, en la forma positiva del excedente y de la riqueza. Aparecen, en cierto modo, como luz nativa, extraída del mundo subterráneo, ya que la plata refleja todos los rayos luminosos en su mezcla originaria, y el oro sólo la más alta potencia del color, el rojo. Pero el sentido de los colores es la forma más popular del sentido estético en general. Jakob Grimm ha demostrado la conexión etimológica de los nombres de los metales preciosos en las diversas lenguas indogermánicas con relaciones cromáticas. (Véase su *Geschichte der deutschen Sprache*.)

Por último, la capacidad del oro y de la plata para ser transformados de la forma de moneda a la de barra, de la forma de barra a la de artículos de lujo, y viceversa; la ventaja que sobre otras mercancías poseen de no estar confinados a una forma de uso determinada, dada de una vez, los convierte en el material natural del dinero, que ha de mudar constantemente de una determinidad formal a otra.

La naturaleza no produce dinero, como tampoco banqueros ni un tipo de cambio. Pero, puesto que la producción burguesa tiene que cristalizar la riqueza como fetiche bajo la forma de una cosa aislada, el oro y la plata son su encarnación correspondiente. El oro y la plata no son dinero por naturaleza, pero el dinero es por naturaleza oro y plata. Por una parte, el cristal monetario de plata o de oro no es sólo producto del proceso de circulación, sino, de hecho, su único producto en reposo. Por otra parte, el oro y la plata son productos naturales acabados, y lo uno lo son inmediatamente, como son lo otro, sin que medie ninguna diferencia formal entre ambos modos de ser. El producto general del proceso social, o el proceso social mismo como producto, es un producto natural particular, un metal que se esconde en las entrañas de la tierra y puede extraerse de ella.[^6]

[^1]: “... no es más que el cuño de la guinea”.
[^2]: Montanari, *Della Moneta* (1683), loc. cit., p. 40: “La comunicación entre todos los pueblos se ha extendido de tal modo por el globo terráqueo que casi puede decirse que el mundo entero se ha convertido en una sola ciudad, en la que se celebra una feria permanente de todas las mercancías y donde cada cual, sentado en su casa, puede, mediante el dinero, procurarse y disfrutar de todo aquello que la tierra, los animales y el trabajo humano han producido en otra parte. Una invención maravillosa.”
[^3]: “Los metales tienen la propiedad y particularidad de que en ellos solos todas las relaciones se reducen a una sola, que es su cantidad; de que no han recibido de la naturaleza una cualidad diversa, ni en la estructura interna ni en la forma y elaboración externas.” (Galiani, loc. cit., pág. 126/127.)
[^4]: la condición imprescindible
[^5]: Peter Martyr, *De orbe novo*.

Hemos visto que el oro y la plata no pueden satisfacer la pretensión que se les plantea como dinero, a saber, la de ser una magnitud de valor constante. Sin embargo, poseen, como ya lo advirtió Aristóteles, una magnitud de valor más permanente que el promedio de las demás mercancías. Prescindiendo del efecto general de una apreciación o depreciación de los metales preciosos, las oscilaciones de la relación de valor entre el oro y la plata revisten especial importancia, ya que ambos sirven simultáneamente en el mercado mundial como materia del dinero. Las causas puramente económicas de esta variación de valor —las conquistas y otras conmociones políticas que ejercieron gran influencia sobre el valor de los metales en el mundo antiguo operan solo de manera local y transitoria— han de reconducirse al cambio del tiempo de trabajo requerido para la producción de estos metales. Este tiempo de trabajo mismo dependerá de su relativa escasez natural, así como de la mayor o menor dificultad que ofrezca su obtención en estado puramente metálico. El oro es, en efecto, el primer metal que el hombre descubre. Por una parte, la naturaleza misma lo presenta en forma cristalina nativa, individualizado, sin combinación química con otros cuerpos o, como decían los alquimistas, en estado virginal; por otra parte, la naturaleza misma asume, en los grandes lavaderos de oro de los ríos, la faena de la tecnología. De parte del hombre, solo se requiere, pues, el trabajo más tosco, ya sea para la obtención del oro fluvial, ya sea para la del oro en tierras de aluvión.*

* En el año 760 emigró una masa de gente pobre para lavar las arenas auríferas al sur de Praga, y tres hombres eran capaces de extraer un marco de oro en un día. Como consecuencia de ello, la afluencia a los «diggings»** y el número de brazos sustraídos a la agricultura llegaron a ser tan grandes que al año siguiente el país fue asolado por el hambre. (Véase M.G. Körner, «Abhandlung von dem Alterthum des böhmischen Bergwerks», Schneeberg 1758 [pág. 37 y sigs.])

** «Yacimientos de oro»

mientras que la obtención de la plata presupone trabajo de minas y, en general, un desarrollo relativamente alto de la técnica. A pesar de su menor escasez absoluta, el valor originario de la plata es, por tanto, relativamente mayor que el del oro. La aseveración de Estrabón de que en una tribu de los árabes se daban 10 libras de oro por 1 libra de hierro y 2 libras de oro por 1 libra de plata no parece en modo alguno increíble. Pero a medida que se desarrollan las fuerzas productivas del trabajo social y, por consiguiente, el producto del trabajo simple se encarece frente al del trabajo combinado, a medida que la corteza terrestre es quebrantada por todas partes y se agotan las originarias y superficiales fuentes del abasto de oro, el valor de la plata bajará en relación con el valor del oro. En un nivel dado de desarrollo de la tecnología y de los medios de comunicación, el descubrimiento de nuevos países auríferos o argentíferos acabará por echarse en la balanza. En la antigua Asia, la relación entre el oro y la plata era de 6 a 1 o de 8 a 1, esta última relación vigente aún en China y Japón a comienzos del siglo XIX; 10 a 1, la relación en tiempos de Jenofonte, puede considerarse como la relación media de la Antigüedad media. La explotación de las minas de plata españolas por Cartago y más tarde por Roma obró en la Antigüedad de modo aproximado al descubrimiento de las minas americanas en la Europa moderna. Para la época imperial romana puede tomarse 15 o 16 a 1 como burda cifra media, aunque encontremos en Roma con frecuencia depreciaciones más hondas de la plata. El mismo movimiento, que comienza con la depreciación relativa del oro y termina con la caída del valor de la plata, se repite en la época siguiente, que se extiende desde la Edad Media hasta los tiempos más modernos. Al igual que en tiempos de Jenofonte, la relación media en la Edad Media es de 10 a 1 y, a consecuencia del descubrimiento de las minas americanas, vuelve a oscilar hacia 16 o 15 a 1. El descubrimiento de las fuentes auríferas de Australia, California y Colombia hace probable una nueva caída en el valor del oro.*

* Hasta ahora, los descubrimientos australianos, etc., no han afectado aún la relación de valor entre el oro y la plata. Las afirmaciones contrarias de Michel Chevalier valen tanto como el socialismo de este ex-saint-simoniano. Las cotizaciones de la plata en el mercado de Londres prueban, ciertamente, que el precio medio en oro de la plata durante 1850 a 1858 se sitúa en un nivel casi un 3% más alto que durante el período 1830-1850. Este aumento, sin embargo, se explica sencillamente por la demanda asiática de plata. Durante 1852-1858, el precio de la plata varía en los distintos años y meses únicamente con esta demanda, de ningún modo con la afluencia de oro procedente de las fuentes recién descubiertas. A continuación se ofrece un resumen de los precios en oro de la plata en el mercado de Londres:

Precio de la plata por onza:

Año     Marzo       Julio       Noviembre:
1852    60 1/2 pen. 60 3/4 pen. 61 7/8 pen.
1853    61 1/2  „    6  „        6  „
1854    ...  „       6  „        61 3/4 „     6 5/8 „
1855    60 1/2 „    60 3/4 „    60 7/8 „
1856    60  „       60  „       62 1/2 „
1857    60 1/2 „    60 3/4 „    61 1/4 „
1858    60 1/2 „    60 3/4 „    61 1/4 „

Contribución a la crítica de la economía política * Capítulo segundo 133

C. Teorías sobre los medios de circulación y el dinero

Así como una general avidez de oro empujaba en los siglos XVI y XVII, período infantil de la moderna sociedad burguesa, a pueblos y príncipes a cruzadas ultramarinas en pos del dorado grial*, así proclamaron los primeros intérpretes del mundo moderno, los fundadores del sistema monetario, del cual el sistema mercantil no es más que una variante, que el oro y la plata, es decir, el dinero, eran la única riqueza. Con acierto expresaban que la vocación de la sociedad burguesa consistía en hacer dinero, esto es, desde el punto de vista de la circulación simple de mercancías, en formar el tesoro eterno que no roen la polilla ni el orín. Al sistema monetario no se le replica diciendo que una tonelada de hierro con un precio de 3 libras esterlinas es una magnitud de valor tan grande como 3 libras esterlinas de oro. Aquí no se trata de la magnitud del valor de cambio, sino de su forma adecuada. Cuando los sistemas monetario y mercantil señalan el comercio mundial y las ramas particulares del trabajo nacional que desembocan directamente en el comercio mundial como las únicas fuentes verdaderas de riqueza o de dinero, hay que considerar que en aquella época la mayor parte de la producción nacional se movía aún en formas feudales y servía a los propios productores como fuente inmediata de subsistencia. Los productos, en su mayor parte, no se transformaban en mercancías y, por tanto, en dinero; no entraban en absoluto en el metabolismo social general, no aparecían, por consiguiente, como objetivación del trabajo general abstracto ni constituían, de hecho, riqueza burguesa. El dinero como fin de la circulación es el valor de cambio o la riqueza abstracta, no un elemento material cualquiera de la riqueza, como fin determinante y motivo impulsor de la producción. Como correspondía a la fase previa de la producción burguesa, aquellos profetas incomprendidos se aferraban a la forma maciza, tangible y brillante del valor de cambio, a su forma en cuanto mercancía general frente a todas las mercancías particulares. La esfera propiamente económico-burguesa de la época de entonces era la esfera de la circulación de mercancías. Por eso, desde el punto de vista de esta esfera elemental, juzgaban todo el complicado proceso de la producción burguesa y confundían el dinero con el capital. La inextinguible lucha de los economistas modernos contra el sistema monetario y mercantil deriva en gran parte de que este sistema pregona en forma brutalmente ingenua el secreto de la producción burguesa, su dominación por el valor de cambio. Ricardo, aunque con fines de falsa aplicación, observa en alguna parte que incluso en épocas de hambre se importa grano, no porque la nación padezca hambre, sino porque el comerciante de granos hace dinero. De modo que, en su crítica de los sistemas monetario y mercantil, la economía política yerra al combatir este sistema como mera ilusión, como simple teoría falsa, y no volverlo a reconocer como la forma bárbara de su propio presupuesto fundamental. Además, este sistema no solo conserva un derecho histórico, sino pleno derecho de ciudadanía dentro de determinadas esferas de la economía moderna. En todas las fases del proceso burgués de producción en que la riqueza cobra la forma elemental de mercancía, el valor de cambio cobra la forma elemental de dinero, y en todas las fases del proceso de producción la riqueza recae una y otra vez, por un instante, en la forma elemental general de mercancía. Incluso en la economía burguesa más desarrollada, las funciones específicas del oro y de la plata como dinero, a diferencia de su función como medio de circulación y en contraposición a todas las demás mercancías, no son abolidas, sino solo limitadas, manteniendo, pues, su derecho los sistemas monetario y mercantil. El hecho católico de que el oro y la plata, como encarnación inmediata del trabajo social y, por tanto, como existencia de la riqueza abstracta, se enfrenten a las demás mercancías profanas, hiere naturalmente el point d’honneur¹ protestante de la economía burguesa, y por miedo a los prejuicios del sistema monetario perdió esta por largo tiempo el juicio acerca de los fenómenos de la circulación monetaria, como lo mostrará la exposición siguiente.

