en Berlín

Londres, 22 de Dic. del 92

Querido August:

Hace poco tuvimos el placer de ver aquí, de paso de Oxford a París, al Catón Censorio Bonnier. Creo haberle causado cierta impresión, pues le expuse que 1. su «manera de ultimátum» es poco adecuada para un entendimiento mutuo, y 2. que, después de todo, sería mejor que el partido alemán mantuviese reunidas su caja y su crédito para una posible disolución y nuevas elecciones, en lugar de pulverizar ambas cosas en una tregua del Primero de Mayo. El hombre es una calamidad tanto para los franceses como para los alemanes, en la medida en que es un intermediario inevitable entre ambos y Guesde, por una vez, no parece dispuesto a servirse sino de él. Pero su entusiasmo, relegado a la soledad y la inacción de Oxford, unido a su gigantesca ansia de actuar, son más aptos para provocar camorra que colaboración. Y en la actual coyuntura europea, precisamente la colaboración unánime de alemanes y franceses es una necesidad de primer orden.

Muchas gracias por las actas taquigráficas del Reichstag. Tu gran discurso sobre la cuestión militar no podré leerlo hasta esta noche; el relativo a la lex Heinze me ha gustado mucho. Mientras la prostitución no sea del todo suprimible, en mi opinión, es para nosotros un primer mandamiento la liberación completa de las muchachas de toda legislación de excepción. Aquí en Inglaterra esto existe, al menos, de forma aproximada; no hay «policía de costumbres», ni control ni reconocimiento médico, pero el poder de la policía sigue siendo aún excesivo, porque la ley castiga el regentar una disorderly house, y toda casa donde vive una muchacha y recibe visitas puede ser tratada como tal. No obstante, esto se aplica solo de manera excepcional; a pesar de todo, las muchachas están siempre expuestas a graves extorsiones por parte de los agentes de policía. Esta relativa libertad de grilletes policiales degradantes permite a las muchachas, en conjunto, conservar un carácter independiente y lleno de autorespeto, como apenas es posible en el continente. Ellas ven su situación como una desgracia inevitable que les ha sobrevenido y en la que tienen que conformarse, pero que, por lo demás, no tiene por qué afectar en absoluto a su carácter ni a su sentimiento del honor, y cuando encuentran ocasión de abandonar su oficio, la aprovechan y, por lo general, con éxito. En Manchester había colonias enteras de gente joven –burgueses o empleados de comercio– que vivían con muchachas de ésas, y muchas estaban legítimamente casadas con ellas y se llevaban al menos tan bien como los burgueses con las burguesas. El que de cuando en cuando alguna cayese en la bebida no las diferenciaba en nada de las burguesas, que también entienden muy bien de eso por aquí. Algunas de esas muchachas casadas de ese modo, al trasladarse a otras ciudades donde no tenían que temer encontrar «viejos conocidos», han sido luego introducidas incluso en la respetable sociedad burguesa y hasta entre los squires –los junkers rurales de aquí– sin que nadie haya notado en ellas el menor rasgo chocante.

En mi opinión, ante todo, al tratar nosotros esta cuestión, hemos de considerar los intereses de las propias muchachas, como víctimas del orden social vigente, y protegerlas en lo posible contra el envilecimiento –al menos, no forzarlas directamente al envilecimiento mediante leyes y marranadas policiales, como sucede en todo el continente–. Aquí también se ha intentado en algunas ciudades con guarnición, introduciendo el control y el reconocimiento médico, pero no duró mucho; fue lo único bueno que hizo la gente de la social purity, el agitar contra ello.

El reconocimiento médico es pura pamema. Allí donde aquí se introdujo, aumentaron la sífilis y la gonorrea. Estoy convencido de que los instrumentos de los médicos policiales son muy eficaces en la transmisión de enfermedades venéreas; difícilmente se toman el tiempo y la molestia de desinfectarlos. Deberían ponerse a disposición de las muchachas cursos gratuitos sobre enfermedades venéreas, así la mayoría se cuidarían por sí mismas. Blaschko nos ha enviado un artículo sobre el control médico y tiene que admitir también que es absolutamente inútil; si razonase con consecuencia a partir de sus propios presupuestos, tendría que llegar a la conclusión de la liberación absoluta de la prostitución y de la protección de las muchachas contra la explotación, pero eso parece en Alemania puramente utopístico.

Espero que a Dietz le esté sentando bien su cura Kneipp; por lo menos, Naso⁸ afirma que el cura loco ése lo ha puesto furiosamente sano. Por lo que yo he oído de esta cura, ciertamente puede ser de algún provecho para personas que, en su vida rutinaria de negocios urbanos, están algo agarrotadas y anquilosadas, mediante el cambio total del modo de vida y la obligación de moverse al aire libre –según la naturaleza del caso, también puede perjudicar–, exactamente igual que en las «curas balnearias», donde tampoco suele ser el agua mineral lo que hace lo mejor, sino el cambio del modo de vida enmohecido y la dieta estricta. Pero, por lo demás, tienes razón: hay entre los nuestros una multitud de gentes que se sienten en la obligación de abrazar fervorosamente cualquier nuevo «ismo» que surja –exactamente igual que a cualquier descontento pequeñoburgués y burócrata, y a cualquier genio poético o artístico fracasado–. Sencillamente, sienta bien poderse erigir en protector de todos los perseguidos y agraviados, y poder descubrir en cada ismo una doctrina redentora del mundo, oprimida por el malvado orden mundial capitalista. Es un medio excelente precisamente para valorizar y colocar lo que uno no ha aprendido. ¡Lo que no habrá hecho ya en ese terreno el difunto Volksstaat de bendita memoria!

