en Berlín

Londres, 29 de noviembre de 1892

Estimada señora Bebel:

De todas las muchas cartas que he recibido con motivo de mi cumpleaños, me apremia contestar primeramente la de usted. ¡Mi más sincero agradecimiento! He pasado el día, en efecto, «en el mejor bienestar», pues aunque todavía no soy del todo dueño de mis movimientos y tengo que marchar menos de lo que quisiera, me siento sin embargo bastante robusto, y todos dicen que tengo muy buen aspecto. Esta vez hemos convertido el cumpleaños en una fiesta de mayo a la inglesa, es decir, ¡lo hemos trasladado del lunes al domingo anterior! Louise opinaba que, ya que de todos modos tendría que empinar un poco el codo, un día era suficiente y dos demasiado. Tuvimos la casa bien llena: nuestro africano Sam Moore, luego Bax, los Aveling, los Bernstein, los Motteler, el ruso Wolchowski, dos obreros de la Asociación —ésos eran, creo, todos—, no, pues por poco me olvido de la pequeña Inka, que en Berlín se ha redondeado bastante, lo que le sienta muy bien —ahora sí tengo una prueba palpable de que en Berlín se ha aprendido a comer hasta saciarse; ¡a ver quién viene ahora a hablarme del Berlín hambriento!

Todavía teníamos una pequeña provisión de asperilla seca, y con ayuda de vino del Mosela, vino tinto y champán, Louise y yo preparamos una ponchera de mayo como no puede prepararse mejor en esta nebulosa época del año, ni casi imaginarse. Como por todas partes se había puesto una buena base con fiambres, a dicha ponchera se le hicieron también muy valientemente los honores, y no en último lugar por vuestro seguro servidor que suscribe, y, dicho enteramente entre nosotros, algunos caballeros, y también —casi iba a decir algo, pero me callo todavía a tiempo— cogieron una mona pequeña pero bien lograda. Julius estaba de lo más animado, cantó varias canciones y contó historias divertidas, aunque, según su porfiada costumbre, sólo empinaba agua y café; en fin, estuvimos muy alegres hasta más allá de la medianoche, y eso, con las distancias de Londres y la suspensión de todos los trenes y ómnibuses después de las 11 de la noche los domingos, siempre quiere decir algo. Y así pude acostarme con la tranquilizadora conciencia de haber entrado dignamente en mis 73 años. Espero, con todo, que la salud me permita hacerlo aún mejor el año próximo. Entonces mi cumpleaños caerá en martes, y podremos empezar otra vez el domingo, pero yo querría entonces seguir la jarana de corrido hasta el martes por la noche.

De buena gana habría participado también en el kommers de Berlín; por lo que cuenta Inka, de cómo no pudo alcanzaros ni a usted ni a Bebel entre el gentío, debió de estar colosalmente lleno. ¡Bueno, algo así seguramente también yo lo veré alguna vez; si no es este año, será el próximo, es decir, cuando usted venga a buscarnos; después de que la pequeña Fischer haya descubierto en casa de usted tal afinidad espiritual con mi buena y querida Lenchen, puedo ponerme bajo su protección con doble confianza.

Puesto que August no le ha dejado a usted más que una página estrecha, yo le doy la vuelta a la cosa, y ahora él se lleva de mí sólo una.

Con un cordial saludo,

Suyo,
F. Engels