¹ pundonor

En oposición a los sistemas monetario y mercantil, que solo conocen el dinero en su determinación formal como producto cristalino de la circulación, era del todo consecuente que la economía clásica lo concibiese ante todo en su forma fluida, como forma del valor de cambio generada y nuevamente desaparecida dentro de la metamorfosis misma de la mercancía. Por eso, así como la circulación de mercancías es concebida exclusivamente en la forma M-D-M, y esta, a su vez, exclusivamente en la determinación de la unidad procesante de venta y compra, se afirma el dinero en su determinación formal como medio de circulación en contra de su determinación formal como dinero. Si el medio de circulación mismo, en su función como moneda, es aislado, se convierte, según hemos visto, en signo de valor. Pero como a la economía clásica se le presentaba de inmediato, ante todo, la circulación metálica como forma dominante de la circulación, concibe el dinero metálico como moneda, y la moneda metálica como mero signo de valor. De acuerdo con la ley de la circulación de los signos de valor, se establece así el principio de que los precios de las mercancías dependen de la masa del dinero circulante, y no a la inversa, la masa del dinero circulante de los precios de las mercancías. Encontramos esta opinión más o menos insinuada en economistas italianos del siglo XVII, unas veces afirmada, otras negada por Locke, desarrollada de manera resuelta por el «Spectator» (en el número del 19 de octubre de 1711), por Montesquieu y por Hume. Como Hume es, con mucho, el representante más significado de esta teoría en el siglo XVIII, abrimos con él nuestro recorrido.

Bajo ciertos supuestos, un aumento o una disminución en la cantidad, ya sea del dinero metálico circulante, ya sea de los signos de valor circulantes, parece influir uniformemente sobre los precios de las mercancías. Si el valor del oro o de la plata, en los cuales los valores de cambio de las mercancías se estiman como precios, baja o sube, entonces los precios suben o bajan porque su medida del valor se ha modificado, y circula más o menos oro y plata como moneda porque los precios han subido o bajado. Pero el fenómeno visible es la variación de los precios, permaneciendo igual el valor de cambio de las mercancías, al aumentar o disminuir la cantidad de los medios de circulación. Si, por otra parte, la cantidad de los signos de valor circulantes cae o sube por encima o por debajo de su nivel necesario, se los reduce violentamente a éste mediante la baja o la subida de los precios de las mercancías. En ambos casos parece que la misma causa produce el mismo efecto, y a esta apariencia se aferró Hume.

Toda investigación científica sobre la relación entre el número de medios de circulación y el movimiento de los precios de las mercancías debe dar por supuesto el valor del material dinerario. Hume, en cambio, considera exclusivamente épocas de revolución en el valor de los metales preciosos mismos, es decir, revoluciones en la medida de los valores. El alza de los precios de las mercancías simultáneamente con el aumento del dinero metálico desde el descubrimiento de las minas americanas constituye el trasfondo histórico de su teoría, así como la polémica contra el sistema monetario y mercantilista proporcionó su motivo práctico. La afluencia de metales preciosos puede, naturalmente, aumentar aunque sus costos de producción permanezcan constantes. Por otra parte, la disminución de su valor, es decir, del tiempo de trabajo requerido para su producción, solo se manifestará al principio en el aumento de su afluencia. Por tanto —decían más tarde discípulos de Hume—, el valor disminuido de los metales preciosos se muestra en la masa creciente de los medios de circulación, y la masa creciente de los medios de circulación en el alza de los precios de las mercancías. Pero, en realidad, solo aumenta el precio de las mercancías exportadas, que se intercambian con oro y plata como mercancía y no como medio de circulación. Así, el precio de estas mercancías, estimadas en oro y plata de valor reducido, se eleva frente a todas las demás mercancías, cuyo valor de cambio continúa estimándose en oro o plata según el patrón de sus antiguos costos de producción. Esta doble estimación de los valores de cambio de las mercancías en un mismo país, naturalmente, solo puede ser temporal, y los precios en oro o plata deben nivelarse en las proporciones determinadas por los valores de cambio mismos, de modo que, finalmente, los valores de cambio de todas las mercancías sean estimados de acuerdo con el nuevo valor del material dinerario. El desarrollo de este proceso no pertenece aquí, como tampoco el modo y manera como, en general, dentro de las oscilaciones de los precios de mercado, se impone el valor de cambio de las mercancías. Pero que esta nivelación, en épocas menos desarrolladas de la producción burguesa, es muy gradual y se distribuye a lo largo de largos períodos, y en todo caso no marcha al mismo paso que el aumento del numerario en circulación, ha sido demostrado de manera contundente por nuevas investigaciones críticas sobre el movimiento de los precios de las mercancías en el siglo XVI.* Totalmente improcedentes son las alusiones, tan caras a los discípulos de Hume, al alza de los precios en la antigua Roma como resultado de la conquista de Macedonia, Egipto y Asia Menor. La transferencia repentina y violenta de tesoros monetarios acumulados de un país a otro, propia del mundo antiguo, la reducción temporal de los costos de producción de los metales preciosos para un país determinado mediante el simple proceso del saqueo, no afectan las leyes inmanentes de la circulación monetaria, como tampoco la distribución gratuita de trigo egipcio y siciliano en Roma afecta la ley general que regula el precio del trigo. El material requerido para la observación detallada de la circulación monetaria —de un lado, una historia depurada de los precios de las mercancías; de otro, estadísticas oficiales y continuas sobre la expansión y contracción del medio circulante, la entrada y salida de metales preciosos, etc.—, un material que, en general, solo surge con un sistema bancario plenamente desarrollado, le faltó a Hume como a todos los demás escritores del siglo XVIII. La teoría de la circulación de Hume se resume en las siguientes proposiciones: 1. Los precios de las mercancías en un país están determinados por la masa de dinero (real o simbólico) que en él se encuentra. 2. El dinero que circula en un país representa todas las mercancías que en él se encuentran. En la proporción en que aumenta el número de representantes, es decir, del dinero, toca más o menos de la cosa representada a cada representante. 3. Si las mercancías aumentan, su precio baja o el valor del dinero sube. Si el dinero aumenta, a la inversa, sube el precio de las mercancías y baja el valor del dinero.*

* Conf. Steuart, op. cit., t. I, pp. 394-400.

«La carestía de todas las cosas», dice Hume, «a causa de la superabundancia de dinero, es un perjuicio para todo comercio existente, al permitir a los países más pobres subvencionar a los más ricos en todos los mercados extranjeros.** No puede ejercer efecto alguno, bueno o malo, si consideramos a una nación aisladamente, el que haya mucha o poca moneda para contar o representar las mercancías, como tampoco se alteraría el balance de un comerciante si en la contabilidad, en lugar del sistema de cálculo arábigo, que requiere pocas cifras, empleara el romano, que necesita un número mayor. Es más, la cantidad mayor de dinero, al igual que los caracteres de cálculo romanos, resulta más bien incómoda y cuesta más trabajo, tanto para su custodia como para su transporte.» ***

Y para probar algo en absoluto, Hume habría tenido que mostrar que en un sistema dado de caracteres de cálculo, la masa de las cifras empleadas no depende de la magnitud del valor numérico, sino que la magnitud del valor numérico depende, a la inversa, de la masa de los caracteres empleados. Es muy cierto que no representa ninguna ventaja estimar o «contar» los valores de las mercancías en oro o plata de valor reducido, y por eso los pueblos, con el crecimiento de la suma de valor de las mercancías circulantes, encontraron siempre más cómodo contar en plata que en cobre, y en oro que en plata. A medida que se enriquecieron, transformaron los metales de menor valor en moneda subsidiaria y los de mayor valor en dinero. Por otra parte, Hume olvida que para contar los valores en oro y plata no es necesario que el oro ni la plata estén «presentes». Dinero de cuenta y medios de circulación vienen a ser para él lo mismo, y ambos son moneda (*coin*). Debido a que una variación de valor en la medida de los valores o en los metales preciosos que funcionan como dinero de cuenta hace subir o bajar los precios de las mercancías, y por tanto también la masa del dinero circulante si la velocidad de circulación permanece constante, Hume concluye que el alza o la baja de los precios de las mercancías depende de la cantidad del dinero circulante. Que en los siglos XVI y XVII no solo aumentó la cantidad de oro y plata, sino que al mismo tiempo disminuyeron sus costos de producción, pudo verlo Hume por el cierre de las minas europeas. En los siglos XVI y XVII, los precios de las mercancías subieron en Europa con la masa del oro y la plata americanos importados; por tanto, los precios de las mercancías en cada país están determinados por la masa del oro y la plata que en él se encuentran. Esta fue la primera «consecuencia necesaria» de Hume.* En los siglos XVI y XVII los precios no subieron de manera uniforme con el aumento de los metales preciosos; transcurrió más de medio siglo antes de que se manifestase algún cambio en los precios de las mercancías, y aun entonces pasó todavía mucho tiempo antes de que los valores de cambio de las mercancías fuesen estimados universalmente de acuerdo con el valor reducido del oro y la plata, es decir, antes de que la revolución abarcase los precios generales de las mercancías. Por tanto —concluye Hume, quien, en abierta contradicción con los principios de su filosofía, transforma acríticamente hechos observados unilateralmente en proposiciones generales—, el precio de las mercancías o el valor del dinero no está determinado por la masa absoluta del dinero que se encuentra en un país, sino más bien por la cantidad de oro y plata que entra realmente en la circulación; pero, a fin de cuentas, todo el oro y la plata que se encuentran en un país deben ser absorbidos por la circulación en forma de moneda.** Es claro que, si el oro y la plata poseen un valor propio, haciendo abstracción de todas las demás leyes de la circulación, solo puede circular una cantidad determinada de oro y plata como equivalente de una suma de valor dada de mercancías. Por tanto, toda cantidad de oro y plata que casualmente se encuentre en un país, sin consideración

