en Kiel  

4l, Regent’s Park Road, N.W.  
Londres, 24 de enero de 1895  

Estimado señor profesor:  

Aún he de expresarle mi agradecimiento por el amable envío de su crítica del libro de Barth y del interesante artículo sobre Pestalozzi.[%8] Por la demora debe excusarme el exceso de trabajo, agravado por una mudanza (¡sírvase tomar nota de la nueva dirección!).  

Me parece que trata usted al señor Barth con demasiada indulgencia; al menos conmigo no habría salido tan bien parado. Ciertamente, hay que acostumbrarse a que en el debate literario el adversario, como un abogado, suprima lo que no le conviene e introduzca elementos improcedentes cuando cree que con ello puede deslumbrar al lector. Pero en el caso del señor Barth esto sucede de tal manera y hasta tal punto que se impone la pregunta: ¿es esto simple ignorancia y ofuscación, o tergiversación consciente y deliberada? Para hablar sólo de su apartado sobre Marx, ¿cómo explicar los horrendos malentendidos, casi todos inconcebibles en un hombre que pretende haber leído mi «Anti-Dühring» y mi «Feuerbach», donde se ha prevenido suficientemente contra ellos? ¿Y qué decir de la disparatada conexión causal que se me atribuye en la p. 135: «en Francia, el calvinismo había sido derrotado; por eso, en el siglo XVIII, el cristianismo se había vuelto incapaz de servir de disfraz ideológico a ninguna clase progresista»? Si coloco al lado el original, «Feuerbach», p. 65, me resulta casi imposible no creer aquí en una consciente tergiversación.  

Me han interesado sus observaciones sobre Auguste Comte. En lo que respecta a este «filósofo», en mi opinión aún queda un importante trabajo por hacer. Comte fue durante 5 años secretario e íntimo de Saint-Simon. Este último padecía positivamente de abundancia de ideas; era a la vez genio y místico. El claro desentrañamiento, la ordenación, la sistematización no eran lo suyo. Así, se atrajo en Comte a un hombre que quizá, tras la muerte del maestro, debía presentar al mundo, ordenadas, estas ideas desbordantes; la formación y el modo de pensar matemáticos de Comte pudieron hacerle parecer especialmente adecuado para ello, en contraste con los otros discípulos entusiastas. Pero he aquí que Comte rompió repentinamente con el «maestro» y se retiró de la escuela; después de un tiempo más largo apareció con su «filosofía positiva».[1] En este sistema se encuentran tres elementos característicos: 1. una serie de pensamientos geniales, que, sin embargo, casi siempre están más o menos estropeados por un desarrollo insuficiente, en correspondencia con 2. un modo de ver estrecho y filisteo, en aguda contradicción con aquella genialidad; 3. una constitución religiosa jerárquicamente organizada, surgida enteramente de fuente saint-simoniana, pero despojada de todo misticismo y extremadamente desecada, con un verdadero papa a la cabeza, de modo que Huxley pudo decir del comtismo que era «Catolicismo sin Cristianismo».[8]  

Ahora yo apostaría a que el n.º 3 nos da la solución de la contradicción, de otro modo incomprensible, entre el n.º 1 y el n.º 2; a que Comte tomó de Saint-Simon todas sus ideas geniales, pero las echó a perder al agruparlas a su manera personal: al despojarlas del misticismo que llevaban adherido, las rebajó a un nivel inferior, las elaboró filisteamente según sus propias fuerzas. De muchísimas se puede demostrar fácilmente el origen saint-simoniano, y estoy convencido de que ello se lograría también con otras si se encontrara alguien que emprendiese la tarea en serio. Seguramente se habría descubierto hace ya mucho tiempo si los propios escritos de Saint-Simon no hubieran sido completamente sofocados después de 1830 por el ruido de la escuela y la religión saint-simonianas[2], que pusieron de relieve y desarrollaron aspectos particulares de la doctrina del maestro a costa de la grandiosa concepción de conjunto.  

Luego quisiera rectificar otro punto, la nota de la p. 513.[149] Marx nunca fue secretario general de la Internacional, sino únicamente secretario para Alemania y Rusia. Y de los comtistas de Londres, ninguno participó en la fundación de la Internacional. El profesor E. Beesly se hizo muy benemérito en la prensa por la defensa de la Internacional contra los violentos ataques de entonces en tiempos de la Comuna; también Fred. Harrison defendió públicamente a la Comuna.[10] Pero pocos años después, los comtistas se volvieron considerablemente más fríos hacia el movimiento obrero; los obreros se estaban volviendo demasiado poderosos, y, para mantener el correcto equilibrio entre capitalistas y trabajadores (¡ambos son, en el sentido de Saint-Simon, producteurs[3]!), se trataba ahora de apoyar de nuevo a los primeros, y desde entonces los comtistas han guardado completo silencio en lo tocante a la cuestión obrera.  

Su atento y seguro servidor,  
F. Engels  

[2] escuela y religión saint-simonianas  
[3] Productores