La situación de Inglaterra. I. El siglo XVIII

El siglo XVIII

[„Vorwärts!” Nr. 70 del 31 de agosto de 1844]

Aparentemente, el siglo de la revolución ha pasado sobre Inglaterra sin grandes cambios. Mientras en el continente se hacía añicos todo un viejo mundo, mientras una guerra de veinticinco años purificaba la atmósfera, en Inglaterra todo permanecía en calma, ni el Estado ni la Iglesia se veían amenazados en modo alguno. Y sin embargo, Inglaterra ha experimentado, desde mediados del siglo pasado, una transformación mayor que cualquier otro país; una transformación que es tanto más preñada de consecuencias cuanto más silenciosamente se ha llevado a cabo, y que por ello, con toda probabilidad, alcanzará su meta en la práctica antes que la revolución política francesa o la revolución filosófica alemana. La revolución de Inglaterra es una revolución social, y por tanto más amplia y profunda que ninguna otra. No hay ámbito del conocimiento humano ni de las relaciones humanas de vida, por remoto que sea, que no haya contribuido a ella y no haya recibido, a su vez, de ella una posición transformada. La revolución social es la verdadera revolución, aquella en la que deben desembocar la revolución política y la filosófica; y esta revolución social está en marcha en Inglaterra desde hace setenta u ochenta años, y avanza ahora con pasos rápidos hacia su crisis.

El siglo XVIII fue la reunión, la recolección de la humanidad dispersa y fragmentada en que la había arrojado el cristianismo; el penúltimo paso hacia el autoconocimiento y la autoliberación de la humanidad, pero que, precisamente por ser el penúltimo, quedó todavía preso en la unilateralidad de la contradicción. El siglo XVIII resumió los resultados de la historia anterior, que hasta entonces sólo se habían presentado de manera aislada y bajo la forma de la casualidad, y desarrolló su necesidad y su íntima concatenación. Los innumerables y confusos datos del conocimiento, entremezclados al azar, fueron ordenados, separados y puestos en una relación de causalidad; el saber se convirtió en ciencia, y las ciencias se aproximaron a su acabamiento, es decir, se vincularon por un lado a la filosofía y por otro a la práctica. Antes del siglo XVIII no había ciencia; el conocimiento de la naturaleza adoptó su forma científica sólo en el siglo XVIII o, en algunas ramas, unos años antes. Newton creó la astronomía científica mediante la ley de la gravitación, la óptica científica mediante la descomposición de la luz, la matemática científica mediante el teorema del binomio y la teoría del infinito, y la mecánica científica mediante el conocimiento de la naturaleza de las fuerzas. La física recibió asimismo en el siglo XVIII su carácter científico; la química no fue creada hasta Black, Lavoisier y Priestley; la geografía se elevó a ciencia mediante la determinación de la figura de la Tierra y los numerosos viajes emprendidos ahora, por fin, con provecho para la ciencia; de igual modo, la historia natural lo hizo mediante Buffon y Linneo; incluso la geología comenzó poco a poco a salir del torbellino de hipótesis fantásticas en que había degenerado. La idea de la enciclopedia fue característica del siglo XVIII; se basaba en la conciencia de que todas estas ciencias estaban relacionadas entre sí, pero no era aún capaz de establecer las transiciones, y por eso sólo podía yuxtaponerlas. Lo mismo en la historia: encontramos ahora por vez primera compilaciones voluminosas de historia universal, todavía sin crítica y, menos aún, sin filosofía, pero historia universal, en lugar de los fragmentos históricos, limitados en el espacio y en el tiempo, que se hacían antes. La política se situó sobre una base humana, y la economía política fue reformada por Adam Smith. La cima de la ciencia del siglo XVIII fue el materialismo, el primer sistema de filosofía de la naturaleza y la consecuencia de aquel acabamiento de las ciencias naturales. La lucha contra la subjetividad abstracta del cristianismo empujó a la filosofía del siglo XVIII hacia la unilateralidad opuesta: frente a la subjetividad se puso la objetividad, frente al espíritu la naturaleza, frente al espiritualismo el materialismo, frente al individuo abstracto lo universal abstracto, la sustancia. El siglo XVIII fue la reviviscencia del espíritu antiguo frente al espíritu cristiano; el materialismo y la república, la filosofía y la política del mundo antiguo, resurgieron, y los franceses, representantes del principio antiguo dentro del cristianismo, se adueñaron por algún tiempo de la iniciativa histórica.

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Así pues, el siglo XVIII no resolvió la gran oposición que ocupa a la historia desde un principio y cuyo desarrollo constituye la historia, la oposición entre sustancia y sujeto, naturaleza y espíritu, necesidad y libertad; pero situó a los dos lados de la oposición uno frente al otro en toda su aspereza y plenamente desarrollados, haciendo con ello necesaria su superación. La consecuencia de este claro y último desarrollo de la oposición fue la revolución general que se repartió entre las distintas nacionalidades y cuyo próximo acabamiento será, a la vez, la solución de la oposición de la historia anterior. Los alemanes, el pueblo cristiano-espiritualista, vivieron una revolución filosófica; los franceses, el pueblo antiguo-materialista y, por lo mismo, político, tuvieron que realizar la revolución por vía política; los ingleses, cuya nacionalidad es una mezcla de elementos alemanes y franceses, y que, por tanto, llevan en sí ambos lados de la oposición y son, por ello, más universales que cada uno de los dos factores por separado, se vieron arrastrados a una revolución más universal, a una revolución social. — Esto exigirá una exposición más detallada, ya que la posición de las nacionalidades, al menos para la época moderna, ha sido tratada hasta ahora en nuestra filosofía de la historia de modo muy insuficiente o, más bien, no ha sido tratada en absoluto.

