en Berlín

Londres, 12 de oct. de 93

Querido August:

Te enviamos la edición de Reeves de «Woman».75 Según mi modo de ver, la situación jurídica (a la que, frente a un tipo como Reeves, únicamente puede uno atenerse) es la siguiente:

I. El derecho internacional de autor, frente a un traductor, está protegido por 3 años a partir de la publicación del original, pero solo si ya en el primer año ha aparecido realmente un comienzo de publicación de una traducción autorizada por el autor. Con arreglo a esto, a ti te quedaría cortado todo derecho a demandar, a menos que la traducción de Walther no hubiese aparecido dentro de un año después de la publicación de una nueva edición alemana que contuviera cambios y adiciones sustanciales respecto a las anteriores; lo que difícilmente fue el caso.

2. Quedaría el derecho a demandar de la señora A. Walther. Que ella lo tenga o no, depende de si al publicarse la primera edición inglesa se ha reservado la propiedad literaria o si la ha cedido expresa o tácitamente a la Modern Press, el editor. Esto habría que comprobarlo. Si no se la ha reservado expresamente, se puede apostar 10 contra 1, dado el estado de la legislación de aquí, a que ha pasado tácitamente a manos del editor y que ella ya no tiene derecho alguno.

3. Éste, un tal Foulger, que yo sepa, ha tenido que cerrar su negocio hace ya mucho tiempo y seguramente se alegró de poder concertar algún acuerdo con Reeves.

Por todo ello, es casi seguro que jurídicamente no puedes hacer nada, y no es muy probable que la señora A. Walther pueda hacer algo; no obstante, esto habría que comprobarlo aún. Si puedes procurarme copia del convenio entre la señora Walther y la Modern Press, podría consultar a un abogado, si fuera necesario. Pero si el asunto no está muy claro, con un tipo como Reeves no se puede hacer nada; es rematadamente inescrupuloso en sus especulaciones de negocios, y sacarle dinero es casi imposible; desgraciadamente yo también he tenido que vérmelas con él, y ni siquiera la amenaza de un proceso sirve de mucho; tales sujetos, en casos semejantes, lo ponen todo a nombre de su mujer o fabrican una bill of sale (un traspaso de sus existencias de almacén, etc., a un acreedor fingido o real).

Ayer recibimos aquí dos noticias estupendas.

Primero, el comienzo del fin de la huelga del carbón. Después de que el cierre patronal que los grandes propietarios de minas pusieron en práctica el 28 de julio, para 1. subir los precios y restringir la producción, 2. para poder romper impunemente contratos ruinosos de suministro anual a fábricas de gas y otras empresas municipales, que habían suscrito con ligereza, ya que en todos esos contratos una huelga excusa la ruptura de contrato, 3. para deprimir los salarios y 4. para arruinar las pequeñas minas y comprarlas baratas —¡esto se convierte cada vez más en el motivo fijo de todos los grandes lock-outs,¹!—, así pues, después de que este cierre patronal hubo durado más de 2 meses y la opinión pública, incluso la de los burgueses que sufrían la escasez de carbón, comenzó a volverse contra los propietarios de minas, llegó la crisis. Con la primera semana de octubre expiró el acuerdo por el que los propietarios de minas se obligaban, bajo pena de £ 1000, a reabrir sus pozos solamente con la plena reducción salarial del 25% (sobre el aumento del 40% del antiguo salario obtenido desde 1889, es decir, al salario de 1889 más un 15%) y al poner fin a la huelga por mediación del comité de minas. Inmediatamente toda una serie de las minas pequeñas se descolgaron y reanudaron el trabajo con el salario anterior a julio (o sea, salario de 1889 más un 40% de aumento). Entonces los alcaldes de las principales localidades de los distritos carboníferos de Yorkshire y Midland se reunieron e hicieron una propuesta de mediación que de hecho venía a suponer una reducción salarial del 10%. Eso era peligroso si los patronos la aceptaban; podía poner a los obreros en un dilema: o aceptar también o enemistarse con la opinión pública, siempre remisa y admiradora de todo compromiso. Pero, afortunadamente, los patronos, cegados —los grandes a la cabeza—, la rechazaron de inmediato, y entonces el derrumbamiento de su anillo se hizo patente en 24 horas. Desde ayer, 30 000-40 000 mineros han vuelto al trabajo con el salario anterior a julio, esto es, abandonando por completo las exigencias de los patronos, y el descalabro del anillo carbonero está decidido. Éste es el primer ejemplo de que una gran huelga puesta en escena por los propios patronos, en el momento por ellos elegido, haya fracasado tan completamente, y ahí reside su importancia. Ellos no volverán a intentarlo tan pronto, pero también los obreros han sufrido de tal modo y han pasado tales miserias que bien se les habrán quitado las ganas de una “huelga general”.