* David Hume, op. cit., p. 303.
** Esta gradualidad, por lo demás, la admite Hume, por poco que corresponda a su principio. Véase David Hume, «Essays and treatises on several subjects», ed. Londres 1777, vol. I, p. 300.
*** «Es evidente que los precios no dependen tanto de la cantidad absoluta de mercancías y de dinero que existen en un país, como de la cantidad de mercancías que llegan o pueden llegar al mercado, y del dinero que circula. Si la moneda acuñada se encierra en cofres, es para los precios lo mismo que si estuviera destruida; si las mercancías se amontonan en almacenes y graneros, se sigue el mismo efecto. Como en tales casos el dinero y las mercancías no se encuentran nunca, tampoco pueden actuar la una sobre la otra. El conjunto (de los precios) alcanza finalmente una proporción correcta con la nueva cantidad de metal monetario que se halla en el país.» (op. cit., pp. 303, 307, 308.)

...entran en la suma de los valores de las mercancías como medios de circulación en el intercambio de mercancías, el oro y la plata no poseen ningún valor inmanente y, por tanto, no son en realidad mercancías verdaderas. Esta es la tercera «consecuencia necesaria» de Hume. Deja entrar en el proceso de circulación mercancías sin precio y oro y plata sin valor. Por eso nunca habla del valor de las mercancías y del valor del oro, sino solo de su cantidad recíproca. Ya Locke había dicho que el oro y la plata poseen un valor meramente imaginario o convencional; la primera forma brutal de oposición a la afirmación del sistema monetario de que solo el oro y la plata tienen verdadero valor. – El hecho de que la existencia dineraria del oro y de la plata surja meramente de su función en el proceso social de intercambio se interpreta en el sentido de que deben su propio valor y, por tanto, su magnitud de valor a una función social.* El oro y la plata son, pues, cosas sin valor, pero dentro del proceso de circulación obtienen una magnitud de valor ficticia como representantes de las mercancías. No son transformados por el proceso en dinero, sino en valor. Este su valor es determinado por la proporción entre su propia masa y la masa de mercancías, teniendo que coincidir ambas masas. Así, mientras Hume deja que el oro y la plata entren en el mundo de las mercancías como no-mercancías, a la inversa, tan pronto como aparecen en la determinación formal de la moneda, los transforma en meras mercancías que se intercambian con otras mercancías mediante el simple trueque. Si el mundo de las mercancías consistiera en una sola mercancía, por ejemplo un millón de quarters de trigo, la representación sería muy simple: un quarter se intercambia por dos onzas de oro si existen dos millones de onzas de oro, y por 20 onzas de oro si existen 20 millones de onzas de oro, de modo que el precio de la mercancía y el valor del dinero suben o bajan en proporción inversa a la cantidad de dinero existente.** Pero el mundo de las mercancías se compone de valores de uso infinitamente diversos, cuyo valor relativo no está en modo alguno determinado por su cantidad relativa. ¿Cómo se representa, pues, Hume este intercambio entre la masa de las mercancías y la masa del oro? Se contenta con la representación conceptualmente torpe y sorda de que cada mercancía, como parte alícuota de la masa total de mercancías, se intercambia por una parte alícuota correspondiente de la masa de oro. El movimiento procesal de las mercancías, que brota de la antítesis de valor de cambio y valor de uso contenida en ellas, aparece en la circulación del dinero y se cristaliza en las diversas determinaciones formales de este, queda así borrado, y en su lugar aparece la equiparación mecánica imaginaria entre la masa ponderal de los metales preciosos que se hallan en un país y la masa de mercancías existente al mismo tiempo.

* Véase Law y Franklin sobre el plusvalor que, según se dice, el oro y la plata obtienen de su función como dinero. También Forbonnais. [Nota en el ejemplar de mano.]  
** Esta ficción se encuentra literalmente en Montesquieu. [Nota en el ejemplar de mano.]

¹ En el ejemplar de mano, Marx insertó: «ihren», que falta en la edición de 1859.

140 | Karl Marx

Sir James Steuart abre su investigación sobre la moneda y el dinero con una detallada crítica de Hume y Montesquieu.* Es, en efecto, el primero que plantea la cuestión: ¿La cantidad del dinero circulante está determinada por los precios de las mercancías, o los precios de las mercancías están determinados por la cantidad del dinero circulante? Aunque su exposición se ve empañada por una concepción fantástica de la medida de los valores, por una presentación vacilante del valor de cambio en general y por reminiscencias del sistema mercantil, descubre las determinaciones formales esenciales del dinero y las leyes generales de la circulación monetaria, porque no coloca mecánicamente las mercancías a un lado y el dinero al otro, sino que desarrolla realmente las distintas funciones a partir de los diversos momentos del propio intercambio de mercancías.

«El uso del dinero para la circulación interna se puede resumir en dos puntos principales: pagar lo que uno debe, comprar lo que uno necesita; ambos, tomados en conjunto, constituyen la demanda de dinero contante (ready money demands)… El estado del comercio, la manufactura, el modo de vida y los gastos acostumbrados de los habitantes, tomados todos en conjunto, regulan y determinan la masa de la demanda de dinero contante, es decir, la masa de las enajenaciones. Para poner en obra esta multiplicidad de pagos, se necesita una cierta proporción de dinero. Esta proporción, a su vez, puede aumentar o disminuir según las circunstancias, aunque la cantidad de enajenación siga siendo la misma… En todo caso, la circulación de un país no puede absorber más que una cantidad determinada de dinero.»** «El precio de mercado de la mercancía es determinado por la complicada operación de la demanda y la competencia (demand and competition), que son enteramente independientes de la masa de oro y plata que se halle en un país. Ahora bien, ¿qué se hace del oro y la plata que no se requieren como moneda? Se acumulan como tesoro o se elaboran como material de artículos de lujo. Si la masa de oro y plata cayera por debajo del nivel requerido para la circulación, se la sustituye por dinero simbólico u otros medios auxiliares. Si un tipo de cambio favorable trae al país un excedente de dinero y al mismo tiempo corta la demanda para su envío al extranjero, a menudo cae en cofres, donde se vuelve tan inútil como si estuviera en las minas.»***

* Steuart, l. c., t. I, p. 394 ss.  
** James Steuart, l. c., t. II, págs. 377-379 passim.  
*** l. c., págs. 379-380 passim.

Zur Kritik der Politischen Ökonomie * Zweites Kapitel 141

La segunda ley descubierta por Steuart es el reflujo de la circulación fundada en el crédito hacia su punto de partida. Por último, desarrolla los efectos que la diversidad del tipo de interés en los distintos países produce sobre la emigración e inmigración internacional de los metales preciosos. Las dos últimas determinaciones las señalamos aquí únicamente por mor de la completud, puesto que quedan fuera de nuestro tema de la circulación simple.*

* «Las monedas adicionales quedarán encerradas o se convertirán en vajilla de plata… En cuanto al papel moneda, tan pronto como ha cumplido el primer propósito, satisfacer la necesidad de quien lo ha tomado prestado, regresará al deudor y se realizará… Por mucho que se aumente o disminuya el dinero metálico de un país, las mercancías subirán o bajarán según los principios de la demanda y la competencia, y estas dependerán constantemente de las inclinaciones de quienes poseen propiedad o alguna clase de contravalor que ofrecer, pero nunca de la cantidad de monedas que poseen… Por pequeña que sea» (a saber, la cantidad de dinero metálico en un país), «mientras exista en el país una propiedad real de alguna especie y una competencia de consumo entre quienes la poseen, los precios serán altos por medio del trueque, del dinero simbólico, de los pagos recíprocos y de mil otros artificios… Si este país tiene tráfico con otras naciones, debe existir una proporción entre los precios de diversas mercancías allí y en otras partes, y un aumento o disminución repentina del dinero metálico, suponiendo que pudiera por sí mismo provocar el efecto de alza o baja de los precios, sería limitado en su efecto por la competencia extranjera.» Steuart, l. c., t. I, págs. 400-401. «La circulación de cada país debe estar ajustada a la actividad industrial de los habitantes que producen las mercancías que llegan al mercado… Cuando el dinero en efectivo de un país desciende por debajo de la proporción con el precio de la actividad industrial ofrecida a la venta, entonces se recurrirá a invenciones como el dinero simbólico para crear un equivalente. Pero si resulta que el dinero metálico está por encima de la proporción con la actividad industrial, no tendrá efecto de alza de precios, ni entrará en la circulación: se acumulará en tesoros… Por grande que sea la cantidad de dinero en un país, en relación con el resto del mundo, nunca puede quedar en circulación más que la cantidad que es aproximadamente proporcional al consumo de los habitantes ricos y al trabajo y la actividad industrial de los pobres», y esta proporción no está determinada «por la cantidad de dinero que realmente se halla en el país» (l. c., págs. 407-408 passim). «Todos los países se esforzarán por arrojar su dinero contante, que no es necesario para su propia circulación, en aquel país en el que el interés del dinero sea alto en relación con el propio.» l. c., t. II, pág. 5. «El país más rico de Europa puede ser el más pobre en dinero metálico circulante.» l. c., t. II, pág. 6. — Véase la polémica contra Steuart en Arthur Young. [Adición en el ejemplar de mano.]

