en Le Perreux

41, Regent’s Park Road, N.W.
Londres, 19 de enero de 95

Mi querida Löhr,

Tu última carta me ha asustado realmente. He intentado, aunque con bastante poco éxito, recordar las palabras que utilicé en mi carta a ti del 29 de diciembre; pero, por lo que puedo recordar, no contiene ninguna palabra que pudiera haberte herido. Si realmente hay algo en el tono de esa carta que te haya extrañado, ha sido completamente contra mi voluntad y sin intención.

Jamás se me ocurriría, ni se me ha pasado por la mente ni por un solo instante, dudar de que, por tu parte, es correcto y adecuado preguntar en todo momento qué medidas he tomado o tengo intención de tomar para que, a mi muerte, quede asegurado que los papeles de Mohr que me confiaste regresen a vosotros, los legítimos propietarios. Y nunca he encontrado nada que objetar en las expresiones que has utilizado al hablar de esto con Tussy. Por eso mismo me parece tan sumamente extraño que yo te hubiera escrito en un tono que pudiera darte motivo de queja.

Ciertamente estaba irritado por la manera en que Tussy se vio impulsada a plantearme la pregunta, y en esas circunstancias me consideré obligado a hablar con ella al respecto. Cuando lo hice, le dije, no una sino tres o cuatro veces, que no tengo ni una palabra que objetar a tu carta, ni en cuanto a su contenido ni a su forma de expresión. En todo caso, Tussy y yo tuvimos una conversación que, por lo que sé, arregló todo lo relacionado con este asunto, y seguimos siendo tan buenos amigos como antes; sin embargo, lamentaría infinitamente que, por alguna palabra imprudente de mi parte o por otras circunstancias, este pequeño incidente hubiera proyectado sus sombras hasta Le Perreux.

Entretanto, las cosas entre vosotros han llegado a una crisis. Quería escribir extensamente sobre ello, pero Bebel me pidió de repente material histórico sobre los diversos y bastante frecuentes disturbios aquí en Inglaterra, que se resuelven sin que jamás se intente sobrecargar el código legal con penas agravadas o leyes de excepción. Él está en la comisión sobre el proyecto de ley contra la subversión y lo necesita para eso, así que tuve que dejar todo lo demás de lado y enviar el material con el correo de hoy, antes de que los retrasos dominicales habituales del correo lo detengan.

En cualquier caso, nuestros 50 diputados socialistas franceses tienen suerte. En menos de 18 meses han hecho caer tres ministerios y un presidente. ¡Eso demuestra lo que una minoría socialista puede lograr en un parlamento que, como el francés o el inglés, es realmente el poder supremo del país! Nuestros compañeros en Alemania solo pueden alcanzar un poder semejante mediante una revolución; sin embargo, la bancarrota del Partido del Centro los convertiría en el factor decisivo del Reichstag, y de ellos dependería el equilibrio político.

¡Qué lamentable es la retirada de Casimir! Después de la fanfarronería de su toma de posesión, ¡largarse ahora a la primera dificultad seria! Y parece que nuestros héroes burgueses, individualmente, están exactamente tan degenerados como su clase en su conjunto. En Alemania parece imperar el mismo principio; Bebel evidentemente no quiere creer que Köller y Cía. sean los hombres capaces de llevar a cabo un golpe de Estado hasta el final; en todas partes se asemeja a la historia del viejo loco de Béranger, que cortejaba a Babette y descubrió demasiado tarde que los días en que podía cortejar muchachas habían pasado.

Sin embargo, el mayor éxito me parece que es que los escándalos de la mayoría oportunista han vuelto a ser descubiertos, que Raynal ha sido puesto en evidencia y que probablemente sea imposible volver a echar tierra al asunto. ¡La corrupción manifiesta de todos los demás partidos debe, especialmente en Francia, hacer milagros a favor de nuestro partido y debería asegurarnos éxitos magníficos e inesperados en las próximas elecciones generales, que ya no pueden estar muy lejanas, pues ¿quién puede gobernar con la presente Cámara?

Ça chauffe! Y ni Felix Faure ni el joven Wilhelm serán capaces de sofocar el fuego.

Le escribiré a Paul en cuanto encuentre un momento. Gracias por los periódicos, que después de leerlos se los pasé a Tussy.

Siempre tuyo,

F. Engels