Me parece lícito dar por supuesto que Alemania, Francia e Inglaterra son los tres países rectores de la historia presente; que los alemanes representan el principio cristiano-espiritualista y los franceses el principio antiguo-materialista; en otras palabras, que aquellos representan la religión y la Iglesia, y éstos la política y el Estado, es igualmente evidente, o se hará evidente llegado el momento; la significación de los ingleses en la historia moderna es menos llamativa a primera vista y, para nuestro propósito actual, es a la vez la más importante. La nación inglesa se formó a partir de germanos y romanos en una época en que ambas naciones acababan de separarse y apenas habían comenzado su desarrollo hacia los dos lados de la oposición. Los elementos germánicos y románicos se desarrollaron uno al lado del otro y terminaron por constituir una nacionalidad que lleva en sí, sin mediación, ambas unilateralidades. El idealismo germánico conservó tanto libre juego que pudo incluso invertirse en su contrario, la exterioridad abstracta; la venalidad legal de mujeres y niños, y el espíritu comercial de los ingleses en general, debe imputarse decididamente a la cuenta del elemento germánico. De igual modo, el materialismo románico se invirtió en idealismo abstracto, interioridad y religiosidad; de ahí el fenómeno de la perduración del catolicismo románico dentro del protestantismo germánico, la iglesia estatal, el papado de los príncipes y la manera enteramente católica de despachar la religión con formalismos. El carácter de la nacionalidad inglesa es la contradicción no resuelta, la unión de los contrastes más abruptos. Los ingleses son el pueblo más religioso del mundo y, al mismo tiempo, el más irreligioso; se preocupan más que ninguna otra nación por el más allá, y sin embargo viven como si el más acá fuera su único y total interés; su perspectiva del cielo no les impide creer con igual firmeza en el «infierno de no ganar dinero». De ahí la eterna inquietud interna de los ingleses, que es el sentimiento de la incapacidad para resolver la contradicción y los empuja fuera de sí mismos hacia la actividad. El sentimiento de la contradicción es la fuente de la energía, pero de una energía que meramente se enajena, y este sentimiento de la contradicción fue la fuente de la colonización, de la navegación, de la industria y, en general, de la inmensa actividad práctica de los ingleses. La incapacidad para resolver la contradicción atraviesa toda la filosofía inglesa y la empuja al empirismo y al escepticismo. Porque Bacon no pudo con su razón resolver la contradicción entre idealismo y realismo, la razón en general debía ser incapaz de ello, se rechazó sin más el idealismo y se vio en el empirismo el único medio de salvación. De la misma fuente brota la crítica de la facultad cognoscitiva y, en general, la orientación psicológica en la que la filosofía inglesa se ha movido exclusivamente desde un principio, y que, al fin, después de todas las vanas tentativas de resolver la contradicción, la declara insoluble, insuficiente la razón, y busca salvación, o bien en la fe religiosa, o bien en el empirismo. El escepticismo humeano es, todavía hoy, la forma de todo filosofar irreligioso en Inglaterra. No podemos saber, razona este modo de ver, si existe un dios; si existe alguno, le es imposible toda comunicación con nosotros, y por tanto hemos de disponer nuestra práctica como si no existiera ninguno. No podemos saber si el espíritu es distinto del cuerpo y si es inmortal; vivimos, pues, como si esta vida fuera la única, y no nos atormentamos con cosas que superan nuestro entendimiento. En suma, la práctica de este escepticismo es exactamente el materialismo francés; pero en la teoría metafísica se estanca en la incapacidad de decidir de manera definitiva. — Precisamente porque los ingleses llevaban en sí ambos elementos que en el continente desarrollaron la historia, eran capaces, incluso sin mucho contacto con el continente, de mantenerse sin embargo al paso del movimiento y a veces incluso de adelantarse a él. La revolución inglesa del siglo XVII es exactamente el modelo de la revolución francesa de 1789. En el Parlamento largo, que encierra en sí los gérmenes de todo el desarrollo de la revolución inglesa, se distinguen fácilmente los tres grados que en Francia aparecieron sucesivamente y uno tras otro en la Asamblea constituyente, en la legislativa y en la Convención: el elemento monárquico-constitucional, el democrático-republicano y, por fin, el elemento del terror. La caída de la monarquía constitucional se enuncia en Inglaterra con el choque de los independientes y los presbiterianos, y se consuma con la ejecución de Carlos I; después, la soberanía popular en la república de la Cámara baja y, más tarde, en el protectorado, conduce por sí misma al más tremendo terror, que encuentra su forma clásica en la dictadura militar de Cromwell, pero al mismo tiempo conduce directamente a su propia negación, a la restauración. El terror francés no fue, pues, sino una imitación plebeya, a la manera del terror de Cromwell, del terror inglés. Lo mismo ocurrió con las demás fases: la licencia de la restauración en Inglaterra encuentra su contrapartida exacta en el Directorio, y la revolución de 1688 en el golpe de Estado del 18 brumario. Incluso la solución de la gran cuestión de la revolución: la conexión de los intereses de las tres clases dominantes, los grandes terratenientes, la aristocracia del dinero y la burguesía industrial, bajo la hegemonía de los primeros, es la misma en ambas, de modo que incluso la política comercial y financiera posterior de Inglaterra y de Francia es exactamente la misma y puede representarse, en los nombres, recíprocamente. Donde los ingleses fueron conquistas coloniales, guerra de comercio y guerras de coalición, los franceses fueron conquistas continentales, sistema de bloqueo continental y guerras de conquista. La diferencia está sólo en que la revolución política concluye en Inglaterra con una especie de acuerdo entre las tres clases dominantes y, con ello, con un desarrollo más reposado de la influencia industrial, mientras que la revolución francesa, que se realizó sin que la burguesía alcanzara la plena hegemonía, tuvo que proseguir y proseguirá su crisis hasta la consumación de la revolución social.

Tal es la posición de Inglaterra en la historia moderna. Y esta historia moderna, que es la historia de la civilización, aparece bajo una luz muy distinta a la de la historia anterior. Esta fue exclusivamente local y tuvo que repetir en cada localidad los mismos desarrollos desde el principio; por ello las épocas corrían paralelas, con las correspondientes diferencias entre cada pueblo, y no hay que maravillarse de que a los griegos, por ejemplo, se les atribuyan, junto a sus creaciones propias, todos los inventos de que luego se sirvió la Edad Media: la brújula, la pólvora, la imprenta, la letra de cambio, etc. En la historia moderna ocurre lo contrario: las creaciones se comunican rápidamente a todos los países, la individualidad nacional se desvanece cada vez más, y en lugar del francés, el alemán y el inglés, se forma un tipo universal que es el proletario. Con ello, la historia universal se convierte en un hecho real, en lugar de ser una mera suma de historias locales.