¡El asunto de Panamá] se vuelve más espléndido cada día. La cosa toma el curso dramáticamente agudizado de tantas veces en Francia. A cada momento parece como si los esfuerzos por hacer que el asunto se disuelva en la arena fuesen a tener éxito –y de pronto brota de nuevo en un lugar inesperado, más fuerte que nunca, y ahora la cosa está de tal modo que ya no sirve ningún encubrimiento. Primero se quiso silenciar el asunto mediante el tribunal; luego nuevas revelaciones obligaron a nombrar la comisión investigadora; después se trató de paralizar a ésta, y el intento solo tuvo éxito a medias y únicamente porque se puso en marcha un segundo procedimiento judicial, más serio. Y ahora llueven nuevas revelaciones y procesamientos de diputados y senadores. La bola está rodando y aún no ha llegado ni mucho menos abajo. Entre bastidores se hallan: 1.º Constans, que sabe que ha quedado fuera de juego y quiere vengarse; 2.º Rochefort y los boulangistas, que también saben mucho; 3.º los Orléans, que quieren aprovechar toda la comedia para una tentativa de restauración. Toda esta gente sabe mucho y tiene las pruebas para la mayor parte de las cosas. Y si todo falla, entoncés Charles de Lesseps y Rouvier se vengarán metiendo y enredando en su caso al mayor número posible de personas. La palabra de la situación la ha pronunciado Rothschild: «Necesito la monarquía, la compro de una vez por todas; la república me resulta demasiado costosa, tengo que comprar una nueva banda hambrienta cada pocos años».

¡Lo que daría ahora el asno de Boulanger por no haber leído jamás! Su trigo estaría floreciendo ahora, y no me sorprendería que se intentase encontrar un segundo Boulanger. Afortunadamente, eso no es tan fácil. Tampoco la monarquía tiene suerte; la derecha votó como un solo hombre a favor de la lotería de Panamá] y, lo que es peor, hizo propaganda por ella en el campo y metió en ella a los filisteos y a los campesinos. Los 1.700 millones de francos que allí han sido devorados han sido en su mayor parte ahorros de gente menuda (¡se dice que son más de 800.000 los que han picado!), de ahí la furia tremenda, y la derecha (monárquicos clericales), que fue la primera en jalear el escándalo de Panamá, se retira ahora amedrentada.

Cómo acabará esto, está claro: al final, a favor nuestro. Pero en la imprevisible Francia, las etapas intermedias son difíciles de predecir. En cualquier caso, aún vendrán varias antes de que los nuestros pasen por completo al primer plano. Solo si París hiciese una revolución les tocaría el turno a los socialistas; pues en París, como la Comuna, toda revolución se vuelve por sí misma socialista. Pero París está menos excitado que la provincia, y eso es bueno. París está blasé, y no en último lugar porque los obreros, desunidos, confusos y patrioteros (en la medida en que sienten que París ya no es el centro político del mundo, lo cual perciben como una injusticia), no ven salida alguna. Si los escándalos continúan, puede sobrevenir una crisis presidencial —Carnot está implicado, al menos como cómplice, en muchas marranadas— y, en cualquier caso, el próximo año, nuevas elecciones a la Cámara. Además, renovación de muchos concejos municipales en París. Así pues, aquí las vías legales son más que suficientes. Por otra parte, la incertidumbre sobre la fiabilidad del ejército (en el que el servicio militar obligatorio general es aún reciente y no está tan anquilosado como en Prusia) protege contra un golpe de Estado, así como la falta de armas de las masas (que esta vez no pueden proveerse de fusiles y cartuchos en una Guardia Nacional, como otras veces) protege contra intentos de insurrección, de modo que lo más probable es que la crisis transcurra pacíficamente. Y eso es lo que necesitamos para tener tiempo de cosechar la mies de Panamá: tranquilidad ante intervenciones violentas y tiempo para que el material de fermentación se apodere de todo el país. En la provincia, los marxistas se encuentran prácticamente sin competencia; en París, de momento ya está bien que blanquistas, allemanistas y broussistas se desgasten mutuamente.

En todo caso, el desarrollo interno de Francia vuelve a ser ahora de importancia sobresaliente, y pronto se verá hasta qué punto esa gente está a la altura de las tareas que les han surgido. He de decir que, para tales crisis grandes, tengo mucha confianza en ellos. No en que venzan de manera inmediata y estrepitosa –puede haber todavía entre medias algún episodio momentáneo asqueroso de reacción–, sino en que al final saldrán con honor. Y por consideración a nosotros mismos, tampoco debe ir demasiado deprisa. También nosotros necesitamos aún tiempo para desarrollarnos.

Con la mayor reserva. He superado ya el 3.er tomo. Las dificultades en el capítulo más difícil están vencidas. Pero mientras no haya terminado con los dos últimos capítulos, no puedo decir nada seguro sobre la fecha de terminación. Siempre pueden surgir dificultades de detalle que cuesten tiempo. Pero ya veo tierra; lo peor, lo que más tiempo consumía, está superado; esta vez terminaré. Cuando vengas, te lo enseñaré.

En todo caso, haces mejor viniendo por Calais; desde Stuttgart no está apenas más lejos, tal vez incluso algo más cerca que por Ostende. – Afectuosos saludos para ti, tu mujer y tus hijos, y que paséis felices fiestas.

Hasta la vista.

Tuyo,
F. E.