en Berlín

Querido August: Londres, 6 de noviembre de 1892

He estado todo este tiempo trabajando afanosamente en el tomo III y, felizmente, no sin éxito. Ya puedo decir hoy que la principal dificultad —¿el sistema de crédito?— está bastante superada y que aquí solo queda ya una labor de redacción técnica, aunque ciertamente enrevesada y muy laboriosa. El trabajo me ha dado mucha alegría, por un lado porque encierra tantos puntos de vista nuevos y brillantes —pregúntale a Louise, a quien he leído mucho de él—, pero también porque me ha proporcionado la prueba de que el viejo tarro todavía es capaz de trabajar, incluso para cosas relativamente difíciles. El principal estrago que me han causado los años es que los distintos casilleros de la memoria ya no se abren ni se encuentran tan fácilmente, y por eso todo va más despacio. Pero eso ya se puede soportar.

Pero, aunque ya haya pasado la montaña, aún estoy lejos de haber terminado: además de este apartado, quedan los dos últimos (algo menos de 1/4 del total), que ni siquiera he mirado aún, y luego el trabajo técnico de redacción final de todo el conjunto, que no es difícil, pero sí tanto más aburrido y prolijo. Probablemente me ocupará todo el invierno, y luego las pruebas de imprenta, al mismo tiempo que las de la 2ª edición del tomo II.

He conquistado el tiempo para ello suprimiendo violentamente toda correspondencia, salvo la absolutamente urgente. Pero no suprimo la nuestra, aunque no siempre pueda ser tan puntual y minucioso como quisiera. En fin, tú tampoco pondrás objeciones a que, en mi lugar, la bruja coja la pluma con tanta mayor frecuencia.

Lafargue aún tiene que aprender que, entre los políticos burgueses, la palabra dada solo sirve para quebrantarla. Por lo demás, el reglamento que excluye el debate en tales cuestiones le habría aguado la fiesta de todos modos. Sigue siendo aún demasiado novicio en el terreno de la cámara, aunque ha prometido asistir más a partir de ahora. Ahora quieren imprimir los documentos como folleto.

Me he expresado mal en lo de Hans Müller. No quise decir que vosotros, como directiva del partido, debierais tomar nota del mamotreto, y menos aún del modo que yo insinuaba. Sino que, si acaso, bajo vuestra influencia, se abría una polémica contra el iracundo jovenzuelo, entonces que fuera así, etc. Me parece absolutamente necesario que el partido, en ocasiones semejantes, critique su propio pasado y aprenda así a hacerlo mejor. Las tonterías de la época de la subvención a los vapores, etc., han pasado ya y han quedado atrás, pero las mismas personas aún están ahí y, al menos en parte, son capaces de repetir cosas parecidas. Si se quiere tapar con el manto del amor todas las meteduras de pata de la fracción y de algunos de sus miembros, eso significa, según mi manera de ver, criar independientes. Los señores Frohme, Blos, etc., deberían procurarse un pellejo más duro. ¿Acaso no tengo razón cuando atribuyo algunas propuestas de Solingen, que huelen a «independencia», presentadas al congreso del partido, a la oposición contra el aburguesamiento y la filisteización de Schumacher? Un poco de veracidad retrospectiva en la «Neue Zeit» no podría hacer ningún daño, y tú serías el hombre adecuado para ocuparse de eso con conocimiento de causa y tacto; aunque, por supuesto, si tu cargo en la directiva hace esto desaconsejable, es otra cuestión. Pero esa crítica debería llegar algún día, de un modo u otro.

