en Berlín

Londres, 3 de octubre de 1893

Querida Julie:

Supongo que habrán recibido nuestra tarjeta postal del viernes. Encontré aquí un montón colosal de trabajo y hasta ahora me he abierto paso a duras penas por lo más urgente, con ayuda de Louise, que todavía hurga con ambos brazos hasta el codo entre los impresos. Aprovecho, sin embargo, para escribiros unas líneas.

Así pues, el jueves, después de nuestra partida, vimos aún por un momento a Adolf Braun en la estación del Jardín Zoológico y luego seguimos viaje. En el compartimento teníamos a dos muchachos de aspecto raído, que se fueron poniendo algo impertinentes; afortunadamente, uno de ellos, un inglés, estaba ya completamente borracho antes de las diez, y luego pasaron los dos el resto del día en el pasillo del vagón.

En Hannover tomamos sopa y carne; después de eso apareció el caro Kugelmann con su hija¹, que es mucho más agradable que él. Me dio otra vez una larga serie de consejos médicos para el régimen de mi vida, pero también una cestita con bocadillos de carne, manzanas y media botella de vino. Al verla, exclamamos jubilosos: ¡vino tinto…! Pero, ¡ay!, era supuesto «oporto tinto», una mezcla dulzona que entregamos al revisor en agradecimiento por su amabilidad.

Poco después se entabló entre varios viajeros y el revisor un animado debate acerca de la cuestión de si los viajeros con destino a Hoek van Holland no debían hacer transbordo en Löhne y viajar por Rheine-Salzbergen. Nosotros nos atuvimos firmemente a Oberhausen, pues, dado el billete de Louise, no teníamos otra opción. Ahora bien, en Minden llevábamos ya más de media hora de retraso y, como en Oberhausen sólo concedían diecisiete minutos de tiempo, teníamos todas las perspectivas de perder el enlace. Aquí nos fue de gran utilidad el mapa que August me dio por la mañana. Circulábamos por la antigua línea Colonia-Minden, que yo conocía como una de las mejor construidas de Alemania. Por los tramos que recorríamos pudimos ver cómo se recuperaba aquí una buena parte del retraso, y así llegamos a tiempo a Oberhausen.

El distrito carbonífero de Hamm a Oberhausen es un pedazo del Black Country inglés. El aire y las ciudades, igual de humeantes y negros que en Inglaterra; las casas, como en su mayoría están blanqueadas con cal, resultan incluso más desagradables por el ennegrecimiento que el ladrillo desnudo inglés.

Después de que también en Holanda, a causa de la pérdida de enlaces, oyésemos varias veces cuchichear cosas oscuras a viajeros y revisores, llegamos a Rotterdam a las 8:42 hora holandesa, es decir, las 9:42 hora alemana. La hora de diferencia horaria había puesto todo en orden (a partir del cuadro de August no habíamos podido deducir con exactitud dónde entraba en vigor la diferencia horaria, y por eso no estábamos seguros del asunto).

En cambio, en Rotterdam tuvimos que marchar de una estación a otra —unos diez minutos a pie—, aún nos sobró tiempo y llegamos antes que la gente que había viajado por Löhne-Rheine-Salzbergen.

Louise, aparte de un poco de la vianda de Kugelmann, no había tomado más que una taza de caldo en Arnhem y otra en Rotterdam, mientras que yo viví a base de los Kugelmann y cerveza. Soplaba bastante viento cuando zarpamos. Me metí pronto en la cama y me dormí con un balanceo bastante grato, sin pensar nada malo, hasta que a las ocho horas desperté a plena luz del día —¡hacía ya mucho que debíamos estar en Harwich!—. Me levanté —tenía un camarote para mí solo—; nadie se movía en el barco. Salí a cubierta, todo vacío, cubierta mojada por doquier y señales de una noche pasada de temporal. Por fin llegó un joven alemán y me confió que habíamos pasado una tormenta espantosa. Poco después aparecieron unas damiselas, y luego también Louise; la pobre había estado hacinada con otras cinco en un camarote estrecho, había soportado heroicamente lo peor a pesar del histérico entorno aquejado de mareo, pero también había sucumbido por un momento, cuando tras el gran balanceo llegaron las pequeñas olas cortas, a las impertinencias del viejo Neptuno.

Llegamos a Londres con dos horas de retraso —los Aveling estaban en la estación—, encontramos todo en el más hermoso orden y nos arrojamos al trabajo con el desprecio de la muerte que suele seguir a una pequeña tormenta heroicamente superada. No parece haber pasado aquí gran cosa de nuevo; de los pequeños giros y transformaciones ocurridos en el movimiento local tenemos que ir informándonos poco a poco.

A propósito. Ede Bernstein sostiene que Paul Singer entiende totalmente mal su artículo. Jamás ha dicho él que, según las circunstancias, se deba transigir con conservadores, nacional-liberales, ultramontanos, etc.; él sólo ha tenido presente al Partido Popular Librepensador. Le dije que yo no había podido deducir eso de su artículo; en todo caso, él también dejaba abierta esa posibilidad.

Ahora, querida Julie, te doy de nuevo las gracias a ti y a August por tanto cariño y amistad como nos habéis demostrado no sólo en Berlín, sino también en Zúrich —y August a mí durante todo el viaje—, y no puedo sino recordarte tu promesa de visitarnos aquí en primavera, para que también nosotros podamos enseñarte Londres una vez. Afectuosos saludos a ambos y a todos los amigos.

Tuyo,
F. Engels

¹ Franziska Kugelmann

[Posdata de Louise Kautsky]

Queridísima Julie:

Estoy realmente metida en trabajo hasta más arriba de los codos y, por ahora, no veo tampoco manera de salir de él, salvo para escribir cartas. El General, que se ha puesto a escribir, te ha contado cómo nos fue en la travesía, pero ha olvidado que él se comió solo los bocadillos que tú nos diste. Le ha ido bien en el viaje; estuvo siempre animado y de buen humor, siempre preocupado por si teníamos enlace y rebosante de vida. Yo misma he vuelto a caer el domingo en mi viejo papel de encargada de la casa. Pero los invitados han sido clementes conmigo. Por favor, dile a August que no he podido averiguar aún nada concreto sobre la segunda edición inglesa. Quiero ver el libro yo misma y lo estoy haciendo buscar, pero Reeves no me vendería a mí personalmente el libro en ningún caso.

Me sumo de corazón al agradecimiento del General; aún no he tenido tiempo de reflexionar sobre todo lo vivido y vivo como en un sueño interrumpido por el trabajo. Y vosotros, pobres, atormentados, ¿cómo estáis? Cariñosos besos a August y a ti.

Tuya,
Louise