En Bélgica y Suiza ofrecen cuadros de género tragicómicos y caricaturescos en el gran cuadro histórico: la una es el Estado modelo de la monarquía burguesa, la otra el Estado modelo de la república burguesa, ambos Estados que se imaginan ser tan independientes de la lucha de clases como de la revolución europea.

Ahora, después que nuestros lectores han visto desarrollarse la lucha de clases en 1848 en formas políticas colosales, es tiempo de examinar más de cerca las relaciones económicas mismas sobre las que se fundan tanto la existencia de la burguesía y su dominación de clase como la esclavitud de los obreros.

Expondremos en tres grandes secciones: 1. la relación del trabajo asalariado con el capital, la esclavitud del obrero, la dominación del capitalista; 2. la inevitable ruina de las clases medias burguesas y del llamado estado llano bajo el sistema actual; 3. el sojuzgamiento comercial y la explotación de las clases burguesas de las diversas naciones europeas por el déspota del mercado mundial: Inglaterra.

Procuraremos exponerlo del modo más sencillo y popular posible, sin dar por supuestos ni siquiera los conceptos más elementales de la economía política. Queremos ser comprensibles para los obreros. Además, en Alemania reina la más singular ignorancia y confusión de conceptos acerca de las relaciones económicas más simples, desde los defensores patentados del estado de cosas existente hasta los taumaturgos socialistas y los genios políticos incomprendidos, en los que la Alemania fraccionada es aún más rica que en padres de la patria.

Por tanto, ante todo, la primera pregunta: ¿Qué es el salario? ¿Cómo se determina?

Si se preguntara a los obreros: «¿A cuánto asciende vuestro salario?», contestarían, uno: «Recibo 1 franco por mi jornada de trabajo de mi burgués», otro: «Yo recibo 2 francos», etc. Según los distintos ramos de trabajo a que pertenezcan, indicarían distintas sumas de dinero que reciben de su respectivo burgués por la realización de un trabajo determinado, por ejemplo, por tejer una vara de lienzo o por componer un pliego de imprenta. A pesar de la diversidad de sus indicaciones, todos coincidirán en un punto: el salario es la suma de dinero que el burgués paga por un determinado tiempo de trabajo o por un determinado suministro de trabajo.

El capitalista compra, pues, su trabajo con dinero. Por dinero le venden ellos su trabajo. Pero esto no pasa de ser la apariencia. Lo que en realidad venden al capitalista por dinero es su fuerza de trabajo. El capitalista compra esta fuerza de trabajo por un día, una semana, un mes, etc. Y después de comprarla, la consume, haciendo que los obreros trabajen durante el tiempo estipulado. Con la misma suma de dinero con que el capitalista ha comprado su fuerza de trabajo, por ejemplo, con 2 francos, podría haber comprado 2 libras de azúcar o cualquier otra mercancía por una determinada cantidad. Los 2 francos con los que compró 2 libras de azúcar son el precio de las 2 libras de azúcar. Los 2 francos con los que ha comprado el uso de la fuerza de trabajo durante doce horas son el precio de doce horas de uso de la fuerza de trabajo. La fuerza de trabajo es, pues, una mercancía, ni más ni menos que el azúcar. Aquélla se mide con el reloj; ésta, con la balanza.

Los obreros cambian su mercancía, la fuerza de trabajo, por la mercancía del capitalista, por el dinero, y este cambio se realiza en una determinada proporción. Tanto dinero por un uso tan largo de la fuerza de trabajo. Por doce horas de tejido, 2 francos. ¿Y estos 2 francos no representan acaso todas las demás mercancías que puedo comprar con 2 francos? En realidad, el obrero ha cambiado su mercancía, la fuerza de trabajo, por otras mercancías de todo tipo, y en una determinada proporción. Al darle 2 francos, el capitalista le ha dado en cambio por su jornada de trabajo una determinada cantidad de carne, de vestido, de leña, de luz, etc. Los 2 francos expresan, por tanto, la proporción en que la fuerza de trabajo se cambia por otras mercancías, el valor de cambio de su fuerza de trabajo. El valor de cambio de una mercancía, estimado en dinero, se llama precisamente su precio. El salario no es, por tanto, sino un nombre especial para el precio de la fuerza de trabajo, al que se suele llamar precio del trabajo, para el precio de esta peculiar mercancía que no tiene otro continente que la carne y la sangre humanas.

Tomemos un obrero cualquiera, un tejedor, por ejemplo. El capitalista le suministra el telar y el hilo. El tejedor se pone a trabajar, y el hilo se convierte en lienzo. El capitalista se apodera del lienzo y lo vende, supongamos que por 20 francos. ¿Es acaso el salario del tejedor una parte del lienzo, de los 20 francos, del producto de su trabajo? De ningún modo. Mucho antes de vender el lienzo, quizá mucho antes de haberlo terminado, el tejedor ha recibido ya su salario. El capitalista no le paga este salario, pues, con el dinero que ha de obtener del lienzo, sino con dinero que ya tenía de antemano. Así como el telar y el hilo no son producto del tejedor, lo mismo ocurre con las mercancías que obtiene a cambio de su mercancía, la fuerza de trabajo. Podría suceder que el capitalista no encontrase ningún comprador para su lienzo. Podría suceder que ni siquiera lograse sacar del producto de la venta la suma del salario. Podría suceder que lo vendiese de un modo muy ventajoso en comparación con el salario del tejedor. Todo esto no le importa al tejedor. Con una parte de su fortuna, de su capital, compra el capitalista la fuerza de trabajo del tejedor, exactamente lo mismo que con otra parte de esa fortuna ha comprado la materia prima –el hilo– y el instrumento de trabajo –el telar–. Después de hechas estas compras –y entre estas compras figura la fuerza de trabajo necesaria para la producción del lienzo–, produce ya solamente con materias primas e instrumentos de trabajo que le pertenecen. Ahora bien, entre estos últimos figura, naturalmente, también nuestro buen tejedor, que tan poca parte tiene en el producto o en el precio del producto como el propio telar.

El salario no es, pues, una parte del obrero en la mercancía por él producida. El salario es la parte de mercancías ya existentes, con las cuales el capitalista compra a sí mismo una determinada suma de actividad productiva de la fuerza de trabajo.

La fuerza de trabajo es, por tanto, una mercancía que su poseedor, el obrero asalariado, vende al capital. ¿Por qué la vende? Para vivir.

El trabajo es la propia actividad vital del obrero, su propia manifestación de vida. Y esta actividad vital la vende a un tercero para asegurarse los medios de vida necesarios. Su actividad vital no es para él, pues, más que un medio para poder existir. Trabaja para vivir. Él mismo no cuenta el trabajo como parte de su vida; es más bien un sacrificio de su vida. Es una mercancía que ha cedido a un tercero. Por eso, el producto de su actividad no es tampoco el fin de su actividad. Lo que produce para sí mismo no es la seda que teje, ni el oro que extrae de la mina, ni el palacio que construye. Lo que produce para sí mismo es el salario, y la seda, el oro, el palacio se reducen para él a una cantidad determinada de medios de vida, tal vez a una chaqueta de algodón, a monedas de cobre y a una vivienda en un sótano. Y el obrero que durante doce horas teje, hila, taladra, tornea, construye, palea, pica piedras, carga, etc., ¿considera acaso estas doce horas de tejer, hilar, taladrar, tornear, construir, palear, picar piedras como una manifestación de su vida, como vida? Al revés. Para él, la vida empieza donde termina esa actividad, a la mesa, en el banco de la taberna, en la cama. En cambio, las doce horas de trabajo no tienen sentido para él como tejer, hilar, taladrar, etc., sino como ganancia que le lleva a la mesa, al banco de la taberna, a la cama. Si el gusano de seda tejiera para prolongar su existencia como oruga, sería un perfecto obrero asalariado.

