Usted ha descrito en forma excelente los puntos fundamentales, y convincentemente para cualquier persona sin prejuicios. Si tengo algo que objetar es que usted me atribuye más mérito del que merezco, aun si tengo en cuenta todo lo que --con el tiempo— posiblemente podría haber descubierto por mí mismo, pero que Marx, con su mirada más

penetrante y su visión más amplia, descubrió mucho antes. Cuando so ticne la suerte de trabajar durante cuarenta años con un hombre como Marx, generalmente no se le reconoce en vida a uno lo que crec mere- cer. Si muere el gran hombre, el otro es fácilmente sobrestimado, y éste parece ser justamente mi caso en la actualidad; la historia terminará por poner las cosas en su lugar, pero para entonces yo estaré en el otro mun- do y nada sabré.

Por lo demás, sólo falta un punto que, a decir verdad, Marx y yo nunca subrayamos bastante en nuestros escritos, y respecto del cual somos todos igualmente culpables. Todos nosotros pusimos el acento —y está- bamos obligados a hacerlo— en el origen de los conceptos políticos, jurí- dicos y demás conceptos ideológicos, y de los actos condicionados por ellos, de los hechos económicos que son su base. Pero considerando de este modo, descuidaínos el aspecto formal, el modo en que surgen esos conceptos. Esto les ha dado a nuestros adversarios una magnífica opor- tunidad para interpretaciones falsas, entre los cuales Paul Barth es un ejemplo notable.

La ideología es un proceso que el que se dice pensador cumple con- cientemente, es cierto, pero con una conciencia falsa. Las verdaderas fuerzas motrices que lo impulsan le quedan desconocidas, pues si no no sería un proceso ideológico. De aquí que imagine motivos falsos o apa- rentes. Porque es un proceso mental, deriva su forma y su contenido del pensamiento puro, sea el suyo propio o el de sus predecesores. Trabaja con material meramente intelectual, que acepta sin examen como pro- ducto del pensamiento, no investiga buscando un proceso más lejano, independiente del pensamiento; su origen le parece evidente, porque como todo acto se verifica por intermedio del pensamiento, también le parece estar basado en última instancia sobre el pensamiento. El idcó- logo que trata de historia (aquí entiendo por historia simplemente todas las esferas —la política, la jurídica, la filosófica, la teológica— que per- tenecen a la sociedad y no sólo a la naturaleza) posee en cada dominio científico una documentación formada independientemente en el pen- samiento de generaciones anteriores y que ha atravesado una serie inde- pendiente de desarrollo en el cerebro de esas generaciones sucesivas. Es verdad que los hechos exteriores pertenecientes a su esfera propia o a Otras pueden haber contribuido a determinar ese desarrollo, pero se presupone tácitamente que esos hechos son a su vez solamente frutos de un proceso intelectual, de modo que seguimos estando dentro de ese reino del pensamiento puro, que ha digerido felizmente los hechos más testarudos.

Es, sobre todo, esta apariencia de historia independiente de las ins- tituciones, de los sistemas jurídicos, de las concepciones ideológicas en cada uno de los dominios, lo que encandila a la mayoría de la gente. Si Lutero y Calvino “superan” a la religión católica oficial, o si Hegel “supera” a Fichte y Kant, o si el constitucionalista Montesquieu es indi- rectamente “superado” por el Contrato Social de Rousseau, cada uno de esos hechos se queda en la esfera de la teología, de la filosofía o de la

ciencia política respectivamente, constituye una etapa en la historia de esos dominios particulares del pensamiento y nunca trasciende la esfera intelectual. Y puesto que también se ha agregado la ilusión bur- guesa de la eternidad y de la finalidad de la producción capitalista, incluso la victoria de los fisiócratas y de Adam Smith sobre los mercantilistas se considera como simple victoria del pensamiento; no como reflejo inte- lectual de hechos económicos modificados, sino como la comprensión correcta, finalmente adquirida, de las condiciones actuales, que subsis- ten siempre y en todas partes. Si Ricardo Corazón de León y Felipe Augusto hubiesen instaurado el librecambio en lugar de empeñarse en las Cruzadas, nos habríamos evitado quinientos años de miseria y estupidez.

Este aspecto de la cuestión, que aquí sólo puedo señalar, creo que ha sido descuidado por todos más de lo que merece. Es la vieja histo- ria: al comienzo se descuida siempre la forma por el contenido. Como le dije, también yo lo he hecho, y siempre vi el error después. De modo que no sólo estoy lejos de reprochar a usted por esto, sino que como el más viejo de los culpables no tengo derecho a hacerlo, sino todo lo contrario; pero de todos modos desearía llamar su atención sobre este punto para el futuro. A esto se une también la idea estúpida de los ideólogos, de que porque les negamos un desarrollo histórico indepen- diente a las diversas esferas de la cultura que desempeñan un papel en la historia, también les negamos todo efecto sobre la historia. A partir de esta concepción corriente, no dialéctica de causa y efecto como polos opuestos de manera rígida, de la ignorancia absoluta de la interacción, esos señores olvidan con frecuencia y casi deliberadamente que una vez que un factor histórico que ha sido engendrado por otros factores econó- micos, vuelve a actuar también a su vez y puede volver a actuar sobre su medio e incluso sobre sus propias causas. Por ejemplo, Barth, Ma- blando sobre la casta sacerdotal y la religión, página 475.

Esta carta se refiere al artículo de Mehring Sobre el materialismo istórico, publicado como apéndice a la primera edición de su libro La leyenda de Lessing. El pasaje del libro de Barth a que se refiere Engels:

“En Oriente, la religión creó en todas partes una casta sacer- dotal particularmente privilegiada, exenta de trabajo físico por la obligación impuesta a las demás castas de pagar tributo, y destinada a la actividad intelectual; así, la utilización de una parte del pro- ducto económico fue determinada por la religión. En cambio, en la civilización grecorromana, la actividad sacerdotal raras veces recayó sobre organismos especiales; el cristianismo retornó a la diferencia- ción oriental, creó una orden especial de sacerdotes ricamente dota- da, y apartó así una porción de los bienes económicos como funda- mento material'de la actividad religiosa, que pronto se tornó actividad intelectual en general.”