Revolución y contrarrevolución en Alemania

[Triunfo de Prusia]

Llegamos ahora al último capítulo en la historia de la revolución alemana: el conflicto de la Asamblea Nacional con los gobiernos de los distintos Estados, señaladamente el de Prusia, la insurrección de la Alemania meridional y occidental y su aplastamiento final por Prusia.

Hemos visto ya a la Asamblea Nacional de Fráncfort en acción. Hemos visto cómo Austria la trataba a puntapiés, cómo Prusia la insultaba, cómo los Estados más pequeños le negaban obediencia, cómo era burlada por su propio impotente «gobierno central», que a su vez se dejaba llevar de las narices por todos y cada uno de los príncipes. Sin embargo, las cosas terminaron adquiriendo un cariz amenazador para esta débil, vacilante e insulsa asamblea legislativa. Mal de su grado, tuvo que resignarse a la conclusión de que «la sublime idea de la unidad alemana se hallaba amenazada en su realización», lo cual no significaba ni más ni menos que la Asamblea de Fráncfort, con todo lo que había hecho y aún se proponía hacer, se disolvería probablemente en humo. Por eso se puso a trabajar con toda seriedad para terminar lo antes posible su gran obra, la «Constitución del Reich».

Pero entonces surgió una dificultad. ¿Qué carácter debía tener el poder ejecutivo? ¿Un comité ejecutivo? No; eso significaría, pensaban en su sabiduría, convertir a Alemania en una república. ¿Un «presidente»? Venía a ser lo mismo. Había, pues, que desempolvar la vieja dignidad imperial. Pero —puesto que, naturalmente, un príncipe debía ser emperador— ¿quién había de serlo? ¡Naturalmente, ninguno de los dii minorum gentium³ desde Reuss-Greiz-Schleiz-Lobenstein-Ebersdorf hasta Baviera; ni Austria ni Prusia se hubieran dejado imponer eso. Sólo Austria o Prusia podían ser. Pero ¿cuál de los dos? No cabe duda de que, de haber sido más favorables las circunstancias, la sublime asamblea aún estaría hoy reunida discutiendo este importante dilema, sin poder llegar a una decisión, si el gobierno austríaco no hubiera cortado el nudo gordiano y le hubiera ahorrado la molestia.

Austria sabía muy bien que, desde el momento en que pudiera presentarse de nuevo ante Europa como dueña de todas sus provincias, como una fuerte potencia europea de primer orden, la sola ley de la gravedad política arrastraría al resto de Alemania a su esfera de poder, sin necesidad de la autoridad que pudiera conferirle una corona imperial otorgada por la Asamblea de Fráncfort. Austria era mucho más fuerte, mucho más libre en sus movimientos, desde que se había sacudido la impotente corona imperial alemana, una corona que estorbaba su propia política independiente, sin añadir ni una jota a su poder, ni dentro ni fuera de Alemania. Y en el supuesto de que Austria tuviera que retirarse de Italia y Hungría, se habría acabado también su poder en Alemania, y jamás podría volver a reclamar una corona que se le había escapado cuando aún se hallaba en plena posesión de su fuerza. Por eso, Austria se declaró inmediatamente en contra de toda restauración del Imperio y exigió abiertamente el restablecimiento de la Dieta de la Confederación Germánica como único gobierno central alemán mencionado y reconocido en los tratados de 1815; y el 4 de mayo de 1849 promulgó aquella constitución que no perseguía otra cosa que declarar a Austria una monarquía indivisible, centralizada e independiente, completamente separada incluso de aquella Alemania que la Asamblea de Fráncfort quería reconstituir.

Esta declaración de guerra abierta no dejó, en realidad, a los nueve veces sabios de Fráncfort otra opción que excluir a Austria de Alemania y hacer del resto del país una especie de lower empire, una «Pequeña Alemania», cuyo bastante raído manto imperial debía ponerse sobre los hombros de Su Majestad el rey de Prusia. Esto era, como se recordará, la resurrección de un viejo plan que unos seis u ocho años antes había urdido una sociedad de doctrinarios liberales del sur y del centro de Alemania, los cuales vieron una providencia divina en las humillantes circunstancias bajo las que ahora se volvía a sacar a relucir su antigua extravagancia como «el último ardid» para salvar la patria.