La fuerza de trabajo no fue siempre una mercancía. El trabajo no fue siempre trabajo asalariado, es decir, trabajo libre. El esclavo no vende su fuerza de trabajo al esclavista, como el buey no vende sus servicios al campesino. El esclavo, junto con su fuerza de trabajo, es vendido de una vez para siempre a su propietario. Él mismo es una mercancía, pero la fuerza de trabajo no es una mercancía suya. El siervo sólo vende una parte de su fuerza de trabajo. No recibe un salario del propietario de la tierra, sino que, por el contrario, el propietario de la tierra percibe un tributo de él. El siervo pertenece a la tierra y rinde frutos al señor de la tierra. El obrero libre, en cambio, se vende a sí mismo, y además por partes. Subasta 8, 10, 12, 15 horas de su vida, un día tras otro, al mejor postor, al poseedor de las materias primas, de los instrumentos de trabajo y de los medios de vida, es decir, al capitalista. El obrero no pertenece a ningún propietario ni a la tierra, pero 8, 10, 12, 15 horas de su vida diaria pertenecen a quien se las compra. El obrero abandona al capitalista a quien se alquila cuando quiere, y el capitalista lo despide cuando se le antoja, en cuanto deja de obtener de él algún provecho o el provecho que esperaba. Pero el obrero, cuya única fuente de ingresos es la venta de su fuerza de trabajo, no puede abandonar a toda la clase de los compradores, es decir, a la clase capitalista, sin renunciar a su existencia. No pertenece a tal o cual capitalista, sino a la clase capitalista, y corre de su cuenta el encontrar quien le dé empleo, es decir, hallar un comprador dentro de esa clase capitalista.

Antes de examinar ahora más de cerca la relación entre capital y trabajo asalariado, expondremos brevemente las condiciones más generales que intervienen en la determinación del salario.

El salario es, como hemos visto, el precio de una determinada mercancía, de la fuerza de trabajo. El salario se determina, por tanto, por las mismas leyes que determinan el precio de cualquier otra mercancía.

Preguntémonos, pues: ¿cómo se determina el precio de una mercancía?

Por la competencia entre compradores y vendedores, por la relación entre la demanda y la oferta, entre el pedido y la provisión. La competencia que determina el precio de una mercancía es triple.

La misma mercancía es ofrecida por distintos vendedores. Quien vende más barato mercancías de la misma calidad, está seguro de desbancar a los demás vendedores y de asegurarse la mayor venta. Los vendedores se disputan, pues, recíprocamente la venta, el mercado. Cada uno de ellos quiere vender, vender lo más posible y, a ser posible, vender él solo, con exclusión de los demás vendedores. Por eso uno vende más barato que el otro. Se produce, pues, una competencia entre los vendedores, que hace bajar el precio de las mercancías ofrecidas por ellos.

Pero se produce también una competencia entre los compradores, la cual, por su parte, hace subir el precio de las mercancías ofrecidas.

Se produce, finalmente, una competencia entre compradores y vendedores; los unos quieren comprar lo más barato posible, los otros quieren vender lo más caro posible. El resultado de esta competencia entre compradores y vendedores dependerá de cómo se comporten los dos lados de la competencia antes señalados, es decir, de si la competencia en el ejército de los compradores o la competencia en el ejército de los vendedores es más fuerte. La industria conduce al campo dos masas de ejército una contra otra, cada una de las cuales libra a su vez una batalla en sus propias filas, entre sus propias tropas. La masa de ejército cuyas tropas se pelean menos entre sí, obtiene la victoria sobre la masa contraria.

Supongamos que se hallasen en el mercado 100 balas de algodón y, al mismo tiempo, compradores para 1000 balas de algodón. En este caso, la demanda es diez veces mayor que la oferta. La competencia entre los compradores será, pues, muy fuerte; cada uno de ellos quiere apoderarse de una bala, y a ser posible de las 100 balas. Este ejemplo no es una suposición arbitraria. Hemos vivido en la historia del comercio períodos de malas cosechas de algodón, en los que algunos capitalistas coligados entre sí trataron de comprar, no 100 balas, sino toda la provisión de algodón de la tierra. En el caso indicado, un comprador tratará, pues, de desbancar al otro ofreciendo un precio relativamente más alto por la bala de algodón. Los vendedores de algodón, que ven a las tropas del ejército enemigo en la más encarnizada lucha entre sí y están completamente seguros de la venta de la totalidad de sus 100 balas, se guardarán muy bien de tirarse de los pelos unos a otros para hacer bajar el precio del algodón, en un momento en que sus adversarios rivalizan entre sí para hacerlo subir. De pronto, la paz ha vuelto, pues, al ejército de los vendedores. Se yerguen como un solo hombre frente a los compradores, se cruzan filosóficamente de brazos, y sus pretensiones no conocerían límites, si las ofertas de los compradores más insistentes no les impusieran límites muy determinados.

Si, pues, la oferta de una mercancía es más débil que su demanda, sólo se produce una competencia escasa o nula entre los vendedores. En la misma proporción en que esta competencia disminuye, crece la competencia entre los compradores. Resultado: alza más o menos considerable de los precios de las mercancías.

Es sabido que el caso inverso, con resultado inverso, se produce con mayor frecuencia: excedente considerable de la oferta sobre la demanda; competencia desesperada entre los vendedores; falta de compradores; liquidación de la mercancía a precios irrisorios.

Pero ¿qué significa subida, baja de los precios, qué significa precio alto, precio bajo? Un grano de arena es alto, mirado al microscopio, y una torre es baja, comparada con una montaña. Y si el precio está determinado por la relación entre la demanda y la oferta, ¿por qué está determinada la relación entre la demanda y la oferta?

Dirijámonos al primer burgués que encontremos. No vacilará un instante y, como un nuevo Alejandro Magno, cortará este nudo metafísico con la tabla de multiplicar. Si la producción de la mercancía que vendo me ha costado 100 francos, nos dirá, y de la venta de esta mercancía obtengo 110 francos —después de un año, se entiende—, eso es una ganancia burguesa, honrada, moderada. Pero si en el cambio obtengo 120, 130 francos, eso es una ganancia alta; y si obtuviese incluso 200 francos, eso sería una ganancia extraordinaria, ¡enorme! ¿Qué le sirve al burgués, pues, de medida de la ganancia? Los costos de producción de su mercancía. Si en el cambio de esta mercancía recibe a cambio una suma de otras mercancías cuya producción ha costado menos, ha perdido. Si en el cambio por su mercancía recibe a cambio una suma de otras mercancías cuya producción ha costado más, ha ganado. Y la baja o la subida de la ganancia la calcula según los grados en que el valor de cambio de su mercancía se sitúa por debajo o por encima de cero: los costos de producción.

Hemos visto cómo la variable relación entre la demanda y la oferta produce ora alzas, ora bajas de los precios, ora precios altos, ora precios bajos.

Si el precio de una mercancía sube considerablemente a causa de una oferta insuficiente o de una demanda que crece de modo desproporcionado, necesariamente habrá bajado, en proporción, el precio de alguna otra mercancía; pues el precio de una mercancía no hace sino expresar en dinero la relación en que otras mercancías se dan en el cambio por ella. Si, por ejemplo, el precio de una vara de tejido de seda sube de 5 francos a 6 francos, el precio de la plata, en relación con el tejido de seda, ha bajado, e igualmente ha bajado el precio de todas las demás mercancías que han permanecido en sus viejos precios, en relación con el tejido de seda. Hay que dar una suma mayor de ellas en el cambio para obtener la misma cantidad de géneros de seda.