142 - Karl Marx

El dinero simbólico o dinero de crédito —Steuart aún no distingue estas dos formas de dinero— pueden sustituir a los metales preciosos como medio de compra o medio de pago en la circulación interior, pero no en el mercado mundial. Los billetes de banco son, por tanto, el dinero de la sociedad (money of the society), mientras que el oro y la plata son el dinero del mundo (money of the world).*

* Steuart, l. c., t. II, p. 370. Louis Blanc transforma el «money of the society», que no significa otra cosa que dinero interior, nacional, en dinero socialista, lo que no significa nada en absoluto, y convierte en consecuencia a John Law en socialista. (Véase su primer tomo de la Historia de la Revolución francesa.)

Es propio de las naciones de desarrollo «histórico» en el sentido de la escuela histórica del derecho [?], olvidar constantemente su propia historia. Aunque, por tanto, la cuestión litigiosa sobre la relación entre los precios de las mercancías y la cantidad de los medios de circulación ha mantenido al parlamento constantemente agitado durante este medio siglo, y ha provocado miles de panfletos, grandes y pequeños, en Inglaterra, Steuart siguió siendo aún más «perro muerto» de lo que Spinoza le parecía a Moses Mendelssohn en tiempos de Lessing. Incluso el más reciente historiógrafo de la «currency», Maclaren, convierte a Adam Smith en el inventor de la teoría de Steuart, así como a Ricardo en el de la de Hume.** Mientras Ricardo refinó la teoría de Hume, Adam Smith registra los resultados de las investigaciones de Steuart como hechos muertos. Adam Smith aplicó también a la riqueza intelectual su proverbio escocés: «cuando se ha ganado un poco, a menudo resulta fácil ganar mucho, pero la dificultad reside en ganar lo poco»; y por eso ocultó con mezquino cuidado las fuentes a las que debe lo poco de lo que en realidad hace mucho. Más de una vez prefiere truncar la punta de la cuestión allí donde una formulación tajante lo obligaría a ajustar cuentas con sus predecesores. Así ocurre en la teoría del dinero. Adopta tácitamente la teoría de Steuart, contando que el oro y la plata que se hallan en un país se emplean en parte como moneda, en parte se acumulan como fondo de reserva para los comerciantes en países sin bancos y como reserva bancaria en países con circulación crediticia, en parte sirven como tesoro para la compensación de pagos internacionales y en parte se elaboran como artículos de lujo. La cuestión sobre la cantidad de moneda circulante la despacha

** Maclaren, l. c., p. 43 ss. El patriotismo indujo a un malogrado escritor alemán (Gustav Julius) a enfrentar al viejo Büsch como autoridad a la escuela ricardiana. El honorando Büsch tradujo el genial inglés de Steuart al bajo alemán de Hamburgo y estropeó su original siempre que pudo.

Zur Kritik der Politischen Ökonomie * Zweites Kapitel 143

él, de manera tácita, al tratar el dinero, equivocadamente, como mera mercancía.*  
Su vulgarizador, el insulso J. B. Say, a quien los franceses han nombrado prince de la science!¹, así como Johann Christoph Gottsched nombró a su Schönaich Homero y Pietro Aretino se nombró a sí mismo terror principum?² y lux mundi?³, ha erigido en dogma, con gran importancia, este desliz no del todo ingenuo de Adam Smith.** Por lo demás, la tensión polémica contra las ilusiones del sistema mercantil impidió a Adam Smith aprehender objetivamente los fenómenos de la circulación metálica, mientras que sus concepciones acerca del dinero de crédito son originales y profundas. Así como en las teorías de las petrificaciones del siglo XVIII corre siempre una corriente subterránea que brota de la consideración crítica o apologética de la tradición bíblica del diluvio, así se oculta detrás de todas las teorías monetarias del siglo XVIII una lucha secreta con el sistema monetario, ese fantasma que había velado la cuna de la economía burguesa y que aún proyectaba su sombra sobre la legislación.

Las investigaciones sobre el sistema monetario en el siglo XIX fueron estimuladas directamente, no por los fenómenos de la circulación metálica, sino más bien por los de la circulación de billetes de banco. Sólo se retrocedió a los primeros para descubrir las leyes de los segundos. La suspensión de los pagos en metálico del Banco de Inglaterra a partir de 1797, la subsiguiente alza de los precios de muchas mercancías, la caída del precio de acuñación del oro por debajo de su precio de mercado, la depreciación de los billetes de banco, sobre todo desde 1809, ofrecieron los motivos prácticos inmediatos de una lucha de partidos en el Parlamento y de un torneo teórico fuera de él, ambos igualmente apasionados. Como trasfondo histórico del debate sirvió la historia del papel moneda en el siglo XVIII, el fiasco del Banco de Law²⁰, la depreciación de los billetes provinciales de las colonias inglesas en Norteamérica, que iba de la mano con la cantidad creciente de los signos de valor desde principios hasta mediados del siglo XVIII; más tarde, el papel moneda impuesto legalmente por el gobierno central americano durante la guerra de independencia (Continental bills), y, por último, el experimento, realizado en escala aún mayor, de los asignados franceses. La mayoría de los escritores ingleses de aquella época confunden la circulación de billetes de banco, que está determinada por leyes completamente distintas, con la circulación de signos de valor o de papel moneda estatal de curso forzoso y, mientras pretenden explicar los fenómenos de esta circulación forzosa a partir de las leyes de la circulación metálica, de hecho abstraen, a la inversa, las leyes de esta última de los fenómenos de la primera. Pasamos por alto a todos los numerosos escritores del período de 1800 a 1809 y nos dirigimos inmediatamente a Ricardo, tanto porque resume a sus predecesores y formula sus concepciones con mayor agudeza, como porque la forma que dio a la teoría del dinero ha dominado hasta el presente la legislación bancaria inglesa. Ricardo, al igual que sus predecesores, confunde la circulación de billetes de banco o de dinero de crédito con la circulación de meros signos de valor. El hecho que lo domina es la depreciación del papel moneda y el alza simultánea de los precios de las mercancías. Lo que las minas americanas fueron para Hume, fueron las prensas de billetes de papel en Threadneedle Street²¹ para Ricardo, y él mismo identifica expresamente en un pasaje ambos agentes. Sus primeros escritos, que se ocupan exclusivamente de la cuestión monetaria, corresponden a la época de la polémica más enconada entre el Banco de Inglaterra, de cuyo lado estaban los ministros y el partido de la guerra, y sus adversarios, en torno a los cuales se agrupaban la oposición parlamentaria, los whigs y el partido de la paz. Aparecieron como precursores directos del famoso Informe del Bullion Committee de 1810, en el cual se aceptan las concepciones de Ricardo.* La singularidad de que Ricardo y sus partidarios, que declaran el dinero mero signo de valor, se llamen bullionistas (hombres de los lingotes de oro) no proviene sólo del nombre de este comité, sino del contenido mismo de su doctrina. En su obra sobre economía política, Ricardo ha repetido y desarrollado ulteriormente las mismas concepciones, pero en ninguna parte ha investigado el sistema monetario en sí, como hizo con el valor de cambio, la ganancia, la renta, etc.

Ricardo determina en primer lugar el valor del oro y de la plata, como el de todas las demás mercancías, por el quantum de tiempo de trabajo objetivado en ellos.* En ellos, como mercancías de un valor dado, se miden los valores de las otras mercancías.** La cantidad de medios de circulación en un país está determinada, por un lado, por el valor de la unidad de medida del dinero, y, por el otro, por la suma de los valores de cambio de las mercancías. Esta cantidad es modificada por la economía en los medios de pago.*** Puesto que de este modo se halla determinada la cantidad en que puede circular dinero de un valor dado, y puesto que su valor aparece dentro de la circulación sólo en su cantidad, meros signos de valor del mismo pueden reemplazarlo en la circulación, si son emitidos en la proporción determinada por su valor, y a saber

«el dinero circulante se halla en su estado más perfecto cuando consiste exclusivamente en papel que tiene el mismo valor que el oro que dice representar»†.

De este modo, Ricardo, suponiendo dado el valor del dinero, determina la cantidad de los medios de circulación por los precios de las mercancías, y el dinero como signo de valor significa para él signo de un quantum determinado de oro, no, como en Hume, representante sin valor de las mercancías.

Allí donde Ricardo interrumpe abruptamente el curso llano de su exposición y da un vuelco a la concepción inversa, se dirige de inmediato a la circulación internacional de los metales preciosos y confunde así el problema introduciendo puntos de vista extraños. Para seguir su hilo de pensamiento interno, apartamos primero todos los puntos de incidencia artificiales y, por tanto, situamos las minas de oro y plata en el interior de los países donde los metales preciosos circulan como dinero. La única proposición que se desprende del desarrollo anterior de Ricardo es que, dado el valor del oro, la cantidad del dinero circulante se halla determinada por los precios de las mercancías. Así, en un momento dado, la masa del oro que circula en un país está determinada simplemente por el valor de cambio de las mercancías circulantes. Supongamos ahora que la suma de estos valores de cambio disminuya, ya sea porque se produzcan menos mercancías a los mismos valores de cambio, o porque, a consecuencia de una mayor fuerza productiva del trabajo, la misma masa de mercancías obtenga un valor de cambio reducido. O supongamos, inversamente, que la suma de los valores de cambio aumente, porque la masa de mercancías aumente con costos de producción constantes, o porque el valor, ya de la misma masa, ya de una masa menor de mercancías, crezca a consecuencia de una fuerza productiva del trabajo disminuida. ¿Qué sucede, en ambos casos, con la cantidad dada del metal circulante? Si el oro sólo es dinero porque circula como medio de circulación, si está obligado a permanecer en la circulación, como el papel moneda de curso forzoso emitido por el Estado (y esto es lo que Ricardo tiene en mente), entonces la cantidad del dinero circulante rebasará en el primer caso la proporción con respecto al valor de cambio del metal; en el segundo, se hallaría por debajo de su nivel normal. Así, aunque dotado de valor propio, el oro se convierte en el primer caso en el signo de un metal de valor de cambio inferior al suyo, y en el segundo, en el signo de un metal de valor superior. En el primer caso, como signo de valor, estará por debajo de su valor real; en el segundo, por encima (de nuevo una abstracción del papel moneda de curso forzoso). En el primer caso, sería lo mismo que si las mercancías se estimasen en metal de valor inferior al oro; en el segundo, como si se estimasen en metal de valor superior. En el primer caso, pues, los precios de las mercancías subirían; en el segundo, bajarían. En ambos casos, el movimiento de los precios de las mercancías, su alza o su baja, sería efecto de la expansión o contracción relativas de la masa del oro circulante por encima o por debajo del nivel correspondiente a su propio valor, es decir, de la cantidad normal determinada por la relación entre su propio valor y el valor de las mercancías que han de circular.