Ayer por la tarde leí con placer vuestro informe de la directiva. Muy bien. Sereno, objetivo, limitándose a dar los hechos, dejándolos que hablen por sí mismos y solo al final las pocas y necesarias palabras breves de orgulloso sentimiento propio. Veremos si Aveling no puede llevarlo, siquiera extractado, a los periódicos. Pero aquí se os boicotea formalmente por puro chovinismo inglés. Que exista en Alemania un movimiento obrero que procede de modo tan completamente distinto al inglés, que desprecia todas las reglas sindicales y político-parlamentarias que aquí pasan por evangelio, y que sin embargo avance de victoria en victoria, eso irrita mucho aquí a la gente. No hablo de los burgueses. Las viejas trade unions ven en cada uno de vuestros éxitos una derrota para sí mismas y para su modo de proceder. Los fabianos se irritan de que vosotros vayáis por delante, pese a que hacéis la guerra a todos los radicales burgueses. Los dirigentes de la Social Democratic Federation os odian porque no habéis querido confabularos con ellos y formalizar la alianza de mutua adulación que «Justice», durante años, ya con el pan dulce, ya con el látigo, ha pretendido haceros aceptable. Y, dada la gran ignorancia de las masas inglesas sobre los asuntos extranjeros y el engreimiento heredado en virtud del cual el extranjero vale por un ser humano de segunda clase y todos los acontecimientos foráneos se tienen por bastante indiferentes, el silenciarlos resulta fácil. El «Chronicle», en lo que atañe a asuntos obreros, está en manos de los fabianos; «Justice» está comprometido por Hyndman para Lause-Gilles; el «Workman’s Times» también cree que sin la base de una gran organización sindical en el sentido inglés no hay nada que hacer: ¿dónde colocar entonces algo? Solo en los periódicos burgueses, como noticia de interés general. Si tan solo tuviéramos durante un año un periódico que se nos abriera para meros informes sobre el movimiento alemán, el asunto habría terminado; pues, en silencio, hay suficiente espíritu internacional, el cual solo necesita alimento para someter al estúpido engreimiento británico, al menos en un gran número. Pero, ¡así están las cosas!

El «Workman’s Times» amenaza con desaparecer; detrás de ello se esconde algo que tratamos de descubrir. Aquí no ocurre nada de este tipo sin trampa.

Y ahora, ad vocem Vollmar. A mi modo de ver, se ha atacado al hombre con muy poca habilidad. Se ha caído en la trampa de la palabra socialismo de Estado. Esta palabra no expresa ningún concepto claro, sino que, como «cuestión social» y otras por el estilo, es un mero término periodístico, una pura frase con la que uno puede pensarlo todo y también absolutamente nada. Discutir sobre el verdadero sentido de una palabra así es trabajo baldío; su verdadero sentido consiste precisamente en no tener ninguno. En la «Neue Zeit» era difícil evitar el examen de este supuesto concepto, y lo que K. K[autsky] dice al respecto es también bastante bueno (solo que él también opina que rotundamente tiene que haber un sentido verdadero detrás de él). Pero en el debate político se le hace a Vollmar un favor enorme y del todo superfluo si uno se enreda a discutir con él qué es y qué no es socialismo de Estado; esto es un tornillo sin fin y una discusión bizantina sin objeto. A mi parecer, en el congreso del partido habría que decir: querido V[ollmar], lo que tú te figuras bajo socialismo de Estado nos tiene sin cuidado, pero en tus manifestaciones has dicho esto y esto otro sobre el gobierno y sobre nuestra actitud hacia él, y ahí es donde te agarramos, eso es tan contrario a la táctica del partido como las frases de los independientes, y aquí tienes que darnos cuentas. Esas sus directas rastrerías ante Guillermo y Caprivi son lo único tangible, pero también muy tangible, y sobre este punto quería llamar tu atención aún antes del congreso del partido.

Anexo de la bruja.

Saludos cordiales a tu mujer y a ti. Nos alegramos de que nos hagas concebir la perspectiva de una pronta visita. Aquí puede resultar muy útil políticamente; ya prepararemos lo necesario. En cuanto al semanario, enteramente de tu opinión. Producirá un enorme efecto en el extranjero, pues ahí se echa todavía muy dolorosamente de menos al «Sozialdemokrat»; un buen resumen semanal de los acontecimientos del partido es imprescindible para el extranjero.