¿Cuál será la consecuencia del precio creciente de una mercancía? Una masa de capitales se lanzará sobre el ramo industrial floreciente, y esta inmigración de capitales al terreno de la industria favorecida durará hasta que arroje las ganancias habituales o, mejor dicho, hasta que el precio de sus productos, a causa de la sobreproducción, caiga por debajo de los costos de producción.

A la inversa. Si el precio de una mercancía cae por debajo de sus costos de producción, los capitales se retirarán de la producción de esa mercancía. Exceptuando el caso en que un ramo industrial ya no corresponda a su tiempo y, por tanto, tenga que perecer, la producción de tal mercancía, es decir, su oferta, disminuirá a consecuencia de esta fuga de capitales, hasta que corresponda a la demanda, es decir, hasta que su precio vuelva a elevarse a la altura de sus costos de producción, o, mejor dicho, hasta que la oferta haya caído por debajo de la demanda, es decir, hasta que su precio vuelva a subir por encima de sus costos de producción, pues el precio corriente de una mercancía está siempre por encima o por debajo de sus costos de producción.

Vemos cómo los capitales emigran e inmigran constantemente, del terreno de una industria al de otra. El precio alto produce una inmigración demasiado fuerte, y el precio bajo produce una emigración demasiado fuerte.

Podríamos mostrar desde otro punto de vista cómo no sólo la oferta, sino también la demanda, es determinada por los costos de producción. Pero esto nos alejaría demasiado de nuestro objeto.

Acabamos de ver cómo las fluctuaciones de la oferta y la demanda reconducen siempre el precio de una mercancía a los costos de producción. Ciertamente, el precio real de una mercancía está siempre por encima o por debajo de los costos de producción; pero la subida y la bajada se complementan recíprocamente, de tal modo que, dentro de un período determinado, reuniendo el flujo y reflujo de la industria, las mercancías se intercambian unas por otras en correspondencia con sus costos de producción, es decir, su precio está determinado por sus costos de producción.

Esta determinación del precio por los costos de producción no debe entenderse en el sentido de los economistas. Los economistas dicen que el precio medio de las mercancías es igual a los costos de producción; ésta sería la ley. El movimiento anárquico, en el que la subida se compensa con la bajada y la bajada con la subida, lo consideran como una casualidad. Con el mismo derecho, como también lo han hecho otros economistas, se podría considerar las oscilaciones como la ley y la determinación por los costos de producción como la casualidad. Pero sólo estas oscilaciones, que, examinadas de cerca, acarrean las más terribles devastaciones y hacen temblar a la sociedad burguesa en sus cimientos como los terremotos, sólo estas oscilaciones determinan, en su curso, el precio por los costos de producción. El movimiento total de este desorden es su orden. En el curso de esta anarquía industrial, en este movimiento circular, la competencia compensa, por así decirlo, una extravagancia con la otra.

Vemos, pues: El precio de una mercancía está determinado por sus costos de producción, de tal modo que los períodos en que el precio de esta mercancía se eleva por encima de los costos de producción se compensan con los períodos en que cae por debajo de ellos, y viceversa. Esto no rige, naturalmente, para un producto industrial aislado, sino para toda la rama industrial. Tampoco rige, pues, para el industrial individual, sino para toda la clase de los industriales.

La determinación del precio por los costos de producción equivale a la determinación del precio por el tiempo de trabajo necesario para la producción de una mercancía; pues los costos de producción consisten en 1. materias primas e instrumentos, es decir, productos industriales cuya producción ha costado una cierta suma de días de trabajo, que representan, por tanto, una determinada suma de tiempo de trabajo; y 2. trabajo inmediato, cuya medida es precisamente el tiempo.

Las mismas leyes generales que regulan el precio de las mercancías en general regulan naturalmente también el salario, el precio del trabajo.

El salario del trabajo subirá o bajará según la relación entre la oferta y la demanda, según se configure la competencia entre los compradores de trabajo, los capitalistas, y los vendedores de trabajo, los obreros. A las fluctuaciones de los precios de las mercancías en general corresponden las fluctuaciones del salario. Pero, dentro de estas fluctuaciones, el precio del trabajo estará determinado por los costos de producción, por el tiempo de trabajo necesario para producir esta mercancía, el trabajo.

¿Cuáles son, pues, los costos de producción del trabajo mismo? Son los costos requeridos para conservar al obrero como obrero y para formarlo como obrero.

Por consiguiente, cuanto menos tiempo de formación requiera un trabajo, tanto menores serán los costos de producción del obrero, tanto más bajo será el precio de su trabajo, su salario. En los ramos industriales en que casi no se requiere ningún tiempo de aprendizaje y basta la mera existencia corporal del obrero, los costos de producción necesarios para su producción se limitan casi exclusivamente a las mercancías indispensables para mantenerlo con vida. El precio de su trabajo estará, por tanto, determinado por el precio de los medios de subsistencia necesarios.

Entra aquí en juego, sin embargo, otra consideración.

El fabricante que calcula sus costos de producción y, según ellos, el precio de los productos, incluye en su cómputo el desgaste de los instrumentos de trabajo. Si, por ejemplo, una máquina le cuesta 1 000 francos, y esa máquina se desgasta en diez años, carga 100 francos anuales al precio de la mercancía, para poder reponer, al cabo de diez años, la máquina desgastada por una nueva. Del mismo modo, en los costos de producción de la fuerza de trabajo simple tienen que incluirse los costos de reproducción, que permiten a la raza obrera multiplicarse y reemplazar a los obreros desgastados por otros nuevos. El desgaste del obrero se pone, pues, en cuenta de la misma manera que el desgaste de la máquina.

Los costos de producción de la fuerza de trabajo simple se reducen, pues, a los costos de existencia y reproducción del obrero. El precio de estos costos de existencia y reproducción constituye el salario. El salario así determinado recibe el nombre de salario mínimo. Este salario mínimo rige, como la determinación del precio de las mercancías por los costos de producción en general, no para el individuo aislado, sino para la especie. Obreros aislados, millones de obreros, no reciben lo suficiente para poder existir y reproducirse; pero el salario de toda la clase obrera se nivela, dentro de sus oscilaciones, a ese mínimo.

Ahora que nos hemos puesto de acuerdo sobre las leyes más generales que regulan el salario como el precio de cualquier otra mercancía, podemos entrar más particularmente en nuestro objeto.

[«Neue Rheinische Zeitung»  
núm. 266, del 7 de abril de 1849]

* Colonia, 6 de abril. El capital se compone de materias primas, instrumentos de trabajo y medios de subsistencia de toda clase, que se emplean para producir nuevas materias primas, nuevos instrumentos de trabajo y nuevos medios de subsistencia. Todos estos componentes suyos son criaturas del trabajo, productos del trabajo, trabajo acumulado. El trabajo acumulado que sirve como medio para una nueva producción es capital.

Así dicen los economistas.

¿Qué es un esclavo negro? Un hombre de la raza negra. Una explicación vale tanto como la otra.

Un negro es un negro. Sólo en determinadas condiciones se convierte en esclavo. Una máquina de hilar algodón es una máquina para hilar algodón. Sólo en determinadas condiciones se convierte en capital. Arrancada de esas condiciones, es tan poco capital como el oro en sí mismo es dinero, o el azúcar el precio del azúcar.