El mismo proceso se produciría si la suma de los precios de las mercancías circulantes permaneciera inalterada, pero la masa del oro circulante se situara por debajo o por encima del nivel correcto: lo primero, si la moneda de oro desgastada en la circulación no fuera sustituida por una nueva producción correspondiente de las minas; lo segundo, si el nuevo suministro procedente de las minas hubiera superado las necesidades de la circulación. En ambos casos se presupone que los costos de producción del oro, o su valor, permanecen iguales.

Resumiendo: el dinero circulante se halla en el nivel normal

* Esto no es exacto. Más bien enuncia correctamente la ley en varios pasajes. [Nota en el ejemplar de mano.]

** La diferencia entre «currency» y «money», es decir, entre medio de circulación y dinero, no se encuentra por tanto en «Wealth of Nations». Engañado por la aparente candidez de Adam Smith, que conocía muy bien a su Hume y a su Steuart, observa el honesto Maclaren: «La teoría de la dependencia de los precios respecto de la cantidad de los medios de circulación no ha llamado todavía la atención; y el doctor Smith considera, al igual que Locke» (Locke oscila en su opinión) «el dinero metálico como mera mercancía.» (Maclaren, l. c. p. 44.)

¹ Príncipe de la ciencia. – ² Terror de los príncipes. – ³ Luz del mundo.

* David Ricardo, «The high price of Bullion, a proof of the depreciation of Banknotes», 4.ª ed., Londres 1811. (La primera edición apareció en 1809.) Asimismo: «Reply to Mr. Bosanquet’s practical observations on the report of the bullion committee», Londres 1811.

* David Ricardo, «On the principles of political economy etc.», p. 77. «El valor de los metales preciosos depende, en última instancia, como el de todas las demás mercancías, de la cantidad total de trabajo necesario para obtenerlos y llevarlos al mercado.»
** l. c., pp. 77, 180, 181.
*** Ricardo, l. c., p. 421. «La cantidad de dinero que puede emplearse en un país depende de su valor. Si circulara oro solo, se necesitaría quince veces menos que si se empleara plata sola.» Véase también Ricardo, «Proposals for an economical and secure currency», Londres 1816, p. 8, donde dice: «La cantidad de billetes circulantes depende del monto requerido para la circulación del país, y éste está regulado por el valor de la unidad de medida del dinero, el monto de los pagos y la economía en su realización.»
† Ricardo, «Principles of political economy», pp. 432, 433.

nivel, cuando su cantidad, dado el valor de cambio de las mercancías, está determinada por su propio valor metálico. Se hincha, el oro desciende por debajo de su propio valor metálico y los precios de las mercancías suben, porque la suma de los «valores de cambio de la masa de mercancías» se reduce o la afluencia de oro de las minas aumenta. Se contrae por debajo de su nivel correcto, el oro se eleva por encima de su propio valor metálico y los precios de las mercancías bajan, porque la suma de los valores de cambio de la masa de mercancías aumenta o la afluencia de oro de las minas no reemplaza la masa del oro desgastado. En ambos casos, el oro circulante es signo de valor de un valor mayor o menor del que realmente contiene. Puede convertirse en un signo apreciado o depreciado de sí mismo. Tan pronto como las mercancías se hubieran valorado de manera general en este nuevo valor del dinero y los precios generales de las mercancías hubieran subido o bajado en consonancia, la cantidad de oro circulante volvería a corresponder a las necesidades de la circulación (una consecuencia que Ricardo destaca con particular complacencia), pero contradiría los costos de producción de los metales preciosos y, por tanto, su relación como mercancía con las demás mercancías. De acuerdo con la teoría ricardiana de los valores de cambio en general, la subida del oro por encima de su valor de cambio, es decir, del valor determinado por el tiempo de trabajo contenido en él, provocaría un aumento de la producción de oro, hasta que su mayor afluencia lo hubiera reducido de nuevo a su magnitud de valor correcta. A la inversa, un descenso del oro por debajo de su valor provocaría una disminución de su producción, hasta que hubiera vuelto a subir a su magnitud de valor correcta. Mediante estos movimientos inversos se compensaría la contradicción entre el valor metálico del oro y su valor como medio de circulación, se restablecería el nivel correcto de la masa de oro circulante y el nivel de los precios de las mercancías volvería a corresponder a la medida de los valores.

Estas fluctuaciones en el valor del oro circulante afectarían por igual al oro en forma de barras, pues según el supuesto todo el oro que no se consume como artículo de lujo circula. Puesto que el oro mismo, ya sea como moneda, ya como barra, puede convertirse en signo de valor de un valor metálico mayor o menor que el propio, se comprende que los billetes de banco convertibles en circulación compartan la misma suerte. Aunque los billetes de banco sean convertibles, es decir, su valor real corresponda a su valor nominal, la masa total del dinero circulante, oro y billetes (the aggregate currency consisting of metal and of convertible notes) puede ser apreciada o depreciada, según que su cantidad total, por las razones antes expuestas, suba o baje por encima o por debajo del nivel determinado por el valor de cambio de las mercancías circulantes y el valor metálico del oro. El papel moneda inconvertible, desde este punto de vista, sólo tiene la ventaja sobre el papel moneda convertible de que puede ser doblemente depreciado. Puede caer por debajo del valor del metal que pretende representar, porque se emite en cantidad excesiva, o puede caer porque el metal representado por él ha caído por debajo de su propio valor. Esta depreciación, no del papel respecto al oro, sino del oro y del papel tomados conjuntamente, o de toda la masa de los medios de circulación de un país, es uno de los principales inventos de Ricardo, que Lord Overstone y Cía. pusieron a su servicio y convirtieron en un principio fundamental de la legislación bancaria de Sir Robert Peel de 1844 y 1845.

Lo que debía probarse era que el precio de las mercancías o el valor del oro depende de la masa del oro circulante. La prueba consiste en la suposición de lo que se quiere probar: que cualquier cantidad del metal precioso que sirve como dinero, en cualquier proporción que guarde con su valor intrínseco, debe convertirse en medio de circulación, moneda, y por tanto en signo de valor de las mercancías circulantes, cualquiera que sea la suma total de su valor. En otras palabras, la prueba consiste en la abstracción de todas las demás funciones que el dinero [realiza] además de su función como medio de circulación.³ Cuando se le aprieta fuerte, como, por ejemplo, en su polémica con Bosanquet, Ricardo, totalmente dominado por el fenómeno de los signos de valor depreciados por su cantidad, recurre a una afirmación dogmática.*

* David Ricardo, «Reply to Mr. Bosanquet’s practical observations etc.», p. 49: «Que las mercancías subirían o bajarían de precio en proporción al aumento o disminución del dinero, lo presupongo como un hecho indiscutible.»

³ En el ejemplar de mano corregido; (1859) de todas las demás determinaciones formales que el dinero posee además de su forma como medio de circulación.

Si Ricardo hubiera expuesto esta teoría de manera abstracta, como nosotros lo hemos hecho, sin introducir circunstancias concretas y puntos incidentales que desvían de la cuestión misma, su vacuidad resaltaría de manera flagrante. Pero él reviste todo el desarrollo de un carácter internacional. Sin embargo, será fácil demostrar que la aparente grandeza de la escala no cambia en nada la pequeñez de las ideas fundamentales.

El primer enunciado era, pues: La cantidad de dinero metálico circulante es normal cuando está determinada por la suma de valor de las mercancías circulantes, valorada en su valor metálico. Expresado internacionalmente, esto dice: En el estado normal de la circulación, cada país posee una masa de dinero correspondiente a su riqueza y a su industria. El dinero circula en *

* Ricardo, «The high price of Bullion etc.»: «El dinero tendría en todos los países el mismo valor.» (p. 4.) En su Economía política, Ricardo modificó este enunciado, pero no de un modo que aquí tenga importancia.

un valor correspondiente a su valor real o a sus costos de producción; es decir, tiene en todos los países el mismo valor.* Por consiguiente, nunca se exportaría ni importaría dinero de un país a otro.** Habría, pues, un equilibrio entre las currencies (las masas totales del dinero circulante) de los distintos países. El nivel correcto de la currency nacional se expresa ahora como equilibrio internacional de las currencies, y en realidad no se dice nada más que la nacionalidad no cambia nada en la ley económica general. Hemos llegado otra vez al mismo punto fatal de antes. ¿Cómo se perturba el nivel correcto, lo que ahora significa: cómo se perturba el equilibrio internacional de las currencies, o cómo deja el dinero de tener el mismo valor en todos los países, o, finalmente, cómo deja de tener en cada país su propio valor? Como antes se perturbaba el nivel correcto porque la masa del oro circulante aumentaba o disminuía, permaneciendo constante la suma de valor de las mercancías, o porque la cantidad de dinero circulante seguía siendo la misma mientras los valores de cambio de las mercancías aumentaban o disminuían, ahora se perturba el nivel internacional determinado por el valor del metal mismo porque la masa del oro existente en un país crece a consecuencia de nuevas minas de metal descubiertas en él***, o porque la suma de los valores de cambio de las mercancías circulantes en un país particular ha aumentado o disminuido. Como antes la producción de los metales preciosos disminuía o aumentaba según fuera necesario contraer o expandir la currency y bajar o elevar los precios de las mercancías en correspondencia, así actúan ahora la exportación e importación de un país a otro. En el país donde los precios hubieran subido y el valor del oro, debido a la circulación hinchada, hubiera caído por debajo de su valor metálico, el oro estaría depreciado en comparación con los demás países y, por consiguiente, los precios de las mercancías, comparados con los otros países, estarían elevados. Se exportaría, pues, oro y se importarían mercancías. Si ocurriera lo inverso, lo contrario. Como antes la producción de oro, ahora continuarían la importación o exportación de oro y con ellas el alza o la baja de los precios de las mercancías hasta que, al igual que antes el correcto valor relativo entre metal y mercancía, ahora se restableciera el equilibrio entre las currencies internacionales. Como en el primer caso la producción de oro sólo aumentaba o disminuía porque el oro estaba por encima o por debajo de su valor, así la migración internacional del oro sólo tendría lugar por esta causa. Como en el primer caso todo cambio en su producción afectaría la cantidad del metal circulante y con ello los precios, así ahora ocurre con la importación y exportación internacionales. Tan pronto como se hubiera restablecido el valor relativo entre oro y mercancía o la cantidad normal de los medios de circulación, en el primer caso no se daría ninguna producción ulterior, en el segundo ninguna exportación o importación ulteriores, salvo para el reemplazo de la moneda desgastada y para el consumo de la industria de lujo. De esto se sigue, por tanto,

«que la tentación de exportar oro como equivalente de mercancías, o una balanza comercial desfavorable, nunca puede producirse sino a consecuencia de una cantidad excedente de medios de circulación»*.

