en Berlín

Londres, 31 de marzo de 1893

Estimada señora Bebel:

La presencia de Augusts me hace cobrar conciencia del hecho vergonzoso de que desde hace tiempo le debo respuesta a su amable carta, y así quiero tomar la pluma de inmediato para que no tenga que guardarme rencor por más tiempo a causa de mi demora. Puedo asegurarle que August se encuentra de lo más bien, toma sus huevos crudos con coñac con una puntualidad admirable, y en cuanto a que su estómago se halla en excelente estado, dio anoche en casa de los Mendelson la mejor prueba, y luego aquí otra aún mejor, al ser él quien, tras esta cena tan buena como copiosa, mejor durmió de todos nosotros.

Hoy esperamos aquí a Burns, y de este modo, por primera vez en la historia universal, se reunirán tres diputados socialistas de Alemania, Francia e Inglaterra. El solo hecho de que sea posible una reunión así, en la que tres personas representan los tres primeros parlamentos de Europa —tres dirigentes de partidos socialistas que representan a las tres naciones europeas decisivas—, demuestra qué enormes progresos hemos realizado. Sólo lamento que Marx no haya vivido para verlo.

Ahora bien, ya es hora de que le recuerde su promesa de visitarnos aquí en verano y de llevarme con usted a Alemania. August teme, ciertamente, que la posible disolución del Reichstag podría echar por tierra esos planes, pero eso no me convence, pues si se disuelve en general, ocurrirá aún este mes, es decir, en abril (adonde mañana nos envían), y las elecciones vendrán a más tardar en junio, y entonces —tanto August como usted— necesitan más que nunca un descanso; y si viera usted el buen tiempo que tenemos aquí, y todo el verdor primaveral, que hasta fines de junio habrá producido ya flores en abundancia, vendría usted con toda seguridad, a pesar de todas las disoluciones y nuevas elecciones. Así que cuento, como siempre, con que cumpla su palabra, y entonces iré también con ustedes a Berlín, pues su viaje hacia aquí y el mío hacia allá están indisolublemente unidos desde el otoño pasado.

Y ahora una cosa más. August se había empeñado en regresar el próximo lunes. Pero desde hace unos diez años, el lunes de Pascua es aquí un verdadero día festivo —uno de los cuatro llamados bank holidays— y constituye aquí una auténtica fiesta popular. Entonces todos los ferrocarriles están ocupados únicamente con trenes extraordinarios y excursiones de recreo, todas las estaciones están abarrotadas, la administración descuida todos los trenes regulares porque lo que importa es asegurarse la ganancia extraordinaria. Estos bank holidays son los únicos días del año en que es un tanto peligroso viajar en los ferrocarriles ingleses, y por eso en tales días sólo viaja quien no tiene más remedio. Así que hemos rogado encarecidamente a August que abandone ese plan y no salga hasta el martes, y nos lo ha prometido. Estoy convencido de que usted también estará de acuerdo en que no viaje un día en que no se respetan puntualmente ni las salidas ni las llegadas, y en que todos los accidentes que no han ocurrido en los últimos tres meses suelen ocurrir todos en un mismo día.

Y ahora, un trago fuerte a su venida —pues estamos precisamente en el remojón matinal.

Con cordiales saludos,
suyo
F. Engels