EN STUTTGART

Ryde, 4 de sept. de 92

Querido Barón:

Ede quiere saber de mí cuándo estaré de nuevo en Londres, pero, en vez de una dirección, solo me indica que se marcha de Kilchberg y se va a Zúrich, con la circunstancia añadida de que toda determinación temporal adolece de una indeterminación que, a esta distancia, hace imposible toda correspondencia. Como supongo que tú estás mejor informado, te ruego que le comuniques que pasado mañana, día 6 del corriente, regreso a Londres.

Mi cojera sigue excluyendo de manera absoluta cualquier otro viaje; probablemente tendré que quedarme todavía 14 días tumbado en el sofá en Londres. Por lo demás, no tiene importancia.

El artículo de Sorge sobre Homestead tiene, naturalmente, preferencia. En general, no tengo tanta prisa, a condición de que el texto alemán aparezca más o menos al mismo tiempo o algo después que el inglés. Y de este último, como es natural, hace dos meses que no sé nada.

Si hubieras estado aquí durante las últimas elecciones, hablarías de otro modo sobre los fabianos. En nuestra táctica hay algo firme para todos los países y épocas modernos: llevar a los obreros a la formación de un partido propio, independiente y contrapuesto a todos los partidos burgueses. Los obreros ingleses han dado, en las últimas elecciones, por primera vez, aunque todavía solo instintivamente, empujados por la marcha de los hechos, un paso decidido en esta dirección; este paso ha tenido un éxito sorprendente y ha contribuido al desarrollo de las cabezas obreras más que ningún otro acontecimiento desde hace 20 años. ¿Y qué hicieron los fabianos —no este o aquel, sino la Fabian Society en su conjunto? Predicó y practicó la adhesión de los obreros a los liberales, y sucedió lo que era de esperar: los liberales les asignaron cuatro escaños imposibles de conquistar, y los candidatos fabianos fracasaron estrepitosamente. El paradójico literato Shaw —como literato muy talentoso e ingenioso, como economista y político absolutamente inservible, aunque honrado y sin ser un arribista— escribió a Bebel: ¡si no seguían esa política de imponer sus candidatos a los liberales, no cosecharían más que *defeat and disgrace*! (¡como si la derrota no fuera a menudo más honorable que la victoria!) —y ahora han seguido su política y han cosechado ambas cosas.

Éste es el meollo de toda la cuestión. En el momento en que los obreros actúan por primera vez de manera independiente, la Fabian Society les aconseja que sigan siendo la cola de los liberales. Y eso hay que decírselo abiertamente a los socialistas continentales; disimularlo sería complicidad. Y por eso me apenó que no apareciera la posdata de Aveling. No era *post festum*, ninguna idea tardía. Solo por la prisa de despachar el artículo se pasó por alto. El artículo no está completo si no describe la actitud de las dos organizaciones socialistas con respecto a las elecciones —los lectores de la *Neue Zeit* tienen derecho a saberlo.

Creo haberte dicho ya en mi última carta que tanto en la Social Democratic Federation como en la Fabian Society los miembros de provincias son mejores que el núcleo central. Pero eso de nada sirve mientras la actitud del núcleo central determine la de la sociedad. De los demás tipos magníficos —aparte de Banner— no conozco a ninguno. Banner, cosa extraña, no se ha dejado ver por mí desde su ingreso en la Fabian Society. Sospecho que el hastío hacia la Social Democratic Federation y la necesidad de alguna organización —tal vez también algunas ilusiones— le han decidido. Pero una golondrina no hace verano.

Tú ves algo inacabado en la Fabian Society. Al contrario, ellos están demasiado acabados: una camarilla de «socialistas» burgueses de variado calibre, desde el arribista hasta el socialista sentimental y el filántropo, unidos solo en su miedo a la amenazante dominación de los obreros y poniendo todo su empeño en despuntar a este peligro mediante el aseguramiento de su dirección, de la dirección por los «cultos». Y si luego admiten a un par de obreros en su comité central para que éstos, como minoría constantemente derrotada, representen el papel del Albert obrero de 1848, eso no debería engañar a nadie.

Los medios de la Fabian Society son enteramente los de la corrupta política parlamentaria: dinero, pandillaje, arribismo. Es decir, cosas típicamente inglesas, según las cuales se da por sentado que todo partido político (¡solo entre los obreros se supone que ha de ser de otro modo!) paga a sus agentes de esta o aquella manera, o los remunera con cargos. Esta gente está metida hasta las orejas en las camarillas del Partido Liberal, ocupa cargos del partido liberal, como, por ejemplo, Sidney Webb, que es, en general, un genuino politician británico. Todo aquello contra lo que hay que prevenir a los obreros, lo practica esta gente.

Después de todo esto, no exijo que trates a esa gente como enemigos. Pero, a mi juicio, tampoco debes protegerla de la crítica más que a cualquier otro. Y a eso se asemejaba, en efecto, la desaparición, en el artículo de Aveling, del pasaje referente a ellos. Pero si quieres que Aveling te dé un artículo sobre la historia y la actitud de las distintas organizaciones socialistas inglesas, no tienes más que hablar, y yo se lo propondré.

Tu artículo sobre Vollmar me ha gustado mucho; le hace más daño que toda la riña en el *Vorwärts!*. Tampoco debía seguir sin reproche el eterno amenazar con la expulsión. Son recuerdos hoy enteramente inoportunos, de la época de la dictadura de la ley contra los socialistas. Hoy hay que dar tiempo a los elementos podridos para que se pudran tanto que casi se desprendan por sí solos. Un partido de millones tiene una disciplina completamente distinta que una secta de cientos. Lo que podrías haber desarrollado algo más es el modo como el «socialismo de Estado en sí» se convierte necesariamente, en la práctica —y precisamente en el único país donde es prácticamente posible, en Prusia (cosa que tú expones muy acertadamente)—, en fiscalidad.

También la crítica de Proudhon hecha por Ede fue muy acertada; me alegró especialmente ver que vuelve a ser el de siempre.

Tuyo

F. E.