Sería siempre sólo la desvalorización o sobrevaloración del metal a consecuencia de la expansión o contracción de la masa de los medios de circulación por encima o por debajo de su nivel correcto, lo que provocaría su importación o exportación.**

Se deduciría, además: puesto que en el primer caso la producción de oro sólo aumenta o disminuye, y en el segundo caso el oro sólo se importa o exporta, porque su cantidad está por encima o por debajo de su nivel correcto, porque está apreciado o depreciado por encima o por debajo de su valor metálico, es decir, los precios de las mercancías son demasiado altos o demasiado bajos, cada uno de estos movimientos actúa como medio correctivo***, haciendo que, mediante la expansión o contracción del dinero circulante, los precios vuelvan de nuevo a su verdadero nivel, en el primer caso el nivel entre el valor del oro y el valor de las mercancías, en el segundo caso el nivel internacional de las currencies. En otras palabras: el dinero sólo circula en distintos países en la medida en que circula como moneda en cada país. El dinero no es más que moneda, y la cantidad de oro que se encuentra en un país debe por tanto entrar en la circulación, pudiendo así, como signo de valor de sí mismo, subir o bajar por encima o por debajo de su valor. Con esto hemos llegado nuevamente, por el rodeo de esta complicación internacional, felizmente al simple dogma que constituye el punto de partida.

* «Una balanza comercial desfavorable nunca puede surgir sino por una sobreabundancia de medios de circulación.» (Ricardo, loc. cit., pp. 11, 12.)

** «La exportación de efectivo es provocada por su baratura y no es el efecto, sino la causa de una balanza desfavorable.» (Loc. cit., p. 14.)

*** Marx cita a Ricardo: «That the temptation to export gold as an equivalent for goods, or an unfavourable balance of trade, can never arise from a superabundant quantity of circulating medium.» (Nota al pie en el original.)

Algunos ejemplos mostrarán cómo Ricardo construye violentamente los fenómenos reales en el sentido de su teoría abstracta. Afirma, por ejemplo, que en épocas de malas cosechas, frecuentes en Inglaterra durante los períodos de 1800 a 1820, se exporta oro, no porque se necesite trigo y el oro sea dinero

„ist, por tanto, medio de compra y medio de pago siempre activo en el mercado mundial, 
no porque el oro esté depreciado en su valor frente a las demás mercancías 
y, en consecuencia, la currency del país en que tiene lugar la mala cosecha esté de- 
preciada en relación con las otras currencies nacionales; a saber, porque 
la mala cosecha ha reducido la masa de las mercancías circulantes, la 
cantidad dada del dinero circulante ha rebasado su nivel normal 
y, por tanto, han subido todos los precios de las mercancías.* En contra- 
posición a esta interpretación paradójica, se demostró estadísticamente que desde 1793 
hasta la época más reciente, en el caso de malas cosechas en Inglaterra, no se desbordaba la cantidad existente 
de medios de circulación, sino que se volvía insuficiente, 
y por eso circulaba, y tenía que circular, más dinero que antes.** 

Asimismo sostenía Ricardo en la época del bloqueo continental 
napoleónico[70] y de los decretos ingleses de bloqueo[**], que los ingleses exportaban oro 
en vez de mercancías al continente, porque su dinero estaba depreciado en 
relación con el dinero de los países continentales y, por tanto, sus mercancías se hallaban 

* Ricardo, loc. cit., págs. 74, 75. “A consecuencia de una mala cosecha, Inglaterra se vería en la situación 
de un país que ha sido despojado de una parte de sus mercancías, y que por ello 
necesita un importe reducido del medio circulante. Los medios de circulación que 
antes equivalían a los pagos resultarían ahora superfluos y relativamente 
baratos en proporción a su producción reducida. La exportación de esta suma 
restablecería, pues, el valor del medio de circulación frente al valor de los medios de circulación 
de otros países.” Su confusión entre dinero y 
mercancía, y entre dinero y moneda, se muestra de manera ridícula en la siguiente frase: “Si 
podemos suponer que, tras una mala cosecha, cuando Inglaterra tiene ocasión 
para una importación excepcional de grano, otro país posee un excedente de aquellos 
artículos, pero ninguna necesidad de mercancía alguna, se seguiría indudablemente 
que tal país no exportaría su grano a cambio de mercancías; 
pero tampoco exportaría grano a cambio de dinero, puesto que éste es una mercancía que ningún país 
jamás necesita de manera absoluta, sino sólo relativa.” (loc. cit., pág. 75.) Pushkin, en su poema 
heroico, hace que el padre de su héroe no comprenda nunca que la mercancía es dinero. Pero que el dinero 
es mercancía lo han comprendido los rusos desde siempre, como lo prueban no sólo la importación inglesa 
de grano de 1838 a 1842, sino toda su historia comercial. 

_** Conf. Thomas Tooke, “History of prices” y James Wilson, “Capital, currency 
and banking”. (Este último libro es la reimpresión de una serie de artículos aparecidos en 1844, 
1845 y 1847 en el “London Economist”[91].) 

[Nota del editor alemán: en el ejemplar de mano, tachado “wirkendes” y corregido en “zurechtkonstatiert”; (1859) “wirkendes”]

relativamente más altas de precio y era, por tanto, una especulación comercial más ventajosa 
exportar oro en vez de mercancías. Según él, Inglaterra era el mercado donde las 
mercancías eran caras y el dinero barato, mientras que en el continente las 
mercancías eran baratas y el dinero caro. 

“El hecho”, dice un escritor inglés, “era el precio ruinosa y bajo 
de nuestros productos fabriles y coloniales bajo el efecto del sistema continental 
durante los últimos 6 años de la guerra. Los precios del azúcar y el café, 
por ejemplo, estimados en oro, eran cuatro o cinco veces más altos en el continente que los 
mismos precios en Inglaterra estimados en billetes de banco. Era la época en que los químicos 
franceses descubrieron el azúcar de remolacha y sustituyeron el café por achicoria, 
mientras al mismo tiempo los arrendatarios ingleses hacían experimentos en el engorde de bueyes con jarabe y melazas, 
cuando Inglaterra tomó posesión de Helgoland para establecer allí un depósito de mercancías 
que facilitara el contrabando hacia el norte de Europa, y 
cuando los géneros más ligeros de los productos fabriles británicos buscaban su camino hacia Alemania a través de Turquía... Casi todas las mercancías del mundo estaban acumuladas en nuestros almacenes 
y allí permanecían como clavadas, salvo cuando una pequeña cantidad era rescatada 
mediante una licencia francesa, por la cual los comerciantes de Hamburgo y Amsterdam 
pagaban a Napoleón una suma de 40 a 50 mil libras esterlinas. Comerciantes cómicos 
debían de ser aquellos que pagaban tales sumas por la libertad de llevar un cargamento de mercancías 
de un mercado caro a uno barato. ¿Cuál era la clara alternativa 
para un comerciante? O comprar café a 6 peniques en billetes de banco y 
enviarlo a un lugar donde podía vender la libra inmediatamente por 
3 o 4 chelines en oro, o comprar oro con billetes de banco a 5 libras esterlinas la onza y 
enviarlo a un lugar donde se cotizaba a 3 libras esterlinas 17 chelines 10½ peniques. Es, 
pues, un despropósito decir que se remitía oro en vez de café como operación 
mercantil preferible... No había país en el mundo donde pudiera obtenerse entonces una cantidad tan grande 
de mercancías deseables como en Inglaterra. Bonaparte 
examinaba siempre con atención los precios corrientes ingleses. Mientras encontraba que en Inglaterra 
el oro era caro y el café barato, se mostraba satisfecho con el funcionamiento de su sistema 
continental.” * 

Precisamente en la época en que Ricardo formuló por primera vez su teoría del dinero, y el 
Bullion Committee la incorporó a su informe parlamentario, en el año 

1810, tuvo lugar una caída ruinosa en los precios de todas las mercancías inglesas, 

comparados con 1808 y 1809, mientras que el oro[1*] subía relativamente de valor. Los productos agrícolas constituían una excepción, porque su importación del 
exterior tropezaba con obstáculos y su masa existente en el interior estaba 
diezmada por las malas cosechas.** Tan por completo desconocía Ricardo el papel de los 

* James Deacon Hume, “Letters on the Cornlaws”, Londres 1834, págs. 29-31. 
** Thomas Tooke, “History of prices etc.”, Londres 1848, pág. 110. 

[1*] {en el ejemplar de mano corregido; (1859) dinero}

Contribución a la crítica de la economía política · Capítulo segundo 153 

metales preciosos como medios internacionales de pago, que en su declaración 

ante el Comité de la Cámara de los Lores (1819) pudo afirmar: 
“Que las salidas de oro para la exportación cesarían por completo tan pronto como se reanudaran los pagos en metálico 
y la circulación monetaria se recondujera a su nivel metálico.” 