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El siglo XVIII no resolvió, pues, la gran oposición que ocupa a la historia desde un principio y cuyo desarrollo constituye la historia, la oposición entre sustancia y sujeto, naturaleza y espíritu, necesidad y libertad; pero situó a los dos lados de la oposición uno frente al otro en toda su aspereza y plenamente desarrollados, haciendo con ello necesaria su superación. La consecuencia de este claro y último desarrollo de la oposición fue la revolución general que se repartió entre las distintas nacionalidades y cuyo próximo acabamiento será, a la vez, la solución de la oposición de la historia anterior. Los alemanes, el pueblo cristiano-espiritualista, vivieron una revolución filosófica; los franceses, el pueblo antiguo-materialista y, por lo mismo, político, tuvieron que realizar la revolución por vía política; los ingleses, cuya nacionalidad es una mezcla de elementos alemanes y franceses, y que, por tanto, llevan en sí ambos lados de la oposición y son, por ello, más universales que cada uno de los dos factores por separado, se vieron arrastrados a una revolución más universal, a una revolución social. — Esto exigirá una exposición más detallada, ya que la posición de las nacionalidades, al menos para la época moderna, ha sido tratada hasta ahora en nuestra filosofía de la historia de modo muy insuficiente o, más bien, no ha sido tratada en absoluto.

de la francesa de 1789. En el «Parlamento Largo» es fácil distinguir las tres etapas que en Francia se presentaron como Asamblea constituyente, Asamblea legislativa y Convención Nacional; el tránsito de la monarquía constitucional a la democracia, el despotismo militar, la restauración y la revolución del justo medio están netamente perfilados en la revolución inglesa. Cromwell es Robespierre y Napoleón en una sola persona; a la Gironda, la Montaña y los hebertistas y babouvistas corresponden los presbiterianos, los independientes y los levellers; el resultado político es en ambos casos bastante lamentable, y todo el paralelo, que aún podría trazarse con mucha mayor precisión, demuestra de paso también que la revolución religiosa y la irreligiosa, mientras permanecen políticas, vienen a parar, al fin, en lo mismo. Ciertamente, esta precedencia de los ingleses respecto al continente sólo fue momentánea y fue nivelándose poco a poco; la revolución inglesa terminó en el justo medio y en la creación de los dos partidos nacionales, mientras que la francesa aún no está terminada ni puede terminar antes de haber llegado al mismo resultado al que aún han de llegar la revolución filosófica alemana y la revolución social inglesa.

El carácter nacional inglés es esencialmente distinto tanto del alemán como del francés; la desesperación de suprimir la contraposición y la entrega total a la empiria que de ella se sigue le son propias. También el puro germanismo transformó su abstracta interioridad en abstracta exterioridad, pero esta exterioridad jamás perdió la huella de su origen y permaneció siempre subordinada a la interioridad y al espiritualismo. También los franceses se sitúan del lado material, empírico; pero, como esta empiria es una orientación nacional inmediata y no una consecuencia secundaria de una conciencia nacional escindida en sí misma, se impone de manera nacional, general, y se manifiesta como actividad política. El alemán afirmó la absoluta legitimidad del espiritualismo y, por eso, buscó desarrollar los intereses generales de la humanidad en la religión primero y después en la filosofía. El francés opuso a este espiritualismo el materialismo como absolutamente legítimo y, en consecuencia, tomó al Estado como la forma eterna de esos intereses. El inglés, en cambio, no tiene intereses generales, no puede hablar de ellos sin tocar el punto sensible, la contradicción, desespera de ellos y sólo tiene intereses particulares. Esta subjetividad absoluta, la desintegración de lo general en los muchos individuos particulares, es, ciertamente, de origen germánico; pero, como se ha dicho, separada de su raíz y, por tanto, eficaz de un modo meramente empírico, y

es precisamente lo que distingue la empiria social inglesa de la empiria política francesa. La actividad de Francia fue siempre nacional, consciente desde un principio de su totalidad y generalidad; la actividad de Inglaterra fue el trabajo de individuos independientes que estaban unos al lado de otros, el movimiento de átomos desligados, que rara vez, y entonces sólo por interés individual, actuaban conjuntamente como un todo, y cuya carencia de unidad sale ahora mismo a la luz en la miseria general y en la total desintegración.

Dicho de otro modo, sólo Inglaterra tiene una historia social. Sólo en Inglaterra los individuos como tales, sin representar conscientemente principios generales, han impulsado el desarrollo nacional y lo han acercado a su culminación. Sólo aquí ha actuado la masa en cuanto masa, por sus propios intereses particulares; sólo aquí los principios se han transformado en intereses antes de poder influir en la historia. También franceses y alemanes llegan paulatinamente a la historia social, pero aún no la tienen. También en el continente ha habido pobreza, miseria y opresión social, pero eso quedó sin efecto sobre el desarrollo nacional; en cambio, la miseria y la pobreza de la clase obrera de la Inglaterra actual tienen un significado nacional y, más aún, histórico‑universal. En el continente el momento social está aún enteramente bajo el político, mientras que en Inglaterra el momento político ha sido superado poco a poco por el social y se ha convertido en su servidor. Toda la política inglesa es en el fondo de naturaleza social, y sólo porque Inglaterra aún no ha superado el Estado, porque la política es para ella un expediente, precisamente por eso las cuestiones sociales se manifiestan en forma política.

Mientras el Estado y la Iglesia sean las únicas formas en que se realizan las determinaciones generales de la esencia humana, no se puede hablar de historia social. Por eso la Antigüedad y la Edad Media tampoco pudieron presentar un desarrollo social; sólo la Reforma, el primer intento, aún tímido y sordo, de reacción contra la Edad Media, produjo un vuelco social, la transformación de los siervos en trabajadores «libres». Pero también este vuelco quedó sin mucha repercusión duradera en el continente; más bien no se impuso aquí hasta la revolución del siglo XVIII, mientras que en Inglaterra, con la Reforma, la casta de los siervos de la gleba se transformó en villanos, bordarios y cottars, es decir, en una clase de trabajadores personalmente libres, y el siglo XVIII desarrollaba ya en este país las consecuencias de esa revolución. Por qué esto sólo ocurrió en Inglaterra ha sido expuesto antes.

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[«Vorwärts!» n.º 71, del 4 de septiembre de 1844]

