en Port Erin

122, Regent’s Park Road, N.W.

Mi querido Lamplugh,  
Londres, 11 de abril de 93

Le agradezco que deje a un lado toda formalidad, y yo, como ve, hago lo mismo. Nos habría alegrado mucho verle con su señora y sus hijos entre nosotros, pero sé lo que Londres significa para un hombre que la visita con toda su familia, de modo que esta vez le disculparemos; pero ésta es la última.

Me alegra que le satisfaga de un modo tan asombroso su vida de agrimensor. Ha de ser un gran alivio para usted tras el aburrido trabajo en la oficina y en la bolsa de cereales de East Riding. Yo también le tomaría gusto por un breve tiempo, pero sólo por un breve tiempo. A la larga no podría soportarlo sin el movimiento de una gran ciudad. Siempre he vivido en grandes ciudades. La naturaleza es grandiosa, y como cambio respecto al movimiento de la historia, siempre he vuelto a ella con gusto; pero la historia me parece aún más grandiosa que la naturaleza. La naturaleza ha necesitado millones de años para producir seres conscientes, y ahora estos seres conscientes necesitan miles de años para actuar juntos de manera consciente; conscientes no sólo de sus acciones como individuos, sino también de sus acciones como masa; actuando juntos y persiguiendo en común un fin común querido de antemano. Ahora casi lo hemos alcanzado. Y observar este proceso, esta aproximación de la formación de algo jamás antes existido en la historia de nuestra Tierra, me parece un espectáculo que vale la pena contemplar, y durante toda mi vida pasada no he podido apartar los ojos de él. Pero es agotador, sobre todo cuando se cree llamado a colaborar en este proceso; y entonces el estudio de la naturaleza resulta un gran alivio y un remedio. Pues, al fin y al cabo, naturaleza e historia son los dos elementos en los que vivimos, nos movemos y somos.

Afectuosos saludos de todos los amigos de aquí.  
Siempre suyo

F. Engels