en Le Perreux

Londres, 17 de septiembre de 1892

Mi querido Lafargue,

Su opinión de que hay que aprovechar la ocasión para dar una lección a las viejas *trade-unions* inglesas es también la de Bebel. Si Liebknecht viene a Marsella, tendrá usted una buena oportunidad de ponerse de acuerdo con él. Al mismo tiempo, puede preguntarle por qué el *Vorwärts* está lleno de noticias sobre los hechos y gestos de los broussistas, allemanistas y blanquistas, pero apenas dice una palabra sobre los nuestros. Pero en Berlín se afirma que el cólera hace estragos en Marsella, y eso podría impedir su viaje.

Puesto que las *trade-unions* inglesas solo reconocen como *bona fide working men*, y además únicamente a aquellos que están organizados en sindicatos, sería de la mayor importancia que no solo el congreso del partido obrero, sino sobre todo también el congreso de los sindicatos franceses, que se celebra unos días antes del nuestro, se pronunciara con toda franqueza contra la arrogancia de los ingleses, que pretenden ignorar el movimiento continental existente para suscitar otro bajo su dirección y en su sentido. Ciertamente, los sindicalistas franceses protestarán contra lo que se dijo en Glasgow sobre ellos y los demás obreros del continente:

(Woods, M. P.): «que las organizaciones en el continente europeo eran muy poco eficaces, pero que él estaba convencido de que, si la poderosa organización de Inglaterra tendiera a sus amigos del continente la mano del compañerismo, la simpatía y la fraternidad» (perdone usted la arrogancia), «podrían reducir las dificultades a un mínimo, etc.»

Foster, de Durham, minero: «A él le habían conmovido bastante las palabras del señor Woods —decía—, al ver que sus esfuerzos en Inglaterra se veían hasta cierto punto neutralizados por sus compañeros de trabajo de otros países, que no estaban tan bien organizados como los de Inglaterra; su situación social no era equiparable a la nuestra (!!!) … si se pudiera llevar a los compañeros de trabajo del continente a mostrar la misma unanimidad de opinión que los de Inglaterra cuando se decidieron a una acción determinada» (se trata de la jornada de ocho horas, y usted sabe con cuánta fuerza lucharon los ingleses contra ella cuando el continente ya era unánime —¡esos mismos ingleses que ahora, uno a uno, gritan tan fuerte!), «entonces comprobarían que el poder del trabajo podría alcanzar el objetivo, etc.»

Holmes, de Burnley, tejedor de algodón, recientemente convertido a la jornada de ocho horas y ansioso por demostrar que este cambio de frente no los ha convertido en caníbales socialistas: «Si había en el continente movimientos progresistas o, como ellos los llamaban, socialistas, en los que se les quisiera meter» (en Zúrich). «Preguntaba a los señores si deseaban acudir en nombre de esa corporación a aquel congreso, para defender allí muchos de los descabellados planes que, según sabían, circulaban por el continente.»

Conner, de Londres: «Aunque ya se estaban preparando dos congresos internacionales» (Zúrich y Chicago), «ninguno era preparado por el Trades Congress o bajo su dirección (!!).»

… Conque así. Estos insultos deberían bastar para hacer hervir la sangre de los sindicalistas franceses.

Repito: para el efecto moral aquí en Inglaterra, la resolución del congreso sindical que rechace el intento de escisión contenido en el acuerdo de Glasgow sería considerablemente más importante que una resolución del congreso socialista. Haga, pues, todo lo posible. Tussy ha enviado un recorte de periódico a Delcluze.

Salude de mi parte a los camaradas. ¡Haced un buen trabajo como en Lille, donde, según dice Tussy, se reunió el congreso obrero más *businesslike* que ella jamás haya visto.

Con la mayor amistad,
F. Engels