En la producción, los hombres no actúan solamente sobre la naturaleza, sino también los unos sobre los otros. Producen únicamente al cooperar de una manera determinada e intercambiar mutuamente sus actividades. Para producir, entran en relaciones y vínculos determinados entre sí, y sólo dentro de estas relaciones y vínculos sociales se da su acción sobre la naturaleza, se da la producción.

Según el carácter de los medios de producción, variarán naturalmente estas relaciones sociales en que los productores entran entre sí, las condiciones bajo las cuales intercambian sus actividades y participan en el acto conjunto de la producción. Con la invención de un nuevo instrumento de guerra, el fusil, cambió necesariamente toda la organización interna del ejército, se transformaron las relaciones dentro de las cuales los individuos forman un ejército y pueden actuar como tal, y cambió también la relación de distintos ejércitos entre sí.

Las relaciones sociales en que los individuos producen, las relaciones sociales de producción, cambian, pues, se transforman, con la modificación y el desarrollo de los medios materiales de producción, de las fuerzas productivas. El conjunto de las relaciones de producción forma lo que se llaman las relaciones sociales, la sociedad, y, concretamente, una sociedad en un determinado estadio histórico de desarrollo, una sociedad con un carácter peculiar y distintivo. La sociedad antigua, la sociedad feudal, la sociedad burguesa son otros tantos conjuntos de relaciones de producción, cada uno de los cuales designa a la vez una etapa especial en la historia de la humanidad.

También el capital es una relación social de producción. Es una relación burguesa de producción, una relación de producción de la sociedad burguesa. Los medios de subsistencia, los instrumentos de trabajo, las materias primas que componen el capital, ¿no han sido producidos y acumulados bajo condiciones sociales dadas, en determinadas relaciones sociales? ¿No se emplean para una nueva producción bajo condiciones sociales dadas, en determinadas relaciones sociales? ¿Y no es precisamente este determinado carácter social el que convierte en capital a los productos que sirven para una nueva producción?

El capital no se compone sólo de medios de subsistencia, de instrumentos de trabajo y de materias primas, no sólo de productos materiales; se compone igualmente de valores de cambio. Todos los productos que lo integran son mercancías. El capital no es, pues, solamente una suma de productos materiales, es una suma de mercancías, de valores de cambio, de magnitudes sociales.

El capital sigue siendo el mismo, ya reemplacemos la lana por algodón, el trigo por arroz, las vías férreas por barcos de vapor, con tal de que el algodón, el arroz, los barcos de vapor —el cuerpo del capital— tengan el mismo valor de cambio, el mismo precio que la lana, el trigo, las vías férreas en que antes se encarnaba. El cuerpo del capital puede transformarse continuamente sin que el capital experimente el menor cambio.

Pero si todo capital es una suma de mercancías, es decir, de valores de cambio, no toda suma de mercancías, de valores de cambio, es capital.

Toda suma de valores de cambio es un valor de cambio. Todo valor de cambio aislado es una suma de valores de cambio. Por ejemplo, una casa que vale 1 000 francos es un valor de cambio de 1 000 francos. Un pedazo de papel que vale 1 céntimo es una suma de valores de cambio de ¹⁰⁰⁄₁₀₀ céntimos. Los productos que son intercambiables por otros son mercancías. La proporción determinada en que son intercambiables constituye su valor de cambio o, expresado en dinero, su precio. La masa de esos productos no puede alterar en nada su determinación de ser mercancía, o de representar un valor de cambio, o de tener un precio determinado. Tanto si un árbol es grande como pequeño, sigue siendo árbol. Tanto si intercambiamos el hierro por otros productos en lotes como en quintales, ¿cambia esto su carácter de mercancía, de valor de cambio? Según la masa, es una mercancía de mayor o menor valor, de precio más alto o más bajo.

Ahora bien, ¿cómo se convierte una suma de mercancías, de valores de cambio, en capital?

Por el hecho de que, como fuerza social autónoma, es decir, como la fuerza de una parte de la sociedad, se conserva y acrecienta mediante el intercambio con la fuerza de trabajo inmediata, viva. La existencia de una clase que no posee nada más que la capacidad de trabajo es una premisa necesaria del capital.

La dominación del trabajo acumulado, pasado, objetivado sobre el trabajo inmediato, vivo, es lo que convierte el trabajo acumulado en capital.

El capital no consiste en que el trabajo acumulado sirva al trabajo vivo como medio para una nueva producción. Consiste en que el trabajo vivo sirva al trabajo acumulado como medio para conservar y aumentar su valor de cambio.

¿Qué sucede en el intercambio entre capitalista y asalariado?

El obrero recibe, a cambio de su fuerza de trabajo, medios de subsistencia; pero el capitalista recibe, a cambio de sus medios de subsistencia, trabajo, la actividad productiva del obrero, la fuerza creadora por la cual el obrero no sólo repone lo que consume, sino que confiere al trabajo acumulado un valor mayor del que antes poseía. El obrero recibe del capitalista una parte de los medios de subsistencia existentes. ¿Para qué le sirven estos medios de subsistencia? Para el consumo inmediato. Pero, en cuanto consumo medios de subsistencia, los pierdo irremisiblemente, a menos que emplee el tiempo durante el cual esos medios me mantienen en vida en producir nuevos medios de subsistencia, en crear durante el consumo, mediante mi trabajo, nuevos valores que sustituyan a los valores que desaparecen en el consumo. Pero precisamente esta noble fuerza reproductiva la cede el obrero al capital a cambio de los medios de subsistencia recibidos. Así, la ha perdido para sí mismo.

Tomemos un ejemplo: Un arrendatario da a su jornalero 5 gros de plata al día. Por estos 5 gros, el jornalero trabaja durante todo el día en el campo del arrendatario y le asegura así un ingreso de 10 gros de plata. El arrendatario no sólo recupera los valores que tiene que ceder al jornalero, sino que los duplica. Ha empleado, pues, los 5 gros que dio al jornalero de un modo fecundo, productivo, los ha consumido. Por los 5 gros ha comprado precisamente el trabajo y la fuerza del jornalero, que producen frutos de la tierra del doble de valor y convierten 5 gros en 10. El jornalero, en cambio, recibe en lugar de su fuerza productiva, cuyos efectos ha cedido al arrendatario, 5 gros, que cambia por medios de subsistencia, los cuales consume más o menos rápidamente. Los 5 gros han sido consumidos, pues, de una doble manera: reproductivamente para el capital, pues se han intercambiado por una fuerza de trabajo que produjo 10 gros; improductivamente para el obrero, pues se han cambiado por medios de subsistencia que han desaparecido para siempre y cuyo valor sólo puede recuperar repitiendo el mismo intercambio con el arrendatario. Así, el capital presupone el trabajo asalariado, el trabajo asalariado presupone el capital. Se condicionan recíprocamente; se engendran mutuamente.

Un obrero en una fábrica algodonera, ¿produce sólo tejidos de algodón? No. Produce capital. Produce valores que sirven de nuevo para comandar su trabajo y, mediante éste, crear nuevos valores.

El capital sólo puede acrecentarse intercambiándose por fuerza de trabajo, llamando a la vida el trabajo asalariado. La fuerza de trabajo del asalariado sólo puede intercambiarse por capital acrecentándolo, reforzando el poder del que es esclava. El aumento del capital es, por tanto, aumento del proletariado, es decir, de la clase obrera.

