en Le Perreux

Mi querida Laura,                                                        Londres, 11 de septiembre de 1892

Estoy aquí de nuevo desde el pasado martes, todavía prisionero en casa, pero ya voy mejor. Espero que Luise regrese el miércoles; Bebel la recogió en Viena y la llevó a Berlín, donde se encuentra todavía.

Gracias por las noticias sobre el periódico. Puesto que Luce ha dimitido, supongo que el antiguo convenio ha perdido también su vigencia para los demás contratantes, a no ser que lo hayan renovado expresamente. Con Luce, es de suponer que también se haya retirado su amigo Vignaud (ese hombre me es desconocido). En todo caso, parece como si se intentase una nueva combinación; esperemos que resulte exitosa y sea la última de su género.

Aquí ha ocurrido un acontecimiento muy importante, que va a ocupar a todos los partidos socialistas del continente. Como verás por el informe que te adjunto, el Congreso de las Trade Unions ha rechazado deliberadamente la invitación al Congreso de Zúrich y ha decidido convocar «sin demora» un congreso propio —¡y nada menos que internacional!— sobre la jornada de ocho horas. Esto exige que nosotros actuemos, a ser posible con una acción concertada de todo el continente.

Los obreros ingleses están hasta tal punto contagiados por el espíritu de compromiso parlamentario, que no pueden dar un paso adelante sin retroceder al mismo tiempo nueve décimas o siete octavos de paso. Por eso, el entusiasmo súbitamente inflamado por la jornada de ocho horas (que, como tú sabes, hace 3 años fue considerada una imposibilidad por las mismas personas que hoy claman por ella a voz en grito) casi ha llevado a que esta consigna adquiera un carácter reaccionario. Se pretende que la jornada de ocho horas sea la panacea universal, lo único en que hay que pensar. En su embeleso por haber conquistado tan pronto una mayoría tan grande e inesperada, la masa de los partidarios de las ocho horas sacrifica ahora todo lo que va más allá a los «viejos» unionistas recién convertidos.

Tanto más fácilmente pueden permitirse este sacrificio cuanto que los elementos «nuevos» no están unidos, no tienen una organización común, son personalmente desconocidos los unos para con los otros y hasta ahora no han tenido tiempo de formar hombres que gocen de la confianza de todos. Como tú sabes, aquí en Bretaña esto sólo puede lograrse con lo que Ruge llamaba la fuerza de la aparición repetida, es decir, mediante el efecto de exhibir la propia persona ante el público de manera constante, año tras año, testigos Shipton, Cremer, Howell, etc.

Sea como fuere, el hecho queda. El Congreso de las Trade Unions, mediante una votación premeditadamente llevada a cabo por 189 votos contra 97, es decir, casi 2 a 1, se ha situado fuera del movimiento obrero general y ha decidido marchar por separado. De la manera más ofensiva se nos ha arrojado a los pies nuestra invitación. Ni siquiera se ha instruido al Comité Parlamentario para que conteste con cortesía. Ni siquiera se ha presentado una moción formal basada en la invitación. Se presentó una contrapropuesta, y luego hubo que colar la invitación como enmienda de añadidura; de lo contrario, ni siquiera se le habría prestado atención. ¡Verás por el informe completo que te enviaré cuánto trabajo le costó a Will Thorne conseguir que se presentara siquiera al Congreso. Realmente no puede ser mayor el insulto.

¿Qué hacer ahora? Hay que reflexionarlo a fondo, sobre todo los franceses, pues su congreso de Marsella se celebra antes del de Berlín (16 de octubre). Si respondemos a la ofensa como se merece, los posibilistas y los blanquistas, que sin duda acudirán al congreso de las Trade Unions, sacarán partido de ello. Por otra parte, para nosotros sólo es bueno que los posibilistas y los blanquistas vayan allí como únicos representantes de todos los socialistas continentales. Por eso considero de suma importancia que nuestros amigos franceses se pongan de acuerdo inmediatamente con Bebel y el Comité Ejecutivo alemán sobre una acción común. Si Alemania y Francia actúan conjuntamente, seguirán España, Austria, Italia, Suiza y probablemente también Bélgica, y Domela podrá ir si le apetece.

Pero, de momento —todavía no tengo el informe personal de Edward sobre el asunto (él estuvo allí)—, mi opinión es la siguiente:

1. Francia y Alemania deberían anunciar en Marsella y Berlín que se proponen ignorar por completo ese pseudo-congreso.

2. Deberían hacerlo mediante una resolución en un lenguaje firme, pero calmado y no hostil, que fuera a ser posible idéntica en ambos casos y sirviera de modelo para las demás nacionalidades. La resolución debería dejar abierta la puerta a futuros congresos de las Trade Unions y también ahora a algunas Trade Unions a título individual, para volver al seno del movimiento obrero. Seguro que lo harán; estoy convencido de que muchos se arrepentirán de su voto ya a los pocos días.

3. Si llegaran a predominar las tendencias moderadas y se decidiera, en aras de la querida paz, estar presente en ese Congreso británico, entonces cada país debería enviar un delegado, y no más. Éste, por pura fórmula, tendría que ser mandatado y delegado por el Congreso sindical o por su comité ejecutivo, y ser un obrero auténtico, pues de lo contrario no se le admitiría. Y esos delegados deberían depositar una protesta enérgica.

Mañana escribiré a Bebel al respecto. Entretanto, te ruego me hagas saber cuál es la posición de los vuestros y qué puede hacerse para llegar a un entendimiento con los alemanes.

Adjunto una muestra de la correspondencia francesa que publica ahora el Vorwärts. Liebknecht se justificará naturalmente diciendo que tiene que tomar los informes de donde pueda, cuando los nuestros no le envían ninguno.

Si recibo algo de Edward antes de que salga esta carta, te lo escribiré también.

Siempre tuyo,

F. E.

Dentro de uno o dos días te enviaré 2 libros míos. El periódico escocés sale junto con esta carta.