La Antigüedad, que aún no sabía nada del derecho del sujeto, cuya entera concepción del mundo era esencialmente abstracta, general, sustancial, no podía por eso subsistir sin la esclavitud. El mundo cristiano‑germano opuso a la Antigüedad, como principio fundamental, la subjetividad abstracta y, por tanto, la arbitrariedad, la interioridad, el espiritualismo; pero esta subjetividad, precisamente por ser abstracta, unilateral, tenía que trocarse de inmediato en su contrario y, en lugar de la libertad del sujeto, generar la esclavitud del sujeto. La abstracta interioridad se convirtió en abstracta exterioridad, despojo y enajenación del hombre, y la primera consecuencia del nuevo principio fue la restauración de la esclavitud bajo otra figura menos chocante, pero por ello hipócrita y más inhumana: la servidumbre. La disolución del sistema feudal, la Reforma política, es decir, el reconocimiento aparente de la razón y, con ello, la real consumación de la sinrazón, suprimió aparentemente esa servidumbre, pero en la realidad sólo la hizo más inhumana y más general. Proclamó por primera vez que la humanidad debía mantenerse unida ya no por la coacción, es decir, por medios políticos, sino por el interés, es decir, por medios sociales, y con este nuevo principio puso la base para el movimiento social. Pero, aunque de este modo negaba al Estado, por otro lado lo restauró tanto más, al devolverle el contenido que hasta entonces había usurpado la Iglesia y conferir así al Estado, vacío y nulo durante la Edad Media, la fuerza de un nuevo desarrollo. De las ruinas del feudalismo surgió el Estado cristiano, la consumación del estado de cosas cristiano por el lado político; al elevar el interés a la categoría de principio general, este estado de cosas cristiano se consumó por otro lado. Pues el interés es esencialmente subjetivo, egoísta, interés particular, y como tal el punto culminante del principio cristiano‑germano de la subjetividad y del aislamiento. La consecuencia de erigir el interés en vínculo de la humanidad, mientras el interés siga siendo precisamente inmediatamente subjetivo, simplemente egoísta, es necesariamente la desintegración general, la concentración de los individuos en sí mismos, el aislamiento, la transformación de la humanidad en un montón de átomos que se repelen mutuamente; y este aislamiento es, a su vez, la última consecuencia del principio cristiano de la subjetividad, la consumación del estado de cosas cristiano. ‑ Por otra parte, mientras subsista la enajenación fundamental, la propiedad privada, el interés tiene que ser necesariamente interés particular y su dominio tiene que manifestarse como el dominio de la propiedad. La disolución de la servidumbre feudal convirtió «el pago en efectivo en el único vínculo de la humanidad». La propiedad, el elemento natural, sin espíritu, que se contrapone al elemento humano, espiritual, es elevada así al trono y, en última instancia, para consumar esta enajenación, el dinero, la enajenada y vacía abstracción de la propiedad, es convertido en señor del mundo. El hombre ha dejado de ser esclavo del hombre y se ha convertido en esclavo de la cosa; la inversión de las relaciones humanas está consumada; la servidumbre del moderno mundo del tráfico, la venalidad desarrollada, perfecta, universal, es más inhumana y omniabarcante que la servidumbre de la gleba de la época feudal; ¡la prostitución es más inmoral, más bestial que el ius primae noctis!⁴⁰ — Más alto no puede ser llevado el estado de cosas cristiano; tiene que derrumbarse en sí mismo y dejar sitio a un estado humano, racional. El Estado cristiano no es más que la última forma posible de manifestarse el Estado en general; con su caída tiene que caer el Estado como tal. La disolución de la humanidad en una masa de átomos aislados que se repelen mutuamente es ya de por sí la aniquilación de todos los intereses corporativos, nacionales y, en general, particulares, y la última etapa necesaria para la libre autoasociación de la humanidad. La consumación de la enajenación en el dominio del dinero es un paso inevitable si el hombre, como está ahora muy cerca de hacerlo, ha de volver a encontrarse a sí mismo.

La revolución social en Inglaterra ha desarrollado estas consecuencias de la supresión del sistema feudal hasta tal extremo que la crisis que aniquilará el estado de cosas cristiano no puede estar ya lejos, y que incluso es posible predecir con certeza cualitativa, ya que no en años y cuantitativamente, la época de esa crisis; esta crisis tiene que producirse tan pronto como se supriman las leyes cerealeras y se introduzca la Carta del Pueblo, es decir, tan pronto como la aristocracia nobiliaria sea vencida políticamente por la aristocracia del dinero y ésta por la democracia trabajadora.

Los siglos XVI y XVII habían puesto en movimiento todas las premisas de la revolución social: disuelto la Edad Media, establecido el protestantismo social, político y religioso, creado las colonias, el poder marítimo y el comercio de Inglaterra y colocado junto a la aristocracia a una clase media creciente y ya bastante poderosa. Las relaciones sociales se asentaron paulatinamente después de las conmociones del siglo XVII y adoptaron una

configuración fija, que mantuvieron hasta alrededor de 1780 o 1790.

⁴⁰ Derecho de la primera noche.

Había entonces tres clases de terratenientes: los landlords nobles, todavía la única e indiscutida aristocracia del reino, que arrendaban sus tierras en parcelas y consumían las rentas en Londres o en viajes; los landlords no nobles o country gentlemen (llamados comúnmente squires), que vivían en sus fincas de campo, arrendaban sus tierras, y que, a cambio de la distinción aristocrática que en las ciudades se les negaba por su bajo nacimiento, su falta de cultura y su naturaleza tosca y rústica, la gozaban por parte de sus arrendatarios y de los demás habitantes de la comarca. Esta clase ha desaparecido ahora por completo. Los viejos squires, que con autoridad patriarcal dominaban entre los campesinos de la vecindad, que eran consejeros, árbitros y todo en todo, se han extinguido por completo; sus descendientes se llaman la aristocracia sin título de Inglaterra, compiten con la nobleza en cultura y maneras refinadas, en gasto y porte aristocrático —nobleza que poco más tiene ya de ventaja sobre ellos— y sólo comparten con sus antepasados toscos y groseros la propiedad de la tierra. — La tercera clase de terratenientes eran los yeomen, propietarios de pequeñas parcelas que ellos mismos cultivaban, por lo común al buen modo viejo y descuidado de sus antepasados; también esta clase ha desaparecido de Inglaterra: la revolución social los ha expropiado y ha producido el curioso fenómeno de que, al mismo tiempo que en Francia la gran propiedad territorial era violentamente parcelada, en Inglaterra las parcelas eran atraídas y devoradas por la gran propiedad territorial. Junto a los yeomen estaban los pequeños arrendatarios, que por lo general, además de la labranza, practicaban el tejido; tampoco se encuentran ya en la Inglaterra actual; casi toda la tierra está ahora dividida en pocas y grandes fincas y arrendada de ese modo. La competencia de los grandes arrendatarios expulsó del mercado a los pequeños arrendatarios y yeomen y los empobreció; se convirtieron en jornaleros agrícolas y tejedores dependientes del salario, suministrando las masas con cuyo aflujo se acrecentaban las ciudades con tan prodigiosa rapidez.