Murió justo a tiempo, precisamente antes del estallido de la crisis de 1825, que 
desmintió su profecía. El período en que cae la actividad literaria de Ricardo era, en general, poco adecuado para observar la función de 
los metales preciosos como dinero mundial. Antes de la introducción del sistema continental, la balanza comercial estaba casi siempre a favor de Inglaterra y, 
durante el mismo, las transacciones con el continente europeo eran 
demasiado insignificantes para afectar al curso del cambio inglés. Los envíos 
de dinero eran principalmente de naturaleza política, y Ricardo parece haber 
desconocido por completo el papel que desempeñaron los subsidios en la exportación inglesa de oro.* 

Entre los contemporáneos de Ricardo que formaron la escuela de los principios 
de su economía política, el más significativo es James Mill. 
Intentó exponer la teoría del dinero de Ricardo sobre la base de la circulación metálica simple, sin las impropias complicaciones internacionales 
tras las que Ricardo oculta la indigencia de su concepción, y sin miramiento 
polémico alguno hacia las operaciones del Banco de Inglaterra. Sus 
principales tesis son las siguientes**: 

“El valor del dinero es igual a la proporción en que se lo intercambia por 
otros artículos, o a la cantidad de dinero que se da a cambio de una determinada 
cantidad de otras cosas. Esta relación está determinada por la cantidad total 
del dinero que se encuentra en un país. Si se supone, de un lado, todas 
las mercancías de un país, y del otro, todo su dinero, es evidente que en el inter- 
cambio de ambos lados el valor del dinero, es decir, la cantidad de mercancías por las que 
se intercambia, depende enteramente de su propia cantidad. El caso es exactamente el mismo en el desarrollo real de las cosas. La masa total de las mercancías de un país no se intercambia 
de una sola vez contra la masa total del dinero, sino que las mercancías se intercambian 
en porciones, y a menudo en porciones muy pequeñas, en diversas épocas a lo 
largo del año. La misma pieza de dinero que hoy ha servido para este intercambio 
puede servir mañana para otro. Una parte del dinero se aplica a un número mayor 
de actos de intercambio, otra a uno muy pequeño, una tercera 
se atesora y no sirve para intercambio alguno. Entre estas variaciones habrá 

* Véase W. Blake, las arriba citadas “Observations etc.” 
** James Mill, “Elements of political economy.” Traducido en el texto de la traducción francesa de J.T. Parisot, París 1823. 

un promedio, basado en el número de actos de intercambio para los que cada pieza de oro 
habría sido empleada si cada una realizara el mismo número de actos de intercambio. 
Fíjese este número promedio arbitrariamente, por ejemplo, en 10. Si cada pieza de dinero 
existente en el país ha servido para 10 compras, esto es lo mismo que si 
la masa total de las piezas de dinero se hubiera decuplicado y cada una hubiera servido para una sola 
compra. En este caso, el valor de todas las mercancías es igual a 10 veces el valor 
del dinero, etc. Si, a la inversa, en vez de que cada pieza de dinero sirviera en el año para 10 compras, 
la masa total del dinero se hubiera decuplicado y cada pieza de dinero realizara un solo 
intercambio, es claro que todo aumento de esta masa causaría una 
disminución proporcional en el valor de cada una de las piezas de oro tomada por sí misma. 
Puesto que se supone que la masa de todas las mercancías contra las que el dinero puede 
intercambiarse sigue siendo la misma, el valor de la masa total del dinero no 
se ha vuelto mayor tras el aumento de su cantidad de lo que era antes. Si se supone 
un aumento de una décima parte, el valor de cada parte alícuota de la masa total, 
por ejemplo, de una onza, tiene que haberse reducido en una décima parte. Sea, pues, cual 
sea el grado de la disminución o del aumento de la masa total del dinero, si 
la cantidad de las otras cosas sigue siendo la misma, esta masa total y cada una de 
sus partes experimentan recíprocamente una disminución o aumento proporcional. Es 
claro que esta proposición es de absoluta verdad. Siempre que el valor del dinero ha experimentado un alza 
o una baja, y siempre que la cantidad de mercancías contra las que se lo podía inter- 
cambiar y el movimiento de la circulación permanecen los mismos, este 
cambio tiene que haber tenido por causa un aumento o disminución proporcional del dinero 
y no puede atribuirse a ninguna otra causa. Si 
la masa de las mercancías se reduce mientras la cantidad del dinero sigue siendo la misma, 
es como si la suma total del dinero hubiera aumentado, y a la inversa. 
Cambios semejantes son el resultado de todo cambio en el movimiento de la circulación. 
Todo aumento del número de los cursos produce el mismo efecto que un aumento total 
del dinero; una disminución de aquel número produce inmediatamente el 
efecto inverso... Si una parte de la producción anual no se intercambia 
en absoluto, como la que consumen los propios productores, esta parte 
no entra en consideración. Al no intercambiarse contra dinero, es, con respecto 
al dinero, como si no existiera en absoluto... Siempre que el aumento y la 
disminución del dinero pueden tener lugar libremente, la cantidad total del mismo 
existente en un país está regulada por el valor de los metales preciosos... Pero el oro y la plata 
son mercancías cuyo valor, como el de todas las demás mercancías, está determinado por sus costos de producción, 
por el quantum de trabajo contenido en ellas.”*

He aquí la traducción:

Todo el ingenio de Mill se disuelve en una serie de suposiciones tan arbitrarias como insípidas. Pretende demostrar que el precio de las mercancías o el valor del dinero está determinado «por la cantidad total del dinero existente en un país». Si se supone que la masa y 
*].c. p. 128-136 passim.
Zur Kritik der Politischen Ökonomie * Capítulo segundo 155
el valor de cambio de las mercancías circulantes permanecen los mismos, así como la velocidad de circulación y el valor de los metales preciosos determinado por los costos de producción, y se supone al mismo tiempo que, no obstante, la cantidad del dinero metálico circulante aumenta o disminuye en proporción a la masa del dinero existente en el país, se vuelve en efecto «evidente» que se ha supuesto lo que se pretendía demostrar. Por lo demás, Mill incurre en el mismo error que Hume, haciendo circular valores de uso, no mercancías de un valor de cambio dado, y por ello su tesis resulta falsa, aun cuando se concedan todas sus «suposiciones». La velocidad de circulación puede permanecer la misma, así como el valor de los metales preciosos, así como la cantidad de las mercancías circulantes, y no obstante, con el cambio de su valor de cambio, puede requerirse ora una masa mayor, ora una masa menor de dinero para su circulación. Mill ve el hecho de que una parte del dinero existente en el país circula, mientras la otra permanece estancada. Con ayuda de un cálculo de promedios de lo más cómico, supone que, aunque en la realidad parezca de otro modo, en verdad todo el dinero que se halla en un país circula. Supóngase que 10 millones de táleros de plata circulan dos veces durante el año en un país, entonces podrían circular 20 millones si cada tálero realizara una sola compra. Y si la suma total de la plata existente en el país en todas sus formas asciende a 100 millones de táleros, se puede suponer que los 100 millones pueden circular si cada pieza de dinero efectúa una compra en cinco años. Se podría igualmente suponer que todo el dinero del mundo circula en Hampstead, pero que cada parte alícuota del mismo, en lugar de unas tres rotaciones en un año, realiza una rotación en 3.000.000 de años. Una suposición es exactamente tan importante como la otra para la determinación de la relación entre la suma de los precios de las mercancías y la cantidad de los medios de circulación. Mill siente que para él tiene una importancia decisiva poner en contacto directo las mercancías, no con el quantum de dinero que se halla en circulación, sino con el acervo total del dinero existente en cada momento en un país. Concede que la masa total de las mercancías de un país «no se intercambia de una vez» contra la masa total del dinero, sino porciones diversas de mercancías en épocas diversas del año contra porciones diversas de dinero. Para eliminar esta desproporción, supone que no existe. Por lo demás, toda esta representación del enfrentamiento inmediato de mercancías y dinero y de su intercambio inmediato está abstraída del movimiento de las compras y ventas simples, o de la función del dinero como medio de compra. Ya en el movimiento del dinero como medio de pago desaparece esta aparición simultánea de mercancía y dinero.
Las crisis comerciales durante el siglo XIX, en particular las grandes crisis de 1825 y 1836, no suscitaron un desarrollo ulterior, pero sí una nueva aplicación práctica de la teoría ricardiana del dinero. Ya no se trataba de fenómenos económicos aislados, como en Hume la depreciación de los metales preciosos en los siglos XVI y XVII, o como en Ricardo la depreciación del papel moneda durante el siglo XVIII y comienzos del XIX, sino de las grandes tormentas del mercado mundial en las que se descarga el conflicto de todos los elementos del proceso burgués de producción, cuyo origen y conjuro se buscaban dentro de la esfera más superficial y abstracta de este proceso, la esfera de la circulación monetaria. La premisa propiamente teórica de la que parte la escuela de los meteorólogos económicos no consiste, en rigor, en nada más que en el dogma de que Ricardo ha descubierto las leyes de la circulación puramente metálica. Lo que les quedaba por hacer era someter a estas leyes la circulación crediticia o de billetes de banco.
El fenómeno más general y más visible de las crisis comerciales es la caída repentina y general de los precios de las mercancías, que sigue a una prolongada subida general de los mismos. La caída general de los precios de las mercancías puede expresarse como subida del valor relativo del dinero, comparado con todas las mercancías, y la subida general de los precios, a la inversa, como caída del valor relativo del dinero. En ambas formas de expresión está enunciado el fenómeno, pero no explicado. Tanto si planteo la tarea: explicar la subida general y periódica de los precios, alternando con su caída general, como si formulo la misma tarea así: explicar la caída y subida periódicas del valor relativo del dinero comparado con las mercancías, la diferente fraseología deja la tarea tan inalterada como lo haría su traducción del alemán al inglés. La teoría ricardiana del dinero vino, por tanto, de perlas, pues confiere a una tautología la apariencia de una relación causal. ¿De dónde proviene la caída general y periódica de los precios de las mercancías? De la subida periódica del valor relativo del dinero. ¿De dónde, a la inversa, la subida general y periódica de los precios de las mercancías? De una caída periódica del valor relativo del dinero. Con la misma razón podría decirse que la subida y caída periódicas de los precios provienen de su subida y caída periódicas. La tarea misma está planteada bajo el supuesto de que el valor inmanente del dinero, es decir, su valor determinado por los costos de producción de los metales preciosos, permanece inalterado. Si esta tautología ha de ser más que una tautología, reposa en el desconocimiento de los conceptos más elementales. Cuando el valor de cambio de A, medido en B, cae, sabemos que esto puede provenir tanto de una caída del valor de A como de
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una subida del valor de B. Y a la inversa, cuando el valor de cambio de A, medido en B, sube. Una vez admitida la conversión de la tautología en una relación causal, todo lo demás se deduce con facilidad. La subida de los precios de las mercancías surge de la caída del valor del dinero, pero la caída del valor del dinero, como sabemos por Ricardo, proviene de la circulación excesiva, es decir, de que la masa del dinero circulante excede el nivel determinado por su propio valor inmanente y por los valores inmanentes de las mercancías. E, inversamente, la caída general de los precios de las mercancías, de la subida del valor del dinero por encima de su valor inmanente a consecuencia de una circulación deficiente. Los precios, pues, suben y bajan periódicamente porque periódicamente circula demasiado o demasiado poco dinero. Si se llegara a demostrar que la subida de los precios coincidió con una circulación monetaria reducida y la caída de los precios con una circulación incrementada, puede no obstante afirmarse que, a consecuencia de alguna reducción o incremento, aunque estadísticamente del todo indemostrable, de la masa de mercancías circulantes, la cantidad del dinero circulante, si bien no en términos absolutos, se ha incrementado o reducido en términos relativos. Pues bien, hemos visto que, según Ricardo, estas oscilaciones generales de los precios han de tener lugar también bajo una circulación puramente metálica, pero se compensan mediante su alternancia, por cuanto, por ejemplo, una circulación deficiente provoca la caída de los precios de las mercancías, la caída de los precios de las mercancías provoca la exportación de mercancías al extranjero, esta exportación provoca a su vez la afluencia de dinero al interior, y esta afluencia de dinero provoca de nuevo la subida de los precios de las mercancías. A la inversa, en el caso de una circulación excesiva, cuando se importan mercancías y se exporta dinero. Pero como, a pesar de estas fluctuaciones generales de los precios que surgen de la naturaleza misma de la circulación metálica ricardiana, su forma violenta y tempestuosa, su forma de crisis, pertenece a los períodos en que el sistema crediticio está desarrollado, se vuelve más claro que la luz del sol que la emisión de billetes de banco no está regulada de manera exacta según las leyes de la circulación metálica. La circulación metálica posee su remedio en la importación y exportación de los metales preciosos, los cuales entran inmediatamente en curso como moneda y, mediante su afluencia o reflujo, hacen bajar o subir los precios de las mercancías. El mismo efecto sobre los precios de las mercancías debe ser producido ahora artificialmente por los bancos, mediante la imitación de las leyes de la circulación metálica. Si afluye oro del extranjero, es ésta la prueba de que la circulación es deficiente, que el valor del dinero está demasiado alto y los precios de las mercancías demasiado bajos y, en consecuencia, deben lanzarse a la circulación billetes de banco en proporción al oro recién importado. Por el contrario, deben ser retirados de la circulación en la proporción en que el oro fluye del país al exterior. En otras palabras, la emisión de billetes de banco
debe regularse según la importación y exportación de los metales preciosos o según el curso del cambio. La falsa premisa de Ricardo según la cual el oro no es más que moneda, de modo que todo el oro importado incrementa el dinero circulante y por ello hace subir los precios, y todo el oro exportado reduce la moneda y por ello hace caer los precios, esta premisa teórica se convierte aquí en el experimento práctico de hacer circular tanta moneda cuanto oro está presente en cada momento. Lord Overstone (el banquero Jones Loyd), el coronel Torrens, Norman, Clay, Arbuthnot y un sinnúmero de otros escritores, conocidos en Inglaterra bajo el nombre de la escuela del «currency principle»², no sólo han predicado esta doctrina, sino que, mediante el Bank Act de Robert Peel de 1844 y 1845, la han convertido en fundamento de la legislación bancaria inglesa y escocesa vigente. Su ignominioso fiasco, tanto teórico como práctico, tras experimentos en la mayor escala nacional, sólo podrá ser expuesto en la teoría del crédito.[...]³ Pero ya se advierte, a este respecto, cómo la teoría de Ricardo, que aísla el dinero en su forma fluida como medio de circulación, termina por atribuir a la afluencia y al reflujo de los metales preciosos un influjo absoluto sobre la economía burguesa, tal como la superstición del sistema monetario no lo había soñado jamás. Así se convirtió Ricardo, que declaraba el papel moneda como la forma más acabada del dinero, en el profeta de los bullionistas.