Así, en febrero y marzo de 1849, la Asamblea dio por terminado el debate sobre la Constitución del Reich, junto con los derechos fundamentales y la ley electoral del Reich, aunque no sin verse obligada a hacer en muchísimos puntos las concesiones más contradictorias: hoy al partido conservador o, más exactamente, reaccionario, y mañana a los grupos más radicales de la Asamblea. Era un hecho patente que la dirección de la Asamblea, que antes había estado en manos de la derecha y del centro derecha (los conservadores y reaccionarios), pasaba paulatinamente, aunque con lentitud, a la izquierda de la Cámara, a los demócratas. La posición bastante dudosa de los diputados austríacos en una asamblea que había excluido a su país de Alemania, pero en la que, sin embargo, debían seguir teniendo asiento y voto, favorecía este desplazamiento del equilibrio; por eso, el centro izquierda y la izquierda, con ayuda de los votos austríacos, se encontraban ya a fines de febrero con mucha frecuencia en mayoría, mientras que otros días el grupo conservador de los austríacos, de pronto, por pura broma, votaba con la derecha e inclinaba de nuevo la balanza en favor del otro lado. Quería desacreditar a la Asamblea con estos súbitos soubresauts¹, lo cual era del todo innecesario, pues la masa del pueblo estaba ya desde mucho antes convencida de la completa vacuidad y nulidad de todo lo que venía de Fráncfort. Es fácil imaginarse qué clase de constitución fue la que se urdió en medio de estos bandazos.

La izquierda de la Asamblea —esa élite y ese orgullo de la Alemania revolucionaria, por la que ella misma se tenía— estaba formalmente embriagada por los escasos y miserables éxitos que había cosechado, gracias a la benevolencia o, más exactamente, malevolencia de un puñado de políticos austríacos que actuaban a instancias y en interés del despotismo austríaco. Cada vez que la Asamblea de Fráncfort otorgaba, en forma homeopáticamente diluida, una especie de sanción a alguna propuesta que, por muy remotamente que fuera, recordaba sus propios principios, de ningún modo definidos con claridad, estos demócratas proclamaban que habían salvado la patria y el pueblo. Estos pobres mentecatos estaban tan poco acostumbrados, en toda la trayectoria de su vida por lo general bastante oscura, a algo así como un éxito, que realmente creían que sus miserables enmiendas, aprobadas por una mayoría de dos o tres votos, cambiarían la faz de Europa. Desde el comienzo de su carrera parlamentaria, estaban contagiados, más que cualquier otra fracción de la Asamblea, de aquella enfermedad incurable, el cretinismo parlamentario, dolencia que infunde a sus desdichadas víctimas la sublime convicción de que el mundo entero, su pasado y su porvenir, son regidos y determinados por la mayoría de votos de aquel cuerpo representativo que tiene la honra de contarlos entre sus miembros, y de que todo cuanto existe fuera de los muros de su cámara —guerras, revoluciones, construcciones de ferrocarriles, la colonización de continentes enteros, los hallazgos de oro en California, los canales centroamericanos, los ejércitos rusos y cualquier otra cosa que tal vez pueda abrigar la pretensión de influir en los destinos de la humanidad— no es nada en comparación con aquellos acontecimientos inmensamente importantes que guardan relación con la cuestión, invariablemente trascendental, a la que el alto cámara dedica en ese momento su atención. El hecho de que el partido democrático de la Asamblea consiguiera meter de contrabando algunas de sus fórmulas mágicas en la «Constitución del Reich», imponía, de entrada, la obligación de luchar por esa constitución, aunque ésta, en todos los puntos esenciales, contradecía directamente sus propios principios, tantas veces proclamados; y cuando, finalmente, los principales autores de esta criatura híbrida la abandonaron y la dejaron en herencia a los demócratas, éstos aceptaron la herencia y defendieron con valentía esta constitución monárquica, incluso cuando entraron en oposición con todos aquellos que ahora proclamaban sus propios principios republicanos.

Hay que reconocer, sin embargo, que esta contradicción era sólo aparente. El carácter impreciso, contradictorio e inmaduro de la Constitución del Reich reflejaba fielmente las ideas políticas inmaduras, confusas y contradictorias de estos señores demócratas. Y si sus propios discursos y escritos —en la medida en que sabían escribir— no lo demostraban de un modo suficiente, sus actos aportarían la prueba; pues entre personas razonables se sobrentiende que no se juzga a un hombre por sus palabras, sino por sus actos, no por lo que pretende ser, sino por lo que hace y lo que realmente es; y los actos de estos héroes de la democracia alemana hablan, como seguiremos viendo, con suficiente elocuencia por sí mismos. Entretanto, la Constitución del Reich con todos sus aditamentos fue finalmente aprobada; y el 28 de marzo, con 290 votos, 248 abstenciones y la ausencia de unos 200 diputados, el rey de Prusia fue elegido emperador de Alemania (menos Austria). La ironía de la historia fue completa: la farsa imperial que Federico Guillermo IV representó en las calles del asombrado Berlín tres días después de la revolución del 18 de marzo de 1848, en un estado que en otros sitios caería bajo la ley contra la embriaguez —esta repugnante farsa recibió, exactamente un año después, la sanción de la asamblea que pretendía representar a toda Alemania. ¡Éste fue, pues, el resultado de la revolución alemana!

