en Lunz

Ryde, 30 de agosto de 1892

Querido Victor:

Ayer no pude responder a todos los puntos de tu carta, en parte porque el papel estaba lleno, en parte porque se cumplió el tiempo —el del almuerzo, a las 2— y el correo sale de aquí a las 3. Pero como la querida impaciencia de Oberdöbling me aborda con una postal pidiéndome una carta, puedo escribirte hoy el resto.

Lo que dices acerca de la táctica es más que cierto. Pero hay demasiados que, por comodidad y para no tener que devanarse los sesos, quieren aplicar por toda la eternidad la táctica adecuada para el momento. La táctica no la hacemos de la nada, sino a partir de las circunstancias cambiantes: en nuestra situación actual, con demasiada frecuencia tenemos que dejar que nos la dicte el adversario.

Asimismo tienes razón en lo de los independientes. Todavía recuerdo los años en que —manteniendo entonces correspondencia oficial con L[ie]bk[necht]— tenía que luchar sin cesar contra la rancia y originaria pequeñoburguesía alemana que se infiltraba por todas partes. En general, lo hemos dejado atrás felizmente en la Alemania imperial, ¡pero cuántos pequeñoburgueses hay en la fracción y cuántos vuelven a colarse una y otra vez! Un partido obrero no tiene más alternativa que entre obreros que inmediatamente son objeto de represalias y luego degeneran fácilmente en parásitos pensionados del partido, o pequeñoburgueses que se mantienen por sí mismos pero ponen en ridículo al partido. Y, frente a éstos, los independientes son impagables.

Lo que dices sobre el rápido progreso industrial de Austria y Hungría me ha alegrado enormemente. Ésa es la única base sólida para el progreso de nuestro movimiento. Y ése es también el único lado bueno del sistema de aranceles protectores —al menos para la mayoría de los países continentales y América. Se crían artificialmente la gran industria, los grandes capitalistas y las grandes masas proletarias; se acelera la centralización del capital, quedan destruidas las capas medias. En Alemania, los aranceles protectores fueron en realidad superfluos, pues se introdujeron justo en el momento en que Alemania se asentaba en el mercado mundial, y entorpecieron ese proceso; pero, en cambio, colmaron una multitud de lagunas en la industria alemana que, de otro modo, habrían seguido siendo lagunas durante mucho tiempo, y cuando Alemania se vea obligada a sacrificar los aranceles protectores a su posición en el mercado mundial, será mucho más competitiva que antes. Tanto en Alemania como en América, los aranceles protectores constituyen hoy un puro obstáculo, porque impiden a esos países ocupar la posición que les corresponde en el mercado mundial. Por lo tanto, en América tendrán que desaparecer pronto, y Alemania habrá de seguir el mismo camino.

Pero, al elevar vuestra industria, os hacéis acreedores a la gratitud de Inglaterra; cuanto más rápidamente se aniquile por completo su dominio del mercado mundial, tanto antes alcanzarán aquí los obreros el poder. La competencia continental y americana (ídem la de la India) ha provocado por fin una crisis en Lancashire, y la primera consecuencia ha sido la súbita conversión de los obreros a la jornada de ocho horas.

La colaboración con los checos es también una necesidad política. Esa gente está situada en el centro mismo de Alemania; estamos vinculados a ellos como ellos a nosotros, y tenemos todo el interés en no permitir que se convierta en un nido jovencheco‑ruso‑paneslavista. Ciertamente existen también medios para arreglárselas con ello a la larga, pero mejor es mejor. Y puesto que, quoad la autonomía nacional en territorio checo, pueden obtener de nosotros todo lo que quieran y necesiten, tampoco hay peligro. (Ya ves que, en este sentido, opero siempre sin tener en cuenta la momentánea separación política respecto de Alemania.)

La próxima semana regreso a Londres; aunque hoy estoy mejor, no creo que vaya a realizarse la excursión a Berlín.

Muchos saludos a toda la redacción.  
Tuyo

F. E.