Unos meses antes del estallido de la crisis comercial general de 1857, sesionaba una comisión de la Cámara de los Comunes para investigar los efectos de las leyes bancarias de 1844 y 1845. Lord Overstone, padre teórico de estas leyes, se explayó en su declaración ante la comisión profiriendo la siguiente jactancia: «Mediante la estricta y pronta observancia de los principios del Acta de 1844, todo ha transcurrido con regularidad y facilidad; el sistema monetario está seguro e inconmovible, la prosperidad del país es indiscutible, la confianza pública en el Acta de 1844 cobra fuerza a diario. Si la comisión desea aún más pruebas prácticas de la solidez de los principios en que se funda esta Acta y de las benéficas consecuencias que ha asegurado, la verdadera y suficiente respuesta es ésta: Mire a su alrededor; contemple la presente situación comercial de nuestro país, contemple la satisfacción del pueblo; contemple la riqueza y la prosperidad de todas las clases de la sociedad; y entonces, después de haberlo hecho, la comisión estará en condiciones de decidir si quiere impedir la continuación de un acta bajo la cual se han alcanzado tales éxitos.» Así tocaba Overstone su propia trompeta el 14 de julio de 1857; el 12 de noviembre del mismo año, el ministerio se veía obligado a suspender, bajo su propia responsabilidad, la milagrosa ley de 1844.

Corregido en el ejemplar de mano; (] 859) Geld -? «Geldumlaufgesetzes»

Contribución a la crítica de la economía política. Capítulo Segundo 159

Después de que la teoría de Hume, o la antítesis abstracta contra el sistema monetario, hubiera sido desarrollada así hasta su última consecuencia, la concepción concreta del dinero de Steuart fue finalmente restablecida en su derecho por Thomas Tooke.* Tooke no deriva sus principios de teoría alguna, sino del análisis concienzudo de la historia de los precios de las mercancías desde 1793 hasta 1856. En la primera edición de su *Historia de los precios*, aparecida en 1823, Tooke está aún completamente prendado de la teoría ricardiana y se esfuerza en vano por conciliar los hechos con esta teoría. Su folleto *On the currency*, publicado después de la crisis de 1825, podría considerarse incluso como la primera exposición consecuente de las opiniones sustentadas más tarde por Overstone. Investigaciones continuadas en la historia de los precios de las mercancías lo forzaron, empero, a reconocer que aquel nexo directo entre los precios y la cantidad de los medios de circulación, tal como la teoría lo presupone, es una mera quimera; que la expansión y la contracción de los medios de circulación, manteniéndose constante el valor de los metales preciosos, son siempre efecto, nunca causa, de las fluctuaciones de los precios; que la circulación monetaria, en general, es sólo un movimiento secundario, y que el dinero, en el proceso real de producción, adquiere aún determinaciones formales completamente distintas de la de medio de circulación. Sus investigaciones detalladas pertenecen a otra esfera que la de la circulación metálica simple, y por lo tanto no pueden ser discutidas aquí todavía, tan poco como las investigaciones de Wilson y Fullarton, pertenecientes a la misma corriente.** Todos estos escritores no conciben el dinero de manera unilateral, sino en sus diversos momentos, pero sólo materialmente, sin ninguna conexión viva, sea de estos momentos entre sí, sea con el sistema conjunto de las categorías económicas. Por eso confunden erróneamente el dinero, a diferencia del medio de circulación, con el capital o incluso con la mercancía, aunque, por otra parte, se ven forzados a hacer valer ocasionalmente su diferencia respecto de ambos.*** Cuando, por ejemplo, se envía oro al extranjero, de hecho se envía capital al extranjero, pero lo mismo ocurre cuando se exporta hierro, algodón, cereales, en suma, cualquier mercancía. Ambos son capital y no se distinguen, por tanto, en cuanto capital, sino en cuanto dinero y mercancía. El papel del oro como medio internacional de cambio no surge, por consiguiente, de su determinación formal como capital, sino de su función específica como dinero. Igualmente, cuando el oro o, en su lugar, los billetes de banco funcionan como medio de pago en el comercio interior, son al mismo tiempo capital. Pero el capital en forma de mercancía, como lo muestran, por ejemplo, de manera muy palpable las crisis, no podría ocupar su lugar. Es, pues, de nuevo la diferencia del oro como dinero respecto de la mercancía, no su existencia como capital, lo que lo convierte en medio de pago. Incluso cuando se exporta capital directamente como capital, para prestar una determinada suma de valor, por ejemplo, a interés en el extranjero, depende de las coyunturas si se exporta en forma de mercancía o de oro, y si se exporta en esta última forma, ello ocurre debido a la determinación formal específica de los metales preciosos como dinero frente a la mercancía. En general, aquellos escritores no consideran el dinero primeramente en la figura abstracta, tal como se desarrolla dentro de la circulación simple de mercancías y surge de la relación de las mercancías en proceso mismas. Por eso oscilan constantemente de un lado a otro entre las determinaciones formales abstractas que el dinero adquiere en oposición a la mercancía, y las determinaciones del mismo en las que se ocultan relaciones más concretas, como capital, renta, etc.*

* Tooke desconocía por completo el escrito de Steuart, como se desprende de su *History of prices from 1839 to 1847*, Londres 1848, donde resume la historia de las teorías del dinero.

** El escrito más importante de Tooke, aparte de la *History of prices*, que su colaborador Newmarch publicó en seis volúmenes, es *An Inquiry into the currency principle, the connection of currency with prices etc.*, 2.ª edición, Londres 1844. Ya hemos citado el escrito de Wilson. Finalmente, hay que mencionar aún a John Fullarton, *On the regulation of currencies*, 2.ª edición, Londres 1845.

*** «Hay que distinguir entre el dinero como mercancía, es decir, capital, y el dinero como medio de circulación.» (Tooke, *An Inquiry into the currency principle etc.*, p. 10.)

«Cabe confiar en que el oro y la plata, al ser importados, realizan casi exactamente la suma requerida... El oro y la plata poseen una ventaja infinita sobre todas las demás clases de mercancías... por el hecho de que se usan universalmente como dinero... No es en té, café, azúcar o índigo en lo que se pagan habitualmente, según contrato, las deudas, extranjeras o nacionales, sino en monedas; y el envío de dinero, ya sea en la moneda designada misma o en barras que puedan transformarse de inmediato en aquella moneda, a través de la casa de moneda o del mercado del país al que se envían, debe ofrecer siempre al remitente los medios más seguros, directos y exactos para alcanzar este fin, sin riesgo de fracaso por falta de demanda o fluctuación del precio.» (Fullarton, loc. cit., pp. 132, 133.) «Cualquier otro artículo» (fuera del oro y la plata) «puede, en cantidad o clase, quedar al margen de la demanda habitual del país al que se envía.» (Tooke, *An Inquiry etc.* [p. 10].)

* La transformación del dinero en capital la examinaremos en el capítulo 3, que trata del capital y forma la conclusión de esta primera sección.