Londres, 19 de julio de 1893

Estimado señor Meyer:

Convengo en que es muy interesante que esos señorones conservadores crean (o deseen) que Caprivi pueda destruir a la socialdemocracia. *** Que lo intente. Una nueva ley antisocialista '° no hará más que fortalecer al partido en la medida de las existencias individuales que destruya. Quien ha podido con Bismarck no tiene por qué temer a su sucesor. Cualquier intento de abolir o manipular el sufragio universal resucitará el viejo oráculo: «Si cruzas el Halis, Creso, destruirás un gran imperio». Si Caprivi suprime el sufragio universal, destruirá un gran imperio, a saber, el de los Hohenzollern.

Así pues, ha encontrado usted violaciones de la teoría y la práctica agrícolas en La mujer, de Bebel“ . Bien, apenas es posible ofrecer una crítica del actual manejo derrochador y, en general, antieconómico de la agricultura y la industria, junto con indicaciones sobre cómo, dado el orden social que surge automáticamente de las condiciones económicas, podría hacerse esto de forma diferente y mejor, y al mismo tiempo sobre cómo, con jornadas de trabajo más cortas para cada individuo, podría aumentarse sensiblemente la producción —todo esto, digo, apenas es posible sin exponerse a los ataques de personas con un conocimiento práctico de una u otra rama. De ahí que, evidentemente, Bebel o bien se exprese mal o bien no haya comprendido a su autoridad cuando dice que el rendimiento de un campo de cereales puede aumentarse el triple o más explotando a fondo el contenido proteínico del gluten. De eso no hay ni que hablar. Podría señalar una docena o más de pequeñas inexactitudes de naturaleza semejante, pero no afectan a la cuestión principal.

Lo mismo vale para el transporte de carne desde regiones de ultramar. Hasta ahora ha habido suficiente disponible para su embarque, de una forma u otra, a Europa. Pero con una demanda creciente y una tendencia creciente a pasar de tierras de pastoreo a tierras arables —también en esas regiones—, esto alcanzará forzosamente un máximo en breve y luego declinará. Que eso ocurra unas décadas antes o después es, en lo esencial, indiferente.

Sin embargo, la principal objeción que usted plantea es que el trabajo en el campo no puede ser realizado por el trabajo industrial y que en la agricultura la reducción de la jornada laboral a un período uniforme a lo largo del año es imposible. Aquí ha malinterpretado usted a Bebel el tornero.

En lo que respecta a las horas de trabajo, nada nos impide contratar, en la época de la siembra o de la cosecha, o cuando se necesite un suministro rápido de mano de obra adicional, tantos trabajadores como sean necesarios. Suponiendo una jornada de ocho horas, podemos poner dos, incluso tres, turnos al día. Aun cuando cada hombre trabajara solo dos horas al día —en este empleo especial—, se podrían poner ocho, nueve o diez turnos sucesivos, una vez que dispusiéramos de suficiente gente adiestrada en la faena. Y eso, y nada más, es lo que dice Bebel. De igual modo, en la industria no se sería tan torpe como para, suponiendo un turno de dos horas en, digamos, la hilatura, ponerse a aumentar el número de husos hasta que cada huso produjera lo que se le exige en dos horas de funcionamiento. Más bien, se mantendrían los husos en marcha durante diez o doce horas, mientras que los obreros trabajarían solo dos, relevándose un nuevo turno cada dos horas.

En cuanto a su objeción sobre los pobres habitantes de la ciudad que quedan inutilizados de por vida para el trabajo agrícola, bien pudiera ser que tuviera razón. Admito de buen grado mi incapacidad para arar, sembrar, cosechar o incluso recoger patatas; pero, afortunadamente, en Alemania tenemos una población rural tan enorme que, con una gestión inteligente, podríamos, sin más, reducir drásticamente las horas de trabajo de cada uno y aun así contar con trabajadores sobrantes. Supongamos que convirtiéramos toda Alemania en explotaciones de entre 2.000 y 3.000 morgens* —más o menos, según las condiciones naturales— e introdujéramos maquinaria y todas las mejoras modernas, ¿no tendríamos entonces mano de obra cualificada más que suficiente entre la población agrícola? Pero, evidentemente, no hay suficiente trabajo en el campo para mantener ocupada a esa población durante todo el año. Grandes masas perderían ociosamente buena parte de su tiempo si no las empleáramos en la industria, del mismo modo que nuestros obreros industriales se consumirían físicamente si se les negara la posibilidad de trabajar al aire libre, y particularmente en el campo. Estoy de acuerdo en que la generación adulta actual quizá no esté a la altura. Pero podemos adiestrar a los jóvenes para esa finalidad. Si, durante varios años consecutivos, los muchachos y las muchachas se fueran al campo en verano, cuando hay algo que hacer,