[La Asamblea Nacional y los gobiernos]

Después de que la Asamblea Nacional de Fráncfort hubo elegido al rey de Prusia emperador de Alemania (menos Austria), envió una diputación a Berlín para ofrecerle la corona y luego se suspendió. El 3 de abril, Federico Guillermo recibió a los diputados. Les declaró que, si bien aceptaba el derecho de preeminencia sobre todos los demás príncipes de Alemania que le confería la resolución de los representantes del pueblo, no podía aceptar la corona imperial mientras no estuviera seguro de que su supremacía y la Constitución del Reich, que le transfería aquellos derechos, fueran reconocidas por los restantes príncipes. Añadió que incumbía a los gobiernos alemanes examinar si podían aprobar esa constitución. En todo caso, concluyó, fuese o no emperador, se le hallaría siempre dispuesto a desenvainar la espada contra cualquier enemigo exterior o interior. Pronto veremos cómo cumplió esta promesa de un modo que dejó a la Asamblea Nacional un tanto desconcertada.

Los nueve veces sabios de Fráncfort, tras una profunda investigación diplomática, llegaron por fin a la conclusión de que esta respuesta equivalía a rechazar la corona. Decretaron, pues (el 12 de abril), que la Constitución del Reich era ley del país y debía ser mantenida; y como no sabían qué hacer, eligieron una comisión de treinta que debía elaborar una proposición sobre la manera de aplicar la constitución.

³ dioses menores
¹ saltos

Esta resolución desencadenó el conflicto que estalló entonces entre la Asamblea de Frankfurt y los gobiernos alemanes.

La burguesía, y en particular la pequeña burguesía, se habían declarado de pronto por la nueva Constitución de Frankfurt. No podían esperar el momento que debía «dar fin a la revolución». En Austria y Prusia, la revolución había sido momentáneamente rematada por la intervención de la fuerza armada. Las clases mencionadas habrían preferido un método menos violento para llevar a cabo esta operación, pero no les quedaba otra opción; la cosa estaba hecha, y tuvieron que conformarse con ello, resolución que tomaron al punto y ejecutaron del modo más heroico. En los Estados más pequeños, donde las cosas habían transcurrido con relativa fluidez, esas clases recayeron desde hacía tiempo en esa agitación parlamentaria, exteriormente deslumbrante pero estéril por impotente, que tan admirablemente correspondía a su esencia. Considerando, pues, cada uno de los diversos Estados alemanes por separado, parecía que habían alcanzado la nueva forma definitiva de la que se suponía que les permitiría encauzarse en adelante hacia una evolución constitucional pacífica. Sólo quedaba abierta una cuestión: la de la nueva organización política de la Confederación Alemana. Y la solución de esta cuestión, la única que aún parecía encerrar peligros, se consideraba indispensable de inmediato. De ahí la presión que la burguesía ejercía sobre la Asamblea de Frankfurt para que redactara la Constitución lo antes posible; de ahí la resolución de las capas superiores e inferiores de la burguesía de aceptar esta Constitución, buena o mala, y de propugnarla, a fin de crear sin demora condiciones ordenadas. Así pues, desde el principio mismo, la agitación en pro de la Constitución imperial surgía de sentimientos reaccionarios y partía de aquellas clases que desde hacía mucho tiempo estaban cansadas de la revolución.

La cosa tenía, sin embargo, otro aspecto. Los primeros principios fundamentales de la futura Constitución alemana se habían decidido en los primeros meses de la primavera y el verano de 1848, en una época en que el movimiento popular estaba aún en pleno curso. Las resoluciones adoptadas en aquel tiempo, que entonces eran ciertamente muy reaccionarias, aparecían ahora, después de los actos arbitrarios de los gobiernos austriaco y prusiano, extraordinariamente liberales, incluso democráticas. La escala de comparación se había vuelto otra. La Asamblea de Frankfurt no podía, sin suicidarse moralmente, suprimir aquellas disposiciones una vez acordadas y configurar la Constitución imperial según el modelo de aquellas constituciones que los gobiernos de Austria y Prusia habían dictado con la espada en la mano. Además, como hemos visto, la mayoría en la Asamblea Nacional se había desplazado, y la influencia del partido liberal y democrático estaba en ascenso. La Constitución imperial se distinguía, pues, no sólo porque su origen aparentemente derivaba exclusivamente del pueblo, sino que, pese a todas sus contradicciones, era al mismo tiempo la Constitución más liberal de toda Alemania. Su mayor defecto era ser un mero pedazo de papel, sin poder alguno para hacer valer sus disposiciones.