Los campesinos llevaban, pues, en aquel tiempo una vida tranquila y apacible, con toda piedad y honestidad; vivían sin muchas preocupaciones, pero también sin movimiento, sin interés general, sin cultura, sin actividad espiritual; se hallaban aún en el estadio prehistórico. La situación de las ciudades no era muy diferente: sólo Londres era una plaza comercial importante; Liverpool, Hull, Bristol, Manchester, Birmingham, Leeds, Glasgow no eran dignas de mención. Las principales ramas industriales, el hilado y el tejido, se ejercían en su mayor parte en el campo y, al menos, fuera de las ciudades, en los alrededores; la fabricación de artículos de metal y de alfarería se hallaba todavía en el estadio artesanal de desarrollo; ¿qué podía, pues, ocurrir mucho en las ciudades? La insuperable sencillez del sistema electoral eximía a los ciudadanos de toda preocupación política; nominalmente se era whig o tory, pero se sabía muy bien que, en el fondo, eso era indiferente, ya que no se tenía derecho de voto; la entera ciudadanía se componía de pequeños comerciantes, tenderos y artesanos, que llevaban la conocida vida de pequeña ciudad, ahora tan incomprensible para el inglés actual. Las minas se explotaban poco aún; el hierro, el cobre y el estaño yacían bastante tranquilos en la tierra, y el carbón se utilizaba sólo para usos domésticos. En suma, Inglaterra se encontraba entonces en un estado en el que, por desgracia, se halla todavía la mayor parte de Francia y, sobre todo, de Alemania: en un estado de apatía antediluviana hacia todo interés general y espiritual, en la infancia social, en la que aún no hay sociedad, ni vida, ni conciencia, ni actividad. De facto, este estado es la continuación del feudalismo y de la irreflexión medieval, y sólo se supera con el surgimiento del feudalismo moderno, con la escisión de la sociedad en poseedores y desposeídos. Nosotros, en el continente, como se ha dicho, estamos aún profundamente hundidos en este estado; los ingleses lo han combatido durante ochenta años y lo han superado desde hace cuarenta. Si la civilización es una cosa de la praxis, una cualidad social, entonces los ingleses son ciertamente el pueblo más civilizado del mundo.

Dije antes que en el siglo XVIII las ciencias adoptaron su forma científica y, en consecuencia, se vincularon, por un lado, con la filosofía, y, por otro, con la praxis. El resultado de su vinculación con la filosofía fue el materialismo (que tiene como presupuesto tanto a Newton como a Locke), la Ilustración y la revolución política francesa. El resultado de su vinculación con la praxis fue la revolución social inglesa.

En 1760 llegó Jorge III al gobierno, expulsó a los whigs, que desde Jorge I habían estado en el ministerio casi ininterrumpidamente (aunque, por supuesto, habían gobernado de manera enteramente conservadora), y puso la base del monopolio tory que duró hasta 1830. De este modo, el gobierno recobró su verdad interior; en una época políticamente conservadora de Inglaterra era perfectamente justo que gobernara el partido conservador. En adelante, el movimiento social absorbió las fuerzas de la nación y relegó, e incluso destruyó, el interés político, pues toda política interior no es a partir de ahora sino socialismo encubierto, la forma que adoptan las cuestiones sociales para poder imponerse de manera general y nacional.

En 1763, el doctor James Watt, de Greenock, empezó a ocuparse de la construcción de la máquina de vapor y la terminó en 1768.

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En 1763, Josiah Wedgwood, mediante la introducción de principios científicos, sentó las bases de la alfarería inglesa. Gracias a sus esfuerzos, una comarca desolada de Staffordshire se transformó en una región industrial —las Potteries—, que hoy ocupa a 60.000 personas y ha desempeñado un papel muy importante en el movimiento político-social de los últimos años.

1764: James Hargreaves, en Lancashire, inventó la spinning-jenny, una máquina que, manejada por un obrero, le capacitaba para hilar dieciséis veces más que con la vieja rueca.

1768: Richard Arkwright, un barbero de Preston, en Lancashire, inventó la spinning-throstle, la primera máquina de hilar que, desde el primer momento, estaba calculada para fuerza motriz mecánica. Producía water-twist, es decir, el hilo empleado como urdimbre en el tejido.

1776: Samuel Crompton, en Bolton, Lancashire, inventó la spinning-mule mediante la combinación de los principios mecánicos aplicados en la jenny y la throstle. La mule, como la jenny, hila el mule-twist, es decir, la trama del tejedor; las tres máquinas están destinadas a la elaboración del algodón.

1787: El doctor Cartwright inventó el telar mecánico, que, sin embargo, experimentó aún varias mejoras y no pudo aplicarse prácticamente hasta 1801.

Estos inventos estimularon el movimiento social. Su consecuencia inmediata fue el surgimiento de la industria inglesa y, en primer lugar, de la elaboración del algodón. Ciertamente, la jenny había abaratado la producción del hilo y, mediante la consiguiente ampliación del mercado, había dado el primer impulso a la industria; pero dejó casi intacto el lado social, el modo de explotación industrial. Sólo las máquinas de Arkwright y Crompton y la máquina de vapor de Watt pusieron en marcha el movimiento, al crear el sistema fabril. Surgieron primero pequeñas fábricas movidas por caballos o por fuerza hidráulica, pero pronto fueron desplazadas por fábricas mayores, movidas por agua o vapor. La primera hilandería de vapor fue instalada en 1785 por Watt en Nottinghamshire; a ella siguieron otras, y en breve el nuevo sistema se generalizó. La expansión de la hilandería de vapor, al igual que todas las demás reformas industriales simultáneas y posteriores, avanzó con una rapidez prodigiosa. La importación de algodón en rama, que en 1770 era aún de menos de cinco millones de libras anuales, subió a 54 millones de libras (1800) y a 360 millones de libras en 1836. Entonces el telar de vapor llegó a la aplicación práctica y dio nuevo impulso al progreso industrial; todas las máquinas experimentaron innumerables pequeñas mejoras, muy significativas en su conjunto, y cada nueva mejora ejercía una influencia favorable sobre la expansión de todo el sistema industrial. Todas las ramas de la industria algodonera fueron revolucionadas; el estampado se elevó infinitamente mediante la aplicación de auxilios mecánicos y, al mismo tiempo, los progresos de la química elevaron el tinte y el blanqueo; la fabricación de géneros de punto fue arrastrada también por la corriente; desde 1809, artículos finos de algodón, tul, encajes, etc., se hicieron a máquina. Me falta aquí espacio para seguir el progreso de la fabricación del algodón a través de los detalles de su historia; sólo puedo dar el resultado, y éste no dejará de causar impresión frente a la industria antediluviana, con sus 4 millones de libras de importación de algodón, su rueca, su carda a mano y su telar manual.