Los intereses del capitalista y del obrero son, pues, los mismos, afirman los burgueses y sus economistas. ¡Y en verdad! El obrero perece si el capital no lo ocupa. El capital perece si no explota la fuerza de trabajo, y para explotarla tiene que comprarla. Cuanto más rápidamente aumenta el capital destinado a la producción, el capital productivo, cuanto más floreciente es, por tanto, la industria, cuanto más se enriquece la burguesía, mejor van los negocios, tantos más obreros necesita el capitalista y tanto más caro se vende el obrero.

La condición indispensable para una situación soportable del obrero es, pues, el crecimiento lo más rápido posible del capital productivo.

Pero ¿qué es el crecimiento del capital productivo? Crecimiento del poder del trabajo acumulado sobre el trabajo vivo. Crecimiento de la dominación de la burguesía sobre la clase trabajadora. Cuando el trabajo asalariado produce la riqueza ajena que lo domina, el poder que le es hostil, el capital, retornan a él, procedentes del mismo, medios de ocupación, es decir, medios de vida, bajo la condición de que se convierta de nuevo en una parte del capital, en la palanca que de nuevo lo arroja a un movimiento acelerado de acrecentamiento.

Los intereses del capital y los intereses del trabajo son los mismos, significa únicamente: el capital y el trabajo asalariado son dos caras de una misma relación. La una condiciona a la otra, como el usurero y el derrochador se condicionan mutuamente.

Mientras el obrero asalariado sea obrero asalariado, su suerte depende del capital. Ésa es la tan celebrada comunidad de intereses entre el obrero y el capitalista.

[«Neue Rheinische Zeitung» Nº 267 del 8 de abril de 1849]  
* Colonia, 7 de abril.

Si crece el capital, crece la masa del trabajo asalariado, crece el número de los obreros asalariados; en una palabra, la dominación del capital se extiende sobre una masa mayor de individuos. Y supongamos el caso más favorable: cuando crece el capital productivo, crece la demanda de trabajo. Aumenta, por tanto, el precio del trabajo, el salario.

Una casa puede ser grande o pequeña; mientras las casas que la rodean son igualmente pequeñas, satisface todas las exigencias sociales de una vivienda. Pero si junto a la casa pequeña se alza un palacio, la casa pequeña se encoge hasta convertirse en una choza. La casa pequeña demuestra ahora que su poseedor no tiene derecho a exigir nada, o solo exigencias muy reducidas; y por mucho que en el curso de la civilización se eleve, si el palacio vecino se eleva en la misma medida o incluso en una medida mayor, el morador de la casa relativamente pequeña se encontrará cada vez más incómodo, más insatisfecho, más oprimido entre sus cuatro paredes.

Un aumento apreciable del salario presupone un rápido crecimiento del capital productivo. El rápido crecimiento del capital productivo provoca un crecimiento igualmente rápido de la riqueza, del lujo, de las necesidades sociales y de los goces sociales. Así pues, aunque los goces del obrero hayan aumentado, la satisfacción social que proporcionan ha disminuido en comparación con los goces acrecentados del capitalista, inaccesibles al obrero, en comparación con el nivel de desarrollo de la sociedad en general. Nuestras necesidades y goces brotan de la sociedad; los medimos, por consiguiente, por la sociedad; no los medimos por los objetos de su satisfacción. Como son de naturaleza social, son de naturaleza relativa.

El salario no está determinado, en general, solo por la masa de mercancías que puedo cambiar por él. Encierra diversas relaciones.

Lo que los obreros reciben en primer lugar por su trabajo es una suma determinada de dinero. ¿Está el salario determinado únicamente por este precio en dinero?

En el siglo XVI aumentó el oro y la plata circulantes en Europa a consecuencia del descubrimiento de América. Por eso cayó el valor del oro y de la plata en relación con las demás mercancías. Los obreros recibieron, como antes, la misma masa de plata acuñada por su trabajo. El precio en dinero de su trabajo siguió siendo el mismo, y sin embargo su salario había caído, pues a cambio de la misma cantidad de plata recibían una suma menor de otras mercancías. Ésta fue una de las circunstancias que impulsaron el crecimiento del capital y el surgimiento de la burguesía en el siglo XVI.

Tomemos otro caso. En el invierno de 1847, a consecuencia de una mala cosecha, los medios de vida más indispensables —cereales, carne, mantequilla, queso, etc.— habían subido considerablemente de precio. Supongamos que los obreros hubieran seguido recibiendo la misma suma de dinero por su trabajo. ¿No había caído su salario? Ciertamente. Por el mismo dinero recibían a cambio menos pan, carne, etc. Su salario había caído, no porque hubiera disminuido el valor de la plata, sino porque había aumentado el valor de los medios de vida.

Supongamos, por último, que el precio en dinero del trabajo sigue siendo el mismo, mientras que todas las mercancías agrícolas y manufactureras han bajado de precio como consecuencia del empleo de nuevas máquinas, de una estación favorable, etc. Por el mismo dinero pueden ahora los obreros comprar más mercancías de todo tipo. Su salario ha subido, pues, precisamente porque su valor monetario no ha variado.

El precio en dinero del trabajo, el salario nominal, no coincide, pues, con el salario real, es decir, con la suma de mercancías que realmente se da a cambio del salario. Por tanto, cuando hablamos de ascenso o descenso del salario, no debemos tener en cuenta solo el precio en dinero del trabajo, el salario nominal.

Pero ni el salario nominal, es decir, la suma de dinero por la cual el obrero se vende al capitalista, ni el salario real, es decir, la suma de mercancías que puede comprar con ese dinero, agotan las relaciones contenidas en el salario.

El salario está determinado ante todo, además, por su relación con la ganancia, con el beneficio del capitalista: salario proporcional, salario relativo.

El salario real expresa el precio del trabajo en relación con el precio de las demás mercancías; el salario relativo, en cambio, expresa el precio del trabajo inmediato en relación con el precio del trabajo acumulado, el valor proporcional del trabajo asalariado y del capital, lo que se denomina valor de los capitalistas y de los obreros.

El salario real puede permanecer el mismo, puede incluso subir, y no obstante el salario relativo puede bajar. Supongamos, por ejemplo, que todos los medios de vida han bajado de precio en 2/3, mientras que el jornal solo baja en 1/3, por ejemplo de 3 francos a 2. Aunque el obrero disponga con estos 2 francos de una suma mayor de mercancías que antes con 3 francos, su salario ha disminuido, sin embargo, en relación con la ganancia del capitalista. El beneficio del capitalista (por ejemplo, del fabricante) ha aumentado en 1 franco; es decir, por una suma menor de valores de cambio que paga al obrero, éste tiene que producir una suma mayor de valores de cambio que antes. El valor del capital en relación con el valor del trabajo ha subido. La distribución de la riqueza social entre el capital y el trabajo se ha vuelto aún más desigual. El capitalista comanda con el mismo capital una mayor cantidad de trabajo. El poder de la clase capitalista sobre la clase obrera ha crecido, la posición social del obrero ha empeorado, ha sido rebajada un peldaño más por debajo de los capitalistas.

¿Cuál es, pues, la ley general que determina la baja y el alza del salario y del beneficio en su relación recíproca?

Se hallan en relación inversa. El valor de cambio del capital, el beneficio, aumenta en la misma proporción en que disminuye el valor de cambio del trabajo, el jornal, y viceversa. El beneficio aumenta en la medida en que baja el salario, y baja en la medida en que sube el salario.