(En este momento llega tu carta y la de Julie.)

La segunda noticia era la del nuevo proyecto de ley electoral austriaco.20 ¡Es una victoria brillante de los nuestros, y he felicitado enseguida a Víctor por ella. El «Daily News» opina que el número de electores en Viena aumentará de 80 000 a 350 000, y el «Chronicle» calcula la cifra para toda Austria en 3 millones —ésos son, naturalmente, cálculos de fuentes vienesas. En todo caso, un pago a cuenta que ya vale la pena embolsarse; los burgueses vieneses ya cuentan ahora con 20 diputados socialdemócratas.

Es harto probable que Taaffe cuente con que el Parlamento empeore su proyecto mejorándolo, pero ése es un cálculo arriesgado, y los nuestros ya le pondrán a eso un palito. ¡Preciosa ironía de la historia, si los nuestros se vieran en el caso de tener que proteger al primer ministro contra su Parlamento y contra su propio yo secreto! Lo principal es que la piedra ha empezado a rodar; nuestro movimiento es lo bastante fuerte en Austria para impedir que se detenga. Y Taaffe no puede suprimir sin más manifestaciones en favor de su propuesta.

Mi impresión de Austria es, en general, que allí nos aguardan aún muchas alegrías en el próximo período. Con la general postración de todos los partidos, con la general perplejidad, la lucha de nacionalidades, con un gobierno que nunca sabe lo que quiere y vive solo al día, con la existencia meramente nominal de la mayoría de las leyes y la general desidia de la administración, de la que solo al verla he podido hacerme una idea real —en esas circunstancias, un partido que sabe lo que quiere y cómo lo quiere, y que realmente lo quiere y posee suficiente tenacidad, tiene que ser a la larga irresistible, sobre todo si, como es el caso, todas sus reivindicaciones se mueven en la misma dirección que el desarrollo económico del propio país y no son más que su expresión política. Nuestro partido es en Austria la única fuerza viva en el terreno político; los demás son resistencias pasivas o arranques siempre agotados, y esto nos confiere una posición excepcionalmente favorable en Austria. Se añade a esto que las cambiantes agrupaciones de los partidos burgueses hacen imposible, de tiempo en tiempo, que el gobierno sea conservador, y que, cuando deja de ser conservador, se vuelve simplemente imprevisible, precisamente porque las agrupaciones de partidos con las que debería contar son también imprevisibles. Y además, el gobierno austriaco es el de una gran potencia venida a menos, ciertamente, pero todavía una gran potencia, y, frente al del pequeño Estado advenedizo de Prusia, sigue siendo capaz de resoluciones grandiosas en los momentos en que se le hace imposible el conservadurismo, el simple aferrarse a lo existente. Así me explico el “salto a lo oscuro” del señor Taaffe.