En 1833 se hilaron en el Imperio británico 10.264 millones de madejas de hilo, cuya longitud suma más de 5.000 millones de millas, y se estamparon 350 millones de varas de tejidos de algodón; estaban en actividad 1.300 fábricas de algodón, en las que trabajaban 237.000 hilanderos y tejedores; en servicio había más de 9 millones de husos, 100.000 telares de vapor y 240.000 telares manuales, 33.000 telares de calcetería y 3.500 telares de bobbinet; 33.000 caballos de vapor y 11.000 caballos de agua movían máquinas para la elaboración del algodón, y un millón y medio de personas vivían directa o indirectamente de esta rama industrial. Lancashire se alimenta exclusivamente, Lanarkshire en gran parte, del hilado y tejido del algodón; Nottinghamshire, Derbyshire y Leicestershire son los principales asientos de las ramas subordinadas de la industria algodonera. La cantidad de artículos de algodón exportados se ha octuplicado desde 1801; la masa de los consumidos en el propio país ha aumentado mucho más aún.

[»Vorwärts!«, núm. 72, 7 de septiembre de 1844]

El impulso dado a la fabricación de algodón se comunicó pronto a las demás ramas industriales. La industria lanera había sido hasta entonces la principal rama de actividad; ahora fue relegada por el algodón, pero en vez de disminuir, también se expandió. En 1785, toda la lana acumulada en tres años yacía sin elaborar; los hilanderos no podían transformarla mientras seguían con su tosca rueca. Entonces se empezó a aplicar las máquinas de hilar algodón a la lana, lo que, tras algunas modificaciones, tuvo pleno éxito, y ahora la industria lanera experimentó la misma rápida expansión que ya hemos visto en la fabricación de algodón. La importación de lana en rama subió de 7 millones de libras (1801) a 42 millones de libras (1835); en este último año estaban en actividad 1.300 fábricas de lana con 71.300 obreros, sin contar una multitud de tejedores manuales que trabajaban en casa, y de estampadores, tintoreros, blanqueadores, etc., etc., que también viven indirectamente de la elaboración de la lana. Los principales asientos de esta rama industrial son el West Riding de Yorkshire y el «Oeste de Inglaterra» (especialmente Somersetshire, Wiltshire, etc.).

La industria del lino tenía antiguamente su centro principal en Irlanda. Hacia finales del siglo pasado se erigieron en Escocia las primeras fábricas para la elaboración del lino. La maquinaria era, sin embargo, todavía muy imperfecta; la materia prima creaba dificultades que exigían modificaciones importantes de las máquinas. El francés Girard (1810) fue el primero en perfeccionarlas; pero no adquirieron importancia práctica hasta que se introdujeron en Inglaterra. La aplicación del telar a vapor al lino se realizó aún más tarde; y a partir de entonces se elevó la fabricación de lino, aunque sufría la competencia del algodón, con enorme rapidez. Su centro fue en Inglaterra Leeds, en Escocia Dundee, en Irlanda Belfast. Sólo Dundee importó en 1814: 3.000, en 1834: 19.000 toneladas de lino. La exportación de lienzos de Irlanda, donde el tejido a mano se ha mantenido todavía al lado del tejido a vapor, aumentó de 1800 a 1825 en 20 millones de yardas, que fueron casi todas a Inglaterra y desde allí en parte reexportadas; la exportación de todo el imperio británico a países extranjeros aumentó de 1820 a 1833 en 27 millones de yardas; en 1835 estaban en funcionamiento 347 fábricas de lino, de las cuales 170 en Escocia; en estas fábricas trabajaban 33.000 obreros, sin contar los numerosos artesanos irlandeses.

La industria de la seda no adquirió importancia hasta 1824, gracias a la abolición de los gravosos aranceles; desde entonces la importación de seda cruda se ha duplicado y el número de fábricas ha aumentado a 266, con 30.000 obreros. El centro principal de esta rama industrial es Cheshire (Macclesfield, Congleton y alrededores), luego Manchester y en Escocia Paisley. La sede de la cintería es Coventry en Warwickshire.

Estas cuatro ramas industriales, la fabricación de hilados y tejidos, fueron así completamente revolucionadas. El trabajo doméstico fue reemplazado por el trabajo colectivo en grandes edificios; el trabajo manual fue sustituido por la fuerza motriz del vapor y la actividad de las máquinas. Con ayuda de la máquina, un niño de ocho años hace ahora más que antes veinte hombres adultos; seiscientos mil obreros fabriles, de los cuales la mitad son niños y más de la mitad de sexo femenino, realizan el trabajo de ciento cincuenta millones de personas.

Pero esto es sólo el comienzo de la revolución industrial. Hemos visto cómo el teñido, el estampado y el blanqueo se ampliaron con el progreso del hilado y el tejido y, en consecuencia, recurrieron a la ayuda de la mecánica y la química. Desde la aplicación de la máquina de vapor y de los cilindros metálicos al estampado, un hombre hace el trabajo de doscientos; con el empleo del cloro en lugar del oxígeno en el blanqueo, el tiempo de la operación se ha reducido de un par de meses a un par de horas. Si así se extendió la influencia de la revolución industrial a los procesos que, tras el hilado y el tejido, se aplican al producto, la repercusión sobre la materia prima de la nueva industria fue aún mucho más considerable. La máquina de vapor dio por primera vez su valor a los inagotables yacimientos de carbón que se extienden bajo la superficie de Inglaterra; se abrieron en masa nuevas minas de carbón y se explotaron las antiguas con doble energía. La fabricación de máquinas de hilar y telares comenzó también a constituir una rama industrial propia, y se elevó a una perfección no alcanzada por ninguna otra nación. Las máquinas se hicieron mediante máquinas, y mediante una división del trabajo llevada hasta el detalle más minucioso se alcanzó la precisión y exactitud que constituye la ventaja de la maquinaria inglesa. La fabricación de máquinas repercutió a su vez sobre la extracción de hierro y cobre, que, no obstante, recibió su principal impulso de otra parte, pero siempre a través del cambio radical provocado inicialmente por Watt y Arkwright.