Se objetará tal vez que el capitalista puede ganar mediante el intercambio ventajoso de sus productos con otros capitalistas, por el aumento de la demanda de su mercancía, ya sea a consecuencia de la apertura de nuevos mercados, ya sea a consecuencia de necesidades momentáneamente acrecentadas en los viejos mercados, etc.; que el beneficio del capitalista puede, pues, aumentar por el engaño de otros capitalistas, independientemente del alza y la baja del salario, del valor de cambio del trabajo; o que el beneficio del capitalista puede aumentar también por el mejoramiento de los instrumentos de trabajo, por una nueva aplicación de las fuerzas naturales, etc.

Ante todo, habrá que admitir que el resultado es el mismo, aunque se haya producido por un camino inverso. El beneficio no ha subido, ciertamente porque el salario haya bajado, sino que el salario ha bajado porque el beneficio ha subido. El capitalista ha comprado con la misma suma de trabajo una suma mayor de valores de cambio, sin por ello haber pagado el trabajo a un precio más alto; es decir, el trabajo resulta pagado a un precio más bajo en relación con el rendimiento neto que arroja al capitalista.

Recordemos además que, a pesar de las fluctuaciones de los precios de las mercancías, el precio medio de cada mercancía, la proporción en que se intercambia por otras mercancías, está determinado por sus costes de producción. Las estafas dentro de la clase capitalista se compensan, por lo tanto, necesariamente. El mejoramiento de la maquinaria, la nueva aplicación de fuerzas naturales al servicio de la producción, capacitan para crear, en un tiempo de trabajo dado, con la misma suma de trabajo y capital, una masa mayor de productos, pero de ningún modo una masa mayor de valores de cambio. Si mediante el empleo de la máquina de hilar puedo suministrar en una hora dos veces más hilado que antes de su invención, por ejemplo, 100 libras en lugar de 50, no obtengo a cambio por estas 100 libras más mercancías que antes por 50, porque los costes de producción han caído a la mitad, o porque puedo suministrar el doble de producto con los mismos costes.

Finalmente, en cualquier proporción en que la clase capitalista, la burguesía, sea de un país o del mercado mundial, distribuya entre sí el rendimiento neto de la producción, la suma total de este rendimiento neto es cada vez solo la suma en que el trabajo acumulado ha sido incrementado, en términos generales, por el trabajo vivo. Esta suma total crece, pues, en la proporción en que el trabajo incrementa el capital, es decir, en la proporción en que el beneficio aumenta frente al salario.

Vemos, pues, que incluso si nos mantenemos dentro de la relación entre capital y trabajo asalariado, los intereses del capital y los intereses del trabajo asalariado se contraponen directamente.

Un rápido aumento del capital equivale a un rápido aumento del beneficio. El beneficio solo puede aumentar rápidamente si el valor de cambio del trabajo, si el salario relativo disminuye con igual rapidez. El salario relativo puede bajar, aunque el salario real suba al mismo tiempo que el salario nominal, que el valor monetario del trabajo, pero siempre que no suba en la misma proporción que el beneficio. Si, por ejemplo, en tiempos de buenos negocios el salario sube un 5 por ciento, pero el beneficio un 30 por ciento, el salario proporcional, el relativo, no ha aumentado, sino disminuido.

Si, por tanto, el ingreso del obrero aumenta con el rápido crecimiento del capital, simultáneamente aumenta el abismo social que separa al obrero del capitalista, simultáneamente aumenta el poder del capital sobre el trabajo, la dependencia del trabajo respecto del capital.

Decir que el obrero tiene interés en el rápido crecimiento del capital solo significa: cuanto más rápidamente incrementa el obrero la riqueza ajena, tanto más gordas son las migajas que le caen, tantos más obreros pueden ser ocupados y llamados a la vida, tanto más puede aumentarse la masa de los esclavos dependientes del capital.

Hemos visto, pues:

Incluso la situación más favorable para la clase obrera, el crecimiento más rápido posible del capital, por mucho que pueda mejorar la vida material del obrero, no suprime la oposición entre sus intereses y los intereses burgueses, los intereses del capitalista. Beneficio y salario siguen, como antes, en relación inversa.

Si el capital crece rápidamente, el salario puede subir; el beneficio del capital sube de manera desproporcionadamente más rápida. La situación material del obrero ha mejorado, pero a costa de su situación social. El abismo social que lo separa del capitalista se ha ensanchado.

Finalmente:

La condición más favorable para el trabajo asalariado es el crecimiento más rápido posible del capital productivo, esto solo significa: cuanto más rápidamente la clase obrera incrementa y agranda el poder que le es hostil, la riqueza ajena que la domina, bajo condiciones tanto más favorables se le permite trabajar de nuevo en el aumento de la riqueza burguesa, en la ampliación del poder del capital, contenta de forjarse ella misma las cadenas de oro con las que la burguesía la arrastra tras de sí.

[„Neue Rheinische Zeitung“
Núm. 269 del 11 de abril de 1849]

* Colonia, 10 de abril. ¿Están realmente unidos de manera tan inseparable el crecimiento del capital productivo y el aumento del salario, como afirman los economistas burgueses? No debemos creerles en su palabra. Ni siquiera debemos creerles que cuanto más gordo está el capital, mejor cebado está su esclavo. La burguesía es demasiado ilustrada, calcula demasiado bien, para compartir los prejuicios del feudal que hace ostentación del brillo de su servidumbre. Las condiciones de existencia de la burguesía la obligan a calcular.

Tendremos, pues, que investigar más de cerca:

¿Cómo actúa el crecimiento del capital productivo sobre el salario?

Si el capital productivo de la sociedad burguesa crece en términos generales, tiene lugar una acumulación de trabajo más variada. Los capitales aumentan en número y en magnitud. La multiplicación de los capitales aumenta la competencia entre los capitalistas. La creciente magnitud de los capitales proporciona los medios de conducir al campo de batalla industrial ejércitos obreros más poderosos con instrumentos de guerra gigantescos.

Un capitalista solo puede derrotar al otro y conquistar su capital vendiendo más barato. Para poder vender más barato sin arruinarse, debe producir más barato, es decir, aumentar al máximo la fuerza productiva del trabajo. Pero la fuerza productiva del trabajo se aumenta sobre todo mediante una mayor división del trabajo, mediante una introducción más generalizada y un constante mejoramiento de la maquinaria. Cuanto mayor es el ejército obrero entre el que se divide el trabajo, cuanto más gigantesca es la escala en que se introduce la maquinaria, tanto más disminuyen proporcionalmente los costes de producción, tanto más fecundo se vuelve el trabajo. Surge, por tanto, una competencia general entre los capitalistas por aumentar la división del trabajo y la maquinaria y explotarlas en la mayor escala posible.

Ahora bien, si un capitalista, mediante una mayor división del trabajo, mediante la aplicación y el mejoramiento de nuevas máquinas, mediante una explotación más ventajosa y masiva de las fuerzas naturales, ha hallado el medio de crear, con la misma suma de trabajo o de trabajo acumulado, una suma mayor de productos, de mercancías, que sus competidores, si, por ejemplo, en el mismo tiempo de trabajo en que sus competidores tejen media vara de lienzo, él puede producir una vara entera, ¿cómo operará este capitalista?

Podría continuar vendiendo media vara de lienzo al precio de mercado anterior, pero esto no sería un medio para derrotar a sus adversarios y ampliar su propia salida. Pero a medida que su producción se ha expandido, se ha expandido para él la necesidad de salida. Los medios de producción más poderosos y costosos que ha puesto en marcha le capacitan, ciertamente, para vender sus mercancías más baratas, pero le obligan al mismo tiempo a vender más mercancías, a conquistar un mercado incomparablemente mayor para sus mercancías; nuestro capitalista venderá, pues, la media vara de lienzo más barata que sus competidores.