Ahora bien, viene a añadirse que la hinchazón del movimiento proletario en todos los países está empujando hacia una crisis, y que, por tanto, los éxitos conquistados en un país repercuten poderosamente sobre todos los demás. El movimiento por el derecho de sufragio obtuvo su primera victoria en Bélgica; ahora le sigue Austria, lo que de momento nos asegura la conservación del sufragio universal, pero también nos espolea hacia reivindicaciones más amplias —tanto aquí como en Francia e Italia. La Revolución de Febrero fue preparada por las luchas internas de Suiza y los cambios constitucionales en Italia, hasta que la guerra del Sonderbund y el bombardeo de Mesina por los napolitanos (febrero de 1848) dieron la señal inmediata para el estallido de la Revolución de París. Quizá nos hallamos aún a 5 o 6 años antes de la crisis, pero a mí me parece que esta vez Bélgica y, sobre todo, Austria han de desempeñar el papel preparatorio de la decisión que, esta vez, recaerá en Alemania.

Que la cosa no se volverá a dormir en Austria, de eso se encargarán ya los nuestros allí. El Reichsrat austriaco es un charco de ranas infinitamente más empantanado que el Reichstag alemán e incluso que la Cámara sajona o bávara. La presencia de una docena de diputados socialistas causará allí un impacto completamente distinto que entre nosotros, y tenemos la suerte especial de contar en Víctor con un tipo que cala con tanta claridad las enrevesadas circunstancias austriacas y las sabe analizar con tanta agudeza. Su discurso en el último número del «Arbeiter-Zeitung» es una verdadera joya.179

Ede y Gina han estado aquí esta mañana. Él aún no está como debiera; tiene la manía de las pequeñeces y recuerda cada vez más la sabiduría de su tío de la «Volks-Zeitung»3 —a menudo me parece tener delante al viejo Aaron en carne y hueso. El asunto de Suiza se lo ha echado a perder él mismo: en Berna le habían dicho que a uno bien lo dejarían entrar, pero a dos a la vez no —entonces su política estaba clara: hacer pasar primero al enfermo Julius y luego, pasados 6 meses, apoyándose en eso, volver él; entonces difícilmente podrían rechazarlo, o solo por breve tiempo. Pero su impaciencia no lo consintió. Lo más curioso es que ahora dice a veces que preferiría quedarse aquí, que solo Gina lo empuja a Suiza. Su sueño es y sigue siendo el regreso a Berlín; realmente se figura que puede conseguirlo y negocia con todos los juristas al respecto. ¡Esperar!

Si Schlüter es sensato, se hará un favor a sí mismo y a su mujer e iniciará el divorcio. Un proceso de ese tipo contra una mujer ausente por abandono malicioso tiene pocos aspectos desagradables para ambas partes, y la plena libertad también ha de serle deseable a él mismo. Por lo demás, él también solía tomarse la libertad por su cuenta, donde podía. En lo demás, siempre es grato oír que una mujer conocida se sobrepone a la independencia. La decisión de separarse definitivamente de su Hermann quizá le ha costado largas luchas consigo misma y por ello puede haber hecho aparecer antes su carácter como indeciso. ¡Qué derroche de energía es el matrimonio burgués —primero hasta que se llega a ese punto, luego todo el tiempo que dura el trasto, y después hasta que uno se vuelve a librar de él!

Justo ahora regresamos de un paseo por el parque, espléndido tiempo otoñal, bonita puesta de sol con el cielo sin nubes y hermosos colores del follaje. Abajo están poniendo la mesa; habrá pierna de cordero galés preparada como asado de caza y los consabidos fideos. Por eso me apresuro a terminar. Louise y yo damos las gracias a Julie por sus queridas cartas y nos reservamos su contestación para dentro de poco. Afectuosos saludos de los dos para vosotros dos, lo mismo para Singer y la hermana, los Liebknecht y todos los queridos amigos cuyos nombres no puedo enumerar, porque si no se enfría el asado.

Tuyo,
F. Engels

¹ cierre patronal. — ³ Aaron Bernstein.