Las consecuencias del impulso industrial, una vez dado, son infinitas. El movimiento de una rama industrial se comunica a todas las demás. Las fuerzas recién creadas exigen alimento, como acabamos de ver; la nueva población trabajadora trae consigo nuevas condiciones de vida y nuevas necesidades. Las ventajas mecánicas de la fabricación reducen el precio del producto acabado, abaratan, por tanto, los medios de subsistencia y, en consecuencia, el salario en general; todos los demás productos pueden venderse más baratos y obtienen así un mercado más amplio en proporción a su baratura. Una vez dado el ejemplo de la aplicación ventajosa de los medios auxiliares mecánicos, es imitado gradualmente en todas las ramas industriales; el incremento de la civilización, que es el resultado infalible de todas las mejoras industriales, crea nuevas necesidades, nuevas ramas de fabricación y, con ello, a su vez nuevas mejoras. La consecuencia del hilado de algodón revolucionado tenía que ser una revolución de toda la industria; y si no siempre podemos seguir la transmisión de la fuerza motriz a las ramas más alejadas del sistema industrial, la culpa la tiene sólo la falta de datos estadísticos e históricos. Pero veremos por doquier que la introducción de medios auxiliares mecánicos y, en general, de principios científicos fue el resorte del progreso.

La metalurgia es, después del hilado y el tejido, la principal rama industrial de Inglaterra. Sus centros principales son Warwickshire (Birmingham) y Staffordshire (Wolverhampton). Se recurrió muy pronto a la fuerza del vapor, y con ello, así como por la división del trabajo, los costos de producción de los artículos metálicos se redujeron en tres cuartas partes. A cambio, la exportación se cuadruplicó de 1800 a 1835. En el primer año se exportaron 86.000 quintales de artículos de hierro y otro tanto de cobre; en el último, 320.000 quintales de artículos de hierro y 210.000 de cobre y latón. La exportación de hierro en barras y hierro colado no adquirió importancia hasta entonces; en 1800 se exportaron 4.600 toneladas de hierro en barras, en 1835, 92.000 toneladas de hierro en barras y 14.000 de hierro colado.

Todos los artículos de cuchillería ingleses se fabrican en Sheffield. La utilización de la fuerza del vapor, especialmente para el esmerilado y pulido de las hojas, la transformación del hierro en acero, que no adquirió importancia hasta ahora, y el nuevo método de fundir acero, provocaron también aquí una revolución completa. Sólo Sheffield consume anualmente 500.000 toneladas de carbón y 12.000 toneladas de hierro, de las cuales 10.000 son de procedencia extranjera (especialmente sueco).

El consumo de artículos de hierro colado data también de la segunda mitad del siglo pasado y no ha alcanzado hasta los últimos años la importancia que ahora tiene. El alumbrado de gas (introducido prácticamente desde 1804) creó una enorme demanda de tubos de hierro colado; los ferrocarriles, puentes colgantes, etc., la maquinaria, etc., incrementaron aún más esta demanda. En 1780 se inventó el pudelado, es decir, la transformación del hierro colado en hierro forjable mediante calor y eliminación del carbono, y esto dio nueva importancia a las minas de hierro inglesas. Por la escasez de carbón vegetal, los ingleses habían tenido que importar hasta entonces todo el hierro forjado del exterior. A partir de 1790 se fabricaron clavos, y desde 1810 tornillos, mediante máquinas; en 1760 Huntsman inventó en Sheffield la fundición de acero; el alambre se trefiló mediante maquinaria y, en general, se introdujo una masa de nuevas máquinas en toda la industria del hierro y el latón, se desplazó el trabajo manual y, en la medida en que lo permitía la naturaleza de la cosa, se impuso el sistema fabril.

La ampliación de las minas no fue más que la consecuencia necesaria de ello. Hasta 1788 se había fundido todo el mineral de hierro con carbón vegetal, y la extracción de hierro estaba, por tanto, limitada por la escasa cantidad de combustible. A partir de 1788 se comenzó a emplear coque (carbón desprovisto de azufre) en lugar de carbón vegetal, sextuplicando así en seis años la cantidad de la extracción anual. En 1740 se extraían anualmente 17.000 toneladas; en 1835, 553.000 toneladas. La explotación de las minas de estaño y cobre se triplicó a partir de 1770. Pero al lado de las minas de hierro, las minas de carbón son las más importantes de Inglaterra. La expansión de la extracción de carbón desde mediados del siglo pasado es absolutamente incalculable. La masa de carbón que consumen hoy las innumerables máquinas de vapor activas en fábricas y minas, las fraguas, los hornos de fusión y fundiciones, y la calefacción privada de una población duplicada, no guarda proporción alguna con la cantidad consumida hace cien u ochenta años. Sólo la fundición del hierro de primera fusión consume anualmente más de tres millones de toneladas (a razón de veinte quintales por tonelada).

La creación de la industria tuvo como consecuencia inmediata la mejora de los medios de comunicación. Las carreteras eran en el siglo pasado tan malas en Inglaterra como en cualquier otra parte, y siguieron siéndolo hasta que el célebre MacAdam redujo la construcción de carreteras a principios científicos, dando con ello un nuevo impulso al progreso de la civilización. De 1818 a 1829 se construyeron en Inglaterra y Gales nuevas calzadas con una longitud total de 1.000 millas inglesas, sin contar los caminos vecinales menores, y casi todas las antiguas se renovaron según los principios de MacAdam. En Escocia, el departamento de obras públicas construyó desde 1803 más de 1.000 puentes; en Irlanda se abrieron carreteras a través de las extensas regiones pantanosas del sur, en las que habitaba una población medio salvaje de bandidos. Con ello se hicieron accesibles todos los rincones del país que hasta entonces habían permanecido sin comunicación alguna con el mundo; especialmente las comarcas de habla celta de Gales, las tierras altas de Escocia y el sur de Irlanda se vieron forzados a familiarizarse con el mundo exterior y a aceptar la civilización que se les imponía.

En 1755 se construyó el primer canal digno de mención en Lancashire: en 1759, el duque de Bridgewater inició su canal de Worsley a Manchester. Desde entonces se han construido canales con una longitud total de 2.200 millas; además, Inglaterra posee 1.800 millas de ríos navegables, la mayor parte de los cuales no han sido habilitados hasta estos últimos tiempos.

Desde 1807 se aplicó la fuerza del vapor a la propulsión de buques, y desde el primer barco de vapor británico (1811) se han construido otros 600. En 1835 había unos 550 barcos de vapor en actividad en los puertos británicos.

El primer ferrocarril público se construyó en 1801 en Surrey; pero el nuevo medio de comunicación no adquirió importancia hasta la apertura del ferrocarril de Liverpool-Manchester (1830). Seis años después estaban abiertas 680 millas inglesas de vías férreas y en construcción cuatro grandes líneas: de Londres a Birmingham, Bristol y Southampton, y de Birmingham a Manchester y Liverpool. Desde entonces la red se extendió por toda Inglaterra; Londres es el nudo de nueve ferrocarriles, Manchester de cinco.*

Esta revolución de la industria inglesa es la base de todas las relaciones modernas en Inglaterra, la fuerza motriz de todo el movimiento social. Su primera consecuencia fue, como ya se ha indicado más arriba, la elevación del interés a dominio sobre el hombre. El interés se apoderó de las nuevas fuerzas industriales creadas y las explotó para sus fines; estas fuerzas que de derecho pertenecen a la humanidad se convirtieron, por la acción de la propiedad privada, en el monopolio de unos pocos capitalistas ricos y en el medio para sojuzgar a la masa. El comercio absorbió a la industria y se hizo así omnipotente, se convirtió en el vínculo de la humanidad; todo tráfico personal y nacional se disolvió en tráfico comercial y, lo que es lo mismo, la propiedad, la cosa, fue elevada a señora del mundo.

