en Madrid
(Borrador)

[Londres, 16 de marzo de 1895]

Querido amigo Iglesias,

No pude contestar antes a tu carta del 19 de octubre de 1894 porque no sabía si ya habías salido de la cárcel de Málaga o no, y a tu carta del 1 de febrero no, porque estaba ocupado ultimando para nuestros amigos de Berlín unas publicaciones que han de ponerse en circulación antes de que los nuevos proyectos de ley de represalias adicionales adquieran fuerza de ley.

Los amigos de Barcelona, aún antes de tu carta del 19 de octubre, habían encargado a la camarada Eleanor Marx-Aveling que informara a los trade unions ingleses sobre la situación de los huelguistas en Málaga, y ella hizo todo cuanto pudo, de modo que a mí no me quedó nada por hacer. Y como sabes, algunos de esos trade unions os han ayudado.

En lo que respecta a las organizaciones verdaderamente socialistas de Inglaterra, están tan desunidas y son tan pobres que no cabe esperar ayuda de ellas.

He seguido con mucho interés el curso de esta huelga y he admirado la tenacidad y el valor de esos obreros y obreras. El nombre del marqués de Larios me ha recordado una historia ocurrida hacia 1850.

Por aquel entonces existía en Gibraltar una casa comercial, Hermanos Larios (judíos). Un comerciante inglés les enviaba en consignación muchas de sus mercancías, para que ellos las vendieran como mercancía de contrabando a otros comerciantes en territorio español. Estas mercancías eran invariablemente confiscadas por los funcionarios de aduanas españoles, y los Larios pagaban al inglés el valor del seguro que habían garantizado para las mercancías, como es costumbre en esa clase de negocios. Pero esto no le satisfacía en absoluto al inglés; desapareció del mercado español y perdió la mayor parte de la ganancia. Fue a Gibraltar para averiguar por sí mismo por qué estas casualidades siempre alcanzaban precisamente a sus mercancías y no a las de otros. Sin embargo, no pudo descubrir la causa. Un día, paseando por la ciudad, vio un carro que perdía una rueda, con lo que unas cuantas cajas de mercancías cayeron al suelo y se rompieron. Eran sus cajas, llevaban su marca comercial; pero en lugar de mercancías contenían arena. El enigma quedó resuelto. Estaba claro: los Larios avisaban a los guardacostas españoles del envío de las cajas llenas de arena, que acto seguido eran confiscadas, y pagaban al inglés el importe del seguro; luego expedían las mercancías por cuenta propia y por vía segura a sus intermediarios españoles, y se apropiaban así, sin riesgo, de toda la ganancia del negocio.

El inglés, furioso, corrió a la firma Larios. «¡Voy a hacerlo todo público, voy a armarles un escándalo y a llevarlos ante los tribunales!».—«Caballero, ¿a qué esa excitación? Le pagaremos cuanto quiera y obtendrá toda la satisfacción que desee.» Y tras mucho regateo se pagó al inglés una suma determinada y los Larios firmaron la siguiente declaración:

Nosotros, los hermanos Larios, somos los mayores estafadores que hay en esta ciudad de Gibraltar, y aconsejamos a todos que no hagan negocios con nosotros, pues pueden tener la certeza de ser engañados.

Gibraltar, a......
Hermanos Larios

Esta declaración fue fijada en la Bolsa de Gibraltar en el lugar donde el viejo Larios solía tener su puesto y donde, durante veinte años, siguió efectuando compras y ventas mientras aquel papel permanecía clavado en la pared, sobre su cabeza.

¿Acaso será el marqués de la familia de esos Larios de Gibraltar?