* 0,25 ha

¿cuántos trimestres tendrían que pasar atiborrándose antes de que se les concedieran sus doctorados en arado, cosecha, etc.? Seguramente no sugiere usted que un hombre tenga que pasarse la vida entera sin hacer otra cosa, que, como nuestros campesinos, haya de matarse a trabajar antes de adquirir algún conocimiento útil de la agricultura. Y eso, y solo eso, es lo que yo infiero del libro de Bebel cuando dice

que la producción misma, así como la formación de la persona, tanto física como intelectual, solo puede alcanzar su nivel más alto cuando la vieja división del trabajo entre la ciudad y el campo, entre la agricultura y la industria, haya sido abolida.

En cuanto a la cuestión de la rentabilidad de la gran propiedad territorial frente a la pequeña explotación, esto puede explicarse, en mi opinión, sencillamente por el hecho de que, a la larga, la gran propiedad engendra la pequeña explotación con la misma necesidad con que esta última, a su vez, engendra la primera. Exactamente del mismo modo que la competencia despiadada da lugar a un monopolio y viceversa. Pero este ciclo está indisolublemente ligado a las crisis, a la penuria tanto aguda como crónica, a la ruina periódicamente recurrente de sectores enteros de la población, y también a la dilapidación inmensa tanto de los medios de producción como de lo producido. Y como ahora, afortunadamente, hemos alcanzado una fase en la que podemos prescindir de estos señores, tanto de los grandes terratenientes como de los campesinos con tierra, y la agricultura, al igual que la industria, ha llegado a un estadio de desarrollo que, a nuestro juicio, no solo admite, sino que exige su apropiación en bloque por la sociedad, nos corresponde romper el circulus vitiosus.* Para ello, las grandes explotaciones agrícolas y los grandes señoríos nos brindan una oportunidad mucho mejor que las pequeñas explotaciones, del mismo modo que en la industria las grandes fábricas se prestan más fácilmente a ese fin que los pequeños talleres. Y esto se refleja en la esfera política en que los proletarios rurales de las grandes propiedades se convierten en socialdemócratas, al igual que los proletarios urbanos, tan pronto como estos últimos pueden ejercer presión sobre ellos, mientras que el pequeño campesino fracasado y el artesano urbano solo llegan a la socialdemocracia por el tortuoso camino del antisemitismo. *'’

Decir que el propietario de un señorío —LORD o SQUIRE— que ha surgido del feudalismo, llegará algún día a administrar sus asuntos como lo haría un burgués y, como este, será capaz de considerar como su primer deber, pase lo que pase, capitalizar anualmente una parte de la plusvalía obtenida, es una afirmación que contradice toda la experiencia en todos los países anteriormente feudales. Cuando usted dice que estos señores se ven obligados por la necesidad a privarse de mucho de lo que corresponde al modo de vida propio de su rango, le creo plenamente. Pero que puedan aprender alguna vez A VIVIR DENTRO DE SUS INGRESOS Y APARTAR ALGO PARA LOS DÍAS LLUVIOSOS, es algo que escapa por completo a mi experiencia. Nunca ha ocurrido hasta ahora, o a lo sumo como excepción, y desde luego no en el caso de la clase en cuanto tal. Después de todo, estas gentes han subsistido durante los últimos doscientos años únicamente gracias a la ayuda del Estado, que los ha sacado adelante en todas las crisis…

Suyo,
Friedrich Engels

“A. Bebel, Die Frau und der Sozialismus, capítulo 22.
* círculo vicioso