[» Vorwärts!« Nr. 73 vom 11. September 1844]

La dominación de la propiedad tuvo que volverse necesariamente, en primer lugar, contra el Estado y disolverlo o, por lo menos, ya que no puede prescindir de él, socavarlo. Adam Smith inició este socavamiento al mismo tiempo que la revolución industrial, publicando en 1776 su “Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones” y creando con ello la ciencia de las finanzas. Toda la ciencia financiera anterior había sido exclusivamente nacional; la economía del Estado era considerada como una simple rama del conjunto del ser estatal, subordinada al Estado como tal; Adam Smith sometió el cosmopolitismo a los fines nacionales y elevó la economía del Estado a esencia y fin del mismo. Redujo la política, los partidos, la religión, todo a categorías económicas y reconoció así la propiedad como la esencia, el enriquecimiento como el fin* del Estado. Por otro lado, William Godwin (“Political Justice”, 1793) apoyó el sistema republicano de la política, estableció al mismo tiempo que J. Bentham el principio de la utilidad, con lo cual el republicano Salus publica suprema lex fue llevado a sus legítimas consecuencias, y atacó la esencia misma del Estado con su tesis de que el Estado es un mal. Godwin concibe el principio de utilidad todavía de manera enteramente general como el deber del ciudadano de vivir únicamente para el bien común, descuidando el interés individual; Bentham, en cambio, desarrolla la naturaleza esencialmente social de este principio, al hacer, en consonancia con la tendencia nacional de su tiempo, del interés individual la base del interés general, reconocer la identidad de ambos en la tesis, elaborada especialmente por su discípulo Mill, de que el amor a la humanidad no es otra cosa que egoísmo ilustrado, y sustituye el «bien común» por la mayor felicidad del mayor número. Bentham incurre aquí en su empiria en el mismo error que Hegel cometió en la teoría; no toma en serio la superación de las contradicciones, convierte el sujeto en predicado, subordina el todo a la parte y de este modo lo pone todo cabeza abajo. Primero habla de la inseparabilidad del interés general y del interés individual, y luego se queda unilateralmente en el craso interés individual; su tesis no es más que la expresión empírica de la otra, de que el hombre es la humanidad, pero, por estar expresada empíricamente, no atribuye los derechos de la especie al hombre libre, consciente de sí y creador de sí mismo, sino al hombre tosco, ciego, prisionero en las contradicciones. Convierte la libre competencia en la esencia de la moralidad, regula las relaciones de la humanidad según las leyes de la propiedad, de la cosa, según leyes naturales, y es así la culminación del antiguo estado del mundo, cristiano y naturalmente surgido, la cima más alta de la enajenación, pero no el comienzo del nuevo estado que ha de ser creado con plena libertad por el hombre consciente de sí. No va más allá del Estado, pero le quita todo contenido, sustituye los principios políticos por principios sociales, hace de la organización política la forma del contenido social y lleva así la contradicción a su punto culminante.

Al mismo tiempo que la revolución industrial surgió el partido anarquista. En 1769 J. Horne Tooke fundó la Society of the Bill of Rights, en la cual, por primera vez desde la República, se volvieron a discutir principios democráticos. Como en Francia, los demócratas eran todos hombres de formación filosófica, pero pronto descubrieron que las clases altas y medias se les oponían y que solo la clase obrera prestaba oídos abiertos a sus principios. Entre esta encontraron pronto un partido, y ese partido ya era bastante fuerte en 1794, aunque aún no lo suficiente para actuar de otro modo que a empujones. De 1797 a 1816 no se habló de ella; en los agitados años de 1816 a 1823 volvió a ser muy activa, pero luego decayó nuevamente en la inactividad hasta la Revolución de Julio. Desde entonces ha conservado su importancia junto a los viejos partidos y ha avanzado de manera constante, como veremos más adelante.

El resultado más importante del siglo XVIII para Inglaterra fue la creación del proletariado por la revolución industrial. La nueva industria exigía una masa de trabajadores siempre disponible para las innumerables nuevas ramas de trabajo, y precisamente trabajadores como no los había habido hasta entonces. Hasta 1780, Inglaterra tenía pocos proletarios, como se desprende necesariamente de la situación social de la nación expuesta más arriba: La industria concentró el trabajo en fábricas y ciudades; la combinación de la actividad manufacturera y agrícola se hizo imposible, y la nueva clase obrera quedó exclusivamente reducida a su trabajo. La excepción anterior se convirtió en regla y se extendió paulatinamente también fuera de las ciudades. El cultivo parcelario del campo fue desplazado por los grandes arrendatarios, creándose así una nueva clase de jornaleros agrícolas. Las ciudades triplicaron y cuadruplicaron su población, y casi todo este incremento estaba compuesto de simples trabajadores. La expansión de la minería exigió igualmente un gran número de nuevos obreros, los cuales también vivían solo de su jornal.

Por otro lado, la clase media se elevó hasta convertirse en una aristocracia decidida. Los fabricantes multiplicaron su capital de un modo asombrosamente rápido en el movimiento industrial; los comerciantes también recibieron su parte, y el capital creado por esta revolución fue el medio con el que la aristocracia inglesa combatió la Revolución francesa.

El resultado de todo el movimiento fue que Inglaterra está ahora escindida en tres partidos: la aristocracia terrateniente, la aristocracia del dinero y la democracia obrera. Estos son los únicos partidos en Inglaterra, los únicos resortes motrices que actúan aquí, y quizás intentaremos exponer cómo actúan en un artículo posterior.

Friedrich Engels
Die Lage Englands

Die englische Konstitution

[Vorwärts! Nr. 75, del 18 de septiembre de 1844]

En el artículo anterior se han desarrollado los principios según los cuales la posición actual del briti...

* Los anteriores detalles estadísticos están tomados en su mayor parte del “Progress of the Nation”, de G. Porter, funcionario de la Board of Trade bajo el ministerio whig; por tanto, de fuentes oficiales.