en Londres  

(Borrador)  
Mi querido Bonnier: [Londres] 24 de octubre de 1892  

Guesde dice en el «Figaro»: «Así como Liebknecht declaró que en caso de una agresión por parte de Francia se vería obligado a recordar que es alemán, así también nosotros, en el partido obrero, en caso de una agresión de Alemania, recordaremos que somos franceses».  

Por tanto, Guesde y yo somos enteramente de la misma opinión, y usted debe entenderse con él.  

Usted habla de una frase funesta de Bebel — ¿de cuál? ¡Le reprocha usted tantas cosas! Si es la del «Figaro», de que dispararía contra Guesde, procede del señor Huret; Bebel nos escribe que eso sólo existió en la fantasía de ese señor.  

¡Usted habla de impedir la guerra, y se gloría de haber votado por Domela! — con su plan arruinaría usted a todos los partidos socialistas de Europa.  

Está muy bien decir que hay que impedir la guerra, venga de donde venga la amenaza.52° Pero ¿por qué hacerse ilusiones? ¿Acaso los socialistas franceses tienen un medio para impedir que el joven Wilhelm declare la guerra en un momento de insensatez? ¿Acaso los socialistas alemanes podrían prohibir a un Carnot o a un gabinete patriótico cometer la misma estupidez? ¡Si al menos fueran Wilhelm o los revanchistas del bulevar los que constituyen el verdadero peligro! Pero es el gobierno ruso quien hace bailar a estos títeres, infundiendo a unos esperanzas y a otros miedo. ¡Impidan ustedes a ése provocar la guerra!  

Si la guerra estalla, los que sufran una derrota tendrán la posibilidad y el deber de llevar a cabo la revolución — eso es todo.  

Del francés.  

504 226 - Engels a Paul Lafargue - 3 de noviembre de 1892  

Engels a Paul Lafargue  
en Le Perreux  

Londres, 3 de noviembre de 1892  

Mi querido Lafargue:  

Estoy metido hasta las orejas en el tomo III de «El Capital», que al fin tiene que estar terminado. Trabajo en la parte menos elaborada y la más difícil: ¡bancos, crédito, etc.! De ningún modo puedo interrumpir este trabajo, de lo contrario tendría que empezarlo todo de nuevo desde el principio. Por eso toda mi correspondencia está interrumpida, y no puedo escribirle más que unas pocas líneas.  

«Es muy lamentable que usted haya creído las promesas de Millevoye, que como astuto político le ha engañado — en el futuro, sepa usted que estos señores en la política dejan de ser caballeros.»  

Recibo cartas y más cartas de Alemania en las que se quejan de su ausencia en el momento crítico, y le predigo que será difícil obligar a nuestros amigos a preparar discursos de debate cuando el orador principal, para quien fueron preparados, está ausente. La publicación como folleto?! no tendrá ni la centésima parte del efecto que habría tenido un discurso en el Parlamento; éste es un punto sobre el que nuestros amigos de Berlín pueden juzgar muy bien por experiencia.  

Lo mínimo que usted podría hacer es enviar un delegado a Berlín para el día 14; eso contribuiría a entenderse con nuestros amigos de allí. Haga usted todo lo posible para que ese viaje se realice; valdría la pena.  

Habrá leído usted los reportajes de los periódicos sobre el efecto horrible de los nuevos proyectiles explosivos en Dahomey. Un joven médico vienés?, que acaba de llegar aquí (antiguo asistente de Nothnagel), ha visto las heridas que los proyectiles explosivos austriacos causaron en la huelga de Nürmitz, y nos dice lo mismo. Natural-