En estas circunstancias, era muy natural que el llamado partido democrático, es decir, la clase de la pequeña burguesía, se aferrara a la Constitución imperial. Esta clase había sido siempre más progresista en sus demandas que la burguesía liberal monárquico-constitucional; se había manifestado con mayor audacia, había amenazado con resistencia armada y prodigado promesas de sacrificar bienes y sangre en la lucha por la libertad; pero ya había demostrado muchas veces que en la hora del peligro no se la hallaba por ninguna parte y que nunca se sentía más a gusto que al día siguiente de una derrota decisiva, cuando todo estaba perdido, pero al menos tenía el consuelo de saber que el asunto ya estaba liquidado de un modo u otro. Así, mientras la adhesión de los grandes banqueros, fabricantes y comerciantes revestía un carácter más reservado, más como una simple manifestación en favor de la Constitución de Frankfurt, la clase inmediatamente inferior, nuestros valientes demócratas pequeñoburgueses, se daban gran importancia y proclamaban, como de costumbre, que antes derramarían su última gota de sangre que abandonar la Constitución imperial.

Apoyada por estos dos partidos, los burgueses que eran partidarios de la monarquía constitucional y los pequeñoburgueses más o menos democráticos, la agitación en pro de la inmediata introducción de la Constitución imperial ganó rápidamente terreno y encontró su expresión más enérgica en los parlamentos de los distintos Estados. Las cámaras de Prusia, Hannover, Sajonia, Baden y Wurtemberg se declararon en su favor. La lucha entre los gobiernos y la Asamblea de Frankfurt adquirió una forma amenazadora.

Los gobiernos, sin embargo, actuaron con rapidez. Las cámaras prusianas fueron disueltas, lo que contravenía la Constitución, puesto que tenían que revisar y confirmar la Constitución prusiana; en Berlín estallaron disturbios, provocados intencionadamente por el gobierno; y al día siguiente, el 28 de abril, el ministerio prusiano expidió una circular en la que se presentaba la Constitución imperial como un documento anárquico y revolucionario en sumo grado, que los gobiernos alemanes debían transformar y depurar. Prusia negaba, pues, de plano aquel poder constituyente soberano del que tanto se habían vanagloriado los sabios varones de Frankfurt, pero para el que nunca habían creado bases sólidas. Así, se convocó un congreso de príncipes, la vieja Dieta federal bajo una forma nueva, que debía erigirse en tribunal sobre la Constitución ya promulgada como ley. Y al mismo tiempo, Prusia concentraba tropas cerca de Kreuznach, a tres jornadas de marcha de Frankfurt, y exhortaba a los Estados más pequeños a seguir su ejemplo y disolver también sus cámaras tan pronto como éstas se declarasen a favor de la Asamblea de Frankfurt. Este ejemplo fue seguido inmediatamente por Hannover y Sajonia.

Una decisión del conflicto por la fuerza de las armas se había hecho evidentemente inevitable. La hostilidad de los gobiernos y la efervescencia en el pueblo se manifestaban cada día más violentas. Por todas partes los ciudadanos demócratas trabajaban a la tropa, con gran éxito en el sur de Alemania. En todas partes se celebraban grandes asambleas de masas en las que se acordaba defender la Constitución imperial y la Asamblea Nacional, por la fuerza de las armas si fuera preciso. En Colonia se celebró con el mismo fin una asamblea de diputados de todos los concejos municipales de la Prusia renana. En el Palatinado, en el Bergisches Land, en Fulda, en Núremberg, en el Odenwald, los campesinos acudieron en masa y se dejaron arrastrar por el entusiasmo. Por aquellos mismos días se disolvía la Constituyente francesa y los preparativos para las nuevas elecciones se realizaban en medio de una viva excitación, mientras en la frontera oriental de Alemania los húngaros, en el plazo de un mes, mediante una serie de brillantes victorias, habían rechazado la marea alta de la invasión austriaca desde el Theiß hasta el Leitha y se esperaba cada día que tomasen Viena por asalto. Pero como la imaginación del pueblo se hallaba así excitada al máximo por todos lados y la política agresiva del gobierno cobraba cada día contornos más definidos, un choque violento era inevitable, y sólo una estúpida cobardía podía hacerse la ilusión de que el conflicto pudiera resolverse por medios pacíficos. Pero esa estúpida cobardía estaba representada de manera abundantísima en la Asamblea de Frankfurt.

Londres, julio de 1852

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