Pero el capitalista no venderá la vara entera tan barata como sus competidores venden la media vara, aunque la producción de la vara entera no le cueste más que a los otros la de la media. De lo contrario, no ganaría nada, sino que solo recuperaría los costes de producción en el intercambio. Su eventual mayor ingreso provendría, por tanto, de que ha puesto en movimiento un capital más elevado, pero no de que haya valorizado su capital en mayor medida que los otros. Además, alcanza el fin que persigue si fija el precio de su mercancía solo un poco por ciento por debajo del de sus competidores. Los derrota, les arrebata al menos una parte de su salida, al vender más barato que ellos. Y, por último, recordemos que el precio corriente está siempre por encima o por debajo de los costes de producción, según que la venta de una mercancía caiga en la estación favorable o desfavorable de la industria. Según que el precio de mercado de la vara de lienzo esté por debajo o por encima de sus costes de producción habituales hasta entonces, variarán los porcentajes en que el capitalista que ha empleado nuevos medios de producción más fecundos vende por encima de sus costes de producción reales.

Pero el privilegio de nuestro capitalista no es de larga duración; otros capitalistas competidores introducen las mismas máquinas, la misma división del trabajo, las introducen en la misma o en mayor escala, y esta introducción se generalizará hasta que el precio del lienzo quede reducido no solo por debajo de sus antiguos costes de producción, sino por debajo de sus nuevos costes de producción.

Los capitalistas se encuentran, pues, recíprocamente en la misma situación en que se hallaban antes de la introducción de los nuevos medios de producción, y si con estos medios pueden suministrar el doble de producto al mismo precio, ahora se ven forzados a suministrar el doble de producto por debajo del antiguo precio. Sobre la base de estos nuevos costes de producción, vuelve a empezar el mismo juego. Más división del trabajo, más maquinaria, mayor escala en que se explotan la división del trabajo y la maquinaria. Y la competencia provoca de nuevo la misma reacción contra este resultado.

Vemos cómo el modo de producción, los medios de producción son constantemente subvertidos, revolucionados, cómo la división del trabajo acarrea forzosamente una división mayor del trabajo, la aplicación de la maquinaria una aplicación mayor de la maquinaria, el trabajo en gran escala un trabajo en escala aún mayor.

Esta es la ley que arroja incesantemente a la producción burguesa fuera de su viejo carril y obliga al capital a poner en tensión las fuerzas productivas del trabajo, porque las ha puesto en tensión, la ley que no le concede ningún reposo y le susurra constantemente: ¡Marche! ¡Marche!

No es esta otra ley que la que, dentro de las fluctuaciones de las épocas comerciales, iguala necesariamente el precio de una mercancía a sus costes de producción.

Por poderosos que sean los medios de producción que un capitalista lance al campo de batalla, la competencia generalizará esos medios de producción, y desde el momento en que los ha generalizado, el único resultado de la mayor fecundidad de su capital consiste en que ahora se ve obligado a suministrar por el mismo precio 10, 20, 100 veces más que antes. Pero como para compensar con la mayor masa de producto vendido el precio de venta más bajo, tal vez tenga que colocar 1000 veces más, pues ahora se necesita una venta masiva no solo para ganar, sino para reponer los costos de producción —el propio instrumento de producción, como hemos visto, se encarece cada vez más—, y como esta venta masiva se ha convertido en una cuestión de vida o muerte no solo para él, sino también para sus rivales, la vieja lucha recomienza con tanta mayor violencia cuanto más fecundos son los medios de producción ya inventados. La división del trabajo y la aplicación de la maquinaria se reemprenderán, pues, en una escala incomparablemente mayor.

Cualquiera que sea el poder de los medios de producción empleados, la competencia procura arrebatar al capital los frutos de oro de ese poder, haciendo que el precio de la mercancía se reduzca a los costos de producción; es decir, que en la misma medida en que se puede producir más barato —o sea, en que se puede producir más con la misma suma de trabajo—, convierte en ley imperiosa la producción más barata, el suministro más masivo por el antiguo precio. Así, por sus propios esfuerzos, el capitalista no habría ganado nada más que la obligación de suministrar más en el mismo tiempo de trabajo, en una palabra, condiciones más difíciles para la valorización de su capital. Mientras la competencia le acosa, pues, constantemente con su ley de los costos de producción, y cada arma que él forja contra sus rivales se vuelve contra él mismo, el capitalista procura burlar a la competencia introduciendo sin descanso, en lugar de las viejas, nuevas máquinas y nuevas divisiones del trabajo, ciertamente más costosas, pero que producen más barato, y no aguarda a que la competencia haya anticuado las nuevas.

Figurémonos ahora esta agitación febril en todo el mercado mundial, y se comprenderá cómo el crecimiento, la acumulación y la concentración del capital traen consigo una división del trabajo, una aplicación de nueva maquinaria y un perfeccionamiento de la vieja, ininterrumpidos, que se precipitan sin cesar y se realizan en una escala cada vez más gigantesca.

Pero, ¿cómo influyen estas circunstancias, inseparables del crecimiento del capital productivo, en la determinación del salario?

Cuanto mayor es la división del trabajo, tanto más capacita a un obrero para realizar el trabajo de 5, 10, 20; multiplica, pues, la competencia entre los obreros por cinco, por diez, por veinte. Los obreros no solo se hacen competencia al venderse uno más barato que otro; se hacen competencia al realizar uno el trabajo de 5, 10, 20, y la división del trabajo, introducida y cada vez más extendida por el capital, obliga a los obreros a hacerse este tipo de competencia.

Además: en la misma medida en que aumenta la división del trabajo, se simplifica el trabajo. La habilidad especial del obrero se vuelve algo sin valor. El obrero queda transformado en una fuerza productiva simple, monótona, que no necesita poner en juego ni fuerzas físicas ni intelectuales. Su trabajo se convierte en un trabajo accesible a todos. Por eso le asaltan competidores de todas partes, y recordamos además que cuanto más simple, cuanto más fácil de aprender es el trabajo, cuanto menos costos de producción se requieren para apropiárselo, tanto más baja el salario, pues, como el precio de cualquier otra mercancía, está determinado por los costos de producción.

Así, pues, en la misma medida en que el trabajo se vuelve menos satisfactorio, más repugnante, aumenta la competencia y disminuye el salario. El obrero procura mantener la masa de su salario trabajando más, bien sea trabajando más horas, bien sea suministrando más en la misma hora. Acuciado por la necesidad, aumenta así los funestos efectos de la división del trabajo. El resultado es: cuanto más trabaja, menos salario recibe, y por la sencilla razón de que en la misma medida hace competencia a sus compañeros de trabajo, convirtiéndolos a ellos en otros tantos competidores que se ofrecen en condiciones tan malas como él mismo, y de que, en última instancia, se hace competencia a sí mismo, a sí mismo como miembro de la clase obrera.

La maquinaria produce estos mismos efectos en una escala mucho mayor, al desplazar a los obreros calificados por no calificados, a los hombres por mujeres, a los adultos por niños; al arrojar masivamente a los obreros manuales al arroyo allí donde se introduce por primera vez, y al despedirlos en grupos más pequeños allí donde se la perfecciona, mejora o sustituye por máquinas más productivas. Más arriba hemos esbozado a grandes rasgos la guerra industrial que los capitalistas se hacen entre sí. Esta guerra tiene la particularidad de que las batallas se ganan menos por el reclutamiento que por el licenciamiento del ejército obrero. Los comandantes en jefe, los capitalistas, compiten entre sí por ver quién puede licenciar más soldados de la industria.

