en Berlín

Londres, 23 de julio de 1892

Querido August:

Con tu habitual perspicacia has adivinado acertadamente que te hago llegar la presente por medio de la bruja. Así que, ante todo, te doy las gracias por el imperial y real itinerario de ferrocarriles del Reich y te aseguro que me esforzaré por ajustar mi «nuevo rumbo» al mismo altísimo itinerario. Algunas de las señales y milagros misteriosos que en él figuran ya los he descifrado, y espero en las próximas dos semanas llegar a descifrarlos por completo y, en consecuencia, no quedarme atascado en ninguna parte.

Mis planes son, pues, como sigue. ¡El miércoles próximo voy a casa de Pumps a Ryde, adonde me remitirán todas las cartas. Permaneceré allí hasta el 10 o 15 de agosto, según las circunstancias. En realidad espero todavía una carta de Barmen, la cual determinará el día de mi partida. A Barmen no voy, pues tengo allí tantos sobrinos y sobrinas que no acabaría con las visitas de cortesía ni en catorce días. Pero a Engelskirchen, donde mis hermanos veranean alternativamente, quiero ir un par de días. De allí, hacia el 18 o 19, a Zúrich, donde debo hacer una visita, prometida desde hace años, a mi prima, la señora Beust y su familia. Te comunicaré mi llegada en seguida y luego iré a St. Gallen el 24 o 25; si vienes a recogerme, tanto mejor. Luego nos encaminamos a Stuckert, a orillas del Neckar, recogemos al tío Georg y nos largamos a Múnich y —a ser posible a través de los Alpes— a Viena, etc. Lo demás puede contártelo ella de palabra (es decir, no la señora Beust, que es el sujeto gramatical, sino la bruja, que de todas formas es un sujeto muy poco gramatical).

Según dice Tussy, las elecciones han provocado un entusiasmo frenético aquí en el East End. Los obreros han visto por fin que pueden hacer algo, en cuanto quieren. El hechizo liberal está roto, y también en el “Workman’s Times” se proclama por todas partes al Independent Labour Party como lo único necesario. Al testarudo John Bull no le impresiona nada más que los hechos, pero éstos lo consiguen con toda seguridad.

La Vollmariada demuestra de nuevo que ese hombre ha perdido todo contacto con el partido. Probablemente habrá que llegar a la ruptura con él este año o el próximo; parece querer imponer al partido, por la fuerza, sus cuentos socialistas de Estado. Pero como es un intrigante redomado, y como yo tengo toda clase de experiencia en las luchas con esta clase de gente —Marx y yo hemos cometido a menudo torpezas tácticas con semejante calaña y hemos tenido que pagar el correspondiente aprendizaje—, me tomo la libertad de someterte aquí algunas indicaciones.

Ante todo, esa gente tiende a ponernos formalmente en falta, y eso hay que evitarlo. De lo contrario, se montan en ese punto accesorio para oscurecer el punto principal, cuya debilidad palpan. Así pues, precaución en las expresiones, tanto en público como en privado. Ya ves con qué habilidad el tipo utiliza tu manifestación sobre Liebknecht para meter cizaña entre él, Liebknecht, y tú —¡como si no conociera muy bien vuestra relación recíproca!—, y ponerte así entre dos sillas.

En segundo lugar, puesto que para ellos se trata de oscurecer la cuestión principal, hay que evitar todo pretexto para ello; liquidar todos los puntos secundarios que saquen a relucir de manera tan breve y contundente como sea posible, a fin de que queden eliminados para siempre, y evitar uno mismo todo camino lateral o punto accesorio que pueda presentarse, por más que tiente. De lo contrario, el campo de la polémica se amplía sin cesar y el punto de litigio originario se esfuma cada vez más del horizonte. Y entonces ya no es posible una victoria decisiva, lo cual para el intrigante de camarilla es ya un éxito suficiente y para nosotros, por lo menos, un revés moral.

En tercer lugar, de 1) y 2) se desprende que, con semejante gente, la mejor táctica es la pura defensiva hasta que ellos mismos se hayan metido en el atolladero como es debido; entonces, fuego de artillería breve y aplastante y carga a la bayoneta decisiva. Aquí, como en ninguna parte, se trata de ahorrar la munición y las reservas hasta el último momento.

Cada vez que nos hemos apartado de estas reglas en la lucha contra los bakuninistas, proudhonianos, profesores alemanes y demás ralea por el estilo, hemos tenido que pagar caro por ello, y por eso las pongo de nuevo a tu disposición con la presente.

Así pues, un cordial saludo también para la señora Julie de tu

General

A petición de Siegel, adjunto su última carta.