en Petersburgo

1, Regent’s Park Road, N.W.
Londres, 24 de nov. de 94

Estimado señor:

Obra en mi poder su correspondencia, fechada el 7 y el 11 de junio, el 15 de octubre y el 12 de noviembre.

De los trabajos del señor Struve sólo he visto el artículo aparecido en el «Centralblatt» de Braun, y por tanto no puedo pronunciarme acerca de cualesquiera afirmaciones que haya podido hacer. Si en mis cartas encuentra usted algunos hechos que pudieran ser útiles para su respuesta, puede usted utilizarlos sin reparo.¹⁸⁰¹ Pero en lo tocante a mis opiniones, me temo que sus oponentes —quizás no el señor Str[uve], pero sí la prensa rusa en general— las explotarían de un modo inadmisible. Mis amigos rusos me asedian sin cesar con el ruego de que responda a artículos y libros rusos en los que las palabras de nuestro autor¹ no sólo son interpretadas falsamente, sino también citadas falsamente; afirman que mi intervención bastaría para poner todo en orden. Lo he rechazado constantemente, porque no puedo, sin abandonar trabajos urgentes e importantes, dejarme arrastrar a controversias que se llevan a cabo en un país lejano, en una lengua que aún no logro leer con la misma facilidad que las más conocidas lenguas de Europa occidental, y en impresos de los que, en el mejor de los casos, sólo llegan a mis manos fragmentos ocasionales, razón por la cual me resulta del todo imposible seguir el debate a fondo y en todas sus fases y pormenores. En todas partes se topa uno con gentes que, para defender una posición adoptada de una vez por todas, no retroceden ante tergiversación alguna ni ante maniobra desleal alguna; y si tal se ha hecho con los escritos de nuestro autor, me temo que tampoco se me trataría a mí con mayor miramiento y que, finalmente, se me obligaría a intervenir en el debate para defenderme a mí mismo y a otros. Pero

¹ Karl Marx

si mis opiniones, tal como las he expresado en mis cartas privadas, se publicaran con mi autorización en la prensa rusa, ya no tendría yo argumento alguno frente a mis amigos rusos, aquí y en el continente, que me instan a intervenir activamente en los debates rusos para refutar a éste o a aquél en tal o cual punto; no tendría entonces motivo suficiente para negarme, puesto que podrían decirme: usted ya ha intervenido en los debates rusos; tiene que admitir que, en el caso dado, eso es igual de importante que en el caso del señor D.; así pues, le rogamos que nos trate de la misma manera en que lo ha tratado a él. Pero entonces mi tiempo ya no me pertenecería, y mi intervención en los debates rusos sería, pese a todo, completamente ineficaz e insuficiente.

Éstas son las razones que me obligan, a mi mayor pesar, a rogarle que no insista en citar mis opiniones, al menos no como mis opiniones.

Trataré de enviarle algo más de lo que ya ha recibido².

Suyo muy atento,

L.K.26