Los economistas nos cuentan, ciertamente, que los obreros que las máquinas dejan excedentes encuentran nuevas ramas de ocupación.

No se atreven a afirmar directamente que los mismos obreros que han sido despedidos encuentren cabida en nuevas ramas de trabajo. Los hechos claman demasiado fuerte contra esta mentira. En realidad, solo afirman que para otros sectores de la clase obrera, por ejemplo, para aquella parte de la joven generación obrera que ya estaba dispuesta a entrar en la rama industrial fenecida, se abrirán nuevos medios de ocupación. Esto, naturalmente, es un gran consuelo para los obreros caídos. A los señores capitalistas no les faltará carne y sangre frescas explotables, y dejarán que los muertos entierren a sus muertos. Esto es más un consuelo que los burgueses se dan a sí mismos que el que dan a los obreros. ¡Si toda la clase de los trabajadores asalariados fuese aniquilada por la maquinaria, qué terrible sería para el capital, que sin trabajo asalariado deja de ser capital!

Pero supongamos que los directamente desalojados del trabajo por la maquinaria, y toda aquella parte de la nueva generación que ya acechaba para entrar en ese servicio, encuentren una nueva ocupación. ¿Cree alguien que esta será tan bien pagada como la que se ha perdido? Esto contradiría todas las leyes de la economía. Hemos visto cómo la industria moderna trae consigo el sustituir constantemente un empleo más complejo, más elevado, por otro más simple, más subordinado.

¿Cómo podría, pues, una masa obrera arrojada de una rama industrial por la maquinaria encontrar refugio en otra, a no ser que esta esté peor pagada, que sea más baja?

Se ha citado como excepción a los obreros que trabajan en la fabricación de la maquinaria misma. Tan pronto como se requiera y consuma más maquinaria en la industria, las máquinas necesariamente habrán de aumentar, y por tanto la fabricación de máquinas y, consiguientemente, la ocupación de obreros en la fabricación de máquinas; y los obreros empleados en esta rama industrial serían obreros calificados, e incluso cultos.

Desde el año 1840, esta afirmación, ya antes solo medio verdadera, ha perdido toda apariencia, pues se han empleado máquinas cada vez más versátiles para fabricar máquinas, ni más ni menos que para fabricar hilado de algodón, y los obreros ocupados en las fábricas de máquinas, frente a máquinas sumamente artificiosas, solo podían ya representar el papel de máquinas sumamente simples.

Pero en lugar del hombre despedido por la máquina, ¡la fábrica ocupa tal vez a tres niños y una mujer! ¿Y no debía alcanzar el salario del hombre para los tres niños y la mujer? ¿No debía alcanzar el mínimo del salario para conservar y multiplicar la raza? ¿Qué prueba, pues, esta popular frase burguesa? Nada más que ahora se consumen cuatro veces más vidas obreras que antes para obtener el salario de una familia obrera.

Resumamos: Cuanto más crece el capital productivo, tanto más se extienden la división del trabajo y la aplicación de la maquinaria. Cuanto más se extienden la división del trabajo y la aplicación de la maquinaria, tanto más se extiende la competencia entre los obreros, tanto más se reduce su salario.

Y además, la clase obrera se recluta también de las capas superiores de la sociedad; una masa de pequeños industriales y de pequeños rentistas se precipita a ella, sin tener nada más urgente que hacer que alzar sus brazos junto a los brazos de los obreros. Así, el bosque de brazos extendidos hacia lo alto y reclamando trabajo se vuelve cada vez más denso, y los brazos mismos se vuelven cada vez más flacos.

Que el pequeño industrial no puede resistir la guerra en la que una de las primeras condiciones es producir en una escala cada vez mayor, es decir, ser precisamente un gran industrial y no uno pequeño, eso se entiende de suyo.

Que el interés del capital disminuye en la misma medida en que aumentan la masa y el número del capital, en que el capital crece, y que, por tanto, el pequeño rentista no puede ya vivir de su renta, por lo cual se lanza a la industria, contribuyendo así a engrosar las filas de los pequeños industriales y, con ello, de los candidatos al proletariado, todo esto no necesita seguramente de mayor explicación.

Finalmente, en la medida en que los capitalistas, forzados por el movimiento arriba descrito, se ven obligados a explotar en una escala mayor los gigantescos medios de producción ya existentes y a poner en movimiento para ello todos los resortes del crédito, en esa misma medida aumentan los terremotos en los que el mundo comercial solo se mantiene sacrificando una parte de la riqueza, de los productos e incluso de las fuerzas productivas a los dioses del mundo subterráneo; en una palabra, aumentan las crisis. Se vuelven más frecuentes y más violentas ya por el hecho de que, en la misma medida en que crece la masa de productos, y por tanto la necesidad de mercados más extensos, el mercado mundial se contrae cada vez más, quedando cada vez menos mercados por explotar, puesto que cada crisis precedente ha sometido al comercio mundial un mercado antes no conquistado o solo superficialmente explotado por el comercio. Pero el capital no vive solo del trabajo. Señor a un tiempo distinguido y bárbaro, arrastra consigo a la tumba los cadáveres de sus esclavos, hecatombes enteras de obreros que perecen en las crisis. Vemos, pues: si el capital crece rápidamente, la competencia entre los obreros crece con rapidez incomparablemente mayor, es decir, los medios de ocupación, los medios de vida de la clase obrera disminuyen proporcionalmente tanto más, y no obstante, el rápido crecimiento del capital es la condición más favorable para el trabajo asalariado.

(Continuará.)

Karl Marx

1 (1891) insertado: industriales -? (1891) insertado: nuevo

424

[Entrega de refugiados políticos]

["Neue Rheinische Zeitung" núm. 271
del 13 de abril de 1849, segunda edición]

* Colonia, 12 de abril. El gobierno prusiano ha probado ya, mediante la expedición de órdenes de busca y captura contra los llamados criminales políticos austriacos, alemanes y no alemanes, en particular contra Kossuth, Bem, Perczel y otros héroes húngaros, en qué estrecha conexión se halla la libertad constitucional prusiana con la justicia de estado de sitio imperial y real, que chorrea sangre. La entente cordiale[^1] entre Potsdam y Olmütz, a despecho de las cuestiones del emperador, cuestiones alemanas, cuestiones de Schleswig-Holstein y otras cuestiones, era un hecho cuya existencia sólo podía escapar a los topos literarios que se las dan de diplomáticos en la “Kölnische Zeitung” y otros órganos avisados. Pero que esta entente cordiale llegara incluso hasta la última bajeza, hasta la infamia de la entrega de refugiados políticos a los austriacos, eso nos lo tenía aún reservado nuestro glorioso ministerio.

Si Robert Blum hubiera escapado de Viena a Prusia, el gobierno prusiano lo habría entregado a sus verdugos.

Ha entregado a uno de los compañeros de lucha de Robert Blum, al cadete vienés Höcke, el 4 de abril de este año, a los sabuesos sanguinarios de la ley de estado de sitio austriaca. Léase el siguiente informe de la “Oberschlesische Lokomotive” de Ratibor, del 4 de abril:

“Ayer al mediodía llegó aquí, procedente de Breslau, bajo custodia policial y en carruaje especial, el cadete vienés Höcke, quien se había refugiado aquí algún tiempo atrás, acusado de alta traición por su participación en la revolución de octubre en Viena. Höcke había señalado en una carta a los suyos en Viena su domicilio aquí. Esta carta debió de haber corrido la suerte de muchas otras, es decir, en alguna

[^1]: El cordial entendimiento