en Maguncia

Londres, 30 de nov. de 92

Querido viejo Stumpf:

No podrías haberme dado una alegría mayor para mi septuagésimo segundo cumpleaños que con el certificado ultramontano de nuestra victoria electoral en Maguncia. Vosotros los de Maguncia sois a veces un poco fanfarrones —viajantes de vino natos—, pero cuando la ocasión lo exige, sabéis poneros al trabajo con energía, y no se os olvida que Maguncia fue la única ciudad alemana que representó un papel honorable en la gran Revolución. Estáis dotados por naturaleza de una labia suelta, que es excelente para trabajar a los campesinos, y además tenéis en los viticultores de los alrededores una masa de material para trabajar; si os aplicáis enérgicamente a ello, podéis lograr algo y enseñar a los de Colonia cómo se hace. De Maguncia a Colonia y hacia abajo hasta Cléveris, aún hay que arrebatar a los curas muchas pobres almas y disputarles más de un escaño electoral, y justamente ahora es el momento en que los señores del Centro están a punto de, en la cuestión militar, o bien comprometerse a fondo o dejar que todo el Centro se desmorone.

Por lo demás, te doy mi más profundo agradecimiento y te expreso mi alegría de que te vaya bien y, desde entonces, aún «mejor». A mí también me va bien; el domingo tuvimos aquí a toda la banda del azufre y a algunos más, ¡y todos le hicimos los honores al ponche como es debido.

Si esto de los escándalos sigue así en París, pronto podremos volver a representar la vieja comedia del otoño del 47 en Bruselas; el mundo empieza a tambalearse.

Tu viejo

F. Engels